[R-P] ( Orlando Barone)El mercado político se pone las plumas, y parece que los votantes se amontonan a la derecha
hugopresman en yahoo.com.ar
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Mar Feb 24 05:07:22 MST 2009
El mercado político se pone las plumas, y parece que los votantes se
amontonan a la derecha
Los pases del año * Color colorado * Romanticismo labriego * Arquímedes * El
diente que muerde * Comilón
No debería escribir más sobre política. Una, porque no sé, sino por pálpito.
Otra, porque está el riesgo de nombrar a alguien atribuyéndole una
pertenencia grupal o partidaria y, al momento de publicarse esta crónica, ya
el tipo está en otro lado. O porque huye o porque se ladea o porque se
cambia. Es como pasa con las vedettes y cómicos del teatro de revistas, que
se pasan de un elenco a otro y un día hablan bien de aquéllos con los cuales
trabajan y al otro mal porque se fueron a otra obra. Por ejemplo, ¿dónde
está ahora Nazarena Vélez? ¿A qué elenco van a ir Florencia de la V o la
Negra Capristo? ¿Y Jorge Lanata? Si se va del Maipo, ¿adónde va a actuar? El
Colón todavía está cerrado. La revista Debate no creo que tenga pasarela: es
más bien como aquel Teatro Abierto, más ligado a la dramaturgia que a la
farándula. Yo de aquí no me muevo.
Sigamos con los cambios del mercado. Sí, también cambio. Me paso de radio y
de equipo. Y me voy al elenco de Liliana López Foresi, en Radio del Plata.
Cambio de lugar en el dial y cambio de recorrido para llegar; de lo que no
cambio es de actitud respecto del menú: prefiero seguir con éste, con todos
sus desniveles de sabor y cocción, antes que volver otra vez a aquella
degustación del Primer Mundo. Hay demasiados cocineros deseosos de aplicar
otra vez aquel estilo culinario que dejó sin comer e intoxicados a muchos.
Y, aunque ahora usan wok en lugar de sartén y lucen otro gorro, las recetas
que están en el cajón son las mismas de siempre. Lo increíble es que sobran
comensales dispuestos a repetir la experiencia gastronómica y que se apuran
a querer cambiar para volver a consumir aquello que los dejó consumidos en
el retrete. Piensan que si un nuevo cocinero le da otro sabor, aunque la
comida fuere la misma, esta vez les va a caer bien. Hay un tipo de votante
argentino que, igual que ciertas mujeres golpeadas, eligen volver al lado
del marido golpeador. La mayor parte de los candidatos ilustres que se
postulan tiene antecedentes golpeadores. Su atractivo nace de la patología
del votante.
No sé qué les pasa a muchos compatriotas, que una vez que se les van las
magulladuras de la golpiza -y los vuelven a melonear con que esta vez es
distinto y que los van a acariciar y premiar-, se desesperan por volver a
experimentarla. Es como si sintieran nostalgia del dolor. Los que sí siguen
siendo fieles a su genética son los representantes del campo. Uno ya sabe
que no se van a mover ni cambiar de elenco jamás. Tienen la misma obra y el
mismo teatro desde hace un siglo. No son conservadores: son atávicos. Se
fortifican en el estereotipo histórico y viven de eso y para eso. Para
mejor, lograron reciclar su vieja marca y el público ha comprado su mensaje
"romántico-labriego". Y hasta llora con el viejo folletín que dice que los
"campesinitos" sufren como nadie porque el mal tiempo los condena. Los
escenógrafos de los grandes medios colaboran con imágenes alusivas de
esqueletos de vacas muertas de sed, por no tener bebidas frescas en el
campo. No muestran las cuatro por cuatro con freezer incluido, ni las
piscinas con icebergs de adorno en el medio de la pampa húmeda. Pensar que
en la modernidad mucha gente ya no cree más en espectros ni en vampiros,
pero sigue creyendo en el espíritu gaucho tal como se lo contaron hace un
siglo. Muchos de nuestros políticos más preclaros se autoexigieron para
compartir esa creencia bucólica. Algunos, hasta usan bombacha bataraza y
zapatillas boyero los domingos para preparar el asado en el quincho del
comité.
Y si "Obama no llama", Cristina tampoco llama al campo. Miles de paisanitos
pobres estaban esperando día tras día el llamado que no llega. ¿Por qué no
nos llaman? Se impacientaban con el facón entre los dientes y la soja
almacenada bajo techo. Qué sé yo por qué no los llamaban más rápido. A lo
mejor, si es por apurarse en llamar, el Gobierno tendría que llamar antes a
gente más necesitada. Y el campo debería esperar varias rondas más de mate.
A esta altura del relato, ya deben haber cambiado de lugar otros políticos.
Para mí el más raro de todos es el Colorado De Narváez. Debería haber
figurado en esa publicidad de pintura donde se habla del color colorado, y
aparecer junto a la Colorada Canosa y a Ethel Rojo. Felipe Solá tiene que
cuidarse de perder el último resto de color que le queda. Tantas manos de
pintura una sobre la otra, al final, no se sabe de qué color se trata. Lo
que sí es notable es que la demanda política está cada vez más a la derecha.
Todos por aquí parecen querer irse hacia ese lado: fuere porque pagan
mejores cachets o porque la hinchada de la derecha es más próspera y puede
pagar más cara la entrada. La paradoja es que, en la Argentina, crece el
apoyo a la derecha cuando el mundo se desmorona justo hacia ese lado.
"Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo." Esto dijo hace algún tiempo
Arquímedes. Hay aquí políticos que ni siquiera creen necesitar un punto de
apoyo. Hacen palanca en el aire y esperan a ver si se mueve algo. Ya no el
mundo, porque para eso hay que tener la cabeza de Arquímedes. Pero tienen la
ilusión de que se muevan los medios de comunicación, que ya eso luce
ventajoso. Como antiguamente, muy remota y románticamente, lucía ventajoso
que se moviera el pueblo. Disculpen por esta antigualla. Esa palabra sólo se
moderniza cuando uno dice Casa Pueblo o Pueblo Blanco, que están en Punta
del Este. No sé si Reutemann sigue como estaba hace un rato, estrenando su
nuevo look independiente de todo, menos del campo. Del campo no quiere
independizarse nadie. Si en el viejo Far West, los cowboys se mataban por la
quimera del oro, aquí los políticos se enceguecen por la quimera de la soja.
Lo cierto es que ya nadie quiere proletarios, quiere sojeros; ni quiere
trabajadores, sino arrendatarios. Hoy, la noticia -al contrario del axioma
periodístico del perro- no es que la política muerda a un político, sino que
el político muerda a la política vacía. Ahí están algunos con sus dentaduras
postizas ya destartaladas de morder al voleo. Los condena el acto reflejo.
Precisamente, es acerca de un diente y de una dentadura que Juan Sasturain
escribió una contratapa en Página/12. Irónico y mordaz -y bellamente
crítico-, Sasturain cuenta una parte del nuevo libro de Mario Vargas Llosa
sobre Juan Carlos Onetti, donde ambos escritores diferencian sus sangres y
sus dones. Según parece, en una entrevista que le hiciera Vargas Llosa al
uruguayo para la televisión francesa, Onetti reparó en que a los franceses
les llamaba la atención su único diente, el último que le quedaba. Entonces,
dijo: "En otro tiempo, tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a
Vargas Llosa". Qué maravilla esa gracia feroz cediéndole al apuesto peruano
su dentadura. Una metáfora "onettiana". Y todo un retrato de época: la que
va de la dentadura postiza en el vaso de noche, a la del implante de lujo,
imperceptible. La de la literatura de la pobreza a la del mercado.
Épocas como las del jugador de fútbol de antes y de ahora, la que viene
desde el plato de ravioles con mucho tuco hasta la de los bocados orgánicos
de la nutricionista. O la que separa la de la mesa familiar, a la de la
balancita electrónica del doctor Cormillot. Por eso, en un fútbol de
entrenamiento multidisciplinario y tecnológico como el de hoy, la inusitada
"gordura" del Ogro Fabbiani trajo nostalgia de tiempos remotos. De cuando
los futbolistas tenían cuerpos de potrero, de madrugadas y de sopa. Había
jugadores chuecos, patizambos, con pie plano y con juanetes. Y muchos
barrigones. Ya no. Se usan los músculos del estómago duros y ondulados, como
una tabla de lavar. Las botineras se deslizan por la tabla y vaya a saberse
el vértigo que sienten. De allí que haya sido todo un esclarecimiento que
Fabbiani se sincerara del sobrepeso gastrointestinal: "La culpa es que
estuve parado varios meses y, encima, mamá es chef". Ahí está la revelación
del enigma de la sobredosis alimentaria: en la mamá chef y el nene comilón.
El Ogro Fabbiani es la prueba empírica de que el Edipo mitológico puede ser
superado, pero el Edipo gastronómico es imbatible.
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