[R-P] Ensayo sobre la ceguera

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Ene 3 12:01:56 MST 2009


[Entre la nota de Yuyo Rudnik en polémica con "Carta Abierta", y los 
conceptos vertidos en este concentrado de izquierdismo ajeno a la 
cuestión nacional, hay parecidos impresionantes]

Gentileza Bob Weiss
Rebeliòn – España -03-01-2009

La izquierdas sudamericanas: un mapa para armar
Bruno Fornillo y Pablo Stefanoni
Latinoamérica vive, sin duda, un cambio de época. En los "pospolíticos" 
años noventa no estaba en el horizonte un grado de integración regional 
como el actual, acompañada de una visible erosión de las "relaciones 
carnales" con Washington y una variedad de nuevos socios como Rusia, 
China o Irán. Ni que la movilización social acumulara fuerza suficiente 
para destituir gobiernos y modificar el "clima ideológico" imperante, o 
que el voto se erigiera en el canal privilegiado para la llegada al 
gobierno de un conjunto de izquierdas post Muro de Berlín.
Un militar nacionalista en Venezuela, un indígena aymara en Bolivia, un 
ex obrero metalúrgico en Brasil, mujeres presidentas en Chile y 
Argentina, un ex obispo que asume en sandalias en Paraguay, un 
economista keynesiano en Ecuador… las izquierdas sudamericanas 
constituyen un mapa para armar. La relación entre los discursos y las 
prácticas de los nuevos gobiernos, el complejo balance entre 
continuidades y rupturas, y la diversidad de actores y herencias 
culturales e institucionales del variopinto mosaico de las izquierdas 
sudamericanas introduce no pocas dificultades a la hora del análisis, a 
prueba de conclusiones impulsivas o de clichés que –como maleable 
término "populismo"– agotan la discusión antes de abrirla. ¿Qué bases 
empíricas y teóricas tiene el actual giro "post neoliberal"? ¿Hasta qué 
punto la renovada retórica socialista se sustenta en un nuevo modelo de 
desarrollo? ¿De la experiencia latinoamericana están surgiendo elementos 
novedosos para imaginar un socialismo renovado, diferente al del siglo XX?
Tras años de gobiernos de talante progresista en la mayor parte de 
América del Sur, una serie de libros aparecidos recientemente, como El 
sueño de Bolívar, de Marc Saint-Upéry, y La nueva izquierda, de José 
Natanson, –desde un "periodismo de impregnación" que mezcla crónica 
periodística con interpretaciones sobre la realidad actual–, o Las 
disyuntivas de la izquierda, de Claudio Katz, desde el activismo 
político-intelectual, abordan esta temática de forma comparativa y 
constituyen un importante plafón para problematizar las experiencias en 
curso. Los tres trabajos coinciden en que los conceptos de izquierda y 
derecha siguen teniendo sentido como brújula para escrutar la por 
momentos enigmática realidad política y social latinoamericana. Y 
tienen, además, un mismo trasfondo: la información empírica corroe la 
idea de un giro poscapitalista en Sudamérica, al tiempo que destacan un 
renovado empoderamiento y politización de los sectores más marginados 
junto con un esfuerzo de (re)construcción de los Estados nacionales 
después de casi dos décadas de neoliberalismo desregulador.
* ¿Nuevo modelo de desarrollo?
"¿A alguien se le ocurriría comparar a Hugo Chávez o Evo Morales con la 
gobernadora de Alaska Sarah Palin? Dirán que la ex candidata 
vicepresidencial republicana es ultraconservadora y odia al comunismo. 
Es cierto. Pero si nos limitamos a llamar socialismo a un reparto más 
equitativo de la renta proveniente  de  los  recursos  naturales, este 
estado subártico sería el primer Estado socialista del siglo XXI. Palin 
se peleó con las principales trasnacionales petroleras y aumentó a 3.200 
dólares el cheque que cada año los habitantes de Alaska pasan a retirar 
por el correo; es su parte de la renta petrolera". La exposición –en un 
diálogo con Ñ– es del autor de El sueño de Bolívar. Saint-Upéry no duda: 
"Detrás de la retórica socialista se está pintando de rojo-rojito –como 
dicen los venezolanos– una reprimarización dependentista de las 
economías sudamericanas".
El caso venezolano es aleccionador: Natanson destaca que, si bien la 
economía no petrolera creció, lo hizo al estilo saudita: la construcción 
o las finanzas se expandieron ostensiblemente, pero como resultado del 
propio boom petrolero (el 70% de las exportaciones es oro negro y se 
dirige en un 80% a Estados Unidos), más que como producto de de una 
renovada diversificación económica. Además, la revolución bolivariana 
tiene como sustrato una cultura de consumismo desenfrenado de la que no 
está excluida la nueva "boliburguesía", con discotecas que rifan 
operaciones de senos a chicas de 15 años y consumos récord mundial de 
whisky importado, lo que llevó al propio Chávez a preguntarse: "¿qué 
revolución es esta pues, la del whisky y las Hummer?". "Son banqueros 
que lucran con la intermediación de títulos públicos, contratistas que 
obtuvieron jugosas licitaciones, importadores que aprovechan la fiebre 
de consumo dispendioso y empresarios que no invierten pero remarcan 
precios, generando un círculo vicioso de baja oferta y alta inflación", 
explica Katz. Y las propias bases bolivarianas hablan de una "derecha 
endógena" que busca frenar el avance hacia la radicalización de la 
revolución y crear una nueva casta burocrática-empresarial.
No casualmente las fronteras de los gobiernos más "antiimperialistas" 
coinciden con la de los países ricos en hidrocarburos: Venezuela, 
Bolivia y Ecuador, donde las izquierdas gubernamentales tienen poco que 
festejar ante la crisis del capitalismo global, al principio tomada con 
cierta sorna.
Los ejes de las políticas públicas de unas y otras izquierdas parecen 
resumirse en el fortalecimiento del rol del Estado en la economía, la 
ciudadanización de los excluidos y una ampliación de las políticas 
sociales, lo que no es poco después de la "larga noche neoliberal", como 
la define Correa; presidente de un país que –como pocos- busca aplicar 
un sistema tributario progresivo y un sector ambientalista disputa 
dentro del gobierno una propuesta alternativa de desarrollo.
En el caso de Brasil, la discusión –reflejada en los textos de los tres 
autores- se centra en gran medida acerca de si el de Lula es un 
"gobiernos en disputa", entre tendencias keynesianas-desarrollistas y 
tendencias neoliberales o –como sostiene una parte de la izquierda 
decepcionada– es una administración abiertamente neoliberal, sostenida 
en la ortodoxia financiera y los agronegocios, con políticas 
asistenciales de contención. Pero hay dos temas que hacen cortocircuito 
a la hora de defenestrar al ex obrero metalúrgico del panteón de los 
nuevos izquierdistas: la autonomía relativa de Brasilia frente a EE.UU. 
(hay coincidencia en que fue Brasil que dio el mazazo final al ALCA) y 
el hecho que los propios movimientos sociales brasileños –como el 
radical Movimiento Sin Tierra– no terminen de dar el portazo. Más 
complejo es el caso argentino, donde el peronismo desafía cualquier 
fórmula fácil: lo cierto es que el matrimonio Kirchner parece actuar 
pragmáticamente en función de la coyuntura más imaginar proyectos 
"ideológicos" de cambio social. Incluso, recientemente, los máximos 
defensores de la idea del "gobierno en disputa" –Libres del Sur– 
abandonaron el gobierno por considerar que el proyecto K volvió a 
recostarse en el pejotismo en detrimento de un proyecto renovador de 
centroizquierda.
* Ser de izquierda
En una geometría por lo demás variable, los gobiernos progresistas del 
continente, hoy embebidos de un halo carismático, han sido en buena 
parte fruto de la movilización popular con consignas "antineoliberales".
El kirchnerismo es incomprensible sin las jornadas de 2001, el ciclo de 
rebeliones populares boliviano catapultó al primer presidente indígena, 
la presión popular evitó un golpe contra Chávez en 2002, la acumulación 
sindical-electoral del PT en Brasil fue la base de los triunfos de Lula, 
las sucesivas rebeliones urbano-rurales proyectaron a Correa al Palacio 
Carondelet y el agotamiento ciudadano con el Partido Colorado -60 años 
en el poder- movilizó al electorado paraguayo a favor de Lugo… sólo 
Chile y Uruguay se mantuvieron fieles a una institucionalidad a prueba 
de fisuras a la hora de "girar a la izquierda".
Katz enfrenta esta heterogeneidad proponiendo una tipología general que 
distingue entre gobiernos "centroizquierdistas" (con Lula como ejemplo 
paradigmático) y "nacionalistas radicales" (con Chávez en el lugar de 
caso testigo). Y aunque reconoce que la frontera es difusa –con casos 
como Evo Morales o Rafael Correa "navegando entre dos aguas"- sostiene 
que el primer proyecto difiere del segundo por la confrontación con el 
imperialismo, los conflictos con los capitalistas locales y el aliento a 
la movilización popular. Por su parte, Saint-Upéry rechaza de plano la 
existencia de dos izquierdas, y sostiene que se debe reemplazar los 
enfoques "sobreideologizados" por "análisis concretos de trayectorias 
institucionales y políticas, y márgenes de acción diferenciados" que 
enfrenta cada administración. Con todo, la idea de revolución 
–"cultural", "ciudadana", "bolivariana"- ha vuelto a la escena en unos 
procesos que serpentean entre un fuerte presidencialismo y la apuesta 
por formas de participación popular más o menos institucionalizadas.
Sin embargo, pese a que la actual crisis del "capitalismo global" y la 
cantidad de gobiernos de izquierda en Sudamérica alimenta las voces más 
optimistas, a la izquierda "socialista del siglo XXI" –dentro o fuera 
del gobierno– no le resulta fácil reconstruir su identidad sin tirar el 
agua de la bañera (el stalinismo) y el niño adentro (el anticapitalismo) 
como ocurrió con la vía eurocomunista.
Todo lo cual plantea una revisión del debate sobre el clivaje 
reforma-revolución que Katz cree vigente –aunque reformula esta tensión 
en términos "no dogmáticos"– y Natanson y Saint-Upéry condenan a una 
mejor vida, a la vista de la presencia de unas nuevas izquierdas 
pragmáticas y post revolucionarias que habrían reemplazado los discursos 
epopéyicos de largo plazo por objetivos de corto plazo.
* Déficit de identidad
Los actuales países formalmente socialistas no ayudan mucho: el 
referente más próximo, Cuba, parece mirar con más entusiasmo el Doi Moi 
(renovación) vietnamita –que considera a la economía mercantil "una 
conquista de la humanidad y no un mero atributo exclusivo del 
capitalismo"– que a la incierta reinvención del socialismo. Y son los 
propios cubanos –concientes del agotamiento del modelo de "economía de 
comando" de tipo soviético– quienes les dicen a Evo y Chávez: "no hagan 
lo que nosotros hicimos".
Tampoco los elogios de Chávez a un Vladimir Putin que está contribuyendo 
a reposicionar a la Rusia Potencia sobre la base de la revalorización de 
una larga cultura autoritaria e imperial que sobrevivió a los zares, los 
bolcheviques y los "liberales", o el tratamiento de Evo Morales al iraní 
Mahmud Ahmadinejad de "compañero revolucionario" parecen contribuir a 
pisar en firme sobre el pantanoso terreno de las nuevas izquierdas ni a 
pensar las bases de un socialismo que, en palabras del ex presidente de 
la Asamblea Constituyente ecuatoriana Alberto Acosta, debería ser "una 
democracia sin fin". En ese sentido, parte del esfuerzo de Katz es 
revisar críticamente la tradición de los diferentes socialismos del 
siglo XX para ensayar una salida que incorpore el anticapitalismo sin 
planificación burocrática y con pluralismo político. Y, desde esta 
perspectiva, propone separar –y dedica parte del libro a ello- las 
tendencias "socialistas" (anticapitalistas) de las neodesarrollistas, 
que conviven sin demasiada distinción en el aún etéreo "socialismo del 
siglo XXI".
Por otro lado, los gobiernos "socialistas" se enfrentan a menudo con las 
características sociológicas de sus seguidores políticos y electorales. 
Al mencionado consumismo incontinente de los venezolanos, se suman otros 
elementos. Pese a que Evo Morales llama a "exterminar el capitalismo" en 
los foros internacionales, su propia base de sustento se asocia a lo que 
Álvaro García Linera llamó "la rebelión de las economías familiares": un 
conglomerado heterogéneo a nivel de riqueza e ingresos de pequeños o 
medianos propietarios campesinos (como los cocaleros), microempresarios 
de El Alto o comerciantes informales de La Paz. Por eso el 
vicepresidente boliviano habla de "capitalismo andino" o de "modelo 
nacional productivo" y no de socialismo.
Aunque los estilos personales juegan un papel no despreciable, como es 
visible en los impulsos de Chávez (basta ver la emisión de Aló 
Presidente en la que, desde un helicóptero, propone "en vivo y en 
directo" construir una "ciudad socialista" en un desierto), las 
intuiciones de Evo Morales –producto de sus viajes diarios a los 
confines de la Bolivia profunda–, o las preferencias de Correa por las 
"demostraciones racionales" combinadas con una fuerte atracción por el 
marketing político, vale subrayar algunos aspectos que trascienden la 
mirada estatal de gobiernos progresistas.
La densidad de la sociedad civil, o la implantación de los movimientos 
sociales en el continente no deja de augurar una secuencia política de 
largo plazo, particularmente en el área andina y, en paralelo, nuevos 
paradigmas comprensivos y esquemas de pensamiento producidos por la 
multifacética izquierda continental: la luchas por la dignidad (que 
puede desplegarse desde el derecho al trabajo hasta la defensa de los 
recursos naturales, pasando por una fuerte erosión de los diversos 
"colonialismos internos") y, en definitiva, una puesta en cuestión de la 
democracia formal, descreyendo de su representatividad y apostando por 
la participación efectiva. En este marco, un efecto de primer orden es 
la superación práctica del letargo posmodernista y la reinserción de la 
política como una apelación a la lucha por un destino común. En la 
coyuntura continental, que combina sorpresas con resonantes déjà vu, 
resta aún calibrar si en el juego de las afinidades y diferencias con el 
pasado predominan las rupturas o las continuidades, tratando, al mismo 
tiempo, de salir de la imagen garciamarquiana de América Latina que 
reactiva todo tipos de mitos del buen salvaje y donde todo parece posible.



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