[R-P] [Angel Uranga] La epoeya de Hilario Tapary

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Vie Feb 13 12:56:29 MST 2009


[Estamos en 1753, el empresario bonaerense Domingo Basavilbaso, dueño de 
saladeros, remite a San Julián una tartana para extraer sal y establecer una 
factoría.
En el sur y habiendo llenado la bodega de la pequeña embarcación, ésta parte 
el 14 de marzo, rumbo al río de la plata quedando en el lugar, junto con 
animales, armas y todo tipo de provisiones para instalar la factoría, tres 
personas: un gallego de nombre Santiago, un "natural de las Indias 
Occidentales" y un indio guaraní, Hilario Tapary.
Cuando meses después vuelve la tartana a recalar en San Julián por un nuevo 
embarque de sal, encuentran el lugar desierto, sin rastros de la avanzada 
civilizadora, mejor dicho, con los restos de ésta. ¿Qué había pasado?.
Sucedió que los nuevos habitantes del lugar recibieron visitas de los 
nativos quienes, desconocedores de los derechos y bondades de la propiedad 
privada, arriaron con cuanta cosa les interesaba y hasta con lo que no les 
servía. Frente a esta situación de desamparo y temor, el gallego huyó tierra 
adentro perdiéndose para siempre, mientras que el guaraní y el "chino" 
decidieron volverse a los Buenos Aires: ¡a pié!.
En la terrible travesía, en el invierno patagón, el chino muere de sed y 
agotamiento, mientras Hilario será rescatado por los nómades con quienes 
retorna (enero de 1755) al saladero de Basavilbaso tras pasar una temporada 
en las tolderías.]


Hilario. Una epopeya
Angel Uranga. C.Riv. marzo/julio/1998.

 Aquella tarde de verano, un grupo montado de pampas amigos conmovía la 
tranquilidad del saladero. Figuras mal entrazadas, melenas greñosas atadas 
con vinchas, desnudos algunos hasta la cintura, cubriéndoles un pudoroso 
chiripá, vestidos con bayeta unos y en chamarra otros, o sólo un leve poncho 
sobre la piel bronceada.
Con la montonera venía un criollo distinguible más por la apariencia física 
que por lo que podríamos llamar vestimenta. Un hombre de barba y bigotes no 
muy tupidos que enmarcaban un rostro joven de rasgos firmes.
La comitiva fue rodeada por el mujerío de mulatas y negras de la servidumbre 
y un ruidoso coro de chiquillos que correteaban en pata, desnudos, 
semidesnudos y desarrapados.
Cuando el patrón del saladero, alertado por el tumulto de perros, mujeres y 
chicos, salió de las casas, quedó estático frente al criollo del grupo, como 
si mirara un fantasma; veía en realidad un aparecido.
-¿Hilario? -más que preguntarle se preguntó a si mismo-, ¿Hilario Tapary?, 
¡coño, sí hombre, por todos los diablos! sabía yo que tú llegarías algún 
día. -Y sin darle tiempo al otro a contestar, continúa entusiasmado:
-¿Y qué de los otros perdidos en San Julián?. ¡Hombre, qué flaco y cambiado 
que estás!. De esto hace ¿cuánto, como dos años?. ¿Y qué del gallego 
Santiago, y del Chino?, pero ¿me vas a decir que has hecho todo el inmenso 
trayecto tú solo y a pié?
Recién entonces pudo oírse la voz de ese hombre delgado, de mediana 
estatura, levemente más alto que sus acompañantes nativos. El llamado 
Hilario dice lacónico:
-Acompañado de mi perro Chamigo que quedó en las tolderías.
-¿Y estás dispuesto a volver al sur?
-Por eso estoy aquí don Domingo -contesta el paraguayo al final de su 
inmenso viaje de casi dos años por el incógnito territorio patagón.

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Desde que no se embarca más, es decir, desde que no vuelve al sur, el hombre 
del viaje se demora todas las tardes después del trabajo, comentando con sus 
compañeros, en rondas de mate y churrascada los hechos del día. Entonces, no 
siempre, cada vez que le preguntan contará su peregrinar a los mozos 
criollos, aquellos hijos de la tierra, esos gauderios, que construían sin 
saber una nueva raza ecuestre y sufrida.
-Debimos irnos y apurados -cuenta Hilario y contará tantas veces cuanto 
quiera contar. Yo acá no me quedo, le dije al Chino, los pampas van a volver 
y si una vez nos llevaron todo, la próxima seguro terminarán con nosotros.
-¿No eran tres los que quedaron en tierra?
La pregunta llega como dudando del testimonio. En algún lugar de la memoria, 
la imagen de los tres hombres despidiendo desde la costa a la tartana que se 
aleja rumbo a Buenos Aires con su cargamento de sal.
Finaliza marzo en San Julián. La avanzada colonial ha construído un par de 
casuchas que usan como habitación y resguardo de provisiones, enseres y 
herramientas. Levantan corrales para las mulas, las cabras, ovejas y cerdos 
traídos expresamente para establecerse como factoría estable. Pero a poco 
estar, la nueva y reducida población recibe la inquietante visita de 
aonikens, quienes, haciendo caso omiso al derecho de propiedad y 
desconociendo toda idea de robo, les llevan sin ningún pudor: ropa, aperos, 
arrean con los animales, vuelcan los barriles de carne salada, les tiran el 
tocino, el charque, los toneles de agua, la yerba, se llevan el azúcar, el 
aguardiente y el vino, desparramando el aceite, las semillas, mezclando todo 
en una confusión violenta, como dueños desalojando intrusos
Desamparados y temerosos, deciden irse cuanto antes de ese lugar ahora 
latente de peligros.
-Sí, éramos tres los que quedamos en tierra, pero cuando llegaron los 
patagones, el gallego Santiago disparó al desierto y se lo tragó la tierra, 
entonces nosotros...
-¿Quiénes?
-Yo, el Chino y Chamigo cargamos con lo más necesario y ái nomás le pegamos 
pal norte, siempre pal norte. Perdernos no podíamos perdernos, sólo había 
que seguir la costa del mar de donde sale el sol, así, si veíamos alguna 
vela le haríamos señales de humo.
-¿Y es cierto que los pampas de allá son gigantes? -pregunta el gurí.
-Que yo sepa, nunca vi pampa más alto que yo.
-Pero, dicen que los patagones son gigantes don Hilario -insiste el chico.
-No sé, puede ser -comenta el veterano caminante sin contradecir pero 
dejando abierta la leyenda. Serían de otra tribu los que dicen que vieron, 
pero no los que yo conocí.
Aspira la larga pipa semi apagada y dice como para sí:
-Sí, así es, así es...¡ajá!.

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-Contá paraguayo, contanos cómo saliste del desierto.
Pero los recuerdos no necesitan ser convocados, vienen solos al llamado, son 
fieles y seguidores, como Chamigo, los recuerdos.
-¡Llegamos! -exclama Hilario al divisar de pronto desde una colina la línea 
sinuosa y brillante del río todavía lejano.
Hace un par de días, hace unas cuatro o cinco leguas que viene cargando con 
tozudez el cuerpo sutil del Chino, pese a los rezongos de éste:
-Deje paraguaio, deje Chino morir en paz.. Pero Hilario no podría, no sabría 
dejar a ese hombre sediento y moribundo en medio del desierto.
-El río Chino, ¿cómo es su nombre?.Fue a nombrarlo de acuerdo a lo que había 
oído cuando pasaban frente a la desembocadura rumbo al sur a bordo de la 
tartana San Antonio.
-¿Cómo lo nombraban en el barco?; ¿el desalado? -la palabra sonó rebelde al 
oído.
-No era el desalado. -Y mientras apoya en las rocas el cuerpo exhausto, 
delirante de sed del compañero, va armando como un rompecabezas las sílabas 
sonándoles iguales:
-De-sa-la-do, de-se-a-do; -el asombro y descubrimiento:
¡el río Deseado! -exclama, mas bien grita mirando la línea de plata que 
zigzaguea entre la estepa abriéndose arborescente hacia el mar.
El Deseado. Y el nombre nunca fue más justo para esos cuerpos cansados, esas 
bocas sedientas, esas visiones sin referencias, esas mentes perdidas.
-Llegamos Chino -repite cansado y eufórico el hombre guaraní-, tenemos agua 
y comida seguro. Como si la visión del curso de agua fuese de por si el fin 
del viaje, un signo natural de civilización, un anticipo de calor de 
semejantes, de gente, de casas, de gestos conocidos.
Pero el Chino ya no sabe responder; su cuerpo y su mente se han negado a 
continuar. Hilario lo observa y entonces comprende todo, y como para 
ahuyentar lo que sabe, trata de animarlo:
- No me afloje Chino que estamos cerca -y mirando la serpiente de agua aún 
lejana: Aguante un poco más, lo dejo aquí y voy a traerle agua. Espéreme 
¿si? ¿Qué tardaré para hacer -trata de persuadir mientras calcula la 
distancia- unas dos leguas? Aguante Chino que ya vengo con agüita ¿si?, 
aguante chamigo.
Hilario se aleja veloz, la sed y la muerte lo apuran.
Al regresar reprochará al desolado silencio:
-Pero Chino, no me afloje ahora.
Sin embargo, ese hombre sobre las piedras es ya un sueño que se aleja, tal 
vez con el corazón alegre, sabiendo en ese definitivo instante, que su 
compañero le traería el agua anhelada.

3
Hilario mira atribulado la línea malva de los cerros y el lejano horizonte 
del mar de un azul fatal. Mira esos ojos oblicuos ya sin luz, mira al 
compañero que se durmió para siempre. Hilario mira y respira la muerte. "No 
se vaya chino, no se vaya", se escucha a si mismo decir junto al silbo 
patagón entre el ramaje espinoso. Un nudo amargo le sube del abandono a la 
garganta. Sentado en las rocas deja que un tiempo interminable lo anonade y 
la soledad encorve su voluntad.
Antes del atardecer toca con el reverso de la mano el cuello frío del 
muerto: Te fuiste nomás Chino, -le brota resignado. Y otra vez ingresa en el 
silencio
Pasará largo rato extasiado y apático contemplando el espectáculo de luces 
australes, de graduales modulaciones, de colores sonando a bronces rojos y 
naranjas; golpes púrpura de timbales precipitándose a los violetas que se 
funden en un azulnoche, y, ya oscuro, dice: "Mejor así".
Aún le queda algo de tabaco para llenar la pipa que le dejó el capitán de la 
tartana al gallego y que éste abandonó en su huída. El humo y la quietud de 
la hora en que todo parece tomarse un descanso lo tranquiliza. Mira el 
cuerpo yerto y luego observa al perro que más allá en el bajo se entretiene 
corriendo liebres. "Buena hora pa morir", balbucea ante el policromado cielo 
que también se muere. Y tuvo lástima de si.
En ese cuerpo ahora inmóvil encontraba la gratuidad de las cosas. Quien lo 
abandonaba no era ese oriental anodino y paciente, era el mundo, la gente 
del barco que lo había dejado desamparado, eran igualmente aquellos rostros 
que vivían más allá, en el saladero. Todo su conocido mundo lo abandonaba en 
ese cuerpo andrajoso, ausente, leve y ahora lívido. "Y aquí estoy: dejado, 
olvidado, abandonado", entregado a ese vasto e implacable todo que era nada. 
Y fue como un signo de salud que la nada le ganó la mente. Luego se acostó 
junto al cadáver, tal vez para darle calor en su último viaje o para no 
estar él, sobreviviente, tan solo. Y así durmió sin culpas la noche.
Al amanecer hizo una pequeña cueva entre las rocas donde depositó al muerto 
y lo cubrió de piedras. Levantó un pequeño montículo y se alejó sin mirar 
atrás.
Ahora carga el cuchillo del Chino y en la alforja algo más de yerba, algunas 
lonjas de tasajo y otro chifle para el agua que cuelga del hombro.

4
en soledad.
solo y en adánica soledad,
sin nadie, sólo sin alguien. huérfano de todo mundo.
en el silencio, en el inmenso silencio arcaico virgen de hombres.
pero en el silencio de los vuelos y sus sombras, en la soledad del lagarto 
de dibujos caprichosos y del peludo cuis, seres de la tierra profunda. en el 
silencioso rumor del agua orillando la laguna; en la soledad marina de la 
playa habitada por innumerables seres ágiles, volátiles, soberanos de la 
luz; en el gallardo desierto de pastos atardecidos o en el silencio nocturno 
de las piedras, de los ojos de lechuza; en el silencio orquestal de la 
mañana cristalina y en el sonido del viento que agita las plumas del 
cauquén, del tero, la gaviota, soplo que juega con los pelos rojizos de la 
mara, del zorrino blanquinegro.
caminó en el silencio abierto y resplandeciente de ocultas flores amarillas.
Y ahí va, a la intemperie, protegido por sus breves recuerdos de hombre 
joven, desterrado y enterrado en la profundidad del espacio inexorable.
Es alguien, un ser elemental, descarnado; una voluntad tenaz, 
inquebrantable, una decisión obstinada y trashumante en la inagotable 
inmensidad austral. No más que eso, un hombre, es decir, un punto, una 
minúscula figura del paisaje, un imperceptible movimiento listo a ser 
confundido con algún animal en la monótona escenografía patagona.
Anduvo sin tiempo sin un antes y un después, sin mañana, sin ayer. No 
contabiliza los días y no porque no supiera sino porque no importa, porque 
este día no es más que la continuación del anterior, sabiendo además que el 
de mañana será como el de hoy: un eterno cambio de lo igual. Cada despertar 
será la primer mañana de su vida, inaugurando el mundo con sus pupilas 
vírgenes de nuevos horizontes. Nómade de los tiempos, él es el viaje y es el 
camino, el movimiento en la quietud, aquello que fluye sin causa, inasible, 
el que cruza sobre un fondo permanente, la insólita novedad en el arcano 
mutismo de las cosas.
En la geografía inalterable y quieta, su cuerpo andante es la insólita 
novedad del tiempo humano confundiéndose con los lugares, un ser que se 
expande y se contrae, se oscurece de cansancio con las sombras y se activa 
nuevamente cuando llega, del este, la luz, su vida, su oriente.
Caminó por sinlugares donde cualquier pensamiento se ahogaría apabullado por 
el silencio inmemorial del peso de las edades. Traspuso horizontes sin saber 
que los cruzaba. Caminó por extensiones que se dilatan como una huidiza 
melodía pánica; por cerros repitiéndose intermitentes, mesetas y bajos 
iguales a otras mesetas y a otros bajos, paisajes recreando variaciones 
sobre si mismos.
Más allá del horizonte, otros horizontes.

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Lejanías de lejanías de otras lejanías vuelven y surgen del nuevo horizonte 
que sin embargo es el mismo de ayer, igual al de mañana. Horizontes de 
eternidades, líneas simulando límites, falsos finales, términos inconclusos, 
sombras melódicas obsesivas que día a día hay que traspasar. Sinlugares 
callados del transcurrir sin tiempo.
Más allá del horizonte, el horizonte.
Recorrió aquello inabarcable, paso a paso, hora a hora y ésa fue su 
iniciación el comenzar a sentirse parte íntima del paisaje ancestral; 
participaba con su presencia efímera y real, entrando a lo que siempre 
estuvo y estará por los siglos de los siglos amén.
Más allá del horizonte, los horizontes.
Ya no se sintió ni estuvo solo. Dejaba de respirar como un extraño, se supo 
idéntico a cada cosa que percibían sus sentidos, de la misma materia del 
mensaje terrenal.
El era todo Aquello.
Aquello era él
Inmerso en el silencio solitario, sintióse cuidado, como protegido por el 
cuenco de la mano maternal de lo absoluto.
Se habituó poco a poco a un andar rápido y sostenido; la alforja cruzada al 
hombro que cada tanto cambia para distribuir el peso, las boleadoras atadas 
a la cintura cuyo golpeteo contra la alforja amortigua con la mano.
Primero será un caminar a ritmo entrecortado debido al abigarrado monte de 
matas que impide andar libremente; luego, adivinará senderos entre 
matorrales que sólo él percibe, De esta manera pasó a un andar casi 
insensible, liviano, deslizante. De a poco irá viajando más rápido hasta 
que, sin darse cuenta, su cuerpo trotó.
Y entonces trotó.
Todo su andar fue un continuo trotar, trotar y trotar. Todo su cuerpo trotó.
La sangre le anduvo disparada, trotó, fluyendo y precipitándose, los 
pulmones golpeándole el pecho, trotó, con las fibras de los músculos, con 
los nervios en tensión y distensión, así trotó, con sus piernas y sus ojos, 
al unísono su cuerpo trotó y él fue un solo trotar y trotar, un solo de 
trotar y trotar, trotar... trotar...Y con él, la tierra trotó.
Se irá acostumbrando al ritmo corporal de su sangre y la respiración, a esa 
forma económica de desplazarse; ni tan rápido que pudiera llevarlo al 
cansancio velozmente, ni tan lento que pudiera confundirse con un caminar 
apurado; más que trote fue un deslizamiento, el desplazarse sin ruido, igual 
que Chamigo, que el zorro gris, el puma o cualquier otro habitante nómade 
del desierto.
Aprendió ese cómodo y suelto andar natural, igual al zaino brilloso y alegre 
que trotaba en el saladero. El suave andar sin asentar los talones que 
conmueve la columna, un transcurrir alado que permite pasar los pantanos sin 
hundirse, leve, ingrávido, que lleva a trepar los cerros sin esfuerzos.

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Su físico, y también su mente se acostumbraron al ritmo, y recién entonces 
fue dueño del espacio de su cuerpo y éste una emanación de la tierra que 
camina. Eran sus piernas nervudas las que sabían, ellas tenían memoria de un 
territorio nunca recorrido. Era la disposición especial del cuerpo que lo 
llevaba con una leve inclinación no hacia el suelo, sino hacia delante, como 
buscando los horizontes que se suceden.
El no sabe, sólo su cuerpo sabe; esa máquina orgánica que aprende más rápido 
que la mente, asimilándose a una geografía nada piadosa, más bien cruel.
El no tiene conciencia, no mide la vastedad del esfuerzo. El es sus piernas 
y es sus ojos. Todas sus fibras acostumbráronse al terreno sorpresivo y 
abrupto, al nuevo ritmo que agudiza los reflejos siempre alertas a cualquier 
movimiento del campo camuflado de peligros.
Cada día aprenderá a trotar con menor desgaste de energía. Sabrá vagar sin 
tropiezos, eludir obstáculos imprevistos, como salir airoso de alguna cueva 
de tucu tuco; aprende a respirar de otra manera, sin abrir la boca que daña 
la garganta y los pulmones. Sus sentidos elaboran una sutil percepción 
primigenia para captar el alimento, el agua, la caída; como esa tuna que 
aparentan no ver sus ojos pero que las piernas esquivan, y luego vuelve para 
arrancarla con el cuchillo, pelarla y comérsela con cuidado.
Y así trotó, para olvidarse y sobrevivir. Anduvo,con la sangre viajándole 
urgente.
Ahora sólo entiende y escucha la sabiduría profunda del cuerpo, ahora sólo 
sabe viajar de esa forma, es su manera de adherirse a lo ausente. De esa 
manera acorta la distancia, reduce el tiempo y se acerca a los asados de 
novillo, a los mates y al aguardiente; pero sólo trotando, trotando, 
trotando, trotando solo.
"Hay que seguir, no puedo quedarme aquí, sería morir en ningún lado, como 
morir en el mar, desaparecer en el aire"
-Hilario no puede quedarse aquí, no, no puede, no puedo.
Su voz sonó en la diáfana mudez del sinlugar, como queriendo borrar la 
amenazante eternidad geológica con las vibraciones del sonido humano. Su voz 
repercutiendo en seres inmemorialmente callados de todo verbo, voz que se 
sorprende a sí misma, sin eco. Su voz sonando llena la soledad:
- Aquí viene Hilario. ¡Heeeyy, aquí viene, aquí viene Hilario con su fiel 
compañero Chamigo! ¡Aquívoooyyy! -grita exorcizando el silencio inefable que 
lo envuelve perturbándolo.
-¡Aquííiiiiii, Hi-la-rioooooooo -ahuyentando el caos inconmensurable de lo 
mismo destinado a guardar para siempre sus secretos. Grita, para que sus 
rastros no los borre ni el tiempo, ni el viento, las distancias. Grita, 
inaugurando inocente un nuevo caos.

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Sabiendo que su dirección es siempre el norte, teniendo a su derecha el mar, 
comprendió que no debía desesperar, que tenía todo el tiempo del mundo para 
él. Supo, sin saber, se lo dijo el instinto, que si no se detenía, si no se 
tomaba su tiempo no llegaría a ninguna parte. Tiempo para descansar, tiempo 
para caminar, tiempo para comer y cazar, tiempo para cada cosa: ¿dónde 
escuchó eso?.
También aprendió que demorarse era avanzar, y que no siempre el que va más 
rápido llega antes. Llegar llegaría, un día más un día menos llegaría, pero 
si no apaciguaba las ansias, si no tranquilizaba su andar nunca llegaría.
Entonces dejó de sentir el apuro por rebasar horizontes. Y como siguiendo un 
oscuro mensaje, adoptó el ritmo oculto de las cosas, sabiendo que igual 
superaría los más lejanos confines pero sin el anhelo angustioso de 
rebasarlos. Así le fue creciendo la paciencia del cazador primitivo, capaz 
de esperar horas y perseguir por días al animal buscado y darle alcance, 
compartiendo luego con el perro amigo: picanas, caracú, alitas, costillares.
Ahora lo vemos cruzando una pampa al trote, trepa cerros sin esfuerzo 
afirmándose en los dedos de los pies; asciende por la ladera, avanza sobre 
la meseta, cruza el otoño al trote, llega al fondo de un cañadón, se mueve 
sobre la piel del silencio.
Se detiene. Sólo escucha su respiración y el acelerado jadeo del perro, 
ronco, cavernoso. Nada más se escucha, ni siquiera el canto delgado y 
solitario del chorlito sobre la rama, nada. Cubierto por el silencio 
continúa atento y cansado, cruza el cañadón siempre trotando, salta una 
zanja seca y se aleja, se aleja.
Desaparece.
Anda andariego, y andando, a cada paso se distancia y en cada paso se acerca 
a la memoria y lo alejará del olvido.
La figura, desdibujada y perdida vuelve a emerger nítida y constante. 
Hilario va, sin ideas, sin hogar, sin mujer, sin más país que el país que 
pisa. Sólo tiene ciertas imágenes que cada tanto vuelven, recurrentes, 
ciertos sueños y pesadillas. Vuelven los recuerdos verdes de su tiempo 
verde, de ríos soleados y pájaros multicolores mientras sigue indetenible 
por la pampa parda.
Lo vemos desplazarse por un faldeo, pero ahora desaparece tras esos 
matorrales gris verdosos o en aquella hondonada semioculta. Pasa cerca de un 
calafate que se demoró en sus frutos y que recoge como una ofrenda del 
paisaje. Hilario, esa figura patagónica que escupe las pequeñas semillas que 
le dejan la boca hambrienta teñida de un violeta rojizo. Un fantasma 
escurridizo, una nube terrestre, un breve viento corporal el que rodea un 
monte de molle, el que ocupa el vacío silencioso de presencia humana.

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No está perdido, pero es un náufrago de silencios, de frío, de distancias. 
El sabe que todo lo que debe hacer es persistir en el ritmo conquistado.
-Trotando livianito llegaré, si, llegaré, sí que llegaremos Chamigo, sólo 
hay que aguantar, aguantar como los patagones.
Y andando comenzó a sentirse gente del sur.
Haciendo del andar su destino, adquirió imperceptible el aliento del lugar, 
integrándose a cada paso a la atmósfera ilimitada que lo envolvía, Han 
dejado de serle extraños esos lugares de mesetas ventosas y cañadones, de 
playas pedregosas y acantilados. Intuye ser parte consustancial del suelo 
que recorre, se sabe y se siente tierra que anda, es decir, hombre del sur.
Y en medio de la tarde interminable grita:
-¡Hilario patagón!. Grita bajo la bóveda serena, grita más allá del 
horizonte, grita:
-¡Hilario patagón! ¡pa-ta-gón!, ¡aquí va un guaraní patagón!
Y por vez primera se escucha en plena estepa austral el hondo y feroz 
sapucay, grito sagitario perforando el vacío y el silencio atribulado de las 
cosas.
Anduvo. Continuó por delgados senderos rastrillados pacientemente por 
¿manadas de guanacos?, ¿zorros persiguiendo liebres? ¿baguales, pumas?.
Anduvo por líneas ocultas y perdidas. Por esos mismos rastros sigue el 
nómade para no demorarse en los sorpresivos obstáculos del territorio 
inédito.
En el instante que pisaba la sombra de un aguilucho planeando sobre él, lo 
escuchó chillar, como si al pisar la tierra sombreada hubiera aplastado 
parte del cuerpo del ave. Alzó la vista: "Seguro hay algo muerto cerca". Se 
detuvo, olfateó el aire pero no sintió ni vio nada fuera de lo normal. Tanto 
la vista como el olfato no habían percibido nada, pero el silencio insólito 
con el que se encontró de pronto le hizo sospechar que algo o alguien había, 
tal vez un puma o varios pares de ojos de tehuelches.
Chamigo huele a otros hombres, ese olor agrio de cuerpos humanos, pero es un 
olor que viene enredado con la grasa de foca, de cuero de guanaco; es un 
aire turbio que no puede distinguir bien aunque sabe que es de otros 
hombres, por eso rezonga y mira al solitario y después lo sigue.
De improviso, de la vertical tranquilidad del campo, se alza un remolino que 
dibuja un frenético solo de danza evanescente y veloz en insólitos y 
caprichosos desplazamientos, para luego desaparecer, tan intempestivo y 
fugaz como surgió.
Asimiló el viento sin resistirlo. Aprendió andar en él y aprendiendo con él 
se dejó ir como pez en mar de fondo. Que cuando el duende de la inmensidad 
ondea coirones y pastos y ramajes y sacude amenazante al calafate, cuando 
provoca inmensas polvaredas amontonando colchones de médanos entre las 
matas; cuando fluye indetenible por el páramo y trepa lejanías: todo un 
mundo se pone en movimiento. Son las entrañas abismales que al hacerse 
escuchar, callan y se refugian temerosos los demás seres.

9
Vagó por días, empujado o detenido por el fantasma de la vastedad. Anduvo a 
su merced, en medio de densas polvaredas que recorrían todo el día, de la 
mañana a la tarde púrpura, calmando sólo con la noche para continuar otra 
vez al otro día, insistente, incansable, abrumador en su danza de abismos.
Así cruzó el país del viento, como una ráfaga más en el territorio 
intemporal de su aventura
En una pequeña pampa pedregosa y pelada (visitada y trabajada por el aire 
frío y seco, por el sol, la nieve y los siglos, los veranos, el viento, por 
las lluvias y las noches heladas, por el granizo, el tránsito de las fieras, 
las estaciones), dieron caza (hombre y perro) al chulengo perseguido desde 
la tarde anterior, la pasada noche y todo el día completo hasta esta tarde. 
Ahí mismo lo carneó, después de degollarlo y beberles (perro y hombre) la 
sangre. El hombre se puso la res al hombro y así caminó buscando en una 
hondonada cercana un lugar protegido para disfrutar (cazadores hambrientos, 
cansados y flacos) una carne fresca y tierna y un cuerito de lana rubio 
canela y blanca para abrigar.
Al calor de fuego y con la modorra que deja el alimento, asoma el deseo. 
Como una brisa lo invade la imagen turbadora de la mujer, la renegrida selva 
de su cabellera enmarañada sobre los pechos donde canta el placer, la 
confusión carnal, las urgencias y el sorprendido estallido del fundirse en 
ella.
Memoró mulatas y negras de amores frenéticos, de cuerpos cimbriantes sobre 
el pasto fresco, en un paraíso de juegos sensuales bajo el sol, cuerpos 
oscuros, exigentes, fulgurantes de sudor y saliva. Sólo me falta ella. Dice, 
y se ensueña.
-Hemos andado tanto que se acabó el mundo.
Desde una altura dominante comprobó que se encontraba en el centro de una 
vasta curva que formaba el mar entrando en el continente.
-¿Habremos hecho la mitad del camino Chamigo?.
El perro que avanza unos metros por delante se detiene y lo mira, las orejas 
levantadas con atención, espectante, escucha que el hombre dice:
-¿En qué lugar del reyno estaremos?
La línea de la costa se repite interminable. Hacia el norte, una eminencia 
puntiaguda y nevada en su cima rompe la línea horizontal y trapezoide de la 
meseta. La amplia visión resulta sedante y permanece un largo rato mirando 
extasiado la vasta y azul y límpida y abierta superficie marina. Luego 
desciende el cerro de arenisca, de cantos rodados, recorre una extensa playa 
de arena, y al final de la misma y al borde de altos acantilados encuentra 
la desembocadura de un arroyo. En el zanjón, provocado por el curso de agua 
y protegido por altas y tupidas matas de un sólido verde, pasará un par de 
días a cholgas, cangrejos, pulpos, mejillones, lapas recogidas en la 
restinga que descubre la bajamar.
¿Quién pudo haber visto a Hilario?
¿quién pudo haber observado al mimético, al móvil, al infatigable errante 
guaraní?
Imagino las asombradas miradas de alguna tribu de tchonekas; pero más aún lo 
vieron saberbias, interminables manadas de guanacos rubios y pardos 
cubriendo laderas,

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hondonadas y veloces distancias; y también, curiosos charitos grisáceos, los 
cuellos alargados de sorpresa; y avestruces patudos, confundido su plumaje 
plomizo entre el gris parduzco de las mesetas; lo siguió la vista 
macroscópica del cóndor, cuando aún planeaba de la cordillera al mar; los 
vieron tantos y tantos atemporales seres atravesando migrante, inocente como 
ellos, el otoño austral.
¿Quién pudo haber visto a Hilario?; quiénes sino el pululante mundo de seres 
vivos poblando la virginal estepa patagónica.
-¡Chamigo! -llama el andante, sin saber que el perro ha olido al piche, por 
eso escarba intensamente y al oír el grito levanta la cabeza, el hocico 
lleno de tierra, las orejas tiesas, atentas, y vuelve otra vez a mirar y 
escuchar con detenida y nerviosa atención la cueva.
El hombre vuelve a silvar llamándolo, y el animal, inquieto, levanta la 
cabeza para mirarlo, pero ahora la indecisión se apodera de él, no sabría si 
seguir la caza o volver al hombre; entonces lanza un par de ladridos 
rápidos, cortados, nerviosos hacia el bípedo y hacia la cueva, pero fiel y 
obediente retorna al trote donde se encuentra Hilario.
En sus días habrán noches en las que, cubierto por los cueros, y Chamigo a 
sus pies (seres pedestres abrigándose mutuamente) sabrá espiar cómo brota 
desde los confines del mar, el astro de la noche, descubriendo con su luz 
plata la negra línea horizontal que separa el cielo del mar y proyectando 
sobre la superficie tenebrosa un sendero dorado que llega en oleadas 
centellantes hasta la costa. Luego, ya elevada, la esfera naranja y oro 
reverbera lentejuelas marinas, y momentos después, definitivamente alta, la 
plenilúnica claridad ilumina la noche oscura, indescifrable y helada.
Hilario observa admirado, sin pensamientos el fantasmal paisaje nocturno. 
Abrumado y supersticioso ante Aquello le invade un antiguo temor pánico que 
le viene de su orfandad ante la inmensurable presencia del Todo; es entonces 
cuando un estremecimiento de fragilidad humana le recorre el cuerpo y se 
acurruca bajo los cueros resguardado en el olor cálido de su cuerpo, el 
cuerpo que es todo su hogar. Acurrucado, más cerca del fogón, ahora de 
brasas rosada y grises ya casi apagadas.
Otras noches, no será la luna sino un vértigo de negro cielo transparente lo 
que sus ojos y corazón admirarán: un jolgorio titilante, una miríada de 
luces inalcanzables que emiten desde la nada señales misteriosas, un revuelo 
de nebulosas, una frondosidad de estrellas de donde se descuelgan veloces 
algunas viajeras dejando surcos inefables sobre el telón de la noche. 
Absorto en las espléndidas constelaciones que dibujan figuras mitológicas, 
sabrá -se lo dirán los tehuelches- que esas formas alargadas allá arriba 
conocidas como Cruz del Sur, la nombran -y eso es lo que parece- Las Patas 
del Avestruz; porque son dos, ahí están, yendo al sur: ¿vos Chamigo viste un 
avestruz con una sola pata? La pata en el cielo, en el suelo del cielo del 
avestruz. El cielo de todos.
Y en ese estarse quieto contemplando tanta gloria, sintió que él también y 
con él Chamigo y con él todo el campo y todo el mundo: el viento, el agua, 
la noche, movíase siguiendo el oculto ritmo que cada ser comparte y cumple y 
lleva dentro de sí; el inefable ciclo que provoca el aparecer y desaparecer 
de todas las cosas sin causa y sin objeto. Siente en silencio el unísono de 
las cosas. El también es Eso.
11
Y contemplando arrobado el firmamento, con la cabeza que descansa en las 
palmas de las manos, se dormirá inocente, callado, cansadamente solo, 
cubriéndose en sus sueños y cobijado por la noche.
Y una mañana, al abrir los ojos, se le presentó en una suerte de pelusa de 
cristales blancos, de aire áspero y cortante, de tierra endurecida y cuerpo 
entumecido el esperado y temido frío.
Se estiró bajo los cueros y el rezongo del perro le respondió a sus 
espaldas. Se desperezaron.
Volvió a encender el fuego con las cenizas y brasas cubiertas con piedras 
durante la noche. Cortó un pedazo de carne asada tirándosela como al 
descuido al animal que, atento, la caza en el aire y de un bocado se la 
traga. Calienta en las brazas otro trozo para él, y mirando el campo helado 
comenta:
"Habrá que darle pata Chamigo que se nos viene el invierno".
Después de churrasquear, acomoda las pocas cosas en la alforja y se pone 
nuevamente en camino. El aire severo y fresco del amanecer le hizo 
lagrimear. Con las manos bajo los sobacos adopta el ritmo adquirido, ese 
andar incansable, llevador, reemprendiendo el viaje alucinante que bajo el 
frío de la helada se asemeja a una disimulada huída.
Un vagamundo famélico, huesudo, con su mata de pelo hirsuto que le cae sobre 
los hombros y le oculta casi el rostro barbudo, seco, cuarteado por el frío. 
Errabunda figura cubierta de cueros de chulengo, el cuerpo embadurnado con 
grasa de foca, maloliendo; con la piel de foca cubiertos los pies 
protegiéndolos del hielo que el viento vuelve más penetrante.
Ese hombre, asediado por el inmenso páramo retorna a sus mejores recuerdos:
-¿Cómo era Chamigo esa música que cantábamos en la Misión?
Haciendo un descanso trata de recordar.
-No la de la iglesia sino la otra, ésa que el maestro tocaba en el 
violín? -mira absorto la lejanía-, suavecita era, suavecita y finita como la 
cintura de la moza de ojos negros.
De sus interiores le llega como oleadas la melodía barroca, rítmica, alada, 
inverosímil en ese entorno, pero conciliadora y alegre. La melodía 
contrapuntística y, como él, en fuga, lo mantuvo de buen ánimo todo el día y 
otros días acompañando su pedestre soledad que danzarines aires lo hacían 
sentirse un ser distinto en ese mundo de severa indiferencia.
-Cuando el coro cantaba parecía una bandada de pájaros levantando vuelo. 
Volando, como aquella punta de flecha allá en el cielo Vandurrias migrantes 
cruzan al norte llenando el aire con un sonido seco de madera hueca mientras 
se alejan leves, airosas, libres de espinas y de piedras.
-¿Se cansarán de volar los pájaros como nosotros de andar?.
La respuesta viene del agitado aliento del animal que lo observa desde un 
promontorio, se pasa la lengua por el hocico guardándola con un veloz 
movimiento de tragar saliva, se queda inmóvil sin respirar, escucha atento y 
vuelve otra vez a abrir las fauces para tomar aliento y respirar, la lengua 
colgada, rosada, babosa y refrescante.

12
Son dos días caminando en la nieve y en su cuerpo se ha instalado el frío 
como una enfermedad perversa. El cielo límpido y celeste contrasta con las 
sombras violáceas de las laderas sur de los cerros de donde proviene un aire 
lacerante que le talla un rostro de distancias y de hielo.
Pero el cielo azul de la mañana se irá tornando gris metal a media tarde. Y 
otra vez, oleadas y oleadas de infinitos copos interrumpidas por remolinos 
de viento blanco le cubre la visión, lo desorienta. Un deslumbramiento sutil 
y callado se desploma gélido e implacable sobre el mundo. Blanco plata en la 
gris tormenta. Frío blanco en la desolación helada.
Con la nieve hasta las rodillas, los pies son plomos dolientes de humedad. 
Caminar es hacer crecer el cansancio, sin embargo debe superar la meseta 
donde transita y llegar a un bajo protegido de la tormenta pese a que no 
puede ver más allá de unos pocos metros, espiando entre las pestañas que se 
cubren de hielo la blancura enceguecedora.
Con la barba blanqueada de hielo su figura adquiere un aspecto fantasmal de 
anciano al que le cuelgan de bigotes y cejas, estalactitas; es la viva 
imagen del tiempo irreparable. Las pestañas cubiertas de hielo le impiden 
abrir los ojos mientras avanza en la ciega cerrazón como empujando el frío 
compacto, denso, material. Así y todo camina sobre
la nieve que es leve, evanescente y continua, parecida a un ácido dolor 
blando mientras el sudor se congela en el magro cuerpo que se hunde entre 
espesas nubes plomizas. Vaga al azar, en una fría y dura y cegadora luz que 
lo torna invisible, cubierto del profundo blanco, una liviana blancura que 
se hunde a sus pasos; sólo alcanza a percibir las huellas hambrientas y 
alegres de las liebres, huellas de zorro, del puma marcando los pelos de su 
panza en la nieve crecida.
La fatiga lo doblega. Los cueros que lo cubren, empapados de nieve pesan 
como una pena eterna. Hilario escucha al perro que tras él se queja de 
cansancio, para el animal cada paso es un salto en la hondura de la nieve.
-Vamos Chamigo, vamos. Dicen que si en la nieve te quedás quieto y te gana 
el sueño seguro que te morís.
El cansancio como un perverso y constante dolor de herida blanca.
-Si te dormís te morís dicen, eso dicen: si te dormís te morís. -Dice.
Largas, pausadas, espesas bocanadas de vapor escapan de su boca. En un acto 
de maligna magia desaparecían las cosas, borrándose toda distinción de cielo 
y tierra, todo el mundo era un páramo de nubes.
Camina en una niebla que lo cierne como mortaja. Camina sobre la pura nada 
blanca que lo enceguece. Vaga por un espacio amorfo, indiferenciado, en una 
luz sin fondo ni perspectiva, donde el arriba y el abajo se han disuelto, y 
alrededor sólo la turbia nada, un espacio sin referencia, sin contraste ni 
matiz, un cuerpo sin sombra.
Busca algo que permita un descanso, que apacigue tanto deslumbramiento, 
tanta disonancia incolora, aplastante, violenta y fría, sin más apoyo que el 
peso cansado de sus pies.
"Hay que seguir, hay que seguir nomás, seguir y seguir... seguir" - repite 
para animarse la joven figura anciana.
El vaho cristalizándose en el aire espeso. No es más que un fantasma 
producto de la desmesura, transido de un dolor de hielo, impulsado por su 
tenacidad salvaje.

13
La tormenta hace un claro por el que se observa, al fin, la interminable 
extensión vacía del mar.
"El mar, donde sale el sol". -ya no está perdido, sabe la dirección que debe 
seguir. "Hacia el norte, siempre al norte, siempre al norte..."
La sombra cubierta de cueros resulta un punto gris y móvil en el desierto 
nevado. El sol asoma entre las nubes rápidas que el viento despeja; y 
entonces es testigo gratuito de una apoteosis aúrea sobre el páramo helado. 
Una luz dorada cubre de esplendor el paisaje blanco. La sombra azul camina 
su orfandad sobre ese mundo de oro sin entender tanta frío fulgor. Pero fue 
solo un rato, un paréntesis brillante, un único golpe de luz en que el oro 
alumbró sobre las cosas y se apagó.
La tarde cruzó rápida seguida de tinieblas, y en el umbral de un silencio 
inmenso y sagrado, el solitario nómada apenas es una sombra difusa bajo el 
sudario tenebroso y helado.
Las piernas se resisten a seguir. En una mata alta y frondosa y con las 
pocas fuerzas que aún le quedan, escarba con el cuchillo buscando la tierra 
seca para refugiarse exhausto, definitivo, cayéndose en el cansancio.
Un ser de la inmensidad cubriéndose y en posición fetal murmura junto a su 
perro: "Hay que seguir Chamigo, descansamos un poco y seguimos... porque si 
te dormís Chamigo te morís".
Pero el agudo, el quemante frío le desgarra no ya la carne, también la 
voluntad, y siente que resbala hacia un sueño dulce que lo guarda que lo 
cuida y lo apaña, es una nube blanda y bondadosa, una canción maternal. Un 
piadoso sopor lo invade y se adormece.
se está estamos bien Chamigo estoy bien está
ya no hacen falta los mates ni el charqui ni el agua ya no hay que caminar 
más
los ojos se apagan bajo la lengua tibia del sueño con la imagen de ella y su 
mirar de brasas que llaman lo llaman regresan esos ojos del verde soleado 
llegan al blanco austral gruñe chamigo en la tormenta ahora regresan no me 
dejen en sanjulián sus ojos negros destellos amables bajo las cálidas 
sombras la sonrisa carmín relinchos de baguales en el saladero cánticos del 
coro ¿dónde? más allá del viento gris canto misional sobre blanco difusas 
siluetas del grupo patagón emergen verde tropical blanco hieloazul se 
escuchan ladridos familiares apagados si te dormis viento afiebrado figuras 
figuras en un fondo de oscura selva donde juegan relámpagos nocturnos te 
morís junto al inalcanzable verde vegetal contra el blanco hielo si dormís 
la noche verde claro te morís callejón de sueños alegres del dul ce sueño 
cristalino si
dor mís si dor ssi

14
-¿Se durmió don Hilario?-¿He? -vuelve el viejo abriendo los pequeños ojos en 
ese rostro oculto en la semipenumbra que el rescoldo proyecta sobre la breve 
estancia de adobes ahumados- no gurí, miraba pa dentro nomás.-Casi se le cae 
la pipa, don. La pipa hecha por las manos callosas del hombre sentado sobre 
una cabeza de vacuno. El fuego remolonea su calor en tonos naranjas y en 
ocultos azules. Sobre las brasas, una negra pava comienza a cuchichiar su 
tibieza para los últimos mates del día.-Recordaba nomás. Dice ese hombre de 
barba gris que ya no espera nada, dice en un decir pausado como la tarde 
tranquila de la pampa.¿Y qué recordaba don Hilario?-Tiempos menos 
tranquilos.
Aquel viaje volvía cada vez con más insistencia a su memoria. La vida vivida 
se presentaba más actual y fuerte que este presente tan remoto como insulso. 
Durante la travesía había vivido como en un estado de continua exitación, en 
permanente alerta, predispuesto al peligro, a lo imprevisto. Era, recordaba, 
como cuando vivía arrebatado por aquellos ojos de la cálida muchacha 
guaraní, así de transido, parecía un amor que regresaba, insistente, 
provocador. Sobre el camastro sueña sin sueño; no es aquel de los párpados 
pesados y el agobio del cuerpo que lo desplomaba en la nieve, es un ensueño 
que viene como imágenes de su vida, esas que fueron construyendo su única e 
intransferible experiencia, esa vida que añora como si no hubiera sido de 
él, pero en cambio su cuerpo memora las vivencias. Igual de desesperado se 
aferraba al embeleso de aquellos ojos renegridos, aquella cabellera 
esponjosa, cálida, oscura, cuando verla era provocar un volcán dentro del 
pecho, un dolor de puñalada amorosa. ¿Es el cuerpo que se siente viejo y 
convoca los recuerdos para aplacarse? ¿Le anuncian sus sentidos una 
experiencia nueva y definitiva?Vuelven las imágenes en visiones 
superpuestas: niña donosa de ojos selváticos, figuras de tehuelches 
ecuestres recortados en la nieve, la proa del barco hundiéndose y saliendo 
airosa de las olas frías del mar del sur, instantáneas de su fiel Chamigo 
"mi viejo perro, hace tanto, hace ya tanto...".La vida ¿o el recuerdo de la 
vida entrándole por los sentimientos? ¡Ah su vida, su vieja vida!, y este 
cuerpo que pesa y cuesta levantarlo.Sale la sombra del rancho, va en busca 
del oscuro, viejo y manso como él, atado al palenque. Monta y se aleja sin 
ruido, sin perros, sin testigos, como un fantasma, un olvido, iniciando un 
viaje del que nadie sabrá decir nada.
Y él, habiendo navegado el mar tantas veces, habiendo surcado los cálidos 
ríos de su niñez, pero que sólo una única vez cruzara aquel inconmensurable 
país del sur, sólo esa vez sería suficiente para marcarlo tan hondo durante 
toda su existencia, hasta esta tarde encaminada hacia la noche de su día.

15
Volver, retornar a esa tierra de un payé tan especial y misterioso. Ahora 
va, cabalga hacia la boca de la noche, con la misma decisión con que salió 
de San Julián y era joven y llevaba en su mirada una embriaguez de 
horizontes inalcanzables. Va hacia el oscuro enigma de aquellos ojos negros 
que siempre lo acompañaron y ahora lo llaman, lo llaman "Hilario". Te llaman 
Hilario. Ya noche, la mujer que se demoró charlando con la vecina entra al 
rancho a oscuras:-Hilario ¿te preparo unos mates?Separa el cuero de potrillo 
que divide la cocina de la pieza y pregunta:-¿Hilario?





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