[R-P] [Angel Uranga] La epoeya de Hilario Tapary
Juan María Escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Vie Feb 13 12:56:29 MST 2009
[Estamos en 1753, el empresario bonaerense Domingo Basavilbaso, dueño de
saladeros, remite a San Julián una tartana para extraer sal y establecer una
factoría.
En el sur y habiendo llenado la bodega de la pequeña embarcación, ésta parte
el 14 de marzo, rumbo al río de la plata quedando en el lugar, junto con
animales, armas y todo tipo de provisiones para instalar la factoría, tres
personas: un gallego de nombre Santiago, un "natural de las Indias
Occidentales" y un indio guaraní, Hilario Tapary.
Cuando meses después vuelve la tartana a recalar en San Julián por un nuevo
embarque de sal, encuentran el lugar desierto, sin rastros de la avanzada
civilizadora, mejor dicho, con los restos de ésta. ¿Qué había pasado?.
Sucedió que los nuevos habitantes del lugar recibieron visitas de los
nativos quienes, desconocedores de los derechos y bondades de la propiedad
privada, arriaron con cuanta cosa les interesaba y hasta con lo que no les
servía. Frente a esta situación de desamparo y temor, el gallego huyó tierra
adentro perdiéndose para siempre, mientras que el guaraní y el "chino"
decidieron volverse a los Buenos Aires: ¡a pié!.
En la terrible travesía, en el invierno patagón, el chino muere de sed y
agotamiento, mientras Hilario será rescatado por los nómades con quienes
retorna (enero de 1755) al saladero de Basavilbaso tras pasar una temporada
en las tolderías.]
Hilario. Una epopeya
Angel Uranga. C.Riv. marzo/julio/1998.
Aquella tarde de verano, un grupo montado de pampas amigos conmovía la
tranquilidad del saladero. Figuras mal entrazadas, melenas greñosas atadas
con vinchas, desnudos algunos hasta la cintura, cubriéndoles un pudoroso
chiripá, vestidos con bayeta unos y en chamarra otros, o sólo un leve poncho
sobre la piel bronceada.
Con la montonera venía un criollo distinguible más por la apariencia física
que por lo que podríamos llamar vestimenta. Un hombre de barba y bigotes no
muy tupidos que enmarcaban un rostro joven de rasgos firmes.
La comitiva fue rodeada por el mujerío de mulatas y negras de la servidumbre
y un ruidoso coro de chiquillos que correteaban en pata, desnudos,
semidesnudos y desarrapados.
Cuando el patrón del saladero, alertado por el tumulto de perros, mujeres y
chicos, salió de las casas, quedó estático frente al criollo del grupo, como
si mirara un fantasma; veía en realidad un aparecido.
-¿Hilario? -más que preguntarle se preguntó a si mismo-, ¿Hilario Tapary?,
¡coño, sí hombre, por todos los diablos! sabía yo que tú llegarías algún
día. -Y sin darle tiempo al otro a contestar, continúa entusiasmado:
-¿Y qué de los otros perdidos en San Julián?. ¡Hombre, qué flaco y cambiado
que estás!. De esto hace ¿cuánto, como dos años?. ¿Y qué del gallego
Santiago, y del Chino?, pero ¿me vas a decir que has hecho todo el inmenso
trayecto tú solo y a pié?
Recién entonces pudo oírse la voz de ese hombre delgado, de mediana
estatura, levemente más alto que sus acompañantes nativos. El llamado
Hilario dice lacónico:
-Acompañado de mi perro Chamigo que quedó en las tolderías.
-¿Y estás dispuesto a volver al sur?
-Por eso estoy aquí don Domingo -contesta el paraguayo al final de su
inmenso viaje de casi dos años por el incógnito territorio patagón.
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Desde que no se embarca más, es decir, desde que no vuelve al sur, el hombre
del viaje se demora todas las tardes después del trabajo, comentando con sus
compañeros, en rondas de mate y churrascada los hechos del día. Entonces, no
siempre, cada vez que le preguntan contará su peregrinar a los mozos
criollos, aquellos hijos de la tierra, esos gauderios, que construían sin
saber una nueva raza ecuestre y sufrida.
-Debimos irnos y apurados -cuenta Hilario y contará tantas veces cuanto
quiera contar. Yo acá no me quedo, le dije al Chino, los pampas van a volver
y si una vez nos llevaron todo, la próxima seguro terminarán con nosotros.
-¿No eran tres los que quedaron en tierra?
La pregunta llega como dudando del testimonio. En algún lugar de la memoria,
la imagen de los tres hombres despidiendo desde la costa a la tartana que se
aleja rumbo a Buenos Aires con su cargamento de sal.
Finaliza marzo en San Julián. La avanzada colonial ha construído un par de
casuchas que usan como habitación y resguardo de provisiones, enseres y
herramientas. Levantan corrales para las mulas, las cabras, ovejas y cerdos
traídos expresamente para establecerse como factoría estable. Pero a poco
estar, la nueva y reducida población recibe la inquietante visita de
aonikens, quienes, haciendo caso omiso al derecho de propiedad y
desconociendo toda idea de robo, les llevan sin ningún pudor: ropa, aperos,
arrean con los animales, vuelcan los barriles de carne salada, les tiran el
tocino, el charque, los toneles de agua, la yerba, se llevan el azúcar, el
aguardiente y el vino, desparramando el aceite, las semillas, mezclando todo
en una confusión violenta, como dueños desalojando intrusos
Desamparados y temerosos, deciden irse cuanto antes de ese lugar ahora
latente de peligros.
-Sí, éramos tres los que quedamos en tierra, pero cuando llegaron los
patagones, el gallego Santiago disparó al desierto y se lo tragó la tierra,
entonces nosotros...
-¿Quiénes?
-Yo, el Chino y Chamigo cargamos con lo más necesario y ái nomás le pegamos
pal norte, siempre pal norte. Perdernos no podíamos perdernos, sólo había
que seguir la costa del mar de donde sale el sol, así, si veíamos alguna
vela le haríamos señales de humo.
-¿Y es cierto que los pampas de allá son gigantes? -pregunta el gurí.
-Que yo sepa, nunca vi pampa más alto que yo.
-Pero, dicen que los patagones son gigantes don Hilario -insiste el chico.
-No sé, puede ser -comenta el veterano caminante sin contradecir pero
dejando abierta la leyenda. Serían de otra tribu los que dicen que vieron,
pero no los que yo conocí.
Aspira la larga pipa semi apagada y dice como para sí:
-Sí, así es, así es...¡ajá!.
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-Contá paraguayo, contanos cómo saliste del desierto.
Pero los recuerdos no necesitan ser convocados, vienen solos al llamado, son
fieles y seguidores, como Chamigo, los recuerdos.
-¡Llegamos! -exclama Hilario al divisar de pronto desde una colina la línea
sinuosa y brillante del río todavía lejano.
Hace un par de días, hace unas cuatro o cinco leguas que viene cargando con
tozudez el cuerpo sutil del Chino, pese a los rezongos de éste:
-Deje paraguaio, deje Chino morir en paz.. Pero Hilario no podría, no sabría
dejar a ese hombre sediento y moribundo en medio del desierto.
-El río Chino, ¿cómo es su nombre?.Fue a nombrarlo de acuerdo a lo que había
oído cuando pasaban frente a la desembocadura rumbo al sur a bordo de la
tartana San Antonio.
-¿Cómo lo nombraban en el barco?; ¿el desalado? -la palabra sonó rebelde al
oído.
-No era el desalado. -Y mientras apoya en las rocas el cuerpo exhausto,
delirante de sed del compañero, va armando como un rompecabezas las sílabas
sonándoles iguales:
-De-sa-la-do, de-se-a-do; -el asombro y descubrimiento:
¡el río Deseado! -exclama, mas bien grita mirando la línea de plata que
zigzaguea entre la estepa abriéndose arborescente hacia el mar.
El Deseado. Y el nombre nunca fue más justo para esos cuerpos cansados, esas
bocas sedientas, esas visiones sin referencias, esas mentes perdidas.
-Llegamos Chino -repite cansado y eufórico el hombre guaraní-, tenemos agua
y comida seguro. Como si la visión del curso de agua fuese de por si el fin
del viaje, un signo natural de civilización, un anticipo de calor de
semejantes, de gente, de casas, de gestos conocidos.
Pero el Chino ya no sabe responder; su cuerpo y su mente se han negado a
continuar. Hilario lo observa y entonces comprende todo, y como para
ahuyentar lo que sabe, trata de animarlo:
- No me afloje Chino que estamos cerca -y mirando la serpiente de agua aún
lejana: Aguante un poco más, lo dejo aquí y voy a traerle agua. Espéreme
¿si? ¿Qué tardaré para hacer -trata de persuadir mientras calcula la
distancia- unas dos leguas? Aguante Chino que ya vengo con agüita ¿si?,
aguante chamigo.
Hilario se aleja veloz, la sed y la muerte lo apuran.
Al regresar reprochará al desolado silencio:
-Pero Chino, no me afloje ahora.
Sin embargo, ese hombre sobre las piedras es ya un sueño que se aleja, tal
vez con el corazón alegre, sabiendo en ese definitivo instante, que su
compañero le traería el agua anhelada.
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Hilario mira atribulado la línea malva de los cerros y el lejano horizonte
del mar de un azul fatal. Mira esos ojos oblicuos ya sin luz, mira al
compañero que se durmió para siempre. Hilario mira y respira la muerte. "No
se vaya chino, no se vaya", se escucha a si mismo decir junto al silbo
patagón entre el ramaje espinoso. Un nudo amargo le sube del abandono a la
garganta. Sentado en las rocas deja que un tiempo interminable lo anonade y
la soledad encorve su voluntad.
Antes del atardecer toca con el reverso de la mano el cuello frío del
muerto: Te fuiste nomás Chino, -le brota resignado. Y otra vez ingresa en el
silencio
Pasará largo rato extasiado y apático contemplando el espectáculo de luces
australes, de graduales modulaciones, de colores sonando a bronces rojos y
naranjas; golpes púrpura de timbales precipitándose a los violetas que se
funden en un azulnoche, y, ya oscuro, dice: "Mejor así".
Aún le queda algo de tabaco para llenar la pipa que le dejó el capitán de la
tartana al gallego y que éste abandonó en su huída. El humo y la quietud de
la hora en que todo parece tomarse un descanso lo tranquiliza. Mira el
cuerpo yerto y luego observa al perro que más allá en el bajo se entretiene
corriendo liebres. "Buena hora pa morir", balbucea ante el policromado cielo
que también se muere. Y tuvo lástima de si.
En ese cuerpo ahora inmóvil encontraba la gratuidad de las cosas. Quien lo
abandonaba no era ese oriental anodino y paciente, era el mundo, la gente
del barco que lo había dejado desamparado, eran igualmente aquellos rostros
que vivían más allá, en el saladero. Todo su conocido mundo lo abandonaba en
ese cuerpo andrajoso, ausente, leve y ahora lívido. "Y aquí estoy: dejado,
olvidado, abandonado", entregado a ese vasto e implacable todo que era nada.
Y fue como un signo de salud que la nada le ganó la mente. Luego se acostó
junto al cadáver, tal vez para darle calor en su último viaje o para no
estar él, sobreviviente, tan solo. Y así durmió sin culpas la noche.
Al amanecer hizo una pequeña cueva entre las rocas donde depositó al muerto
y lo cubrió de piedras. Levantó un pequeño montículo y se alejó sin mirar
atrás.
Ahora carga el cuchillo del Chino y en la alforja algo más de yerba, algunas
lonjas de tasajo y otro chifle para el agua que cuelga del hombro.
4
en soledad.
solo y en adánica soledad,
sin nadie, sólo sin alguien. huérfano de todo mundo.
en el silencio, en el inmenso silencio arcaico virgen de hombres.
pero en el silencio de los vuelos y sus sombras, en la soledad del lagarto
de dibujos caprichosos y del peludo cuis, seres de la tierra profunda. en el
silencioso rumor del agua orillando la laguna; en la soledad marina de la
playa habitada por innumerables seres ágiles, volátiles, soberanos de la
luz; en el gallardo desierto de pastos atardecidos o en el silencio nocturno
de las piedras, de los ojos de lechuza; en el silencio orquestal de la
mañana cristalina y en el sonido del viento que agita las plumas del
cauquén, del tero, la gaviota, soplo que juega con los pelos rojizos de la
mara, del zorrino blanquinegro.
caminó en el silencio abierto y resplandeciente de ocultas flores amarillas.
Y ahí va, a la intemperie, protegido por sus breves recuerdos de hombre
joven, desterrado y enterrado en la profundidad del espacio inexorable.
Es alguien, un ser elemental, descarnado; una voluntad tenaz,
inquebrantable, una decisión obstinada y trashumante en la inagotable
inmensidad austral. No más que eso, un hombre, es decir, un punto, una
minúscula figura del paisaje, un imperceptible movimiento listo a ser
confundido con algún animal en la monótona escenografía patagona.
Anduvo sin tiempo sin un antes y un después, sin mañana, sin ayer. No
contabiliza los días y no porque no supiera sino porque no importa, porque
este día no es más que la continuación del anterior, sabiendo además que el
de mañana será como el de hoy: un eterno cambio de lo igual. Cada despertar
será la primer mañana de su vida, inaugurando el mundo con sus pupilas
vírgenes de nuevos horizontes. Nómade de los tiempos, él es el viaje y es el
camino, el movimiento en la quietud, aquello que fluye sin causa, inasible,
el que cruza sobre un fondo permanente, la insólita novedad en el arcano
mutismo de las cosas.
En la geografía inalterable y quieta, su cuerpo andante es la insólita
novedad del tiempo humano confundiéndose con los lugares, un ser que se
expande y se contrae, se oscurece de cansancio con las sombras y se activa
nuevamente cuando llega, del este, la luz, su vida, su oriente.
Caminó por sinlugares donde cualquier pensamiento se ahogaría apabullado por
el silencio inmemorial del peso de las edades. Traspuso horizontes sin saber
que los cruzaba. Caminó por extensiones que se dilatan como una huidiza
melodía pánica; por cerros repitiéndose intermitentes, mesetas y bajos
iguales a otras mesetas y a otros bajos, paisajes recreando variaciones
sobre si mismos.
Más allá del horizonte, otros horizontes.
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Lejanías de lejanías de otras lejanías vuelven y surgen del nuevo horizonte
que sin embargo es el mismo de ayer, igual al de mañana. Horizontes de
eternidades, líneas simulando límites, falsos finales, términos inconclusos,
sombras melódicas obsesivas que día a día hay que traspasar. Sinlugares
callados del transcurrir sin tiempo.
Más allá del horizonte, el horizonte.
Recorrió aquello inabarcable, paso a paso, hora a hora y ésa fue su
iniciación el comenzar a sentirse parte íntima del paisaje ancestral;
participaba con su presencia efímera y real, entrando a lo que siempre
estuvo y estará por los siglos de los siglos amén.
Más allá del horizonte, los horizontes.
Ya no se sintió ni estuvo solo. Dejaba de respirar como un extraño, se supo
idéntico a cada cosa que percibían sus sentidos, de la misma materia del
mensaje terrenal.
El era todo Aquello.
Aquello era él
Inmerso en el silencio solitario, sintióse cuidado, como protegido por el
cuenco de la mano maternal de lo absoluto.
Se habituó poco a poco a un andar rápido y sostenido; la alforja cruzada al
hombro que cada tanto cambia para distribuir el peso, las boleadoras atadas
a la cintura cuyo golpeteo contra la alforja amortigua con la mano.
Primero será un caminar a ritmo entrecortado debido al abigarrado monte de
matas que impide andar libremente; luego, adivinará senderos entre
matorrales que sólo él percibe, De esta manera pasó a un andar casi
insensible, liviano, deslizante. De a poco irá viajando más rápido hasta
que, sin darse cuenta, su cuerpo trotó.
Y entonces trotó.
Todo su andar fue un continuo trotar, trotar y trotar. Todo su cuerpo trotó.
La sangre le anduvo disparada, trotó, fluyendo y precipitándose, los
pulmones golpeándole el pecho, trotó, con las fibras de los músculos, con
los nervios en tensión y distensión, así trotó, con sus piernas y sus ojos,
al unísono su cuerpo trotó y él fue un solo trotar y trotar, un solo de
trotar y trotar, trotar... trotar...Y con él, la tierra trotó.
Se irá acostumbrando al ritmo corporal de su sangre y la respiración, a esa
forma económica de desplazarse; ni tan rápido que pudiera llevarlo al
cansancio velozmente, ni tan lento que pudiera confundirse con un caminar
apurado; más que trote fue un deslizamiento, el desplazarse sin ruido, igual
que Chamigo, que el zorro gris, el puma o cualquier otro habitante nómade
del desierto.
Aprendió ese cómodo y suelto andar natural, igual al zaino brilloso y alegre
que trotaba en el saladero. El suave andar sin asentar los talones que
conmueve la columna, un transcurrir alado que permite pasar los pantanos sin
hundirse, leve, ingrávido, que lleva a trepar los cerros sin esfuerzos.
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Su físico, y también su mente se acostumbraron al ritmo, y recién entonces
fue dueño del espacio de su cuerpo y éste una emanación de la tierra que
camina. Eran sus piernas nervudas las que sabían, ellas tenían memoria de un
territorio nunca recorrido. Era la disposición especial del cuerpo que lo
llevaba con una leve inclinación no hacia el suelo, sino hacia delante, como
buscando los horizontes que se suceden.
El no sabe, sólo su cuerpo sabe; esa máquina orgánica que aprende más rápido
que la mente, asimilándose a una geografía nada piadosa, más bien cruel.
El no tiene conciencia, no mide la vastedad del esfuerzo. El es sus piernas
y es sus ojos. Todas sus fibras acostumbráronse al terreno sorpresivo y
abrupto, al nuevo ritmo que agudiza los reflejos siempre alertas a cualquier
movimiento del campo camuflado de peligros.
Cada día aprenderá a trotar con menor desgaste de energía. Sabrá vagar sin
tropiezos, eludir obstáculos imprevistos, como salir airoso de alguna cueva
de tucu tuco; aprende a respirar de otra manera, sin abrir la boca que daña
la garganta y los pulmones. Sus sentidos elaboran una sutil percepción
primigenia para captar el alimento, el agua, la caída; como esa tuna que
aparentan no ver sus ojos pero que las piernas esquivan, y luego vuelve para
arrancarla con el cuchillo, pelarla y comérsela con cuidado.
Y así trotó, para olvidarse y sobrevivir. Anduvo,con la sangre viajándole
urgente.
Ahora sólo entiende y escucha la sabiduría profunda del cuerpo, ahora sólo
sabe viajar de esa forma, es su manera de adherirse a lo ausente. De esa
manera acorta la distancia, reduce el tiempo y se acerca a los asados de
novillo, a los mates y al aguardiente; pero sólo trotando, trotando,
trotando, trotando solo.
"Hay que seguir, no puedo quedarme aquí, sería morir en ningún lado, como
morir en el mar, desaparecer en el aire"
-Hilario no puede quedarse aquí, no, no puede, no puedo.
Su voz sonó en la diáfana mudez del sinlugar, como queriendo borrar la
amenazante eternidad geológica con las vibraciones del sonido humano. Su voz
repercutiendo en seres inmemorialmente callados de todo verbo, voz que se
sorprende a sí misma, sin eco. Su voz sonando llena la soledad:
- Aquí viene Hilario. ¡Heeeyy, aquí viene, aquí viene Hilario con su fiel
compañero Chamigo! ¡Aquívoooyyy! -grita exorcizando el silencio inefable que
lo envuelve perturbándolo.
-¡Aquííiiiiii, Hi-la-rioooooooo -ahuyentando el caos inconmensurable de lo
mismo destinado a guardar para siempre sus secretos. Grita, para que sus
rastros no los borre ni el tiempo, ni el viento, las distancias. Grita,
inaugurando inocente un nuevo caos.
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Sabiendo que su dirección es siempre el norte, teniendo a su derecha el mar,
comprendió que no debía desesperar, que tenía todo el tiempo del mundo para
él. Supo, sin saber, se lo dijo el instinto, que si no se detenía, si no se
tomaba su tiempo no llegaría a ninguna parte. Tiempo para descansar, tiempo
para caminar, tiempo para comer y cazar, tiempo para cada cosa: ¿dónde
escuchó eso?.
También aprendió que demorarse era avanzar, y que no siempre el que va más
rápido llega antes. Llegar llegaría, un día más un día menos llegaría, pero
si no apaciguaba las ansias, si no tranquilizaba su andar nunca llegaría.
Entonces dejó de sentir el apuro por rebasar horizontes. Y como siguiendo un
oscuro mensaje, adoptó el ritmo oculto de las cosas, sabiendo que igual
superaría los más lejanos confines pero sin el anhelo angustioso de
rebasarlos. Así le fue creciendo la paciencia del cazador primitivo, capaz
de esperar horas y perseguir por días al animal buscado y darle alcance,
compartiendo luego con el perro amigo: picanas, caracú, alitas, costillares.
Ahora lo vemos cruzando una pampa al trote, trepa cerros sin esfuerzo
afirmándose en los dedos de los pies; asciende por la ladera, avanza sobre
la meseta, cruza el otoño al trote, llega al fondo de un cañadón, se mueve
sobre la piel del silencio.
Se detiene. Sólo escucha su respiración y el acelerado jadeo del perro,
ronco, cavernoso. Nada más se escucha, ni siquiera el canto delgado y
solitario del chorlito sobre la rama, nada. Cubierto por el silencio
continúa atento y cansado, cruza el cañadón siempre trotando, salta una
zanja seca y se aleja, se aleja.
Desaparece.
Anda andariego, y andando, a cada paso se distancia y en cada paso se acerca
a la memoria y lo alejará del olvido.
La figura, desdibujada y perdida vuelve a emerger nítida y constante.
Hilario va, sin ideas, sin hogar, sin mujer, sin más país que el país que
pisa. Sólo tiene ciertas imágenes que cada tanto vuelven, recurrentes,
ciertos sueños y pesadillas. Vuelven los recuerdos verdes de su tiempo
verde, de ríos soleados y pájaros multicolores mientras sigue indetenible
por la pampa parda.
Lo vemos desplazarse por un faldeo, pero ahora desaparece tras esos
matorrales gris verdosos o en aquella hondonada semioculta. Pasa cerca de un
calafate que se demoró en sus frutos y que recoge como una ofrenda del
paisaje. Hilario, esa figura patagónica que escupe las pequeñas semillas que
le dejan la boca hambrienta teñida de un violeta rojizo. Un fantasma
escurridizo, una nube terrestre, un breve viento corporal el que rodea un
monte de molle, el que ocupa el vacío silencioso de presencia humana.
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No está perdido, pero es un náufrago de silencios, de frío, de distancias.
El sabe que todo lo que debe hacer es persistir en el ritmo conquistado.
-Trotando livianito llegaré, si, llegaré, sí que llegaremos Chamigo, sólo
hay que aguantar, aguantar como los patagones.
Y andando comenzó a sentirse gente del sur.
Haciendo del andar su destino, adquirió imperceptible el aliento del lugar,
integrándose a cada paso a la atmósfera ilimitada que lo envolvía, Han
dejado de serle extraños esos lugares de mesetas ventosas y cañadones, de
playas pedregosas y acantilados. Intuye ser parte consustancial del suelo
que recorre, se sabe y se siente tierra que anda, es decir, hombre del sur.
Y en medio de la tarde interminable grita:
-¡Hilario patagón!. Grita bajo la bóveda serena, grita más allá del
horizonte, grita:
-¡Hilario patagón! ¡pa-ta-gón!, ¡aquí va un guaraní patagón!
Y por vez primera se escucha en plena estepa austral el hondo y feroz
sapucay, grito sagitario perforando el vacío y el silencio atribulado de las
cosas.
Anduvo. Continuó por delgados senderos rastrillados pacientemente por
¿manadas de guanacos?, ¿zorros persiguiendo liebres? ¿baguales, pumas?.
Anduvo por líneas ocultas y perdidas. Por esos mismos rastros sigue el
nómade para no demorarse en los sorpresivos obstáculos del territorio
inédito.
En el instante que pisaba la sombra de un aguilucho planeando sobre él, lo
escuchó chillar, como si al pisar la tierra sombreada hubiera aplastado
parte del cuerpo del ave. Alzó la vista: "Seguro hay algo muerto cerca". Se
detuvo, olfateó el aire pero no sintió ni vio nada fuera de lo normal. Tanto
la vista como el olfato no habían percibido nada, pero el silencio insólito
con el que se encontró de pronto le hizo sospechar que algo o alguien había,
tal vez un puma o varios pares de ojos de tehuelches.
Chamigo huele a otros hombres, ese olor agrio de cuerpos humanos, pero es un
olor que viene enredado con la grasa de foca, de cuero de guanaco; es un
aire turbio que no puede distinguir bien aunque sabe que es de otros
hombres, por eso rezonga y mira al solitario y después lo sigue.
De improviso, de la vertical tranquilidad del campo, se alza un remolino que
dibuja un frenético solo de danza evanescente y veloz en insólitos y
caprichosos desplazamientos, para luego desaparecer, tan intempestivo y
fugaz como surgió.
Asimiló el viento sin resistirlo. Aprendió andar en él y aprendiendo con él
se dejó ir como pez en mar de fondo. Que cuando el duende de la inmensidad
ondea coirones y pastos y ramajes y sacude amenazante al calafate, cuando
provoca inmensas polvaredas amontonando colchones de médanos entre las
matas; cuando fluye indetenible por el páramo y trepa lejanías: todo un
mundo se pone en movimiento. Son las entrañas abismales que al hacerse
escuchar, callan y se refugian temerosos los demás seres.
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Vagó por días, empujado o detenido por el fantasma de la vastedad. Anduvo a
su merced, en medio de densas polvaredas que recorrían todo el día, de la
mañana a la tarde púrpura, calmando sólo con la noche para continuar otra
vez al otro día, insistente, incansable, abrumador en su danza de abismos.
Así cruzó el país del viento, como una ráfaga más en el territorio
intemporal de su aventura
En una pequeña pampa pedregosa y pelada (visitada y trabajada por el aire
frío y seco, por el sol, la nieve y los siglos, los veranos, el viento, por
las lluvias y las noches heladas, por el granizo, el tránsito de las fieras,
las estaciones), dieron caza (hombre y perro) al chulengo perseguido desde
la tarde anterior, la pasada noche y todo el día completo hasta esta tarde.
Ahí mismo lo carneó, después de degollarlo y beberles (perro y hombre) la
sangre. El hombre se puso la res al hombro y así caminó buscando en una
hondonada cercana un lugar protegido para disfrutar (cazadores hambrientos,
cansados y flacos) una carne fresca y tierna y un cuerito de lana rubio
canela y blanca para abrigar.
Al calor de fuego y con la modorra que deja el alimento, asoma el deseo.
Como una brisa lo invade la imagen turbadora de la mujer, la renegrida selva
de su cabellera enmarañada sobre los pechos donde canta el placer, la
confusión carnal, las urgencias y el sorprendido estallido del fundirse en
ella.
Memoró mulatas y negras de amores frenéticos, de cuerpos cimbriantes sobre
el pasto fresco, en un paraíso de juegos sensuales bajo el sol, cuerpos
oscuros, exigentes, fulgurantes de sudor y saliva. Sólo me falta ella. Dice,
y se ensueña.
-Hemos andado tanto que se acabó el mundo.
Desde una altura dominante comprobó que se encontraba en el centro de una
vasta curva que formaba el mar entrando en el continente.
-¿Habremos hecho la mitad del camino Chamigo?.
El perro que avanza unos metros por delante se detiene y lo mira, las orejas
levantadas con atención, espectante, escucha que el hombre dice:
-¿En qué lugar del reyno estaremos?
La línea de la costa se repite interminable. Hacia el norte, una eminencia
puntiaguda y nevada en su cima rompe la línea horizontal y trapezoide de la
meseta. La amplia visión resulta sedante y permanece un largo rato mirando
extasiado la vasta y azul y límpida y abierta superficie marina. Luego
desciende el cerro de arenisca, de cantos rodados, recorre una extensa playa
de arena, y al final de la misma y al borde de altos acantilados encuentra
la desembocadura de un arroyo. En el zanjón, provocado por el curso de agua
y protegido por altas y tupidas matas de un sólido verde, pasará un par de
días a cholgas, cangrejos, pulpos, mejillones, lapas recogidas en la
restinga que descubre la bajamar.
¿Quién pudo haber visto a Hilario?
¿quién pudo haber observado al mimético, al móvil, al infatigable errante
guaraní?
Imagino las asombradas miradas de alguna tribu de tchonekas; pero más aún lo
vieron saberbias, interminables manadas de guanacos rubios y pardos
cubriendo laderas,
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hondonadas y veloces distancias; y también, curiosos charitos grisáceos, los
cuellos alargados de sorpresa; y avestruces patudos, confundido su plumaje
plomizo entre el gris parduzco de las mesetas; lo siguió la vista
macroscópica del cóndor, cuando aún planeaba de la cordillera al mar; los
vieron tantos y tantos atemporales seres atravesando migrante, inocente como
ellos, el otoño austral.
¿Quién pudo haber visto a Hilario?; quiénes sino el pululante mundo de seres
vivos poblando la virginal estepa patagónica.
-¡Chamigo! -llama el andante, sin saber que el perro ha olido al piche, por
eso escarba intensamente y al oír el grito levanta la cabeza, el hocico
lleno de tierra, las orejas tiesas, atentas, y vuelve otra vez a mirar y
escuchar con detenida y nerviosa atención la cueva.
El hombre vuelve a silvar llamándolo, y el animal, inquieto, levanta la
cabeza para mirarlo, pero ahora la indecisión se apodera de él, no sabría si
seguir la caza o volver al hombre; entonces lanza un par de ladridos
rápidos, cortados, nerviosos hacia el bípedo y hacia la cueva, pero fiel y
obediente retorna al trote donde se encuentra Hilario.
En sus días habrán noches en las que, cubierto por los cueros, y Chamigo a
sus pies (seres pedestres abrigándose mutuamente) sabrá espiar cómo brota
desde los confines del mar, el astro de la noche, descubriendo con su luz
plata la negra línea horizontal que separa el cielo del mar y proyectando
sobre la superficie tenebrosa un sendero dorado que llega en oleadas
centellantes hasta la costa. Luego, ya elevada, la esfera naranja y oro
reverbera lentejuelas marinas, y momentos después, definitivamente alta, la
plenilúnica claridad ilumina la noche oscura, indescifrable y helada.
Hilario observa admirado, sin pensamientos el fantasmal paisaje nocturno.
Abrumado y supersticioso ante Aquello le invade un antiguo temor pánico que
le viene de su orfandad ante la inmensurable presencia del Todo; es entonces
cuando un estremecimiento de fragilidad humana le recorre el cuerpo y se
acurruca bajo los cueros resguardado en el olor cálido de su cuerpo, el
cuerpo que es todo su hogar. Acurrucado, más cerca del fogón, ahora de
brasas rosada y grises ya casi apagadas.
Otras noches, no será la luna sino un vértigo de negro cielo transparente lo
que sus ojos y corazón admirarán: un jolgorio titilante, una miríada de
luces inalcanzables que emiten desde la nada señales misteriosas, un revuelo
de nebulosas, una frondosidad de estrellas de donde se descuelgan veloces
algunas viajeras dejando surcos inefables sobre el telón de la noche.
Absorto en las espléndidas constelaciones que dibujan figuras mitológicas,
sabrá -se lo dirán los tehuelches- que esas formas alargadas allá arriba
conocidas como Cruz del Sur, la nombran -y eso es lo que parece- Las Patas
del Avestruz; porque son dos, ahí están, yendo al sur: ¿vos Chamigo viste un
avestruz con una sola pata? La pata en el cielo, en el suelo del cielo del
avestruz. El cielo de todos.
Y en ese estarse quieto contemplando tanta gloria, sintió que él también y
con él Chamigo y con él todo el campo y todo el mundo: el viento, el agua,
la noche, movíase siguiendo el oculto ritmo que cada ser comparte y cumple y
lleva dentro de sí; el inefable ciclo que provoca el aparecer y desaparecer
de todas las cosas sin causa y sin objeto. Siente en silencio el unísono de
las cosas. El también es Eso.
11
Y contemplando arrobado el firmamento, con la cabeza que descansa en las
palmas de las manos, se dormirá inocente, callado, cansadamente solo,
cubriéndose en sus sueños y cobijado por la noche.
Y una mañana, al abrir los ojos, se le presentó en una suerte de pelusa de
cristales blancos, de aire áspero y cortante, de tierra endurecida y cuerpo
entumecido el esperado y temido frío.
Se estiró bajo los cueros y el rezongo del perro le respondió a sus
espaldas. Se desperezaron.
Volvió a encender el fuego con las cenizas y brasas cubiertas con piedras
durante la noche. Cortó un pedazo de carne asada tirándosela como al
descuido al animal que, atento, la caza en el aire y de un bocado se la
traga. Calienta en las brazas otro trozo para él, y mirando el campo helado
comenta:
"Habrá que darle pata Chamigo que se nos viene el invierno".
Después de churrasquear, acomoda las pocas cosas en la alforja y se pone
nuevamente en camino. El aire severo y fresco del amanecer le hizo
lagrimear. Con las manos bajo los sobacos adopta el ritmo adquirido, ese
andar incansable, llevador, reemprendiendo el viaje alucinante que bajo el
frío de la helada se asemeja a una disimulada huída.
Un vagamundo famélico, huesudo, con su mata de pelo hirsuto que le cae sobre
los hombros y le oculta casi el rostro barbudo, seco, cuarteado por el frío.
Errabunda figura cubierta de cueros de chulengo, el cuerpo embadurnado con
grasa de foca, maloliendo; con la piel de foca cubiertos los pies
protegiéndolos del hielo que el viento vuelve más penetrante.
Ese hombre, asediado por el inmenso páramo retorna a sus mejores recuerdos:
-¿Cómo era Chamigo esa música que cantábamos en la Misión?
Haciendo un descanso trata de recordar.
-No la de la iglesia sino la otra, ésa que el maestro tocaba en el
violín? -mira absorto la lejanía-, suavecita era, suavecita y finita como la
cintura de la moza de ojos negros.
De sus interiores le llega como oleadas la melodía barroca, rítmica, alada,
inverosímil en ese entorno, pero conciliadora y alegre. La melodía
contrapuntística y, como él, en fuga, lo mantuvo de buen ánimo todo el día y
otros días acompañando su pedestre soledad que danzarines aires lo hacían
sentirse un ser distinto en ese mundo de severa indiferencia.
-Cuando el coro cantaba parecía una bandada de pájaros levantando vuelo.
Volando, como aquella punta de flecha allá en el cielo Vandurrias migrantes
cruzan al norte llenando el aire con un sonido seco de madera hueca mientras
se alejan leves, airosas, libres de espinas y de piedras.
-¿Se cansarán de volar los pájaros como nosotros de andar?.
La respuesta viene del agitado aliento del animal que lo observa desde un
promontorio, se pasa la lengua por el hocico guardándola con un veloz
movimiento de tragar saliva, se queda inmóvil sin respirar, escucha atento y
vuelve otra vez a abrir las fauces para tomar aliento y respirar, la lengua
colgada, rosada, babosa y refrescante.
12
Son dos días caminando en la nieve y en su cuerpo se ha instalado el frío
como una enfermedad perversa. El cielo límpido y celeste contrasta con las
sombras violáceas de las laderas sur de los cerros de donde proviene un aire
lacerante que le talla un rostro de distancias y de hielo.
Pero el cielo azul de la mañana se irá tornando gris metal a media tarde. Y
otra vez, oleadas y oleadas de infinitos copos interrumpidas por remolinos
de viento blanco le cubre la visión, lo desorienta. Un deslumbramiento sutil
y callado se desploma gélido e implacable sobre el mundo. Blanco plata en la
gris tormenta. Frío blanco en la desolación helada.
Con la nieve hasta las rodillas, los pies son plomos dolientes de humedad.
Caminar es hacer crecer el cansancio, sin embargo debe superar la meseta
donde transita y llegar a un bajo protegido de la tormenta pese a que no
puede ver más allá de unos pocos metros, espiando entre las pestañas que se
cubren de hielo la blancura enceguecedora.
Con la barba blanqueada de hielo su figura adquiere un aspecto fantasmal de
anciano al que le cuelgan de bigotes y cejas, estalactitas; es la viva
imagen del tiempo irreparable. Las pestañas cubiertas de hielo le impiden
abrir los ojos mientras avanza en la ciega cerrazón como empujando el frío
compacto, denso, material. Así y todo camina sobre
la nieve que es leve, evanescente y continua, parecida a un ácido dolor
blando mientras el sudor se congela en el magro cuerpo que se hunde entre
espesas nubes plomizas. Vaga al azar, en una fría y dura y cegadora luz que
lo torna invisible, cubierto del profundo blanco, una liviana blancura que
se hunde a sus pasos; sólo alcanza a percibir las huellas hambrientas y
alegres de las liebres, huellas de zorro, del puma marcando los pelos de su
panza en la nieve crecida.
La fatiga lo doblega. Los cueros que lo cubren, empapados de nieve pesan
como una pena eterna. Hilario escucha al perro que tras él se queja de
cansancio, para el animal cada paso es un salto en la hondura de la nieve.
-Vamos Chamigo, vamos. Dicen que si en la nieve te quedás quieto y te gana
el sueño seguro que te morís.
El cansancio como un perverso y constante dolor de herida blanca.
-Si te dormís te morís dicen, eso dicen: si te dormís te morís. -Dice.
Largas, pausadas, espesas bocanadas de vapor escapan de su boca. En un acto
de maligna magia desaparecían las cosas, borrándose toda distinción de cielo
y tierra, todo el mundo era un páramo de nubes.
Camina en una niebla que lo cierne como mortaja. Camina sobre la pura nada
blanca que lo enceguece. Vaga por un espacio amorfo, indiferenciado, en una
luz sin fondo ni perspectiva, donde el arriba y el abajo se han disuelto, y
alrededor sólo la turbia nada, un espacio sin referencia, sin contraste ni
matiz, un cuerpo sin sombra.
Busca algo que permita un descanso, que apacigue tanto deslumbramiento,
tanta disonancia incolora, aplastante, violenta y fría, sin más apoyo que el
peso cansado de sus pies.
"Hay que seguir, hay que seguir nomás, seguir y seguir... seguir" - repite
para animarse la joven figura anciana.
El vaho cristalizándose en el aire espeso. No es más que un fantasma
producto de la desmesura, transido de un dolor de hielo, impulsado por su
tenacidad salvaje.
13
La tormenta hace un claro por el que se observa, al fin, la interminable
extensión vacía del mar.
"El mar, donde sale el sol". -ya no está perdido, sabe la dirección que debe
seguir. "Hacia el norte, siempre al norte, siempre al norte..."
La sombra cubierta de cueros resulta un punto gris y móvil en el desierto
nevado. El sol asoma entre las nubes rápidas que el viento despeja; y
entonces es testigo gratuito de una apoteosis aúrea sobre el páramo helado.
Una luz dorada cubre de esplendor el paisaje blanco. La sombra azul camina
su orfandad sobre ese mundo de oro sin entender tanta frío fulgor. Pero fue
solo un rato, un paréntesis brillante, un único golpe de luz en que el oro
alumbró sobre las cosas y se apagó.
La tarde cruzó rápida seguida de tinieblas, y en el umbral de un silencio
inmenso y sagrado, el solitario nómada apenas es una sombra difusa bajo el
sudario tenebroso y helado.
Las piernas se resisten a seguir. En una mata alta y frondosa y con las
pocas fuerzas que aún le quedan, escarba con el cuchillo buscando la tierra
seca para refugiarse exhausto, definitivo, cayéndose en el cansancio.
Un ser de la inmensidad cubriéndose y en posición fetal murmura junto a su
perro: "Hay que seguir Chamigo, descansamos un poco y seguimos... porque si
te dormís Chamigo te morís".
Pero el agudo, el quemante frío le desgarra no ya la carne, también la
voluntad, y siente que resbala hacia un sueño dulce que lo guarda que lo
cuida y lo apaña, es una nube blanda y bondadosa, una canción maternal. Un
piadoso sopor lo invade y se adormece.
se está estamos bien Chamigo estoy bien está
ya no hacen falta los mates ni el charqui ni el agua ya no hay que caminar
más
los ojos se apagan bajo la lengua tibia del sueño con la imagen de ella y su
mirar de brasas que llaman lo llaman regresan esos ojos del verde soleado
llegan al blanco austral gruñe chamigo en la tormenta ahora regresan no me
dejen en sanjulián sus ojos negros destellos amables bajo las cálidas
sombras la sonrisa carmín relinchos de baguales en el saladero cánticos del
coro ¿dónde? más allá del viento gris canto misional sobre blanco difusas
siluetas del grupo patagón emergen verde tropical blanco hieloazul se
escuchan ladridos familiares apagados si te dormis viento afiebrado figuras
figuras en un fondo de oscura selva donde juegan relámpagos nocturnos te
morís junto al inalcanzable verde vegetal contra el blanco hielo si dormís
la noche verde claro te morís callejón de sueños alegres del dul ce sueño
cristalino si
dor mís si dor ssi
14
-¿Se durmió don Hilario?-¿He? -vuelve el viejo abriendo los pequeños ojos en
ese rostro oculto en la semipenumbra que el rescoldo proyecta sobre la breve
estancia de adobes ahumados- no gurí, miraba pa dentro nomás.-Casi se le cae
la pipa, don. La pipa hecha por las manos callosas del hombre sentado sobre
una cabeza de vacuno. El fuego remolonea su calor en tonos naranjas y en
ocultos azules. Sobre las brasas, una negra pava comienza a cuchichiar su
tibieza para los últimos mates del día.-Recordaba nomás. Dice ese hombre de
barba gris que ya no espera nada, dice en un decir pausado como la tarde
tranquila de la pampa.¿Y qué recordaba don Hilario?-Tiempos menos
tranquilos.
Aquel viaje volvía cada vez con más insistencia a su memoria. La vida vivida
se presentaba más actual y fuerte que este presente tan remoto como insulso.
Durante la travesía había vivido como en un estado de continua exitación, en
permanente alerta, predispuesto al peligro, a lo imprevisto. Era, recordaba,
como cuando vivía arrebatado por aquellos ojos de la cálida muchacha
guaraní, así de transido, parecía un amor que regresaba, insistente,
provocador. Sobre el camastro sueña sin sueño; no es aquel de los párpados
pesados y el agobio del cuerpo que lo desplomaba en la nieve, es un ensueño
que viene como imágenes de su vida, esas que fueron construyendo su única e
intransferible experiencia, esa vida que añora como si no hubiera sido de
él, pero en cambio su cuerpo memora las vivencias. Igual de desesperado se
aferraba al embeleso de aquellos ojos renegridos, aquella cabellera
esponjosa, cálida, oscura, cuando verla era provocar un volcán dentro del
pecho, un dolor de puñalada amorosa. ¿Es el cuerpo que se siente viejo y
convoca los recuerdos para aplacarse? ¿Le anuncian sus sentidos una
experiencia nueva y definitiva?Vuelven las imágenes en visiones
superpuestas: niña donosa de ojos selváticos, figuras de tehuelches
ecuestres recortados en la nieve, la proa del barco hundiéndose y saliendo
airosa de las olas frías del mar del sur, instantáneas de su fiel Chamigo
"mi viejo perro, hace tanto, hace ya tanto...".La vida ¿o el recuerdo de la
vida entrándole por los sentimientos? ¡Ah su vida, su vieja vida!, y este
cuerpo que pesa y cuesta levantarlo.Sale la sombra del rancho, va en busca
del oscuro, viejo y manso como él, atado al palenque. Monta y se aleja sin
ruido, sin perros, sin testigos, como un fantasma, un olvido, iniciando un
viaje del que nadie sabrá decir nada.
Y él, habiendo navegado el mar tantas veces, habiendo surcado los cálidos
ríos de su niñez, pero que sólo una única vez cruzara aquel inconmensurable
país del sur, sólo esa vez sería suficiente para marcarlo tan hondo durante
toda su existencia, hasta esta tarde encaminada hacia la noche de su día.
15
Volver, retornar a esa tierra de un payé tan especial y misterioso. Ahora
va, cabalga hacia la boca de la noche, con la misma decisión con que salió
de San Julián y era joven y llevaba en su mirada una embriaguez de
horizontes inalcanzables. Va hacia el oscuro enigma de aquellos ojos negros
que siempre lo acompañaron y ahora lo llaman, lo llaman "Hilario". Te llaman
Hilario. Ya noche, la mujer que se demoró charlando con la vecina entra al
rancho a oscuras:-Hilario ¿te preparo unos mates?Separa el cuero de potrillo
que divide la cocina de la pieza y pregunta:-¿Hilario?
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