[R-P] [Jorge A. Ramos] Los astrónomos salvajes

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Mie Feb 18 12:55:28 MST 2009


[El capítulo I de la Historia de la Nación Latinoamericana provocó algunas
reacciones de colisteros "hispanudos" que me han escrito a mi casilla, ahora
espero las de los "indigenudos". Para todos hay una frase del Colorado que
decía más o menos así:  "la Historia no es un lugar donde ocurren cosas
agradables". ]

HISTORIA DE LA NACIONA LATINOAMERICANA
Autor: JORGE ABELARDO RAMOS

CAPITULO II LOS ASTRONOMOS SALVAJES

"Todos aquéllos que difieren de los demás tanto como el cuerpo del alma o el
animal del hombre (y tienen esta disposición todos aquéllos cuyo rendimiento
es el uso del cuerpo, y esto es lo mejor que pueden aportar) son esclavos
por naturaleza". Aristóteles

1. ¿Geografía o Historia?

Los Españoles no descubren en el continente nuevo una "Nación" constituída.
Por el contrario, aparecieron ante sus ojos incontables grupos
étnico-culturales, con profundas diferencias lingüísticas, técnicas,
productivas, religiosas o artísticas. Para emplear un categoría occidental,
diremos que en dicho océano de razas y culturas se destacaban tres de ellas
por su importancia dominante, presente o pasada las sociedades azteca,
incaica y maya. Por cierto que este hecho no justificaba la observación
desdeñosa de Hegel de que América era un puro hecho geográfico, y que en
consecuencia no podía incluírse en la historia universal: "En la época
moderna, las tierras del Atlántico, que tenían una cultura cuando fueron
descubiertas por los europeos, la perdieron al entrar en contacto con éstos.
La conquista del país señaló la ruina de su cultura, de la cual conservamos
noticias; pero se reducen a hacernos saber que se trataba de una cultura
natural, que había de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a
ella. América se ha revelado siempre y sigue revelándose impotente en lo
fisico como en lo espiritual. Los indígenas, desde el desembarco de los
europeos, han ido pereciendo al soplo de la actividad europea".
América tenía su propia historia, más precisamente, sus propias historias,
aunque los europeos la desconocieran todavía, y aunque los "americanos"
carecieran de una autoconciencia integral de su existencia común. El imperio
español y portugués unificaron política y administrativamente al continente
desconocido, lo incorporaron a la historia de Occidente y a la geografía
mundial. En la nueva forma que crea Europa, América se transfigura de objeto
en sí en objeto para sí, pues si es cierto que la orgullosa Ecumene europea
extiende su poder, también se universaliza y se mundializa la tierra y los
hombres recién descubiertos. Se efectúa un reconocimiento recíproco y se
opera una sangrienta fusión; de ella brotará la historia latinoamericana.
Cuando el mestizaje no se opera y el aborigen permanece puro, su norma
cultural y su existencia social serán influidas por las condiciones
europeas, por la lengua europea, por la universalización europea. Del
gigantesco encuentro, el Nuevo Mundo surgirá como un producto original de
esta historia, ni americano ni europeo.
Revestiría un carácter puramente académico disertar sobre la hipótesis de
que los diversos Imperios y confederaciones tribales precolombinas hubieran
llegado, con el tiempo, a constituir una "unidad nacional". La noción misma
de "Nación" era una categoría europea, fruto de una evolución secular de las
fuerzas productivas del capitalismo y de la consolidación de un pueblo sobre
la base de una lengua, una economía y un territorio común. Ni siquiera
poseían estas organizaciones precolombinas un mismo nivel cultural. El
continente descubierto por España era un conjunto incoherente de sociedades,
tribus y grupos étnicos, alejados entre sí por distancias inmensas,
separados por siglos o milenios de culturas, antagónicos con frecuencia y
casi siempre incomunicados por centenares de lenguas y dialectos. En el
interior de este caos, sin embargo, se dibujaba cierto orden.
Incas y aztecas no eran individuos "en estado de naturaleza". Constituían,
por el contrario, sociedades organizadas, aunque en decadencia, cuya
complejidad sólo fue advertida por la codicia española al destruirlas, luego
de despojarlas de su plata y su oro. Al margen de ambos Imperios, sólo
quedaban ruinas memorables de civilizaciones más antiguas o varios miles de
grupos étnicos que vagaban por las llanuras patagónicas, por el Gran Chaco,
las Antillas o el Alto Amazonas, cazando o pescando, temerosos del rayo o
adoradores del Sol, y cuyo inescrutable pasado pertenece antes al campo de
la etnología más que al de la historia.
"No hay mejor gente, ni mejor tierra -dirá Colón deslumbrado- ellos aman a
sus prójimos como a sí mismos y tienen su habla la más dulce del mundo, y
mansa, y siempre con risa". A la mirada ansiosa de los conquistadores se
presentaba un mundo asombroso donde convivían, frecuentemente sin conocerse,
el hijo del Sol y el buen salvaje, las matemáticas y el canibalismo.

2. La hegemonía castellana en la conquista.

América había sido fruto de un error: Colón murió persuadido que había
tocado en su proeza las tierras del Asia. La lectura de Marco Polo encendió
su imaginación: en la Española creyó ver las costas del fabuloso Cipango.
Pero su hazaña sólo podía lograrse a través de errores semejantes. El
capitalismo europeo en crecimiento, buscaba el camino de las especierías
asiáticas. El descubrimiento confirmó las predicciones de los antiguos y
trastornó la ciencia geográfica. Al cabo, resultó evidente que el Orbe Novo,
según denominó Pedro Mártir de Anglería a la tierra nueva, no era el Asia.
En seguida se advirtieron las consecuencias inmensas del descubrimiento.
Como no podía ser de otro modo, las promesas ilimitadas otorgadas en las
capitulaciones reales al Almirante de la Mar Océano, se olvidaron
rápidamente con indiferencia regia. América resultaba ser un premio excesivo
para su descubridor.
Los reyes limitaron enseguida los derechos otorgados. Al comenzar la
conquista en gran escala, la monarquía trazó, sin pérdida de tiempo, su
política de centralización en el Nuevo Mundo. Aunque la Corona rehusaba
comprometer al Tesoro real en las expediciones, procuraba preservar sus
derechos en los mares y tierras por descubrirse y colonizarse. Toda la
conquista asumió, por ese motivo, un carácter privado, costeada por
particulares, aunque regido por múltiples disposiciones administrativas que
aseguraban los privilegios de la monarquía castellana. Las capitulaciones
otorgadas a los Adelantados les cedían privilegios de índole señorial, entre
los que se establecía la facultad de distribuir tierras y solares, repartir
indios, erigir fortalezas y proveer oficios públicos."Fue así como la vieja
Edad Media castellana, ya superada o en trance de superación en la
Metrópoli, se proyectó y se continuó en estos territorios de las Indias".
La tradición de las guerras religiosas infundió a la Conquista, por lo
demás, un marcado carácter de evangelización. Se estableció la obligación en
las capitulaciones de incluir a clérigos en la flotas para el "mejor
cumplimiento de los fines espirituales". Dicha disposición real planteó ante
los teólogos, burócratas y juristas el problema del "justo título", alegado
por la Corona para conquistar las Indias. La conquista fue obra de la Corona
de Castilla, aunque hubiera sido impulsada, ante todo, en la persona de
Fernando, por los intereses de la burguesía española de los puertos
mediterráneos. No obstante, los castellanos se reservaron para sí, durante
largos años, el usufructo de las Indias, excluyendo a los "extranjeros" de
toda autorización para pasar a las Indias. Entre los "extranjeros" se
incluían a todos los españoles no pertenecientes a la Corona de Castilla.
Pero la nobleza castellana, formada en la lucha contra el moro y que
parasitaba en la metrópoli, cuando no guerreaba por Europa, no recibió la
noticia del descubrimiento, precisamente, con ardor. Por el contrario, temió
que sus tierras quedasen sin labradores, atraídos por el vellocino de oro de
las Indias. La proeza sobrehumana del reconocimiento geográfico, el combate
con las sociedades precolombinas y la despiadada victoria final, fue
realizada al margen de los grandes de España. Terratenientes y nobles, en
consecuencia, no participaron del esfuerzo de la conquista y colonización .

2. Los Segregados de España en América.

La institución del mayorazgo en España dejaba en la mayor miseria a los
hijos no primogénitos de la nobleza. La contradicción entre su rango social
y sus medios económicos, proporcionará a la literatura de la época sus tipos
más grotescos y trágicos. Los hijosdalgo (hijo de algo) formaban un clase
numerosa y desdichada en la España de principios del siglo XVI. El noble
hambriento de "capa raída", seguido de cerca por su escudero más hambriento
aún, será el soldado endurecido de la gran infantería española en las
guerras por sobrevenir: esos soldados de Flandes, que al desfilar parecían
todos capitanes, harían soñar a las mujeres de Europa. Pero ya nada tenían
que hacer en Europa. El hijodalgo más empobrecido integra la tripulación de
las expediciones que se lanzan a la conquista del Nuevo Mundo. Con él
marchan los frailes evangelizadores o dispuestos a la apostasía, los frailes
no menos famélicos o prevaricadores, los funcionarios de Rey, los marineros
de las grandes aventuras y la clientela de los presidios. Por Reales Cédulas
de 1492 y 1497 (derogadas en 1505) se autorizó el reclutamiento de
delincuentes y condenados para integrar las expediciones descubridoras. Pero
ni labradores, ni artesanos pasan al Nuevo Mundo, a pesar de los esfuerzos
reales en la primera etapa. También se prohibía viajar a las Indias a los
descendientes de moros o judíos, a los gitanos, negros ladinos y herejes en
general. Caro está, como ocurrirá durante tres siglos en la legislación
indiana, la ley escrita poco tenía que ver con la vida social. "Los
individuos que vivían en la Península, desheredados y desesperados, sin otra
hacienda que una capa andrajosa, sin tener seguridad ni de un bocado de pan
ni de un trago de vino, se resolvían con frecuencia a exponersea los golpes
de los indios bárbaros, o a los rigores de una naturaleza exhuberante e
ignorada, a trueque de remediar la insoportable miseria que los aflijía.
Estos de quienes hablo habían inventado una frase muy expresiva para indicar
el objeto de su viaje. "Vamos a las Indias, decían, para hallar qué comer."
Al Nuevo Mundo pasaron judíos, herejes, negros y hasta aquéllos que al
principio rehusaron hacerlo. También algunos artesanos y menestrales,
acorralados por la ruina de la industria española después de Carlos V,
llegarán a las tierras nuevas . Las "naos" en que se embarcaban para la
increíble aventura los "desheredados", no tenían sino 20 o 25 metros de
quilla. En su miserable interior, convivían interminables meses, hacinados y
mutuamente asqueados, damas de alcurnia, frailes, mercaderes, obispos y la
más brutal marinería.
Un cronista de las navegaciones ultramarinas, Fray Antonio de Guevara,
redacta un tratado sobre el "Arte de marear" donde describe los trabajos y
penurias de las travesías: "Es privilegio de galera que nadie al tiempo de
comer pida allí agua que sea clara, delgada, fría, sana y sabrosa, sino que
se contente, y aunque no quiera, con beberla turbia, gruesa, cenagosa,
caliente, desabrida. Verdad es que a los muy regalados les da licencia el
capitán para que al tiempo de beberla, con una mano tapen las narices y con
la otra lleven el vaso a la boca".
Para mayor inquietud, debían tomar en cuenta la desagradable sorpresa de un
encuentro con la piratería, desplegada al paso de los navíos españoles. La
fama del oro y la plata traída de Indias propagó las correrías de los
piratas hasta extremos que se volvió muy peligroso viajar hacia América y,
sobre todo, volver de América. Tampoco la piratería estaba exenta de
riesgos. En el código de los bandoleros del mar, fielmente cumplido entre
ellos, se establecían indemnizaciones por pérdidas físicas producidas en los
atracos marítimos. Véase el siguiente cuadro:

PIRATAS
PIEZAS DE 8 REALES
Brazo derecho  600
Brazo izquierdo 500
Pierna derecha 500
Pierna izquierda 400
Un ojo 100
Un dedo100


Como el tiempo se medía por relojes de arena, los hambrientos viajeros a
Indias soportaban un cambio de guardia cada cuatro horas y una vuelta de
ampolleta cada media hora. Los pajes del barco, al dar vuelta la ampolleta,
entonaban cantinelas. He aquí una de ellas:
"Bendita la hora en que Dios nació, Santa María que lo parió, San Juan que
le bautizó. La guardia es tomada; la ampolleta muele; buen viaje haremos si
Dios quiere".
Al desarrollarse la colonización y establecer la monarquía española un
aparato político más arraigado, los más altos cargos serían ocupados por
aquellos individuos de la aristocracia peninsular que no habían participado
en la fase heroica de la conquista.
El poblamiento de América hispánica se produce, en definitiva, por un
desdoblamiento de la población española: el sector más desesperado y
marginado de la sociedad peninsular, emigra a América para enriquecerse y
permanecer en ella. En pocas generaciones, el cruzamiento del español con
las indígenas origina la aparición del tipo criollo y mestizo, el aumento de
la población y la formación de una sociedad colonial estable. La
introducción de nativos del Africa negra, esclavizados para trabajar en la
economía de plantación, incorporará nuevas etnias al formidable crisol de
razas del nuevo pueblo latinoamericano. Todo lo cual significa que los modos
de producción, las instituciones sociales y las ideas dominantes de España y
Portugal, van a fusionarse en el Nuevo Mundo con las particularidades
económicas, naturales y políticas de la tierra desconocida: de ese hecho
brota la originalidad americana. Si los naturales de Aragón, a casi cien
años del descubrimiento de América, apenas logran pasar a las Indias, los
catalanes, es decir el sector más burgués y moderno de España, se ven
excluídos por la hegemonía castellana de toda intervención en América.
Recién en 1702, Felipe V les concedió facultad para enviar cada año a las
Indias dos bajeles cargados de sus productos con retorno a Barcelona, a
condición de "no ofender los derechos y prerrogativas del comercio de
Sevilla". Aragoneses, catalanes, valencianos, eran extranjeros para la
nobleza castellana. Y esta nobleza era precisamente la misma que se había
opuesto a la formidable empresa y que la usufructó luego para hacer del
Nuevo Mundo un Mundo Viejo, a su imagen y semejanza, un espejo de esa España
que los señores habían petrificado. Si el pensamiento renacentista, los
conocimientos geográficos,así como la expansión del mercado mundial y las
incesantes invenciones constituían el marco histórico del Almirante, tras su
proeza, y a su sombra, descenderá sobre la tierra  recién descubierta la
bandada de usurpadores senõriales. Los caballeros de Castilla dejarán a un
lado, con mano de hierro, y guante de terciopelo, no sólo a los soldados de
la conquista, sino también a aquellos españoles que pretendían crear una
nación burguesa en América, puesto que ya no podian hacerlo en España . De
este modo, la conquista y colonización llevará el sello indeleble de la
sociedad castellana, durante los tres siglos de su decadencia; y si logra
crear algunos focos industriales, será justamente a causa de la
insuficiencia productiva de la metrópoli. Unicamente cuando España intenta
débilmente reubicarse en la corriente de la historia universal, con el
advenimiento de los Borbones, el Nuevo Mundo experimenta cierto progreso.
Pero era demasiado tarde.

4. Los Incas y Aztecas descubren Europa.

Al desembarcar el porquero trujillano Francisco Pizarro en las costas
peruanas, al frente de 179 hombres y 37 caballos, ni sospechaba siquiera la
magnitud del enfrentamiento histórico pronto a desencadenarse. Una
civilización y una cultura lo esperaban. Era la exacta oportunidad -no
soñada, ni entrevista- para hacerse de un imperio, casi sin perder el
aliento. Hernán Cortés no había sido tan afortunado. Pues el Imperio de los
Incas estaba trabajado por graves disenciones internas. El conflicto entre
los dos hermanos, Atahualpa y Huáscar, sucesores del poder legado por el
monarca incaico Huaina Capac, facilitó el audaz golpe de los soldados de
fortuna, y lo eran, sin duda. Francisco Pizarro y sus camaradas conquistaron
un imperio inmenso en descomposición. Con entera justicia, podrá escribirse
que nada habían heredado de la Hispania romana, pues hicieron todo lo
posible para dificultar con su ciego pillaje el conocimiento posterior de la
civilización que destruían. Cuando los soldados españoles ingresaron al
Templo del Sol, en el Cuzco, les pareció haber llegado a la Ciudad de los
Césares, tales eran las maravillas allí reunidas. El deslumbramiento fue
breve:"Sin piedad, los preciados símbolos fueron arrancados de sus sitios,
derribadas las momias reales... deshechos en pedazos y arrancados de cuajo
sus ornamentos. Las vasijas sagradas fueron golpeadas y destrozadas;
indignamente rasgadas en pedazos las inapreciables tapicerías. Las
magníficas alfombras y los más hermosos tejidos jamás vistos, fueron
cortados en tiras con espadas y dagas para envolver la carga del áureo
botín. Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del
tesoro la parte del león, los soldados, con cota de malla, pisoteaban joyas
e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les daban martillazos para
reducirlos a un formato más fácil y manuable. Desnudaban así al templo y las
maravillas del jardín, de toda pieza preciosa y metales. Ajenos a la
belleza, al arte, al incalculable valor del botín, arrojaban al crisol para
convertir el metal en barras, todo el tesoro del templo: las placas que
habían cubierto los muros, los asombrosos árboles forjados, pájaros y otros
objetos del jardín". Así procedieron los hombres de Pizarro en todo el
Imperio. Todo lo que podían destruir, lo destruyeron. "Cuando los españoles
quitaron las llaves de metal que sostenían las losas de piedra de
Tiahuanaco, las construcciones que hasta entonces se habían mantenido
intactas durante mil años, se desmoronaron para convertirse en ruinas.
Incontables millares de toneladas de antiguos edificios, monumentos e ídolos
de piedra fueron destruídos".
Pese a la desatada furia, el genio civilizador del Incario había elevado
tales muestras de su energía que no pudieron arrasarlas ni siquiera los
viejos saqueadores de Flandes o de Roma. El propio Templo del Sol, indemne
al hacha española, fue convenientemente arreglado para servir al culto
cristiano. El pillaje continuó durante los últimos cuatro siglos, aunque es
justo decir que durante la mitad de ese extenso período en el saqueo de las
de las viejas y nuevas culturas tuvieron parte decisiva las nuevas
oligarquias criollas y los imperios anglosajones. No constituye una
irreverencia histórica dejar sentado que el núcleo de los conquistadores del
Perú constituía una gavilla de bandidos, realmente dignos del infierno, cuya
ocupación favorita consistía en acuchillarse recíprocamente y en traicionar
a su rey. Hubieran hecho buena figura como condenados a galera en cualquier
prisión del mundo. En este preciso sentido, un Francisco Pizarro, muerto por
sus acólitos en Lima, Diego de Almagro, asesinado por los pizarristas,
Carvajal, un criminal de alma helada o Lope de Aguirre, poseído de demencia
homicida, no diferían de los conquistadores ingleses, holandeses y franceses
de su época. Había un abismo entre tales sátrapas y Hernán Cortés, un
ilustrado y notabilísimo político, cuya medida crueldad, y rasgos de
inspiración, hubiera aprobado el florentino Nicolás Maquiavelo. Si se deja
por un momento de lado el nivel de civilización técnica y de utilaje militar
que manejaba el feroz Pizarro, y que consagró su inverosímil victoria sobre
los Incas, este gran pueblo americano empleaba para su expansión imperial
una inteligencia política que los españoles omitían en sus métodos de
conquista. Cuando el Inca se proponía ensanchar su Imperio "se informaba
primero de la situación general de la tribu que ocupaba ese territorio y de
sus alianzas; se esforzaba en aislar al adversario obrando sobre los jefes
de los pueblos vecinos mediante dones o amenazas; después encargaba a sus
espías el estudiar las vías de acceso y los centros de resistencia. Al mismo
tiempo, enviaba mensajeros en distintas ocasiones, para pedir obediencia y
ofrecer ricos presentes. Si los indios se sometían, el Inca no les hacía
ningún daño; si resistían, el ejército penetraba en el territorio enemigo,
pero sin entregarse al pillaje ni devastar un país que el monarca pensaba
anexionar".
¡Como para prestarle crédito a la clasificación de Morgan, que Engels hizo
suya, acerca de que los Incas vivían en el "estadio medio de la barbarie"
por el hecho de que desconocían la rueda y carecían de fundiciones de
hierro! Los eruditos europeos, enfermos de presunción, se han esmerado en
enseñar a los indígenas del mundo cuál es el lugar exacto que les
corresponde en la escala jerárquica de la historia. Todo lo que era
diferente, lo consideraban inferior. En cuanto a los soldados de las
conquista, nada más claro y verdadero, más tristemente humano, que la
explicación de Mariano Picón- Salas: "¿A qué asombrarnos de que esa masa de
pecheros, de pequeños hidalgos empobrecidos, de bastardos sin herencia que
formaban el aluvión conquistador anhelen forjarse sus ínsulas de metales
preciosos? El sueño de Sancho Panza, que Cervantes incorporó en el más
representativo libro español, sueño de buena comida, de eterna boda de
Camacho en que se voltea sin cesar el asador y se derraman las botas de
vino, representa uno de los temas y los sueños del pueblo español, cuando
desde Carlos V sobre la vieja y pequeña economía agrícola prevalece en
Castilla el latifundio ganadero de la 'mesta' y el país hispano se vierte en
empresas exteriores que arruinan su economía interna" .

5. La propiedad colectiva de la tierra.

El Imperio incaico ejercía su influencia sobre el actual Perú, Bolivia,
Ecuador, parte de Chile, un sector del norte argentino, cierta fracción de
la selva brasileña, y hasta parte de Colombia, donde se manifiestan
numerosos testimonios en la toponimia y la cultura sobrevivientes. El saqueo
de los conquistadores ha contribuído a dificultar un estudio completo de la
sociedad incaica y de sus orígenes. Los incas no habían llegado todavía a la
escritura. Desconocían la rueda, el manipuleo de metales (hierro), el
vidrio, el trigo y el caballo. La civilización incaica se fundaba en la
propiedad colectiva de la tierra, en el cultivo del maíz y en la
domesticación de la llama. El desarrollo y apogeo del Imperio duró cuatro
siglos. Constituía, por lo demás, una confederación altamente centralizada
de tribus. Se consolidó en ella una sociedad estratificada, cuya población
agrícola, con sus caciques locales, producía la alimentación fundamental de
la comunidad, que era vegetal, pues la carne era prácticamente desconocida
como alimento. Las clases sociales se erigían a partir de las comunidades
nucleadas alrededor del "ayllu"; la aristocracia, rodeada por los jefes
militares, los sabios o "amautas" y los artesanos reales, culminaba en la
persona divina del Inca, hijo del Sol. La reglamentación estricta y
planificada de la vida económica y social estaba determinada por la escasez
de los recursos naturales y el grado de la técnica alcanzada por los Incas.
Para sobrevivir en medio de una naturaleza que todavía no podía dominar,
esta sociedad original había creado Página 32
un ingenioso sistema de irrigación agrícola, superior en muchos aspectos al
romano, y un conjunto de carreteras digno de comparar al concebido por la
civilización clásica, que aún se emplea parcialmente. Nos encontramos aquí
con un tipo de civilización americana que reviste cierta afinidad formal con
el "modo de producción asiática·" descripto por Marx.
Prevengo al lector, sin embargo, contra la propensión inconciente de todo
latinoamericano, de emplear prestigiosos estereotipos de factura europea
para clasificar todos los fenómenos del mundo entero, y en consecuencia, a
rehusarse el examen de la elusiva realidad americana sin intermediarios.
Digo esto sin orgullo: conozco el paño "porque he sido sastre". El régimen
hidráulico del Incario, en cierto sentido análogo a las viejas
civilizaciones del Nilo y sus grandes obras públicas, exigían una disciplina
rigurosa y un régimen político vertical que deja poco lugar a las ilusiones
socialistas de algunos autores como Mariátegui , a la poesía nostálgica de
Haya de la Torre o a las libertades terminológicas de ciertos profesores
europeos . La palabra "socialista" o "comunista" poco tienen que hacer aquí
en su sentido clásico, sea "utópico" o "científico", frente a este notable
ejemplo de propiedad colectiva de la tierra y de subordinación ciega al hijo
del Sol y a su burocrático despotismo. Las lenguas incaicas, sobre todo el
quechua y el aymará, puesto que el uru estaba en completa decadencia al
llegar los españoles, poseen una estructura simple y lógica. Su evolución,
en caso de que esa civilización hubiera dispuesto del tiempo necesario para
lograr una lengua escrita, habría consolidado una "unidad nacional" más
efectiva que la vigente cuando el Imperio sucumbió. En cuanto a la historia,
los Incas sumieron en el olvido deliberado más absoluto a las antiguas
civilizaciones, de las que sin duda procedían y de las que, obviamente,
habían heredado parte considerable de sus métodos económicos y políticos.
Frente a su propio pasado, el Imperio adoptaba, con toda desenvoltura
historiográfica, el criterio de fijar en sus "quipus", así como inscribir en
planchas de oro, los acontecimientos más memorables o meritorios de los
monarcas anteriores, con cierta salvedad. Si algun antepasado hubiera
cometido lo que se juzgaba, de algún modo, un crimen, error o falta grave,
era silenciado por completo, borrado de la historia incaica e ignorado por
las generaciones posteriores. Tal método crítico revela que los Incas, si no
pretendían ser fundadores de la ciencia histórica burguesa, o de los
atormentados cronistas de Stalin, podían al menos aspirar a figurar entre
los más cautos profesantes de la historia. Semejante sociedad, geometrizada
y apasionada por la estadística, que sometía a sus miembros a una existencia
pasiva y ordenada, junto a la cual los jesuitas de las Misiones parecerán
bohemios incorregibles, exhalaba un aire faraónico por todos sus poros. Su
célebre frase cotidiana: "No robes, no mientas, no haraganees" era la cifra
de una comunidad militar, en la cual la falta más leve era penada con la
muerte y donde una disciplina de hierro se imponía para arrancar a la tierra
difícil, apenas abierta por el arado de mano, el sustento de todos sus
miembros.
El conjunto del Imperio era imponente. Sus ejércitos llevaron la zozobra al
puñado de españoles que se atrevió a desafiarlo. Pero la sociedad estática y
doblegada, se disipó como el humo ante el primer golpe. Luego, las
rebeliones sucesivas fueron aplastadas sin piedad y sin esfuerzo por el
escudo de hierro, el arcabuz y el caballo, que, piénsese lo que se quiera,
fueron no sólo la primera muestra que la cultura de Europa ofreció al "buen
salvaje" sino también, en definitiva, la expresión cruel, pero expresión al
fin, de la superior técnica de Occidente.

6. Toltecas, aztecas y mayas.

Muy lejos de la cultura andina, habían florecido notabilísimas sociedades
prehispánicas. La profecía azteca que anunciaba la llegada de los blancos,
asociada a un período de miseria y dolor, resultó confirmada. Una canción
mexicana muy posterior, La maldición de la Malinche, evoca el
acontecimiento:
"Del mar los vieron llegar mis hermanos emplumados/ eran los hombres
barbados de la profecía esperada/ se oyó la voz del monarca de que Dios
había llegado/ y les abrimos la puerta por temor a lo ignorado".
Los dos grupos sociales que poseían un nivel notable en sus civilizaciones
respectivas cuando llegaron los españoles, eran los incas y los aztecas.
Estos últimos, por lo demás, cuando el conquistador Hernán Cortés arribó a
México, sólo dominaban una confederación inorgánica de tribus, mal avenidas
al poder central y cuyas disputas interiores amenazaban gravemente la débil
unidad de un régimen mucho menos integrado que el Incaico. Los aztecas sólo
controlaban y habían impuesto su sello cultural a una reducida parte del
actual territorio de México, sobre todo en las altas planicies y en los
valles, donde residía su capital.
También existían otras culturas, como la de los zapotecas, hostiles a los
aztecas y que colaboraron con Hernán Cortés contra aquéllos, así como la de
los tlascaltecas, que procedieron del mismo modo. Las decenas de tribus y
razas de México no constituían en modo alguno nada que pudiera asimilarse a
una "unidad nacional". El número de dialectos en México era incontable, lo
mismo que sus creencias religiosas, sus estilos artísticos y sus hábitos.
Los aztecas tenían tras de sí un gran pasado histórico. La vieja
civilización tolteca, de la cual eran su expresión más decadente, integra
parte de esa tradición que los investigadores aún no han terminado de
estudiar y que dejara su rastro notable no sólo en la cultura azteca, sino
también sobre los restos de la cultura maya, en la actual Guatemala y parte
de Yucatán. Debe establecerse desde ya, que la conquista española enfrentó a
un gran Imperio, cuyo núcleo dominante se encontraba asentado en una pequeña
isla, desde la cual el poderío militar nahua (o azteca) ejercía el control
global sobre parte de 38 provincias, tributarias de los aztecas.
Estos últimos, establecidos en el valle de México, ejercían una suerte de
satrapía oriental sobre todas ellas. Aunque sobre los aztecas se dispone de
información más abundante que con respecto a las viejas culturas mexicanas,
puede considerarse que la conquista española, como en el caso del Imperio
inca, ejerció una devastación de tal magnitud sobre los monumentos, templos,
archivos y manuscritos, que gran parte del pasado prehispánico resulta en
gran parte indescifrable a la moderna investigación.
Para escoger tan sólo dos ejemplos, diremos que Juan de Zúmarraga, primer
arzobispo de México, se envanecía en una carta de 1547, de que sus
sacerdotes habían destruído, hasta ese momento, más de 500 templos mexicanos
y quemado más de 20.000 ídolos. Con sus propias manos, el ardoroso prelado
ayudó a incinerar los archivos de Texcoco; imitó su celoso ejemplo el obispo
de Yucatán, Diego de Landa, que en 1562 entregó al fuego purificador los
manuscritos mayas, el único pueblo de América precolombina que había logrado
crear una escritura y cuyos principales testimonios históricos y literarios
se han perdido, en gran parte, por estos diligentes pastores.
Numerosos clérigos, y hasta conquistadores como Hernán Cortés y, sobre todo,
Bernal Díaz del Castillo, remediaron en parte la devastación, recogiendo en
sus crónicas y recuerdos los testimonios vivientes de la civilización que
agonizaba bajo sus ojos . No en vano Hernán Cortés, muy superior en todos
los respectos a Pizarro, dirá luego, para justificar en cierto modo el
vandalismo conquistador: "Porque es notorio que la más de la gente española
que pasa, son de baja manera, fuertes y viciosos de diversos vicios y
pecados".
Si se tiene en cuenta que Cortés y sus soldados, inmediatamente después de
su victoria sobre Moctezuma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, destruyeron por
completo Tenochtitlán, la capital azteca, sobre la cual se edificó la actual
ciudad de México, puede comprenderse que su reflexión sea, al mismo tiempo,
una confesión. Mientras que los habitantes de Atenas y Roma, dice
Krickeberg, descienden de los griegos y romanos que vivieron hace tres mil
años, pues las dos grandes capitales se fueron construyendo sobre sus
antecesoras sin destruírlas, la actual México está edificada sobre las
ruinas de la ciudad azteca: de un solo tajo se destruyó la vieja cultura y
se escindió la historia de lo que los europeos llamarían el Nuevo Mundo,
aunque era más antiguo que muchas de las grandes naciones de Occidente.
En los que hoy conocemos como México, se hablaban 82 lenguas, que formaban
11 ó 12 grupos y que se agrupaban en 4 ó 5 familias lingüísticas. La lengua
náhuatl era en el siglo XVI, con la maya y la quechua, una de las tres
lenguas literarias de la vieja América. En ella se habían compuesto himnos a
los dioses, poemas épicos y obras históricas. Observemos, desde ya, que pese
a todas las analogías que los filólogos puedan encontrar entre las lenguas
mexicanas o mesoamericanas, estamos en presencia de mundos culturales e
idiomáticos prácticamente incomunicables: basta señalar las distancias, las
lenguas y las culturas que separaban a las dos grandes civilizaciones
americanas para comprender el papel histórico unificador que desempeñaron
los españoles desde el punto de vista de la creación de una nacionalidad.
Análogamente a los incas, los aztecas carecían de cereales panificables. Su
cultivo fundamental era el maíz. La inexistencia de grandes cuadrúpedos les
vedaba una alimentación completa, con la leche y la carne. Por añadidura, la
carencia de transporte mecánico y animal, esto es, de la rueda, el buey y el
arado, obstaculizaba el aumento de la productividad agrícola. Estos factores
técnicos crearon su déficit alimentario y limitaron el nivel cultural. Se
tendrá presente que si los incas utilizaban la llama como animal doméstico
(que soporta, a lo sumo, un peso de 55 kilos) los aztecas o los mayas, en
cambio, no conocieron animales domésticos semejantes. El transporte, en
consecuencia, se hacía a lomo de indio. El fundamento de la organización
social y económica azteca era el calpulli, equivalente al ayllu incaico y
que distinguía a la propiedad colectiva de la tierra.
Una casta de guerreros, sacerdotes y ricos comerciantes, que traficaban
productos con la costa, servían de base al Jefe o Emperador, cabeza de una
sociedad más o menos militar. Las clases aztecas privilegiadas vivían en
palacios suntuosos. Los ritos religiosos, que incluían sacrificios humanos,
estaban íntimamente vinculados al bajo nivel productivo de su agricultura y
a la ferocidad del régimen tributario y esclavista que asolaba más allá del
valle de México.
Las carreteras, el sistema veloz de comunicaciones, la dureza extrema de la
vida, el saqueo de las tribus sometidas, aproximaban más literalmente a los
aztecas al tipo de despotismo oriental, combinado con el modo de producción
de las sociedades agrícolas antiguas. Contaban con una escritura
jeroglífica, un calendario y nociones de aritmética y astronomía. No
trabajaban los metales industriales pero descollaban en la orfebrería, el
dibujo, el delicado arte del trabajo en plumas y la arquitectura monumental.
Eran excelentes cartógrafos. Cuando Cortés destruyó la capital azteca,
Tenochtitlán contaba con 60.000 casas y 300.000 habitantes. Sus ferias
comerciales deslumbraron a Bernal Díaz del Castillo, el cronista. Le parecía
encontrarse, por su animación, variedad de artículos e intensidad del
intercambio, en una feria europea. Los oficios y artesanías aztecas han
perdurado hasta hoy y, de algun modo, las culturas prehispánicas, impregnan
el espíritu y la sociedad del México contemporáneo.

7. Fin y comienzo.

En cuanto a los mayas, habían desaparecido cuando se produjo la conquista. A
lo largo de una historia prolongada y misteriosa, habían llegado a crear una
escritura perfecta y el calendario más preciso que se había conocido hasta
la adopción del calendario gregoriano en Occidente. Sus cálculos
astronómicos eran rigurosos, no menos que la maravilla de su arquitectura y
sus artes monumentales. Si se considera en su conjunto, tanto la escritura
maya, como la arquitectura preincaica chimu, los indios nascas y su arte
cerámico, sin olvidar los calendarios aztecas o toltecas y las carreteras y
tejidos incaicos, la vieja América que deslumbró a los cronistas españoles,
ofrecía un maravilloso cuadro cultural que no ha podido ser exterminado por
completo. Algunos de sus elementos sobreviven y forman parte del grandioso
proceso de fusión entre los europeos y autóctonos en los últimos siglos.
Fuera de estos centros de cultura, algunos a punto de disolución, otros al
cabo de su apogeo o próximos a su crisis, la más variada gama de tribus y
grupos étnicos vivía en el Nuevo Mundo al aparecer los españoles en su
horizonte. Desde el nomadismo hasta formas primitivas de agricultura,
poblaban la "terra incognita" indios desnudos o nativos cubiertos con piel
de venado, alfareros o tejedores de mimbre, pescadores o cazadores de
bisontes, sedentarios cultivadores de mandioca en las Antillas o en el área
amazónica.
Continente tan inmenso como lo había soñado Séneca, rodeado de dos océanos,
acariciado por el Golfo de México y el mar Caribe, y sostenido por los
Andes, cruzado por los ríos más extensos del mundo, habitado por todas las
razas y culturas, la estupefacción de los conquistadores, al encontrar un
universo habitado por astrónomos y caníbales, fue breve. La colonización
comenzaba, el oro relucía allí y el Reino de los Cielos estaba en este
mundo.





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