[R-P] [L. Rozitchner] "Plomo fundido" sobre la conciencia judía
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Lun Ene 5 12:17:07 MST 2009
Gentileza de Hugo Presman
[A principios de los 60, el gobierno sionista laborista de Ben Gurion
invitó a Isaac Deutscher a visitar Israel. Al fin de su visita, el gran
historiador judío y marxista de origen polaco redactó una serie de
reflexiones sobre lo que había visto y vivido... que no dejaban muy bien
parado, digamos, al Estado de Israel. En particular, afirmó que el
objetivo sionista de terminar con el drama judío creando para los judíos
un "Estado más, como cualquier otro", había sido tan exitoso que había
podido ver un "Estado más", con sus policías brutales, sus militaristas
fanáticos, sus fascistas y sus chauvinistas sin madre. En ese plano se
coloca, si no me equivoco, León Rozitchner, aunque con un discurso
teológico que por otros motivos bien vale la pena considerar.
Mal que les pese a muchos (sionistas o antisemitas, tanto da) la
política del sionismo y del Estado de Israel repugnan a importantes
fracciones del pueblo judío. En primer lugar a los más judíos de los
judíos, es decir a los judíos revolucionarios y socialistas (y, ya que
escribimos desde la Argentina, a los judíos peronistas también)
De paso: Albert Einstein se consideraba socialista, era judío y no
dejaba de tener simpatías por el sionismo. Weizmann era un importante
científico dirigente sionista, que llegó a ser el primer presidente del
Estado de Israel.]
"Plomo fundido" sobre la conciencia judía
Por León Rozitchner
"Si nosotros nos revelamos incapaces de alcanzar una cohabitación y
acuerdos con los árabes, entonces no habremos aprendido estrictamente
nada durante nuestros dos mil años de sufrimientos y mereceremos todo lo
que llegue a sucedernos." Albert Einstein, carta a Weizmann, 1929.
¿Recuerdan cuando hace dos mil años los judíos palestinos, nuestros
antepasados en Massada sitiada, enfrentaron las legiones del Imperio
romano y se suicidaron en masa para no rendirse? ¿Recuerdan la rebelión
popular y nacional de nuestros macabeos contra la invasión romana,
cuando murieron decenas de miles de judíos y se acabó la resistencia
judía en Palestina y nos dispersamos otra vez por el mundo? ¿No piensan
que esa misma dignidad extrema que nuestros antepasados tuvieron, de la
que quizá ya no seamos dignos, es la que lleva a la resistencia de los
palestinos que ocupan en el presente el lugar que antes, hace casi dos
mil años, ocupamos nosotros como judíos? ¿No se inscribe en cambio esta
masacre cometida por el Estado de Israel en la estela de la "solución
final" occidental y cristiana de la cuestión judía? ¿Han perdido la
memoria los judíos israelíes? No: sucede que se han convertido en
neoliberales y se han cristianizado como sus perseguidores europeos,
que, luego de exterminarlos, empujaron a los que quedaron vivos para que
se fueran a vivir a Palestina con el terror del exterminio a cuestas.
El meollo de la actual tragedia está en la Shoá. Si la memoria de su
pasado define el sentido histórico que marcó el "destino" del pueblo
judío, donde se van hilando las cuentas de nuestro derrotero, y si el
acto final en el que culmina ese destino convoca a los judíos israelíes
a aniquilar la resistencia de otros pueblos inocentes, algo del sentido
histórico ha desaparecido de la memoria de los israelíes. ¿Puede ser
invocada la Shoá sin ser infieles a los desaparecidos, cuando al mismo
tiempo el sentido completo de ese acontecimiento monstruoso ha quedado
oscurecido? ¿Cómo podríamos "hacer memoria" si la construimos con los
únicos recuerdos de nuestro pasado que los culpables europeos del
genocidio nos autorizan? Es cierto: si los israelíes recuerdan todo,
pierden a sus aliados. Porque la memoria de la Shoá que llevó al retorno
a una tierra perdida hace mucho tiempo tendría que volver a ser pensada.
Lo primero a recordar: nuestros perseguidores históricos no fueron ni
son los palestinos. Nuestros perseguidores estaban y siguen estando en
las naciones de cultura europea que nos expulsaron y masacraron, y sin
embargo son ellos los que siguen marcando el destino de todos nosotros,
sobre todo de los judíos israelíes. ¿Será por eso que se busca olvidar a
los verdaderos culpables de la Shoá? Los israelíes ya no se preguntan
por el pasado bimilenario judío. Nunca los judíos, salvo excepciones,
acusan del exterminio judío a la religión cristiana y a la economía
capitalista que produjeron necesariamente la Shoá, como la conclusión de
un silogismo que se venía desarrollando en Europa cristiana desde su
mismo origen, como si el nazismo hubiera sido sólo un accidente sin
antecedente en la historia europea y todo comenzara con Hitler. ¿No será
que luego de la Shoá ustedes, los descendientes de los judíos europeos
asimilados, se aliaron luego con los exterminadores en un pacto oscuro
que el terror dictaba, y volvieron ahora todos, de cierta manera, a ser
judeo-cristianos? Porque seamos honestos: el Tercer Reich se ha
prolongado en el 4º Reich del Imperio norteamericano. Es claro:
prefieren no saberlo porque el Estado de Israel está -nosotros los
judíos latinoamericanos sí lo sabemos- al servicio del poder
cristiano-imperial de los EE.UU. ¿O van a creerse que los EE.UU. y
Europa combatieron al nazismo para salvar a los judíos? ¿Por qué ahora
habrían de seguir persiguiéndolos si mantienen lo que tienen de judíos
congelado sólo en lo arcaico religioso? Pero ¿no les dice nada pasar a
ocupar ahora el lugar impiadoso, como brazo armado de los poderosos
capitalistas cristianos, contra una población civil asediada y asesinada
por osar defenderse contra la expropiación ilimitada de un territorio
que debía ser compartido?
Recordemos. Karl Schmitt, filósofo católico del nazismo, había puesto de
relieve lo que la hipocresía democrática ocultaba: la categorías
políticas son todas ellas categorías teológicas. Es decir: la política
occidental (democrática y capitalista) tiene su fundamento en la
teología cristiana. Es notable: Schmitt coincide con lo que Marx joven
decía en Sobre la cuestión judía: el fundamento cristiano del Estado
germano se prolonga como premisa también en el Estado democrático.
Y si la política occidental al desnudarse muestra su fundamento
teológico oculto, sin el cual no hubiera habido capitalismo, entonces
toda política de Estado capitalista era antijudía, porque ése era el
escollo que el cristianismo había encontrado para consolidarse como
religión universal. No contra los judíos cristianizados que, como
ustedes en Israel, apoyan esa política, es cierto. Ustedes tienen de
cristianos, sin saberlo, lo que ocultan en su propia memoria al ocultar
que la Shoá como "solución final" fue un exterminio teológico
(cristiano) político europeo. Schmitt la tenía clara. Lo que el sutil
filósofo alemán católico necesitaba activar, en momentos de peligro
extremo para el cristianismo y el capitalismo frente a la amenaza de la
Revolución Rusa y las rebeliones socialistas, era el fundamento
cristiano escondido en la política: el odio visceral y alucinado
religioso antijudío para que en Europa reverdeciera con toda intensidad
el fundamento grabado durante siglos en el imaginario popular cristiano.
Y con ese vigor arcaico reverdecido pudieran enfrentar la amenaza
revolucionaria del judeo-marxismo.
Por eso, frente a la apariencia liberal de la política democrática como
una relación "amigo-amigo", el fundamento de la política nazi extremaba
las categorías de "amigo-enemigo" que Schmitt vuelve a poner de relieve
en el "estado de excepción" como la verdad oculta de la democracia: el
único enemigo histórico cuando entra en crisis el fundamento social
europeo son nuevamente los judíos. En 1933, frente a la amenaza del
socialismo tildado quizá con cierta razón de judío, resurgía para muchos
europeos todo su pasado y encontraban en los judíos el fundamento más
profundo de lo más temido para su concepción cristiana: las premisas
judías de un materialismo consagrado, no meramente físico cartesiano
como la economía capitalista requería. Por eso Schmitt vuelve a desnudar
las categorías fundantes adormecidas que la teología católica mantenía
vivas: volvía al fundamento religioso de la política cristiana del
Estado democrático para enfrentar el peligro del "comunismo ateo y judío".
Sucede que en ese momento los judíos laicos formaban parte de la
creatividad moderna que en Europa alimentó el pensamiento político y
científico: eran rebeldes todavía, no como tantos de ahora, y por eso
Marx de joven pensaba que los judíos, una vez superada su etapa
religiosa y se hicieran laicos prolongando la esencia judía más allá de
lo religioso, podrían pasar a formar parte activa de la liberación humana.
Y cuando al fin los europeos creían haber logrado en el siglo XIX la
universalización del cristiano-capitalismo que se expandía colonizando a
sangre y fuego el mundo, aparece otra vez el materialismo judaico como
premisa del socialismo, que no es físicamente metafísico sino que parte
de la Naturaleza como fundamento de la vida del espíritu humano.
Tiemblan entonces en Europa los fundamentos cristianos de la política y
de la economía: un nuevo fantasma la recorre y se manifiesta en una
teoría judía revolucionaria. De lo cual resulta que en momentos de
crisis Hitler sólo representó, en términos estrictamente religiosos,
culturales y políticos, el temor de toda la cultura occidental ante los
comunistas y los judíos como los máximos enemigos de ambos, ahora
renovados: del capitalismo y del cristianismo. El racismo de los nazis
-esa "teozoología política"- no es más que el espiritualismo cristiano
secularizado que el Estado nazi consagró laicamente en las pulsiones de
los cuerpos arios.
Una vez aniquilados los millones de judíos -como luego fueron arrasando
y aniquilando con la misma consigna a millones de soviéticos
"judeo-comunistas"- el impacto aterrorizante de la "solución final" hizo
que los judíos casi nunca, salvo muy pocos, se atrevieran a señalar a
los verdaderos culpables del genocidio (como pasó entre nosotros con los
genocidas). Con la derrota de los nazis como únicos culpables -según
cuenta la historia de los vencedores- desapareció en Europa la historia
de los pogromos y las persecuciones cristianas medievales y modernas que
nos aterraron durante siglos: la de los franceses tanto como la de los
italianos, los españoles, los polacos y los rusos mismos. Sólo los nazis
alemanes fueron antijudíos.
Los judíos cristianizados por el terror del cristiano-capitalismo en
Europa luego de la Shoá buscaron su "hogar" fuera de Europa: se
instalaron en Palestina, como si el reloj de la historia, ahora
teológica, se hubiera detenido hacía dos mil años. No se dieron cuenta
de que la mayoría de los judíos que volvían a Israel no eran como
nuestros antepasados que se habían ido: los descendientes de los
defensores de Massada o de los macabeos. Buber, Gershon Scholem y tantos
otros sí lo recordaban. Nadie quería que nos volviera a pasar otra vez
lo mismo, es cierto; pero en vez de enfrentar y denunciar a los
verdaderos culpables del genocidio -que ahora nos apoyaban para que nos
fuéramos para siempre de Europa y termináramos nosotros mismos la etapa
final democrática de la "solución final" judía que ellos comenzaron- los
israelíes terminaron sometiendo a los palestinos como los romanos, los
europeos y los nazis lo hicieron antes con nosotros. Pero primero
tuvieron que vencer la resistencia de nuestros pioneros socialistas.
Los israelíes, apoyados ahora por el Imperio cristiano-capitalista que
los había perseguido, crearon también en Israel un Estado teológico,
pero la "parte" secularizada dentro de ese Estado judío siguió siendo la
del Estado cristiano. Volvieron como judíos para culminar en Israel la
cristianización comenzada en Europa: mitad judíos eternos en lo
religioso, mitad cristianos secularizados en lo político y en lo
económico. Por eso ahora en Israel el Estado mantiene la economía
neoliberal capitalista y cristiana sostenida por los religiosos judíos
sedentarios, detenidos en el tiempo arcaico de su rumiar imaginario. Y
por el otro lado los iraelíes son neoliberales en la política y en la
economía y en la ciencia "neutral", cuyas premisas iluministas son
cristianas. Mitad judíos en el sentimiento, mitad cristianos en el
pensamiento.
Y por eso quieren que todos, también aquí y ahora, seamos como ellos:
judeo-cristianos como el rabino Bermann, avalado por el cardenal
Bergoglio, o judíos-laicos como Aguinis, neoliberal letrado avalado por
el obispo Laguna. O como los directivos de la AMIA, que tienen la
potestad de determinar si soy o no judío. Si soy judío "progresista" y
no me secularicé como cristiano, entonces no soy judío, no podré aspirar
a ser enterrado en un cementerio comunitario porque me faltaría la parte
cristiana de mi ser judío. Pero judíos-judíos, esos que prolongan en lo
que hacen o piensan los valores culturales judíos, quedan al parecer muy
pocos, aunque sean muchos los que leen hebreo o reciten kaddish en la
tumba de sus padres. Todos están aureolados con la coronita del
cristiano-capitalismo que al fin los ha vencido por el terror cristiano
luego de dos mil años de resistencia empecinada: convertidos ahora al
"judeo-cristianismo".
Por eso la creación del Hogar Judío en Palestina tiene un doble sentido:
la "solución final" europea tuvo éxito, logró su objetivo, el
cristianismo europeo se desembarazó de los judíos y muchos de los que se
salvaron se fueron de Europa casi agradecidos, sin querer recordar por
qué se iban y quiénes los habían exterminado. La Europa cristiana y
democrática se había sacado el milenario peso judío de encima. Pero mis
padres, que llegaron a las colonias judías de Entre Ríos, sí lo sabían.
Todos los judíos estamos pagando esta inmerecida transacción, ese
"olvido" del Estado de Israel, al que seguramente se habrían negado los
defensores del Ghetto de Varsovia, que murieron, ellos sí, sabiendo
quiénes eran los responsables políticos, económicos y religiosos
-estaban a la vista-- como los millones de judíos europeos que murieron
en los campos de exterminio. Los judíos que vinieron luego, esos que
estamos viendo, no quisieron ni pensar a fondo en los culpables: se
unieron a los poderosos y saludaron alborozados que el socialismo
stalinista antisemita se derrumbara arrastrando al olvido al mismo
tiempo, como si fuera lo mismo, la memoria de los pioneros judíos
revolucionarios asesinados por Stalin. Por eso sus sueños mesiánicos
dependen ahora únicamente de los cristianos y del capitalismo para poder
realizarse. Sólo tenían que hacer una cosa: permutar al enemigo
verdadero por un enemigo falso.
Estamos pagando muy cara esta conversión judía. Los israelíes, ya
vencidos en lo más entrañable que tenían de judíos históricos, se han
transformado en la punta de lanza del capitalismo cristiano que los armó
hasta los dientes para enfrentar el mayor y nuevo peligro que tiene el
cristianismo: los mil millones de musulmanes que pueblan el mundo. Pero
ni los musulmanes ni los palestinos fueron los culpables de la Shoá: los
culpables del genocidio son ahora sus amigos, que los mandan al frente.
Y aquí cierra la ecuación política amigo-enemigo de Karl Schmitt. Antes,
hasta la Segunda Guerra Mundial, el fundamento teológico de la política
era "amigo/cristiano-enemigo/judío". Ahora que los judíos vencidos se
cristianizaron como Estado teológico neoliberal la ecuación es otra:
"amigo/judeocristiano-enemigo/musulmán". ¿Este es el lamentable destino
que Jehová nos reservaba a los judíos? Porque de lo que hacen ustedes en
Israel depende también el destino de todos nosotros.
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