[R-P] [Jorge A. Ramos] La España Caballeresca (1 ª parte)

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Sab Feb 14 04:02:54 MST 2009


[Ante la buena recepción de muchos colisteros e incluso en otras listas,  de 
la Introducción a la Historia de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo 
Ramos,  envío el primer capítulo de la mencioanda obra. Debido a la 
extensión del texto, va en dos partes. J.M.E.]

HISTORIA DE LA NACIONA LATINOAMERICANA
Autor: JORGE ABELARDO RAMOS

CAPITULO I LA ESPAÑA CABALLERESCA

"Si Don Quijote atribuye a encantamiento de la realidad la inconciliabilidad 
del mundo y de sus ideales y no puede comprender la discrepancia de los 
órdenes subjetivo y objetivo de las cosas, ello significa sólo que se ha 
dormido mientras que la historia universal cambiaba". Arnold Hauser

1. Orígenes del particularismo español.

La historia de España, en el último milenio, comprende dos grandes momentos. 
Uno de ellos es el feroz combate, que se prolonga durante siete siglos, 
contra la civilización árabe, incrustada en el territorio de la antigua 
Hispania romana. El segundo, es el descubrimiento y colonización de América. 
La caída de Granada, último bastión musulmán en suelo español, corona la 
soberanía territorial de las Españas. Queda eliminado así el poder político 
de los árabes, justamente en l492. En ese mismo año sorprendente, tan solo 
nueve meses más tarde, el Almirante de la Mar Océano incorpora América a la 
geografía mundial. Estos dos grandes acontecimientos se producen bajo el 
reinado de Isabel y Fernando, los insignes monarcas de Castilla y Aragón. La 
pareja real encarna la hora más decisiva de la historia hispánica. Por 
añadidura, el nombre de Isabel la Católica está profundamente vinculado a la 
creación de la Nación Latinoamericana, como ya empieza a llamársela a fines 
del siglo XX. De tal suerte, la ansiada unidad política de España, que 
apenas era un díscolo puñado de reyecías y baronías, había costado la sangre 
de generaciones sin cuento. La constitución del Estado Nacional, aún débil y 
aquejado de toda suerte de flaquezas, se había alcanzado, al fin, como fruto 
de una guerra de religión.
Para lograr la plena soberanía española, se impuso hacerla bajo el signo de 
la cruz. Esa poderosa inspiración forjó un ideal heroico, que perduró como 
rasgo psicológico de los españoles a través de las edades, cuando ya todos 
los héroes habían desaparecido. Tal grandioso objetivo, la unión de los 
reinos con la fe, requirió un inmenso esfuerzo. Lo dicho permite explicar 
las causas que transformaron a España en una sociedad militar, capaz de 
velar y emplear sus armas durante setecientos años.
Esa interminable guerra nacional y religiosa, dejaría huellas profundas en 
la sociedad española, en sus particularidades regionales, en sus lenguas y 
en su estilo de vida. La historia de España, de alguna manera, nace en dicha 
cruzada y se impregna hasta la médula de esta agotadora prueba. Bajo la luz 
cruel de tal historia, nació la raza de hierro que descubrió, conquistó y 
colonizó las Indias, así llamadas por Colón bajo la influencia arcaica de 
los mapas de Ptolomeo.
El matrimonio de Isabel y Fernando constituía, a su vez, un paso más hacia 
la unidad nacional de España: Castilla y Aragón, por los azares dinásticos, 
constituían una diarquía. Reunían en la pareja real a reinos hasta entonces 
separados . Como convenía a la marcha general de la historia europea y a los 
progresos del capitalismo en Occidente (que no es lo mismo que decir a la 
historia de América Latina), con los Reyes Católicos la monarquía feudal 
esbozó su voluntad de marchar hacia una monarquía absoluta. En otras 
palabras, a establecer la preeminencia de la monarquía sobre la insularidad 
feudal de la nobleza, opuesta a la constitución de la Nación. Estos 
particularismos y esta nobleza hundían sus raíces en la cruzada contra los 
moros. De esas luchas España había heredado un encarnizado individualismo. 
Ahí medraba un sistema de fueros, que cada ciudad o reino defendía 
celosamente, tanto frente a la nobleza de espada, como ante las tentativas 
reales de sujetar a los pequeños reinos a un poder centralizado.
Los reinados y baronías que componían la España del siglo XV, se habían ido 
creando en la Reconquista contra los musulmanes, sobre cada pedazo de tierra 
conquistada. Aquellos fragmentos étnicos que en el curso de los siglos 
llegarían a constituirse en el pueblo español, libraron con los moros una 
guerra de inigualable crueldad donde el derecho a la tierra y la fe jugaron 
el papel principal. El historiador Oliveira Martins escribe:
"El movimiento de la Reconquista había empezado en Asturias de un modo 
cabalmente bárbaro; fue un retroceso a la vida primitiva. Las partidas de 
Pelayo no constituían un ejército ni se reunían en una corte; eran una 
horda, y he aquí como un cronista árabe describe al Rómulo español y a sus 
compañeros: 'Viven como fieras, nunca se lavan ni cambian de ropa, que 
conservan hasta que de puro vieja se les cae a pedazos'. Y agrega Oliveira 
Martins: La impresión que producirían a los árabes estos feroces y bárbaros 
campeones, sería análoga a la que sufrieron, sin duda, los galo-romanos 
refinados al ver a los salvajes compañeros de Atila".
Pero ya en los siglos X y XI, se incorporarán a la lucha elementos de 
civilización cristianas, nuevas técnicas de guerra, se esbozan los rasgos de 
clases sociales más definidas y se perfila el ideal heroico. Esa lucha 
secular, adquiere o parece adquirir un sentido. Se entiende entonces al 
Poema del Cid y al Cid mismo, que prolongará por siglos en el alma española 
la visión caballeresca de la vida. El Quijote será su reencarnación tardía y 
burlesca. El Cid hablará de este modo:
"Embaracan los escudos delante los corazones abajan las lancas abuestos de 
los pendones; idanlos a ferir de fuertes coraçones. Ferid los cavalleros por 
amor de Caridad; Yo so Ruy Díaz, el Cid Campeador de Bivar".
Cada una de las reyecías católicas estaba separada de las demás: se erigían 
sobre los más diversos accidentes y relieves geográficos. La disgregación 
del latín medieval, entretanto, y el aislamiento guerrero de los pueblos 
cristianos, facilitó la creación de lenguas y dialectos regionales como el 
castellano, el portugués, el catalán y el gallego, que permanecieron 
individualizados hasta hoy (caracterizados hasta por notables y 
singularísimas literaturas), pese a la lenta y progresiva influencia de la 
lengua castellana. El triunfo general de esta última, traducía en la esfera 
idiomática la hegemonía de la monarquía castellana sobre las restantes, que, 
por lo demás, no retrocedían sin luchar. Así se formaron durante siglos, 
leyes y costumbres populares, al tiempo que un estilo militar de existencia, 
donde la nobleza adquirió privilegios nacidos de su papel en las guerras. 
Estas prerrogativas marcaron toda la historia posterior de España. El poder 
real se vio constantemente limitado por la resistencia armada de los 
dominios señoriales. "España se encontró en la época de la resurrección 
europea -escribe Marx-, con que prevalecían costumbres de los godos y 
vándalos en el norte y de los árabes en el sur".
Al mosaico racial y cultural de España, debía agregarse la presencia de los 
judíos. Poderoso grupo étnico-religioso, este pueblo-clase, según la 
definición de Abraham León, era actor dominante en la ciudad medieval, donde 
florecía el capital comercial. Análogamente, los árabes constituían la 
porción más laboriosa y técnicamente eficaz de su economía agrícola. Esa 
"aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal a la 
cabeza", encontró la primera posibilidad de marchar hacia una unidad 
nacional gracias al poder central que comienzan a encarnar los Reyes 
Católicos. La misma monarquía expresaba claramente el precario carácter de 
esa unidad: mientras que en la Castilla de Isabel predominaban los intereses 
señoriales, en el Aragón y Cataluña de Fernando prosperaba la burguesía de 
los puertos marítimos, vinculados al comercio con Europa y Oriente. Así, en 
su propio seno, la monarquía que buscaba la organización de una sola nación, 
asumía simbólicamente un carácter bifronte. Las dos Españas se enlazaban y 
disputaban con Isabel y Fernando.

2. La nobleza enfrenta a la monarquía nacional.

La oposición de la nobleza castellana a la unidad de España, se había 
manifestado de manera inequívoca al difundirse la noticia de que la heredera 
del trono de Castilla, Isabel, contraería enlace con Fernando, heredero del 
trono de Aragón. La furia de Enrique el Impotente, rey castellano y hermano 
de Isabel, no tuvo límites.
Los cortesanos, expertos intrigantes de Corte, sugieren al oído del Rey la 
idea de aprisionar a Isabel. Al mismo tiempo, la infanta demostraría su 
inteligencia política, luego proverbial, al decidirse, entre todos los 
pretendientes, por la persona de Fernando. Así podrían unirse las dos 
Coronas, incluída la poderosa Cataluña, asegurando, quizás, de modo 
decisivo, la unidad de las Españas.
La conspiración de los feudales estaba en marcha; había que actuar 
rápidamente. Ante el peligro inminente que las tropas de su hermano el Rey 
puedan aprisionar a Isabel, el Arzobispo Alonso Carrillo de Acuña, consejero 
de la infanta, rescata a la futura Reina de su Castillo de Madrigal de las 
Altas Torres. Protegida por 300 lanzas, Isabel huye de su castillo, 
escoltada hasta Valladolid. Desde allí, el Arzobispo convoca urgentemente a 
Fernando de Aragón. Es preciso celebrar la boda de inmediato. Los peligros 
que acechan a los futuros contrayentes son enormes. La levantisca nobleza se 
opone a todo poder centralizado que pueda recortar sus privilegios. Los 
Grandes de España, en su aturdida soberbia, y por el goce del verdadero 
poder alcanzado, consideraban al Rey, antes de Isabel y Fernando, "primum 
inter pares". Hasta el rey de Francia, Luis XI, observaba con alarma el 
futuro gran poder español, que podría nacer de la unión de Castilla y 
Aragón. Por cierto que, a su vez, poderosos intereses aragoneses trabajaban 
dentro de la nobleza castellana en favor del matrimonio, o sea de la unión 
de ambas coronas. Escribe Elliott: "Parece ser también que poderosas 
familias judías de Castilla y Aragón deseaban consolidar la vacilante 
posición de la judería castellana y trabajaban por el matrimonio de Isabel 
con un Príncipe que había heredado sangre judía, a través de su madre".
El matrimonio, dictado por razones de Estado, adquiere, por imperio de las 
circunstancias, un sesgo romántico: disfrazado de arriero, el Príncipe 
Fernando avanza lentamente por la meseta castellana, conduciendo las mulas 
que ocultan las insignias de su rango, mezclado a una caravana de 
comerciantes. Viajan de noche, por caminos poco transitados. Al llegar a las 
murallas del burgo de Osma, "no es reconocido y por poco lo matan si no se 
da a conocer".
Los novios no se habían visto nunca. Isabel sólo contaba l8 años; Fernando 
tenía uno menos. Parece que la muy juvenil infanta, y ya mujer de Estado, 
experimentó un flechazo, al contemplar por primera vez a Fernando. Dice un 
historiador, que los ojos de Isabel se miraron en los "bellos, grandes, 
rasgados y rientes" de Fernando.
El matrimonio, tan azaroso, y tan rodeado de acechanzas y confusas pasiones, 
seguramente no sólo de pasiones políticas, se celebró el l8 de octubre de 
l469, bendecido por el Arzobispo de Toledo. El pueblo de Valladolid bailó en 
las calles durante una semana. Amor a primera vista aparte, la naturaleza 
política de esta unión conyugal resulta evidente. Fernando de Aragón acepta 
sin chistar las condiciones del contrato matrimonial que le impone el 
círculo castellano de Isabel. Como la perspectiva de llegar al trono no era 
dudosa, escribe un historiador:
"Fernando se comprometía a respetar las leyes y costumbres de Castilla, a 
residir con la infanta y a no abandonarla sin su consentimiento y a no hacer 
nombramientos militares o civiles sin contar con su aprobación. Igualmente 
dejaba en manos de la infanta los nombramientos de beneficios eclesiásticos 
y se comprometía a no enajenar las propiedades de la Corona, todo lo cual 
aludía directamente a la futura situación y jerarquía de Isabel de Castilla".
Asimismo, Fernando juró continuar la Cruzada contra los moros. Consintió, 
por añadidura, en que si Isabel sucediera a su hermano Enrique IV el 
Impotente en el reino, "Don Fernando ostentaría el título de Rey como una 
cortesía de su esposa".
Muy otras cortesías debería brindar la gran Isabel a su marido. Ya monarca, 
Fernando de Aragón despertaría frecuentes celos de la Reina por sus 
irresistibles galanteos a no pocas damas de la Corte. A lo largo del reinado 
de la célebre pareja, tales galanteos tuvieron felices consecuencias. Isabel 
la Católica, cuando los benditos niños nacidos fuera de los lechos reales, 
resultaban ser niñas, las introducía, a su debido tiempo, en un convento, en 
el mayor de los secretos. En cuanto a un hijo natural, Don Alfonso, habido 
con Doña Aldonza Iborra de Alamán, resuelta dama que solía acompañar en 
público al Principe Fernando vestida de hombre, el más tarde Rey (y amoroso 
padre) lo designó Arzobispo de Zaragoza a la tierna edad de l0 años.
Si dejamos de lado tales intimidades conyugales, conviene echar una mirada 
al estado político de los reinos españoles al día siguiente de la resonante 
boda.
Conviene tener presente que Isabel, al preferir a Fernando, había desdeñado 
al Rey de Portugal. Alfonso V, el monarca portugués, era un viudo otoñal, 
incomparable con el seductor adolescente aragonés. Lo que era políticamente 
más decisivo: su enlace con Isabel suponía una arriesgada postergación o 
abandono de la unión entre los dos reinos más poderosos de España. Rechazado 
por la infanta, Alfonso V, volvió sus ojos hacia Juana, hija del rey Enrique 
el Impotente. La opinión pública, siempre piadosa, ponía en duda la 
paternidad del rey, cuya discutida virilidad clamaba al cielo. Por esa 
causa, se llamaba a la Princesa Juana, la Beltraneja, apellido de un 
atractivo cortesano, Beltrán de la Cueva, privado del rey. La pasion 
dinástica en la disputa sucesoria inventó otro apodo para la Beltraneja: 
algunos se referían a ella como "la hija de la Reina".
La posibilidad de un matrimonio entre ambos, permitió establecer una alianza 
entre Portugal y el partido de la hija del Rey Enrique IV. El fallecimiento 
de este último, el 11 de diciembre de 1474, desencadenó una guerra civil. 
Isabel se proclamó reina de Castilla; la Beltraneja, por su lado, hizo lo 
propio algunos meses después. Con la ayuda de los Grandes de Castilla y las 
tropas portuguesas, Juana reclamó el trono castellano. Se hizo inevitable un 
enfrentamiento armado. En esa ocasión Fernando recibió un apoyo capital de 
los expertos militares de Cataluña. El partido de la nobleza castellana, en 
definitiva, resultó vencido.
Al fallecer, en ese mismo año de 1479 Juan II, rey de Aragón, Fernando ciñe 
la corona de su padre.Y de este modo, Isabel y Fernando unen, al fin, los 
dos grandes reinos. No era poca cosa, en la marcha hacia la unidad nacional 
de las Españas.
Ahora bien, ¿quién era y cómo era Isabel la Católica? Hernando del Pulgar, 
un intelectual converso o "marrano", secretario real y diplomático, autor 
del libro Claros varones de Castilla, recordó a la joven reina en estos 
términos: "Era de mediana estatura, bien compuesta en su persona y en la 
proporción de sus
miembros, muy blanca e rubia; los ojos entre verdes y azules, el mirar 
gracioso y honesto, las facciones del rostro bien puestas, la cara muy 
fermosa e alegre". El mismo cronista anota otras dos observaciones 
significativas: "Amaba mucho al Rey su marido e celábale fuera de toda 
medida... Era mujer muy aguda y discreta... fablaba muy bien y era de tan 
excelente ingenio, que en común de tantos e tan arduos negocios como tenía 
en la gobernación de sus Reynos, se dió el trabajo de aprender las letras 
latinas, e alcanzó en tiempo de un año saber en ellas tanto que entendía 
cualquier fabla e escritura latina". Contaba la biblioteca privada de la 
Reina Isabel con 25O volúmenes, cantidad muy considerable para la época (y 
para cualquier época, en particular para la nuestra). No sólo la Reina leía 
los libros de santos, o las obras de San Agustín, así como los textos 
bíblicos, sino que en su biblioteca se encontraban obras de historia y 
libros de derecho civil y eclesiástico. Un ejemplo notable son las 
Partidas -una especie de enciclopedia jurídica del siglo XIII que inspiró 
Alfonso X de Castilla. Si curioso resulta encontrar en la biblioteca 
personal de Isabel los grandes autores antiguos, como Tito Livio, Plutarco y 
Virgilio, todavía mas sugerente y punzante aparece el atrevido y sensual 
Renacimiento con la presencia de un libro de Bocaccio. El ruborizado 
biógrafo de la Reina Católica omite informarnos sobre su título. Isabel 
también pudo deleitarse con el Arcipreste de Hita -Juan Ruiz- , cuyos osados 
poemas amorosos corren parejos con su ácida crítica a las costumbres de la 
época. En fin, recorrer el catálogo de la Reina, en el que no faltan 
tratados de medicina y hasta de astrología, permite asomarse a la cultura 
intelectual y artística de esta mujer singular que España dió al mundo en la 
hora de su unidad nacional.
La gran Reina había nacido en 1451, casi con la invención de la imprenta. A 
Isabel se debe, precisamente, la incorporación a España de numerosos 
talleres de impresión, algunos de gran calidad tipográfica, como los 
importados del centro de Europa y de Venecia, destinados significativamente 
a imprimir las Partidas. Fue la Mecenas de su tiempo, protectora de 
humanistas como el siciliano Marineo Sículo, traído a España en 1484, y de 
Pedro Mártir de Anglería, natural de Milán, llegado a Castilla en 1487. 
Sacerdote mundano, humanista y letrado favorito de la corte vaticana, Mártir 
de Anglería será el apuntador vivaz y curioso de todas las maravillosas 
novedades que los navegantes, aventureros y exploradores de América traen a 
la corte de Isabel. Es el primer historiador del descubrimiento y creador de 
la feliz expresión del " Orbe Novo". Designado cronista de Indias por Isabel 
la Católica, redacta las Décadas del Nuevo Mundo, en las que describe las 
"cosas nuevas"de América. En una carta al Conde de Borromeo, escrita el l4 
de mayo de 1493 desde Barcelona, Pedro Mártir de Anglería comenta a su 
amigo, como de paso, lo siguiente: "Ha vuelto de los antípodas occidentales 
cierto Cristóbal Colón, de la Liguria, que apenas consiguió de mis reyes 
tres naves para ese viaje, porque juzgaban fabulosas las cosas que decía. Ha 
regresado trayendo muestras de muchas cosas preciosas, pero principalmente 
oro, que crían naturalmente aquellas regiones" . El sibarítico prelado (el 
Pontífice, devotísimo lector de sus frecuentes cartas con novedades de 
Indias, lo designa Abad de Jamaica, isla paradisíaca que no visitará jamás) 
siempre se cuida de estar cerca del poder. Así, asiste a la toma de Granada 
y frecuenta a Cristóbal Colón. Con total desenvoltura y naturalidad, 
despojada de énfasis, narra las curiosidades de las gentes, la flora y la 
fauna de Indias, recogidas de primera fuente, que despertarán la 
estupefacción de toda Europa. Pues bien, es en ese año simbólico de l492, 
que el gran humanista Elio Antonio de Nebrija publica su Gramática 
castellana. La ofrece a Isabel la Católica como una demostración de que la 
lengua es el Imperio. Interrogado por la Reina respecto a la utilidad 
práctica de una gramática castellana, Nebrija le responde: "Despues que 
Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros e naciones 
de peregrinas lenguas, e con el vencimiento aquellos tenían necesidad de 
recibir las leyes quel vencedor pone al vencido, e con ellas nuestra lengua; 
entonces por esta mi Arte podrían venir en el conocimiento della, como agora 
nosotros deprendemos el arte de la gramática latina para deprender el 
latín". En suma, lengua e Imperio.

A fin de que el lector perciba la gravitación castellana en la inminente 
aventura americana, se tendrá en cuenta que Castilla abrazaba los dos 
tercios del territorio total de la Península Ibérica, o sea unos 350.000 
kilómetros cuadrados. Contaba con una población aproximada de 7 millones de 
habitantes, (cifra controvertida por muchos historiadores). Después de l492, 
incluyendo a Granada, ejercía su soberanía sobre León, Galicia, Asturias, el 
País Vasco, Extremadura y Murcia, además de los reinos de Sevilla, Córdoba y 
Jaén. Por su parte, el reino de Aragón contaba con 110.000 kilómetros 
cuadrados, incluída Mallorca, con 1 millón de habitantes aproximadamente. 
Quedaban fuera de la unión, Navarra (que será incorporada por Fernando 
después de la muerte de Isabel) con 10.000 kilómetros cuadrados y, 
finalmente, Portugal, con unos 90.000 kilómetros cuadrados. Resultaba 
abrumadora la preponderancia de Castilla respecto a los otros reinos y 
baronías españolas. Esto explica el papel de Isabel en la pareja real, por 
lo menos al principio, y luego, el rol decisivo de los castellanos en el 
descubrimiento y conquista de América.
Aunque unidos en las personas de sus monarcas, en ambos reinos permanecían 
inalterables las instituciones administrativas, los fueros y las clases 
sociales. Ni los esfuerzos enérgicos de Isabel podían barrer con las 
costumbres y prerrogativas heredadas de la España medioeval. En Castilla, 
aunque en voz baja, Fernando era llamado "el catalanote". Y lo era, sin 
duda, como lo atestigua su biblioteca personal y la formación recibida en 
sus años mozos. Pues Cataluña, con sus judíos, cartógrafos, burgueses, 
humanistas y artesanos, era la provincia capitalista por excelencia en la 
tradición española, el núcleo social dinámico de la Península. Vencida la 
resistencia nobiliaria por el nuevo poder monárquico, todo parecía indicar 
que los castillos destruídos, las tierras señoriales confiscadas y la 
creación de un ejército nacional, iniciarían triunfalmente el período 
absolutista, cuya misión histórica debía poner término a la resistencia 
feudal. Isabel jugó un papel decisivo en esta unidad. Plena de juventud y 
resolución ardiente, estableció la autoridad de la Corona sobre las órdenes 
militares-religiosas. Herencia de la Edad Media, constituian un poderoso 
bastión político y económico de la nobleza castellana. Entre ellas se 
destacaba la Orden de Santiago, que mantenía bajo su control hasta un millón 
de vasallos. Prácticamente se había erigido como un Estado dentro del 
Estado. Cuando la Orden, en manos de unos pocos grandes senõres, se disponía 
a elegir en l476 el reemplazante del gran maestre, con motivo del 
fallecimiento del anterior titular, llegó la noticia a Valladolid: "Isabel, 
con su audacia característica, tomó un caballo y salió hacia el convento de 
Uclés, donde los dignatarios de la Orden se disponían a elegir un sucesor. 
Después de tres días de duro galopar, llegó al convento justo a tiempo de 
ordenar que los preparativos fuesen suspendidos y que el cargo fuese 
concedido a su marido".
Empleó la misma energía para terminar con otras órdenes, tan arrogantes como 
vetustas, las de Calatrava y Alcántara, por ejemplo. Las Órdenes militares 
tenían detrás de sí, en la agotadora guerra de Reconquista contra la 
ocupación musulmana, un grande y heroico pasado; pero como siempre ocurre en 
la gran aventura humana, los antiguos héroes se habían vuelto anacrónicos. 
Cabe añadir que al terminar la guerra de Sucesión, bien afirmada la pareja 
real en el trono, se imponía establecer el orden en toda España, asolada por 
el bandidaje más feroz. Los caminos y la seguridad de las aldeas se habían 
convertido en el dominio de bandas de incontrolables forajidos, entre los 
que figuraban no pocos hijosdalgos. De hecho, los malhechores habían 
establecido una anarquía agobiante y sembrado una intranquilidad general. 
Los Reyes Católicos, tampoco vacilaron en este caso. La Corona organizó una 
vieja institución, ya olvidada: las Hermandades, milicias encargadas del 
orden público. Se llamó La Santa Hermandad. Financiada por las ciudades, 
derogó de hecho el antiguo privilegio de la nobleza de que los guardias del 
Rey no podían ejercer justicia ni penetrar en los dominios señoriales. La 
Santa Hermandad actuó directamente contra los nobles pendencieros y 
espadachines múltiples que alborotaban con sus reyertas ciudades y aldeas. 
Tales Página 13
incidentes sangrientos, frecuentemente motivados por cuestiones de 
procedencia o por la investigación puntillosa del honor recíproco, para no 
hablar de las frecuentes rebeldías nobiliarias contra el poder central, 
habían desencadenado la proliferación de un bandidaje general en todo el 
Reino.
Isabel actuaba directamente con la fuerza así creada. Las normas fueron de 
dureza ejemplar. Así, por ejemplo, el robo de 5OO a 5.OOO maravedíes era 
castigado con la amputación de un pie. Otros delitos, con la pérdida de la 
nariz o de una mano. Los casos más graves, con la confiscación de bienes o 
la pena de muerte.
Los pueblos de España respiraron con alivio: apreciaron en su valor la 
acción de una Reina que ponía en su sitio a los arrogantes matamoros y a su 
secuela de bandidos. En el orden de la política económica y ante la 
inquietud y disgusto de la parásita nobleza militar, Isabel y Fernando 
protegen desde 1484 a la industria manufacturera. No vacilan en otorgar 
facilidades a obreros italianos y flamencos. Además, los eximen de impuestos 
durante diez años, para estimular su radicación en España y apliquen en ella 
sus artes mecánicas.
Tradicionales industrias españolas son revividas: las armas de Toledo, las 
papelerías y sedas de Jaén y los cueros de Córdoba, conocen una época de 
prosperidad. Durante dos años se prohíbe la importación de paños en el reino 
de Murcia y los hilados de seda napolitanos en el reino de Granada. En 
Barcelona recobran su impulso las industrias, en Zaragoza trabajan 16.000 
telares. En Ocaña florecen las jabonerías y sus célebres guanterías.
Andalucía era una huerta espléndida, creación exclusiva de los árabes, que 
con su laboriosidad e ingenio, habían establecido un notable sistema de 
riego. La pragmática de 1496 tendiente a unificar en todo el reino las pesas 
y medidas, en un país donde el ocio era dignificado y el trabajo envilecía, 
muestra bien a las claras la tendencia de los Reyes Católicos a transformar 
la España medieval y someter a los nobles ociosos.

3. El vuelco de la historia: l492.

Pocas veces la infatigable Clío resultó tan fecunda en prodigar 
acontecimientos asombrosos como en en ese gran año de 1492. Enumeremos los 
hechos: en dicho año cae la Granada musulmana y se concluye la Reconquista 
española del suelo peninsular; se expulsa a la minoría judía; el humanista 
Antonio de Nebrija publica su "Gramatica Castellana" y la presenta a la 
Reina Isabel; y, en fin, se descubren las tierras del Nuevo Mundo.
Conviene, a los fines del relato, describir la primera escena que tiene 
lugar en Granada. España es, en ese año, el teatro central de la historia 
del mundo. Entre las aclamaciones de una colorida multitud, rodeados de 
banderas y estandartes, estremecido el aire por chispeantes clarines, 
avanzaron a caballo, por las calles de Granada, la bellísima y clara ciudad 
morisca, los juveniles Reyes de España. Era el 5 de enero de 1492. Las 
espléndidas mezquitas del Islam se elevaban en el horizonte como marco 
oriental de la victoriosa cristiandad.
El propio Rey moro, Boabdil, debilitado por reyertas familiares, que 
facilitaron al hábil Rey Fernando las negociaciones preliminares de la 
rendición, entregó las llaves de la Alhambra a los Reyes Católicos. Momentos 
después, las insignias españolas, la Cruz y el estandarte real, subían a las 
altas torres de Granada. Con ese acto, concluía la guerra de Reconquista. La 
invasión árabe de la península, iniciada hacía 7 siglos, había concluído. 
Pocas semanas más tarde, el 3 de marzo de 1492, los reyes católicos firmaban 
un decreto de expulsión de los judíos. El decreto se hizo público el 29 de 
abril del mismo año. Su texto era muy claro. Se otorgaba un plazo de cuatro 
meses a los devotos de la fe mosaica para abrazar la fe católica o para 
"vender su hacienda y salir para siempre del territorio español, bajo pena 
de confiscación de sus bienes".
Después de la disolución del Imperio romano, los judíos llegaron a España y 
se consagraron a la artesanía, al comercio y a las finanzas. Al parecer, 
gozaron de la tolerancia de los reyes visigodos y se convirtieron en 
banqueros de los sucesivos dueños del poder peninsular. A pesar de la 
protección de los príncipes y monarcas, siempre necesitados de préstamos, 
los judíos despertaron el odio popular por la actividad de no pocos de ellos 
como recaudadores de impuestos, "agentes fiscales de la nobleza" o 
prestamistas.
Aunque su papel económico en España era muy considerable, no lo era menos en 
la esfera del arte y de la ciencia, así como, particularmente, en la 
práctica de la medicina. No debe olvidarse que las leyes medievales 
establecían la prohibición de los matrimonios mixtos. Asimismo, las Partidas 
negaban a los judíos "yacer con cristianas ni tener siervos bautizados". En 
la práctica, no obstante, muchos judíos se habían convertido al 
cristianismo, y hasta se habían integrado a la sociedad española como 
eclesiásticos, miembros de la aristocracia cortesana o administradores del 
Reino. Más aún, habían contraído eficaces matrimonios con familias 
aristocráticas, aunque arruinadas, cuyos "infanzones tronados" no tenían a 
menos casarse con hermosas judías ricas. Y así se "doraban los blasones". A 
tales miembros de la comunidad judía se los conocía como conversos o 
"marranos". Pero las sospechas de la Inquisición, feroz guardiana de la fe, 
en un mundo peligroso para el catolicismo, no descansaba nunca. La unidad 
político-militar-dinástica, obtenida por Isabel y Fernando, se revelaba 
demasiado frágil en una sociedad rebajada por múltiples conflictos y 
tendencias hacia la desintegración: la nobleza conspirativa, la minoría 
musulmana, la minoría judía, los pequeños reinos aún no sometidos a la 
autoridad central, la rivalidad con Francia, la cercana lanza del Imperio 
Otomano, dominante en el Cercano Oriente, desde la caída de Constantinopla, 
y cuya sombra amenazante llegaba hasta el Mediterráneo. Isabel vaciló 
durante años ante el rigor de esta medida. Su propio marido, Fernando, tenía 
sangre judía. El Tesorero de la Santa Hermandad, Abraham Senior, era judío 
practicante. No obstante, en el curso de las décadas anteriores habían 
tenido lugar violentas explosiones populares de carácter antisemita, 
frecuentemente de carácter sangriento. Según los tradicionalistas españoles, 
esta discriminación carecía de tinte racista, sino que era esencialmente 
religiosa.
Se acusaba a sectores de la comunidad judía, convertidos bajo presión al 
cristianismo, de practicar en secreto su antigua fe. El decreto de expulsión 
conmovió a España e influyó en su historia posterior. Hasta muchos 
conversos, ante la medida, decidieron emigrar con sus capitales y la mayor 
parte de los judíos españoles hicieron lo propio. Los investigadores son muy 
prudentes en la evaluación del número real de expulsados. La estadística 
(más bien asimilable al arte que a la ciencia) justifica esa plausible 
actitud. Si nadie puede sensatamente fiarse de las estadísticas 
contemporáneas, mucho menos podría depositar gran confianza en las de hace 
500 años. De todos modos, se estima en 120.000 los judíos que abandonaron 
España a raíz del decreto. Otros autores calculan más de 200.000 judíos 
expulsados. Los daños ocasionados a la economía española fueron enormes. Al 
recibir en su reino a numerosos judios expulsados de España, el Sultán 
otomano Bayaceto dijo: "¡Este que llamais rey político, que empobrece su 
tierra y enriquece la nuestra!".
En cuanto a los árabes españoles, el proceso de su expulsión fue más 
complejo. Numerosos dignatarios españoles, entre ellos Hernando de Talavera, 
primer Arzobispo de la Granada cristiana, profesaba una gran admiración por 
la civilización musulmana y sus obras de caridad. Era partidario de una 
asimilación gradual, en la cual los árabes adoptarían voluntariamente la fe 
cristiana y los cristianos incorporarían a su vida social instituciones 
caritativas creadas por los musulmanes. Pese a todo, el temor de la 
monarquía castellana-aragonesa ante el poder social, económico y religioso 
de los musulmanes radicados por siglos en el Sur de España, los decidió, 
despues de muchas vacilaciones, a decretar la expulsión de los moros, en 
febrero de 1502.
El 12 de octubre de 1492, el ligur Cristóbal Colón descubre a Europa la 
existencia de un Orbis Novo. No sólo fue el eclipse de la tradición 
tolomeica y el fin de la geografía medieval. Hubo algo más. Ese día nació la 
América Latina y con ella se gestaría un gran pueblo nuevo, fundado en la 
fusión con las culturas antiguas. Fuera el Descubrimiento de América, o 
doble Descubrimiento o Encuentro de dos Mundos, o genocidio, según los 
gustos, y sobre todo, según los intereses, no siempre claros, la proeza 
colombina parece brindar a España, por un momento, la posibilidad de 
consolidar la nación y dotarla de una formidable acumulación de capital.
Errabunda, inesperada, sombría y deslumbrante a la vez, como siempre, la 
historia ofrecería a los ojos hipnotizados de la España medieval la tierra 
prometida, desbordante de dicha. Pero apenas entrevista, América, como una 
maligna Circe, precipitaría a la gran nacion descubridora, casi 
inmediatamente, a una inexorable declinación.
Fernando el aragonés, por otra parte, había atacado la clásica autonomía de 
las ciudades españolas para moderar el poder creciente de la burguesía. 
Entre la Edad Media y la Edad Moderna, la pareja real encarnaba en sí misma 
la contradicción viva de dos épocas.
En la lucha simultánea contra la nobleza y la burguesía de las ciudades, el 
absolutismo naciente de los Reyes Católicos encontró un aliado poderoso, al 
que debió pagar, sin embargo, un tributo: la Iglesia Católica. Los monarcas 
no podían unificar a España en nombre del capitalismo, ni de la Nación, ni 
del pueblo. Pero la unificación reclamada por la historia de ese siglo y de 
cuya consumación, en caso de realizarse, sólo podrían beneficiarse, ante 
todo, las clases modernas en formación, era también una exigencia íntima de 
la monarquía. Si quería elevarse por la gracia de Dios hacia el poder 
genuino, éste debía ser absoluto. En tal carácter, debía chocar contra el 
particularismo, los derechos personales y territoriales de la nobleza voraz. 
De este modo, las necesidades de la monarquía se combinaban con las 
aspiraciones de la Nación, que en esa época sólo podía alcanzar su unidad 
mediante el poder personal. Para lograrlo, sin embargo, Isabel y Fernando 
debían enfrentar un complejo universo de clases, castas, razas, 
nacionalidades y religiones, que eran la herencia de siete siglos de 
sangrienta historia. Sólo cabía en ese momento un método de unificación, la 
unificación religiosa.
La expulsión de los musulmanes y judíos demostró que la unidad de España se 
realizaba ante todo en el plano espiritual, aunque debiera sufrir, como 
efectivamente sufrió, un grave daño en su desarrollo económico y social. Si 
se expulsó a moros y judíos, no se eliminó a la nobleza ni se establecieron 
realmente las condiciones para un desenvolvimiento de la producción 
capitalista, único cimiento, en dicho período, de la unidad nacional. Al 
reducir la unidad española a la pura unidad religiosa, los reyes dejaron en 
pie los factores internos del particularismo feudal. Como la historia 
inminente habría de probar, estos factores empujaron al Imperio español, 
desde su posición excepcional en la historia del mundo, hasta una trágica 
decadencia. La unidad consumada con la ayuda de la Inquisición, caracteriza 
el absolutismo real de los Reyes Católicos como un absolutismo religioso que 
multiplicará todos los problemas que pretendía resolver. Pero como la 
historia es lo que realmente es, y es todo lo contrario de la Ucronía, 
forzoso resulta concluir que la unidad religiosa, aún con los métodos 
crueles que se adoptaron para realizarla, echó los cimientos de la unidad 
nacional de España.





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