[R-P] [R. Forster] Del ciudadano/consumidor a la creación de una nueva ciudadanía democrática

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Feb 18 13:38:51 MST 2009


[No ti fijes en la cara, fijate in movimientos...]

Gentileza de Recu-Perón

Del ciudadano-consumidor a la creación de una nueva ciudadanía democrática

por Ricardo Forster

(Diario El Argentino – 17/02/09)


El predominio de una ciudadanía basada en la alquimia de individualismo, 
consumismo, mercado y privatización de casi todas las esferas de la vida 
social fue generando las condiciones para una profunda y decisiva 
mutación de las prácticas ciudadanas hasta producir modos y formas que 
desarticularon a aquellas que venían a expresar las experiencias y as 
tradiciones de una sociedad todavía atravesada por los lenguajes de la 
política y de las identidades culturales vinculadas a ese universo de 
representación y de acción.

El surgimiento del ciudadano-consumidor, personaje muy de época, 
autorreferencial, egoísta, moldeado por las gramáticas audiovisuales, 
las mutaciones comunicacionales e informáticas y los prejuicios 
multiplicados junto con la fragmentación de la sociedad se convirtió en 
el garante de la lógica de mercado, en epicentro de una nueva forma de 
ciudadanía que al expresar las prácticas privatizadoras de la existencia 
destituyó, por anacrónicas e inservibles, las experiencias políticas 
entramadas en el espacio público y deudoras de construcciones simbólicas 
desplegadas en otro tiempo de la historia, allí donde los sujetos, 
diversos, manifestaban en sus prácticas modos de afirmar sus identidades 
y sus deseos de igualdad. La idea misma de un colectivo social, de un 
ágora como eje de la vida en común, cayó en el descrédito y en el desuso 
allí donde lo que se privilegió fue lo privado, lo íntimo, lo 
encriptado, el espacio diferenciado, socialmente delimitado, construido 
sobre las bases de la desarticulación y la fragmentación propias de un 
modelo, el neoliberal, que asentó su despliegue y su dominio no sólo en 
el imperio de la economía y del mercado (su última razón de ser) sino 
acentuando y radicalizando una revolución cultural que vino a subvertir 
las herencias igualitarias de una sociedad que marchó con ritmo 
frenético hacia su disolución. Los argentinos pudimos atisbar algo de 
eso en las crisis finales de 2001.

El ciudadano-consumidor vino a expresar los deseos imaginarios emanados 
de la mercancía y de su esplendor; sus ilusiones se asociaron con la 
utopía californiana, con ese giro alocado hacia la consumación más 
“plena y libre” de la aventura individual soñada como una nueva manera 
de construirse una vida propia, original, privada, apolítica, enfrascada 
en sus propios gustos construidos como si fueran la quintaesencia de la 
autonomía. Lejos de alcanzar la consumación del ideal californiano 
(cuerpos esbeltos y rubios dorándose al sol, disfrutando una felicidad 
saludable y ofreciéndose como modelos de una nueva humanidad cool), la 
mayoría de los seres humanos, y en especial en estas geografías sureñas 
y empobrecidas, se descubrieron expresando deseos hiperindividualistas 
pero en el interior de una masificación generalizada y de segunda 
calidad. Masificación de las costumbres, de las ideas, de las prácticas, 
de las expresiones culturales que acompañaron el proceso de 
globalización del capital, un proceso que no dejó de arrasar aquellas 
otras formas de sociabilidad propias de una etapa anterior.

La década de los noventa le dio su fisonomía decisiva a la revolución 
neoliberal liquidando, por inactual e inservible, la idea de una 
ciudadanía integradora y capaz de generar las condiciones de una genuina 
movilidad social. El menemismo, entre nosotros, deshizo, sin 
ruborizarse, todo aquello que había construido el primer peronismo, 
quebrando, esencialmente, la relación entre sociedad y espacio público, 
al mismo tiempo que iniciaba y concretaba poco después el desguace del 
Estado hasta convertirlo en una ruina, todo en función del nuevo 
discurso privatizador y de la inexorable tendencia mundial a la 
reformulación de las variables sociales, políticas, económicas y 
culturales signado todo ello por un grado inimaginable, hasta ese 
momento, de concentración de la riqueza en cada vez menos manos. 
Inéditas formas de la desigualdad y de la pobreza se desplegaron en el 
seno de nuestra sociedad.

En este sentido, todavía estamos pagando el altísimo precio de un modelo 
neoliberal que transformó profundamente la estructura argentina, que 
modificó hasta el tuétano usos y costumbres de aquello que definió, 
durante décadas, las formas de socialización propias de nuestro país. El 
menemismo le compró el alma a un amplio sector de argentinos que 
estuvieron dispuestos a vender el futuro de sus hijos en nombre de la 
quimera primermundista y de los viajes desenfrenados a los shoppings 
centers de Miami. Nada, o demasiado poco, quedó de aquella otra sociedad 
articulada desde la lógica de la solidaridad y la equidad; de aquellas 
experiencias de ciudadanía que apuntaron a la integración y a la 
multiplicación de la esfera pública como ámbito de encuentro y de acción 
transformadora. Junto con la rapiña del Estado, el menemismo desbastó el 
ámbito de lo público y deslegitimó los lenguajes de la política 
llevándolos exclusivamente a la zona espuria de la corrupción y de las 
cuestiones judiciales. Lo que se vació de contenido fue precisamente 
aquello que habilita a la creación de una ciudadanía más democrática y 
participativa reduciéndola a masa anónima de ciudadanos-consumidores, de 
votantes culposos que llevaban al cuarto oscuro sus deudas y su terror a 
salir de la ficción del “uno a uno” que había logrado no sólo comprar 
sus conciencias sino destruir la trama productiva del país. La 
democracia devino una cáscara vacía capturada por los lenguajes 
empresariales y secundarizada por la palabra sacrosanta del mercado.

Por eso constituye un desafío de primer orden rediseñar las condiciones 
políticas y culturales que hagan posible torcer el rumbo fijado por la 
ideología neoliberal que logró horadar los núcleos igualitaristas que 
todavía subsistían en lo profundo de la sociedad argentina, núcleos que 
se entrelazaban con experiencias democráticas y de participación que 
fueron pacientemente deslegitimadas por aquellos que desplegaron entre 
nosotros los nuevos valores del egoísmo tardocapitalista. El 
gerenciamiento de la política se volvió palabra de orden al mismo tiempo 
que cualquier referencia a lo popular quedaba asociada al clientelismo y 
a un modelo de sociedad en desuso incoherente con las demandas de una 
“sociedad del conocimiento y del mercado” que exigía liquidar las 
rémoras del pasado para entrar de lleno a los desafíos de un época 
afirmada en la construcción del ciudadano-consumidor, aquel que sólo 
sale a reclamar por sus intereses particulares y que rechaza de plano la 
idea misma de una democracia integradora y equitativa. La riqueza, real 
o ficticia, se convirtió en la panacea universal, en el eje vertebrador 
de la nueva ciudadanía.

En Argentina, y en gran parte de América Latina, la tendencia comenzó a 
revertirse en los últimos años cuando distintos gobiernos iniciaron un 
proceso de remoción del dispositivo neoliberal, remoción que si bien ha 
alcanzado lo económico no ha podido todavía modificar esa otra trama 
fundamental que define las conductas sociales y culturales que siguen 
presas del imaginario de los noventa. Eso se vio con claridad durante el 
conflicto en torno a la resolución 125, un conflicto que desnudó las 
carencias gubernamentales a la hora de dar una genuina batalla cultural 
y que evidenció cuán profunda y decisivamente talló y talla la vida 
cotidiana de los argentinos la práctica y el discurso del individualismo 
de mercado.

Éste es el eje del debate actual, el punto de inflexión desde el cual 
reconstruir una ciudadanía democrática que sea capaz de dirigirse hacia 
una sociedad más justa y equitativa.-




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