[R-P] ( Alberto Franzoia) DEUDORES Y PLAGIARIOS
hugopresman en yahoo.com.ar
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Jue Ene 15 16:03:45 MST 2009
DEUDORES Y PLAGIARIOS
Lic. Alberto J. Franzoia
Me ha resultado muy interesante e ilustrativo el artÃculo de Loreley
Gaffoglio (“El plagio literario un acto entre la admiración y la codiciaâ€),
por lo que quisiera realizar algunas consideraciones personales. En realidad
los ejemplos presentados no hacen más que mostrar algunos botones de un
inmenso muestrario. Desde mis inicios como lector aficionado hasta mis
posteriores lecturas profesionales identifiqué en no pocas oportunidades
ideas, frases, fragmentos, capÃtulos y en ocasiones libros enteros que
tenÃan una sospechosa similitud con otros producidos en tiempos muy
distantes o más cercanos. Pero sus responsables sólo en contadas
oportunidades se hacen cargo de las influencias recibidas. Varios de los
ejemplos presentados por Gaffoglio son casos bastante evidentes de plagio,
por lo que en general merecieron algún tipo de sanción. Pero existen otros
casos menos comprobables que resulta difÃcil denunciar porque las pruebas no
son contundentes, con lo que el acusador puede terminar en una situación
jurÃdicamente complicada. Sin embargo, no faltan oportunidades en que al
realizar una lectura comparativa entre dos textos, uno tiene la extraña
sensación que alguien se está apropiando de lo ajeno. Las palabras pueden
ser distintas, los conceptos pueden ser nuevos, las construcciones pueden
resultar relativamente innovadoras, pero en el fondo lo que se está diciendo
ya fue dicho. Esto no constituye en sà mismo un delito y hasta podrÃa
representar un explÃcito homenaje al autor original, pero lo lamentable es
que dicho espacio suele ser ocupado no por el reconocimiento al maestro sino
por un silencio eximido de toda ética.
La cosa se complica cuando algún experimentado lector intenta acceder a ese
terreno repleto de seres admirados que solÃa recorrer en calidad de
espectador, pero ahora intentando convertirse en un osado protagonista. Uno
de los miedos más habituales de quien inicia esta aventura pasa por no ser
capaz de producir nada de valÃa como para ser publicado, y otro miedo, aún
mayor, es publicar algo que nunca debió hacerse público. Estos miedos suelen
ser manifestados por escritores que finalmente obtienen un merecido
reconocimiento, y es conmovedor comprobar que en muchos casos, aún como
consagrados profesionales, no dejan de sentir miedo. Quizás ese temor a no
ser dignos de la atención que otros invierten en la lectura, favorezca
definitivamente un control de calidad. Esto no significa que, por lo tanto,
todo lo publicado sea un buen producto, pero existiendo ese sano temor de
por medio, seguramente habrá de ser uno de los mejores productos que ese
escritor podÃa gestar en ese momento de su biografÃa. Por el contrario, si
el miedo obsesiona al punto de paralizar, es posible que perdamos la
posibilidad de conocer una obra meritoria.
Ahora bien, hay otro miedo no siempre confesado que se menciona en cierto
momento del trabajo que halago (declaraciones de Ema Wolf), y que desde mi
óptica es o deberÃa ser permanente en todo aquel que incursione en este
oficio de armar frases con un mÃnimo de coherencia para expresar por
escrito, según el campo en el que se desempeñe, ficciones o hechos reales.
Me refiero al miedo a plagiar ideas sin saberlo; porque no resulta tan fácil
evitarlo, sobretodo para quienes creen en el carácter no asociado de la
producción intelectual. En realidad, cuanto más lee uno, menos certezas
deberÃa tener con respecto a la originalidad de lo que piensa, dice y
escribe. Cuando hemos consumido desde corta edad, como bien sostiene Wolf,
una cantidad inimaginable de ideas, palabras, frases, reflexiones,
personajes, etc.; cuando somos tributarios de tantos seres admirados y obras
admirables ¿qué seguridad podemos tener de originalidad? ¿Hasta dónde lo que
pensamos nos pertenece?
Sinceramente creo que nada nos pertenece, por lo menos en exclusividad. Y
esto en sà mismo no es malo, por el contrario es una prueba más del carácter
esencialmente social del hombre, no sólo cuando actúa sino también cuando
piensa. Las prácticas humanas y las construcciones mentales,
independientemente del campo en el cual se incursione, son productos
esencialmente colectivos. Por ello, aún en los casos en los que alguien haya
realizado un monumental aporte a la humanidad con sus creaciones, no deja de
ser también un deudor por lo mucho que ha recibido de otros, que de alguna
manera colaboraron, aún sin saberlo, en la gestación de su obra. Sentir
temor por ser un plagiario es una sensación que nunca deberÃa abandonarnos.
Claro que la deuda que todo escritor tiene con otros colegas no es
comparable a plagiar conscientemente y sin ningún tipo de reparos, como lo
hizo por ejemplo Bucay cuando copió sesenta páginas de “La sabidurÃa
recobrada†de la española Mónica Cavallé. Ante semejante actitud no se puede
argumentar que todos le debemos algo a alguien o que las ideas no nos
pertenecen, y mucho menos si esa acción se ejecuta con el objetivo de
conquistar un rédito económico, como ocurre con tanto mercader de la
palabra.
En realidad esa sensación permanente de deuda es la que deberÃa conducir a
todo escritor (o trabajador intelectual en general) por el camino de la
gratitud. Resulta indispensable reconocer sin pudores ni descanso a nuestros
maestros, porque a través de un examen riguroso de conciencia todos podemos
descubrir quiénes son nuestros elegidos, los que formaron nuestra matriz
intelectual, sea en el campo literario o cientÃfico (ya que la ciencia
tampoco está libre de plagios). Inclusive es necesario reconocer a nuestros
réprobos, los que favorecieron el desarrollo de nuestros argumentos en la
confrontación leal con sus ideas. Este es un acto de honestidad que no se
puede postergar y mucho menos omitir. El camino contrario es el que conduce
al verdadero plagio, ese que montado en la soberbia narcisista que busca
conquistar mercados para su mercancÃa, no duda en presentar como propiedad
privada (con las posibilidades de lucro y prestigio social que esto genera)
un producto cuyo carácter es inevitablemente colectivo. Por lo tanto, el
tema en discusión es, desde mi perspectiva, no si somos deudores de otros,
sino hasta dónde estamos dispuestos a reconocer dicha deuda para no
convertirnos en desleales plagiarios.
La Plata, abril de 2006
/cocina/
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