[R-P] Una anécdota mediterránea y un reportaje rioplatense

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Feb 9 06:54:50 MST 2009


Mediterránea, pero de allá. Si fuera de acá sería muchísimo más divertida.

Con repercusiones acá.

En alguno de sus libros, Arturo Jauretche marcaba el extremo cipayismo 
de cierto nacionalista oligárquico al que, después del 55, creo, le 
habían dado un cargo diplomático en España. Relataba que pese a lo que 
cabía suponer, el hombre estaba peleado a muerte con Francisco Franco 
porque ambos eran gallegos y había una vieja inquina local que este tipo 
había transformado, de motu propio, en cuestión de Estado argentina.

Hace un tiempo que vengo preguntándome cuáles pueden ser las razones de 
fondo por las cuales el "picana eléctrica de los patriotas 
revolucionarios" se ha enojado tanto conmigo y ha recibido tanto pero 
tanto apoyo de su adláter o álterego JJ.

Hoy me he dado cuenta de que estamos ante un caso muy parecido al 
comentado por Jauretche.

En efecto, lo que realmente los pone de punta a estos muchachos con mi 
laicismo nacional y revolucionario es algo que aparece hoy, con firma de 
Martín Granovsky, en el Página12 (ver de pasada, y qué casualidad, el 
reportaje a Goenaga en el mismo, página central). Estos chicos están 
trayendo a nuestro país una interna completamente ajena a nosotros, ya 
que es una interna entre imperialistas españoles. Quieren sumarnos al 
debate, pero ya sabemos que en las cuestiones centrales, es decir, en 
cómo chuparle la savia vital a la Argentina, están más bien de acuerdo. 
O sea: no les vamos a dar pelota, y en todo caso que sepan que si siguen 
trayendo sus cipayos reconcomios a nuestra lista serán tratados como 
siempre se ha tratado aquí a todo cipayo, vista la ropa que vista.

Así que los dejo con la reveladora nota de Granovsky, que tantas cosas 
explica y a tantos "católicos" deja al descubierto. Lo que aquí se 
cuenta es, a mi modo de ver, el verdadero origen del mal humor de JJ, y 
buena parte del origen de la inquina que ha desarrollado el "picana" 
contra las posiciones históricas de la IN:

Con una carajada mezcla de cervantina y quevediana, los dejo con la 
revelación. De yapa, abajo, el reportaje a Goenaga, que también trae 
mucho sobre temas que vinimos hablando últimamente, y para que se vea 
que el peronismo no es, para nada, lo que algunos ultramontanos 
pretenden hacernos creer (y que cuanto más cerca del pueblo se encuentra 
uno, menos tiene que ver):

(1) Lo de la bronca contra las posiciones de Patria y Pueblo:

Fuente: 
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/119732-38115-2009-02-09.html

OPINION
Los zapatos de Zapatero
  Por Martín Granovsky

En España, a los brutos les dicen catetos. Hay que ser muy cateto del 
mundo para imaginar que la causa número uno del sufrimiento español se 
llama Argentina. El presidente del gobierno que recibe hoy a Cristina 
Fernández es un político preocupado por la crisis económica mundial, por 
la crisis propia y por un fenómeno paradójicamente poco observado desde 
aquí: el proyecto integrista de frenar la modernización de la vida 
cotidiana de los españolitos de a pie.

Elegido por primera vez en marzo de 2004 y revalidado en 2008, José Luis 
Rodríguez Zapatero retomó la modificación de la legislación social para 
permitir la unión civil de personas del mismo sexo, comenzó a debatir la 
educación religiosa en las escuelas e introdujo la posibilidad de quitar 
a las instituciones españolas todo vestigio de franquismo.

En 2007, las Cortes (congreso) aprobaron la Ley de la Memoria Histórica. 
Uno de sus artículos, el 15, dice que “las administraciones públicas 
tomarán todas las medidas oportunas para la retirada de escudos, 
insignias, placas y otros objetos o mención conmemorativa, personal o 
colectiva, de exaltación de la sublevación militar de 1936, la Guerra 
Civil y la represión de la dictadura”. La ley también prevé la 
identificación de cadáveres sepultados en fosas comunes, la 
rehabilitación jurídica de las víctimas de la dictadura de Francisco 
Franco (desde 1939, tras su victoria en la Guerra Civil, hasta su muerte 
en 1975) y el derecho a la nacionalidad de los descendientes de 
españoles que se exiliaron luego de la derrota de los republicanos.

El debate español es denso, complejo. Polifacético. Las víctimas, ¿son 
víctimas de un genocidio? ¿Es un genocidio la guerra civil? ¿Corresponde 
jurídicamente judicializar los asesinatos? ¿Corresponde políticamente? 
¿Hasta dónde llegar? ¿Cómo reparar sin crear una Memoria de Estado, que 
por definición se opone a la democracia? La ley, que votó en contra el 
Partido Popular de Mariano Rajoy y del ex presidente del gobierno José 
María Aznar, ¿es una revisión de los pactos, escritos y no escritos, de 
la transición española posterior a la muerte de Franco? Y si lo es, 
¿acaso hay un problema en revisar una política cuando ya pasaron más de 
30 años y la democracia no corre riesgo alguno?

Los críticos de Zapatero dicen que en 2004, durante la campaña 
electoral, el entonces candidato socialista ni habló de la Ley de 
Memoria Histórica. Curiosa crítica, no exclusiva de España, la que 
apunta a un gobierno por lo que hace de más y no de menos.

En rigor, Zapatero incluyó un anuncio de su política futura, pero 
simbólicamente. Uno de sus gestos de 2004 fue honrar a su abuelo paterno 
en la tumba del municipio leonés de La Pola de Gordón. Se trata del 
capitán Juan Rodríguez Lozano, republicano fusilado en 1936. Felipe 
González, el anterior primer ministro socialista, no había ido tan lejos 
en ninguno de sus catorce años de gobierno, entre el ’82 y el ’96.

Hasta que algún día los historiadores se encarguen de investigar el 
panorama completo de estos tiempos, queda espacio para anotar unas 
conjeturas como al costado de un libro que ni siquiera empezó a escribirse.

Quizá la acusación del PP según la cual Zapatero quiere hacer un “uso 
partidista” del pasado sea una reacción a los aspectos laicos –no más 
anticlericales: más laicos, e incluso modestamente laicos– de la 
política socialista.

A tono con el antilaicismo, la decisión oficial de colocar la materia 
Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos en todas las 
escuelas fue calificada de “Estadolatría” e “intrusión estatal 
absolutamente ilegítima” por parte de Angelo Amato, prefecto de la 
Congregación Pontificia para Causas de los Santos.

La número dos de Zapatero, María Teresa Fernández de la Vega, acaba de 
reunirse con el secretario de Estado vaticano, Tarcisio Bertone. De la 
Vega reivindicó un fallo del tribunal supremo español: no se puede 
ejercer la objeción de conciencia ante la materia sobre Ciudadanía 
porque no es un problema de conciencia sino de universalización del 
conocimiento político. Hubo entre ellos un punto más ríspido: España 
discute en este momento una mayor despenalización del aborto para 
proteger a los médicos y reducir la cantidad de embarazos no deseados.

Bertone sonrió para las fotos y luego, el último sábado, criticó el 
aborto, la unión de personas del mismo sexo y la materia Ciudadanía, a 
la vez que defendió la educación religiosa.

La polémica no es tan distante para la Argentina. Salta asiste en estos 
días a una discusión no sólo sobre la educación religiosa en las 
escuelas sino sobre el derecho del Estado a revisar los contenidos de la 
enseñanza de la religión aun en los colegios privados. El propio 
ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco, dijo el domingo 1o de 
febrero en Página/12 que le hubiera gustado “una propuesta más republicana”.

El debate sobre secularización y relaciones entre Iglesia y Estado es 
tan global, sobre todo en los países latinos, como qué hacer ante la 
caída de la producción automotriz y la situación del mercado financiero 
después de las hipotecas basura.

Italia vibra con el caso de Eluana Englaro, a quien los médicos acaban 
de cortar la nutrición y la hidratación para oficializar una muerte que 
ya se produjo. Un tribunal respaldó la medida humanitaria, que el mismo 
padre de Eluana reclamaba. El primer ministro Silvio Berlusconi, de 
acuerdo con la Santa Sede, aprobó un decreto-ley contra el tribunal y a 
favor de la continuación de la existencia vegetativa de Eluana. Si no 
hay negociación de último momento y el presidente, Giorgio Napolitano, 
mantiene su promesa de no firmar el decreto por ilegal, hoy mismo 
comenzará una crisis institucional entre el presidente y el premier. 
También será el fin de la convivencia, hasta ahora plácida, entre 
Napolitano y el papa Benedicto XVI.

La opinión de un filósofo católico, Giovanni Reale, parece probar que el 
debate verdadero gira sobre la esfera legítima de cada institución y no 
sobre la libertad de conciencia. Al contestar al diario romano Il 
Corriere della Sera, que lo publicó el sábado, Reale criticó la 
“politización del caso”. Dijo que prolongar artificialmente una 
existencia sin posibilidad científica de reversión obedece a un 
paradigma cultural: “El abuso proveniente de una tecnología con vocación 
totalizante que quiere sustituir a la naturaleza”.

Es muy pronto para saber por qué se producen al mismo tiempo la presión 
de Bertone sobre la vicepresidenta De la Vega, la presión de Joseph 
Ratzinger sobre sus vecinos italianos y la decisión de rehabilitar a los 
obispos seguidores de Marcel Lefebvre, el obispo francés que combatió al 
Concilio Vaticano II y fue honrado por la dictadura argentina y la 
jerarquía eclesiástica de los años de plomo. La rehabilitación abrió una 
compuerta por la que se filtró una corriente poderosa de negacionismo 
sobre el Holocausto, cuya caricatura fueron las declaraciones del obispo 
Richard Williamson a la televisión sueca: “Las pruebas históricas están 
seriamente, enormemente, en contra de que se gaseara deliberadamente a 
seis millones de judíos en las cámaras de gas, como política deliberada 
de Adolf Hitler”. Williamson vive en La Reja, provincia de Buenos Aires.

Tal vez los debates sobre el pasado sean eso mismo –debates históricos– 
y un efecto paralelo que saca el velo de falsos sentidos comunes sobre 
tragedias antiguas e indica que ese velo impide hoy una vida mejor.

Julián Casanova, un historiador español que escribió el libro La Iglesia 
de Franco, dijo al diario Público que la saña del Generalísimo incluso 
luego de su triunfo (llegó a fusilar a 50 mil personas) se debe a “tres 
componentes ideológicos y culturales. Primero: el concepto militarista 
de aniquilación del contrario que viene del africanismo, que Franco, 
Yagüe y Millán Astray tienen muy metido. Aquello de tratar a los rojos 
como tribus, gente que no merece vivir. Además, pasado por el matiz del 
exterminio fascista, pero fundamentalmente, militar español. En segundo 
lugar, es un componente religioso de limpieza, porque hay una gran 
legitimación de la muerte de gente que no tiene derecho a la vida porque 
no tiene fe. Son infieles y es un reverdecimiento del mito de la 
Cruzada. Y un tercer elemento que viene de la Falange, que sí que tiene 
claramente sustancia nazi”.

Hoy, en España se cumplen 70 años exactos de la Ley de Responsabilidades 
Políticas que Franco firmó en Burgos contra quienes “contribuyeron a 
crear o agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a 
España”, y también contra quienes, cuando Franco desató la guerra civil 
al alzarse el 18 de julio de 1936, “se hayan opuesto o se opongan al 
Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave”. Según 
escribió el mismo Casanova en el diario El País del domingo anterior, la 
Iglesia con Franco se convirtió en “una agencia de investigación 
parapolicial” sobre el pasado de miles de sospechosos y sus familias.

Más aún: “Los odios, las venganzas y el rencor alimentaron el afán de 
rapiña sobre los miles de puestos que los asesinados y represaliados 
habían dejado libres en la administración del Estado, en los 
ayuntamientos e instituciones provinciales y locales. Un porcentaje 
elevadísimo de las plazas ‘vacantes’, hasta el 80 por ciento, se 
reservaba para ex combatientes, ex cautivos, familiares de los mártires 
de la Cruzada, y para tener acceso al resto había que demostrar una 
total lealtad a los principios de los vencedores. Ahí residía una de las 
bases de apoyo duradero a la dictadura de Franco, la ‘adhesión 
inquebrantable’ de todos aquellos beneficiados por la victoria”.

Trabajo duro estar hoy en los zapatos del presidente del gobierno 
español. Ese cuadro de nostalgia política como alimento de la disputa 
actual del poder por parte del integrismo antimoderno es el que enfrenta 
Zapatero. A ese cuadro, no apto para catetos, asiste la Presidenta en 
Madrid. Lleva el bagaje de un país que, también en sus preocupaciones, 
queda cerca de España.

* Analista internacional. Presidente de la agencia argentina de noticias 
Télam.

Lo de Arnaldo Goenaga:

http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-119726-2009-02-09.html

ARNALDO OMAR GOENAGA, LA VIDA DE UN MILITANTE DEL PERONISMO COMBATIVO EN 
LOS ’60 Y LOS ’70
“Si se sacan las cosas de contexto, parecemos ‘cowboys’ o algo así”

/En la actualidad editor de un diario barrial, ex concejal peronista y 
militante del peronismo vinculado con los gremios combativos, Goenaga 
también fue guardaespalda de Juan Manuel Abal Medina. Un militante de la 
Resistencia Peronista./
   	

  Por Andrew Graham-Yooll

–Vamos al principio, a sus comienzos como militante. Era otra época y 
otro país y hay que tratar de que la gente de ahora entienda a ese país.

–Terminé el segundo año en Paraná y a mi padre lo echaron del trabajo. 
No me dijo por qué, pero siempre supuse que era por militante peronista. 
Nos trajo a Buenos Aires en diciembre de 1957. En 1958 ya estaba 
estudiando de noche y trabajando de cadete en una joyería de Corrientes 
y Florida. Ahí me relaciono con un muchacho, peronista de Avellaneda, 
que también era cadete en la joyería. En el colegio nocturno me eligen 
delegado. No se hablaba del peronismo, era complicado, y los otros 
delegados estudiantiles eran socialistas. En ese año surge el conflicto 
por la educación Laica o Libre. Yo tuve que elegir, y me acordé del 
papel que jugó la Iglesia contra Perón. No pude menos que estar con la 
Laica. Del otro lado estaban los chicos bien que habían apoyado a la 
Libertadora del general Lonardi, el nacionalismo católico. La Laica hizo 
manifestaciones impresionantes y ahí, le contaba, me di cuenta lo 
liviano que eran los trolebuses. Cortábamos las calles, las gomas se 
abrían con un simple cortaplumas, y algunas veces algún trolebús quedó 
quemado.

–¿Porque usted y su gente los quemaban?

–Se quemaron, se quemaron... (risas). En el ’58 comienzan esas cosas. 
Por un lado había que dar la pelea contra Arturo Frondizi por no haber 
cumplido el pacto con Perón. A partir del ’57, cuando arranca la 
Resistencia, el peronismo estaba reaccionando. Por otro lado, nuestro 
enemigo era la Iglesia. Yo lo veía así en la simplificación de los 17 
años. Mi principal contacto político era con grupos socialistas. Era 
difícil juntar grupos peronistas, estábamos muy perseguidos. Además, yo 
era del interior, no conocía a nadie. También en 1958 empecé a practicar 
yudo, arte marcial de la época, no se conocía tanto el karate. También 
boxeaba porque mi padre era boxeador aficionado y me había enseñado, 
para defenderme. Y me enseñó a tirar. Tiraba con un revólver de aire 
comprimido marca Robin Hood. Yo entendía, a esa edad, que había que 
prepararse para la lucha. Me bañaba con agua fría, no tomaba alcohol. 
Fumaba a escondidas.

De a poco el colegio me dio grandes amigos. Por esos tiempos el 
socialismo se quiebra en Socialismo Democrático, que dirigía el 
antiperonista Américo Ghioldi, y en Socialismo Argentino. La juventud 
del PSA aceptaba hablar con nosotros, a nivel de gente de la 
Resistencia. Algunos habían sido comandos civiles contra Perón, gente 
que puso bombas. Después hubo un replanteo en el socialismo a partir de 
la Revolución Cubana. A nosotros, en los comienzos, no nos tocó, porque 
los argumentos de apoyo que se leían en La Nación y en La Prensa era que 
había caído en Cuba un militar dictador (Fulgencio Batista) igual que 
Perón. Cuando vino a Buenos Aires Fidel Castro lo recibieron y 
celebraron todos los de la oligarquía. No sabíamos cómo leer la cosa. 
Años después, en conversaciones en los ochenta con el periodista e 
historiador peronista Fermín Chávez, me dijo que en aquel momento se 
sintió igual que yo.

–¿Lo conoció a Chávez?

–Más. Para mí era un amigo, mi hermano mayor. Fermín Chávez (1924-2006) 
le puso filosofía al peronismo en las últimas décadas y después de la 
vida de Perón. Hay que leer su libro Historicismo e iluminismo en la 
cultura argentina (CEAL 1982). Fermín aparece en mi periódico como 
“director asociado”, y en la portada siempre publiqué alguna columna de él.

–Claro, Chávez le dedicaba poesías a Evita en unas tertulias que hacían. 
Se reunía con ella un grupo de escritores de la Peña Evita, ahí en 
Avenida de Mayo al lado del Tortoni. Se juntaban Castiñeira de Dios y otros.

–Bueno, en esto de cómo ver a los dictadores militares no sólo entraba 
Batista. Acá nomás en Paraguay estaba el general Alfredo Stroessner 
(1912-2006). En Buenos Aires, el jefe de la SIDE, entonces el general 
Quaranta, que ya había mandado bombas a Caracas para tratar de matar a 
Perón, decide financiar una guerrilla que se llamó el Frente Unido de 
Liberación Nacional de Paraguay (Fulnap), armados con fusiles Mauser 
argentinos.

–Eso está muy bien descripto y documentado en el libro de Rogelio García 
Lupo, Ultimas noticias de Perón y su tiempo (2007).

–No lo conozco, voy a leerlo. Stroessner les devolvió la tropa en 
pedacitos, despedazados a machetazos. Todo eso era parte de un odio 
generado contra los “dictadores militares” como parte del discurso 
antiperonista. Mi postura adolescente era, ¿cómo vamos hacia la 
democracia si no nos dejan participar a nosotros? Los jóvenes 
socialistas, algunos no tan jóvenes, con quienes me veía a tomar café o 
conversar, comenzaban a considerar la preparación política en serio. 
Algunos recibieron entrenamiento en Cuba, cosa que nos transmitían a 
nosotros. Empecé a actuar en algunas huelgas gremiales en 1959. Tuve que 
aprender cómo se hacían los clavos “Miguelito”. Juntaba tapitas de 
cerveza, o de gaseosa, y les pasaba clavos. Después salía en bicicleta 
en vísperas de un paro o huelga y los tiraba por ahí. Aprendí. Los 
“Miguelito” de tres puntas eran más complicados, había que soldarlos con 
autógena. Pero siempre había compañeros metalúrgicos que los hacían.

–Momento, a esa edad y aparte de cierto mito peronista, ¿de dónde 
provenía su inspiración política?

–Yo soy un apasionado lector de todo sobre la revolución en Argelia. Hay 
un libro, Argelia año ocho (1963), del argentino Carlos Aguirre, que leí 
hasta saberlo casi de memoria. No subrayo libros porque si te buscan, 
mejor que no sepan cómo uno piensa, que siempre surge del subrayado. 
Pero el libro ése me lo sabía de punta a punta. Otra le cuento, de esas 
lecturas aprendí a no presentarme como zurdo, que soy. En la primaria 
nos obligaban a escribir con la mano derecha, como si ser zurdo fuera 
una enfermedad. Fue útil. Si buscan un zurdo no van a agarrar a un 
diestro. Hay que aprender para qué lado revolver el café, para qué lado 
va la hebilla del cinturón, cómo usar el arma con la derecha. Ahora ya 
no, ahora puedo ser zurdo otra vez. Ahora uno es libre.

–Necesito poner un poco de orden cronológico en este diálogo.

–La experiencia que yo hago es así, revolución argelina en 1958, Cuba en 
1959, quiebre en el socialismo, entrenamiento de algunos. Es la época de 
la guerrilla peronista de los Uturuncos en Tucumán. Demostraron al mundo 
la voluntad del peronismo de pelear. Pero nunca me gustó la guerrilla 
rural. La urbana sí, era complementaria a la movilización popular. En 
aquellos años todo lo demás eran hechos aislados. La base política del 
peronismo combativo después del ’55 eran los jóvenes delegados 
gremiales, como el metalúrgico Felipe Vallese (1940-1962), gente del 
Ejército, y gente de la ex Alianza Libertadora Nacionalista. Mi primera 
acción fuerte fue la huelga ferroviaria del ‘61. Nos ayudaron unos 
hermanos, hijos de rematadores, los padres tenían la casa más linda de 
la calle Segurola, y tenían coche (ninguno de nosotros tenía auto). Un 
general norteamericano convenció al gobierno de Frondizi de que había 
que terminar con los ferrocarriles y hacer carreteras. Amenazaba la 
privatización. Perón nos dijo en una cinta que escuchamos en aquellos 
Geloso, en casa de un compañero o en un gremio como jaboneros o farmacia 
o perfumistas, nos dijo Perón, “los activistas son como el perro, ladra 
y ladra, le pegan y sigue ladrando. El pueblo es como el gato, lo corren 
y escapa. Pero guay de acorralar al gato, que se torna feroz”. Perón nos 
reivindicaba a los militantes, pero teníamos que esperar que saliera el 
pueblo. Había que trabajar con la gente. Nosotros éramos los justicieros 
del movimiento obrero que era castigado y no podía reaccionar.

–El proceso se va intensificando a partir de los sesenta, una década de 
creciente movilización.

–Para nosotros vino todo un proceso de aprendizaje muy intenso. Mire lo 
que le digo. Los encendedores que usaban los fumadores de esa época se 
cargaban con bencina, que venía en unas ampollas o en una especie de 
saché de plástico. Cuando nos preparábamos para las huelgas generales 
metíamos unos cuantos sachés en una carterita oscura, y le poníamos un 
iniciador de clorato de potasio, que se compraba en pastillas en la 
farmacia, mezclado con azúcar impalpable (otros usaban azufre) y ácido 
sulfúrico, que produce una llamarada. Las carteritas de plástico las 
dejábamos en el último asiento de un colectivo vacío. El ácido trabajaba 
y al rato estallaba. Por lo general dábamos aviso a los colectiveros, 
antes de una huelga, de que íbamos a actuar. En esto uno se va 
perfeccionando. Primero, uno esperaba el colectivo y le tiraba la 
“Molotov” de frente. Luego uno pasaba a considerar otras cosas. A partir 
de aprender, se trabajaba de a dos y de a tres. Uno le hacía señas al 
colectivo en la parada, otro se ponía atrás y le metía un fierro con 
punta en una goma. Casi enseguida paraba el colectivo con la goma en 
llanta, se bajaban todos a mirar qué pasaba y ahí se le tiraba la 
“Molotov” por la puerta izquierda, la del chofer. Eso era para no 
lastimar gente. Bueno, siempre había algún apresurado, uno siempre 
estaba nervioso, y hacían zafarrancho. En los gremios teníamos como 
objetivo acompañar a la huelga general con acción. El objetivo siempre 
era la vuelta de Perón, no era lastimar gente. El desgaste era a través 
de los gremios. Politizábamos los conflictos. También había que 
controlar los gastos. Los gremios no tenían mucho dinero disponible, 
como ahora. Yo tenía que ir a la Casa de los Mil Envases algunas veces 
porque no se conseguían envases, o porque tenía que comprar a buen 
precio. No era como ahora que siempre hay. Después vino la reforma de la 
Ley de Asociaciones Profesionales.

–Eso sucedió durante la dictablanda del general Juan Carlos Onganía.

–Claro, y eso cambió todo.

–¿Cómo se fue preparado el intento de regreso frustrado de Perón en 1964?

–Eso fue en tiempos de Arturo Illia, pero yo ya estaba algo radiado 
porque hice el servicio militar en 1962-63, quince meses y tres días. Y 
después tuve que retomar en otras cosas. Me tocó el enfrentamiento de 
Azules y Colorados. Yo estaba en el Hospital Militar. Un día nos reúnen 
a los soldados que estábamos y nos ordenan a los que sabíamos manejar 
armas a operar como comandos. Yo venía del Liceo en Santa Fe, sabía 
yudo, y era candidato para eso pero tuve la imprudencia, o la valentía, 
de decir que me negaba porque me parecía que (Andrés) Framini 
(1914-2001) tenía razón porque había ganado las elecciones en Buenos 
Aires. “Hay que terminar con los negros como Framini”, dice un 
suboficial y me rajan a Campo de Mayo, al regimiento General Lemos. Fui 
destinado a oficinas y salía de civil al correo. No nos permitían 
diarios a los soldados, pero llevé un periódico peronista, Compañeros, 
que hacía un tal Mario Valotta. Así nos enteramos de la rebelión de los 
Colorados. Estábamos en la sede del Comando Azul y se lo veía a 
Alejandro Lanusse (1918-1996) en mangas de camisa, cosa muy rara entre 
los prusianos del regimiento. En plena crisis yo aproveché para sacar 
algunas armas de puño, .45, y mucha munición. Cuando estaba de guardia 
la tiraba afuera y la levantaba al salir de franco.

–¿Pero nadie controlaba las existencias de munición y armas?

–Era tal el despelote que nadie sabía qué había. Todos aprovechaban, 
algunos para vender armas a delincuentes. Como en cualquier conflicto 
armado del mundo. Yo pensaba que había que llegar a la huelga general 
con participación armada. Pero lo que nos dimos cuenta era que si no se 
quebraba a las fuerzas armadas no se lograría nada. Era fundamental, sin 
eso no había posibilidad de cambio. No pasó hasta el ’83, las fuerzas 
armadas se quebraron con la derrota del ’82. Se provocaban crisis, pero 
no pasaba del incidente aislado. Muchos se dieron cuenta de que el 
camino pasaba por el peronismo. El jefe del peronismo era un tipo que 
estaba lejos, no era fácil de entender. Se comenzó a comprender a partir 
de pequeños hechos políticos, en congresos de estudiantes, de 
gremialistas, o de filósofos. Un ejemplo, cuando voltearon a Illia, un 
grupo de jóvenes formamos la Organización Peronista 17 de Octubre 
(OP17). Repartimos volantes contra Onganía. Perón dijo, “Hay que 
desensillar hasta que aclare”. La tenía más clara que nosotros aquí en 
el terreno.

–¿Nunca cayó detenido?

–Varias veces, pero lo más largo fueron siete meses durante el gobierno 
de Illia, me agarraron en un allanamiento después de una marcha contra 
la invasión norteamericana de la República Dominicana, en 1964. Me 
aplicaron el artículo 213 bis del Código Penal. “Para todos aquellos que 
pertenezcan a organizaciones permanentes o eventuales que propicien el 
derrocamiento del sistema mediante la violencia”. Me la sé de memoria. 
En el ’68 o ’69 me metieron preso después de una misa por Evita.

–Sobrevivió a todo...

–Yo sobreviví porque no soy ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni lindo 
ni feo, soy un tipo muy común. La Resistencia francesa recomendaba 
vestir traje marrón, por ser lo más común y ordinario. Yo fui un tipo 
vestido de marrón. Y en la revolución en Argelia se impartía la orden de 
nunca esperar más de diez minutos. Yo leí de todo. Aquí se publicaba 
información guerrillera para la extrema izquierda y la extrema derecha. 
El servicio de inteligencia de la Aeronáutica, que eran los más 
fascistas y apoyaban a los sectores católicos más recalcitrantes, como 
Bruno Genta y esos, apoyaba a sellos editoriales como Huemul, que sacaba 
material que nosotros usábamos. Al peronismo se lo calificaba como 
“castroperonismo”, habiendo sido “nazis” antes, para decir que el 
peronismo no era confiable. Nosotros reivindicamos las figuras de 
Yrigoyen y Perón, como líderes populares. La figura de don Juan Manuel 
de Rosas la respetamos como histórica. El nacionalismo se quedó en el 
pasado lejano con Rosas.

–Sus lazos, entonces, estaban siempre con el gremialismo.

–Sí, y algunos grupos de la JP, pero más con los sectores sindicales. 
Participé muy poco en la CGT de los Argentinos, que lideró Raimundo 
Ongaro, cuando se dividió la CGT durante el gobierno de Onganía. Había 
que tener en cuenta que en un lugar abierto era el lugar donde más 
alcahuetes de los servicios había. Y eso era así con la CGT de los 
Argentinos que tenía sede en la Federación Gráfica de Paseo Colón. Perón 
dijo una frase genial, como siempre: “Yo les dije al peronismo que 
estuvieran alertas y vigilantes. Se fueron los alertas y quedaron los 
vigilantes”. Estoy seguro de que esa gente pasaba volantes y documentos 
con el solo fin de comprometer a la gente, así podían denunciar a los 
comprometidos. Nunca caí, mire usted.

–Me hicieron lo mismo con material de la guerrilla, y después allanaron 
y me detuvieron.

–Usted se salvó por el apellido de inglés, por periodista y por tener un 
Dios aparte.

–¿Cómo llega a ser custodio de Juan Manuel Abal Medina?

–En forma algo indirecta. Cuando la CGT se dividió se formaron los 
gremios del peronismo combativo. Ese conglomerado era coordinado por el 
telefónico Julio Guillén. Cuando entra al grupo Roberto Digón, de 
Tabaco, sindicato chico y bien dirigido, luego candidato a presidente de 
Boca y diputado nacional, yo voy a trabajar con él. El abogado del 
gremio del tabaco en Salta era Julio Ignacio Mera Figueroa. El cuñado de 
Mera, Urtubey (padre del actual gobernador de Salta), del nacionalismo 
católico, de alguna manera establece los contactos. El flaco Mera venía 
del nacionalismo también, no era peronista. Pero tenía contacto con Juan 
Manuel Abal Medina, un gran tipo que también venía del nacionalismo. 
Perón lo consideraba capaz de encarrilar una estrategia para el 
peronismo. Abal Medina, un tipo valiente, tenía muchas amenazas y pidió 
una custodia. Si se la pedía a la UOM, sería de la patria metalúrgica, 
si no sería de la patria montonera, y así. Decidió pedirles a los 
gremios en el peronismo combativo y me llamaron. Yo tenía una pistola 
Mauser con caño largo y mango de fusil. Se me notaba mucho. Una vez Abal 
Medina y el “Tío” Cámpora regresaban de hablar con Perón en Madrid, 
parte de una delegación grande en la que estaba Lorenzo Miguel (UOM). 
Salimos para Ezeiza en un Fiat que nos facilitaba una agencia que cada 
semana cambiaba los coches para tener otros colores y chapas. Esto 
seguramente estaba arreglado por Diego Muñiz Barreto para Abal Medina. 
En Ezeiza alguien descubrió el arma a uno de la custodia de Lorenzo 
Miguel. Entonces piña va piña viene. La custodia le saca la pistola a un 
oficial de policía, “si no me la devolvés no te la doy”, cosas así. Baja 
Cámpora, se arma un despelote, ordenan salir rápido del aeropuerto y 
cuando miro me habían dejado. ¿Qué hago? Me tomé el colectivo 86 al 
centro, me fui al último asiento y puse el pistolón bajo el saco, pero 
como no soy muy alto me salía el caño por el cuello. Ridículo. La 
desorganización era abrumadora.

–Lo abrumador parecía, visto de aquí, la cantidad de armas en la calle.

–Si se sacan las cosas de contexto, parecemos “cowboys” o algo así. Pero 
vivíamos en una etapa de preguerra y se puede ilustrar con estas 
anécdotas. Además de las armas, la época permitía situaciones que hoy 
parecen descabelladas. Lorenzo Miguel una vuelta le facilitó un coche 
blindado a Rodolfo Galimberti, de JP y Montoneros. Galimberti, que era 
un desbordado en todo, salió por primera vez en el coche y metió el 
acelerador a fondo. No lo pudo frenar, por el peso del blindaje, y lo 
hizo bolsa en la primera salida. No sé qué habrá dicho Lorenzo. Una 
noche, después que el Tío Cámpora había ganado las elecciones de abril 
de 1973, Abal Medina tenía que ir a una reunión. Sacamos los Fiat. 
Manejaba el flaco Mera Figueroa. Adelante iba Abal Medina, con un .38 
corto o un .357. Atrás iba un policía que nos habían puesto como 
custodia, con ametralladora Halcón y una pistola Browning, y estaba yo 
con mi Mauser. Fuimos a un restaurante en la calle Chile, creo, en San 
Telmo. Era un local grande. En la puerta estaba la custodia de (José 
Ignacio) Rucci (CGT-UOM), que andaban en Torinos. Estaban armados con 
fusiles y qué sé yo qué más. Parecía exagerado, pero después ese año 
Rucci fue asesinado. Alguno estaba tirado debajo del Torino. Adentro del 
local había algunos metalúrgicos de la custodia y me senté a comer con 
ellos. Abal Medina, Rucci y Lorenzo Miguel comieron en el fondo. Cuando 
nos fuimos, ya en el coche, Abal Medina sacó un paquete que le había 
regalado Rucci. Era un revolver .38 Smith & Wesson nuevo. Se lo pedí, 
“si te sobra, dámelo”, para poder largar el Mauser, pero no. A los dos 
días, yo en la puerta del hotel de Luz y Fuerza en la Avenida Callao 
donde paraba Abal Medina, vino un emisario de la UOM con un paquete que 
mandaba Lorenzo Miguel. Aunque conocíamos al tipo, igual llevamos el 
paquete a la cocina y lo abrimos. Era una carabina con caño recortado y 
peso compensado para Abal Medina. Lorenzo Miguel se había quedado mal 
porque Rucci había hecho un regalo y él no. Mire lo que eran los regalos 
de la época.




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