[R-P] Naomi Klein se acuerda de la Argentina de 2002
Aurelio Horacio Bujaldon
abujaldon en arlinkbbt.com.ar
Mar Feb 10 20:27:57 MST 2009
¡Que se vayan todos!
Ha tomado su tiempo, pero, finalmente, desde Islandia hasta Letonia, pasando
por Corea del Sur y Grecia, el resto del mundo está llegando al mismo
resultado: ¡que se vayan todos!
Naomi Klein | Sin Permiso | 10-2-2009
Fuente: www.kaosenlared.net/noticia/que-se-vayan-todos
Viendo a las multitudes en Islandia blandiendo y golpeando ollas y cacerolas
hasta hacer caer a su gobierno me acordaba yo de una popular consigna
coreada en los círculos anticapitalistas en 2002: "Ustedes son Enron;
nosotros, la Argentina".
Su mensaje era suficientemente simple. Ustedes –políticos y altos ejecutivos
amalgamados en alguna que otra cumbre comercial— son como los temerarios
estafadores ejecutivos de Enron (claro que entonces no sabíamos ni la mitad
de lo ocurrido)—. Nosotros –el populacho mantenido al margen— somos como los
argentinos, quienes, en medio de una crisis económica misteriosamente
parecida a la nuestra, salieron a la calle con ollas y cacerolas al grito
de: "Que se vayan todos". Forzaron la dimisión de cuatro presidentes en
menos de tres semanas. Lo que hizo única la rebelión argentina de 2001-2002
fue que no iba dirigida contra ningún partido político concreto, ni tampoco
contra la corrupción en abstracto. Su objetivo era el modelo económico
dominante: fue la primera revuelta de una nación contra el capitalismo
desregulado de nuestros días.
Ha tomado su tiempo, pero, finalmente, desde Islandia hasta Letonia, pasando
por Corea del Sur y Grecia, el resto del mundo está llegando al mismo
resultado: ¡que se vayan todos!
Las estoicas matriarcas islandesas que sacaban sus cacerolas mientras sus
hijos buscaban proyectiles en el frigorífico (huevos, desde luego, ¿también
yogures?) reproducen las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires.
Un eco de la rabia colectiva contra unas elites que destruyeron un país
otrora próspero pensando salir de rositas. Como dijo Gudrun Jonsdottir, una
oficinista islandesa de 36 años: "Estoy hasta el moño de todos esto. No me
fío del gobierno, no me fío de los bancos, no me fío de los partidos
políticos y no me fío del FMI. Teníamos un país estupendo, y se lo han
cargado".
Otro eco: en Reikiavik, los manifestantes no se conforman con un mero cambio
de rostros en la cúspide (aunque la nueva primera ministra sea una
lesbiana). Exigen ayudas al pueblo, no a los bancos; investigación penal de
la debacle; y una profunda reforma electoral.
Parecidas exigencias pueden oírse en Letonia, cuya economía ha experimentado
la contracción más drástica dentro de la Unión Europea y en donde el
gobierno se halla al borde del precipicio. Durante semanas, la capital se ha
visto sacudida por protestas, incluidos unos disturbios en toda regla el
pasado 13 de enero. Como en Islandia, los letones están indignados por la
negativa de sus dirigentes a aceptar la menor responsabilidad por la
catástrofe. Preguntado por la Televisión Bloomberg por las causas de la
crisis, el ministro de finanzas letón soltó displicentemente: "ninguna en
especial".
Pero los disturbios letones sí son especiales: las mismas políticas que
permitieron al "Tigre Báltico" crecer a una tasa del 12% en 2006, están
ahora causando una violenta contracción que se estima del 10% para este año:
el dinero, emancipado de toda barrera, viene tan prontamente como se va,
tras rellenar, eso sí, algunos bolsillos políticos. No es casual que muchas
de las catástrofes de hoy sean los "milagros" de ayer: Irlanda, Estonia,
Islandia, Letonia.
Pero todavía hay algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes
argentinos respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad
dictado por el FMI: 9 mil millones de dólares de recorte del gasto público,
señaladamente en sanidad y educación. Lo que se reveló un error fatal. Los
sindicatos de los trabajadores realizaron una huelga general, los maestros
sacaron sus clases a la calle, y por doquiera proseguían las protestas.
Esa misma negativa de los de abajo a ser inmolados en la crisis es lo que
une hoy a muchos manifestantes de todo el mundo. En Letonia, buena parte de
la cólera popular se ha centrado en las medidas gubernamentales de
austeridad –despidos masivos, recorte de servicios sociales y brusca
disminución de los salarios en el sector público— tomadas para hacer méritos
ante el FMI, de quien se espera un préstamo de urgencia: no,
definitivamente, nada ha cambiado. Las revueltas del pasado diciembre en
Grecia fueron desencadenadas por el asesinato a tiros por la policía de un
adolescente de 15 años. Pero lo que las mantiene vivas, con los agricultores
recogiendo el testigo de los estudiantes, es la general cólera que desierta
en el pueblo griego la respuesta del gobierno a la crisis: se ofrece a los
bancos un rescate por valor de 36 mil millones de dólares, mientras se
recortan las pensiones de los trabajadores y se da a los campesinos poco más
que nada. A pesar de las molestias causadas por el bloqueo de carreteras de
los tractores, el 78% de los griegos opina que las exigencias de los
agricultores son razonables. Análogamente en Francia, en donde la reciente
huelga general –desencadenada en parte por los planes del presidente Sarkozy
de reducir espectacularmente el número de profesores— se atrajo el apoyo del
70% de la población.
Acaso el hilo más robusto que atraviesa a toda esa revuelta global sea el
rechazo a la lógica de la "política extraordinaria", por emplear la
expresión acuñada por el político polaco Leszek Balcerowicz para describir
el modo en que los políticos acostumbran ahora a ignorar las disposiciones
legislativas para avilantarse a "reformas" de todo punto impopulares. Un
ardid que está dejando de funcionar, como acaba de descubrir ahora el
gobierno de Corea del Sur. En diciembre pasado, el partido gobernante trató
de servirse de la crisis en curso para lanzarse a un más que discutible
acuerdo de libre comercio con los EEUU. Llevando a nuevos extremos la
política de puertas cerradas, los legisladores se cerraron a cal y canto en
la Cámara para poder votar en privado: defendieron la puerta con mesas,
sillas y butacas. Los políticos de la oposición no se dejaron impresionar:
con martillos percutores y sierras eléctricas, echaron la puerta abajo y
entraron en el Parlamento organizando una sentada que habría de durar doce
días. Se aplazó el voto, a fin de permitir un mayor debate. Una victoria
para un nuevo tipo de "política extraordinaria".
Aquí, en Canadá, la política es notoriamente menos pronta a escenas
chocarreras que terminan en YouTube, pero tampoco ha estado exenta de
sorprendentes acontecimientos. El pasado octubre, el Partido Conservador
ganó las elecciones nacionales con un programa sin ambición. Seis semanas
después, nuestro primer ministro tory se sacaba de la chistera un proyecto
presupuestario que privaba del derecho de huelga a los trabajadores del
sector público, abolía la financiación pública de los partidos políticos y
no contenía el menor atisbo de estímulo económico. Los partidos de oposición
replicaron con la formación de una coalición histórica, que no consiguió
hacerse con el poder sólo porque se suspendió abruptamente la sesión
parlamentaria. Los tories han regresado ahora con un presupuesto revisado:
las políticas extremistas de derecha han desaparecido, y hay un paquete de
estímulos económicos.
La pauta es clara: los gobiernos que responden a la crisis creada por la
ideología de libre mercado con una acrecida dosis de la desacreditada
medicina, no sobrevivirán al intento. Como están gritando en la calle los
estudiantes italianos: "No pagaremos por vuestra crisis".
Traducción para sinpermiso.info: Roc F. Nyerro
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