[R-P] Una anécdota mediterránea y un reportaje rioplatense
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Lun Feb 9 06:54:50 MST 2009
Mediterránea, pero de allá. Si fuera de acá sería muchísimo más divertida.
Con repercusiones acá.
En alguno de sus libros, Arturo Jauretche marcaba el extremo cipayismo
de cierto nacionalista oligárquico al que, después del 55, creo, le
habían dado un cargo diplomático en España. Relataba que pese a lo que
cabía suponer, el hombre estaba peleado a muerte con Francisco Franco
porque ambos eran gallegos y había una vieja inquina local que este tipo
había transformado, de motu propio, en cuestión de Estado argentina.
Hace un tiempo que vengo preguntándome cuáles pueden ser las razones de
fondo por las cuales el "picana eléctrica de los patriotas
revolucionarios" se ha enojado tanto conmigo y ha recibido tanto pero
tanto apoyo de su adláter o álterego JJ.
Hoy me he dado cuenta de que estamos ante un caso muy parecido al
comentado por Jauretche.
En efecto, lo que realmente los pone de punta a estos muchachos con mi
laicismo nacional y revolucionario es algo que aparece hoy, con firma de
Martín Granovsky, en el Página12 (ver de pasada, y qué casualidad, el
reportaje a Goenaga en el mismo, página central). Estos chicos están
trayendo a nuestro país una interna completamente ajena a nosotros, ya
que es una interna entre imperialistas españoles. Quieren sumarnos al
debate, pero ya sabemos que en las cuestiones centrales, es decir, en
cómo chuparle la savia vital a la Argentina, están más bien de acuerdo.
O sea: no les vamos a dar pelota, y en todo caso que sepan que si siguen
trayendo sus cipayos reconcomios a nuestra lista serán tratados como
siempre se ha tratado aquí a todo cipayo, vista la ropa que vista.
Así que los dejo con la reveladora nota de Granovsky, que tantas cosas
explica y a tantos "católicos" deja al descubierto. Lo que aquí se
cuenta es, a mi modo de ver, el verdadero origen del mal humor de JJ, y
buena parte del origen de la inquina que ha desarrollado el "picana"
contra las posiciones históricas de la IN:
Con una carajada mezcla de cervantina y quevediana, los dejo con la
revelación. De yapa, abajo, el reportaje a Goenaga, que también trae
mucho sobre temas que vinimos hablando últimamente, y para que se vea
que el peronismo no es, para nada, lo que algunos ultramontanos
pretenden hacernos creer (y que cuanto más cerca del pueblo se encuentra
uno, menos tiene que ver):
(1) Lo de la bronca contra las posiciones de Patria y Pueblo:
Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/119732-38115-2009-02-09.html
OPINION
Los zapatos de Zapatero
Por Martín Granovsky
En España, a los brutos les dicen catetos. Hay que ser muy cateto del
mundo para imaginar que la causa número uno del sufrimiento español se
llama Argentina. El presidente del gobierno que recibe hoy a Cristina
Fernández es un político preocupado por la crisis económica mundial, por
la crisis propia y por un fenómeno paradójicamente poco observado desde
aquí: el proyecto integrista de frenar la modernización de la vida
cotidiana de los españolitos de a pie.
Elegido por primera vez en marzo de 2004 y revalidado en 2008, José Luis
Rodríguez Zapatero retomó la modificación de la legislación social para
permitir la unión civil de personas del mismo sexo, comenzó a debatir la
educación religiosa en las escuelas e introdujo la posibilidad de quitar
a las instituciones españolas todo vestigio de franquismo.
En 2007, las Cortes (congreso) aprobaron la Ley de la Memoria Histórica.
Uno de sus artículos, el 15, dice que “las administraciones públicas
tomarán todas las medidas oportunas para la retirada de escudos,
insignias, placas y otros objetos o mención conmemorativa, personal o
colectiva, de exaltación de la sublevación militar de 1936, la Guerra
Civil y la represión de la dictadura”. La ley también prevé la
identificación de cadáveres sepultados en fosas comunes, la
rehabilitación jurídica de las víctimas de la dictadura de Francisco
Franco (desde 1939, tras su victoria en la Guerra Civil, hasta su muerte
en 1975) y el derecho a la nacionalidad de los descendientes de
españoles que se exiliaron luego de la derrota de los republicanos.
El debate español es denso, complejo. Polifacético. Las víctimas, ¿son
víctimas de un genocidio? ¿Es un genocidio la guerra civil? ¿Corresponde
jurídicamente judicializar los asesinatos? ¿Corresponde políticamente?
¿Hasta dónde llegar? ¿Cómo reparar sin crear una Memoria de Estado, que
por definición se opone a la democracia? La ley, que votó en contra el
Partido Popular de Mariano Rajoy y del ex presidente del gobierno José
María Aznar, ¿es una revisión de los pactos, escritos y no escritos, de
la transición española posterior a la muerte de Franco? Y si lo es,
¿acaso hay un problema en revisar una política cuando ya pasaron más de
30 años y la democracia no corre riesgo alguno?
Los críticos de Zapatero dicen que en 2004, durante la campaña
electoral, el entonces candidato socialista ni habló de la Ley de
Memoria Histórica. Curiosa crítica, no exclusiva de España, la que
apunta a un gobierno por lo que hace de más y no de menos.
En rigor, Zapatero incluyó un anuncio de su política futura, pero
simbólicamente. Uno de sus gestos de 2004 fue honrar a su abuelo paterno
en la tumba del municipio leonés de La Pola de Gordón. Se trata del
capitán Juan Rodríguez Lozano, republicano fusilado en 1936. Felipe
González, el anterior primer ministro socialista, no había ido tan lejos
en ninguno de sus catorce años de gobierno, entre el ’82 y el ’96.
Hasta que algún día los historiadores se encarguen de investigar el
panorama completo de estos tiempos, queda espacio para anotar unas
conjeturas como al costado de un libro que ni siquiera empezó a escribirse.
Quizá la acusación del PP según la cual Zapatero quiere hacer un “uso
partidista” del pasado sea una reacción a los aspectos laicos –no más
anticlericales: más laicos, e incluso modestamente laicos– de la
política socialista.
A tono con el antilaicismo, la decisión oficial de colocar la materia
Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos en todas las
escuelas fue calificada de “Estadolatría” e “intrusión estatal
absolutamente ilegítima” por parte de Angelo Amato, prefecto de la
Congregación Pontificia para Causas de los Santos.
La número dos de Zapatero, María Teresa Fernández de la Vega, acaba de
reunirse con el secretario de Estado vaticano, Tarcisio Bertone. De la
Vega reivindicó un fallo del tribunal supremo español: no se puede
ejercer la objeción de conciencia ante la materia sobre Ciudadanía
porque no es un problema de conciencia sino de universalización del
conocimiento político. Hubo entre ellos un punto más ríspido: España
discute en este momento una mayor despenalización del aborto para
proteger a los médicos y reducir la cantidad de embarazos no deseados.
Bertone sonrió para las fotos y luego, el último sábado, criticó el
aborto, la unión de personas del mismo sexo y la materia Ciudadanía, a
la vez que defendió la educación religiosa.
La polémica no es tan distante para la Argentina. Salta asiste en estos
días a una discusión no sólo sobre la educación religiosa en las
escuelas sino sobre el derecho del Estado a revisar los contenidos de la
enseñanza de la religión aun en los colegios privados. El propio
ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco, dijo el domingo 1o de
febrero en Página/12 que le hubiera gustado “una propuesta más republicana”.
El debate sobre secularización y relaciones entre Iglesia y Estado es
tan global, sobre todo en los países latinos, como qué hacer ante la
caída de la producción automotriz y la situación del mercado financiero
después de las hipotecas basura.
Italia vibra con el caso de Eluana Englaro, a quien los médicos acaban
de cortar la nutrición y la hidratación para oficializar una muerte que
ya se produjo. Un tribunal respaldó la medida humanitaria, que el mismo
padre de Eluana reclamaba. El primer ministro Silvio Berlusconi, de
acuerdo con la Santa Sede, aprobó un decreto-ley contra el tribunal y a
favor de la continuación de la existencia vegetativa de Eluana. Si no
hay negociación de último momento y el presidente, Giorgio Napolitano,
mantiene su promesa de no firmar el decreto por ilegal, hoy mismo
comenzará una crisis institucional entre el presidente y el premier.
También será el fin de la convivencia, hasta ahora plácida, entre
Napolitano y el papa Benedicto XVI.
La opinión de un filósofo católico, Giovanni Reale, parece probar que el
debate verdadero gira sobre la esfera legítima de cada institución y no
sobre la libertad de conciencia. Al contestar al diario romano Il
Corriere della Sera, que lo publicó el sábado, Reale criticó la
“politización del caso”. Dijo que prolongar artificialmente una
existencia sin posibilidad científica de reversión obedece a un
paradigma cultural: “El abuso proveniente de una tecnología con vocación
totalizante que quiere sustituir a la naturaleza”.
Es muy pronto para saber por qué se producen al mismo tiempo la presión
de Bertone sobre la vicepresidenta De la Vega, la presión de Joseph
Ratzinger sobre sus vecinos italianos y la decisión de rehabilitar a los
obispos seguidores de Marcel Lefebvre, el obispo francés que combatió al
Concilio Vaticano II y fue honrado por la dictadura argentina y la
jerarquía eclesiástica de los años de plomo. La rehabilitación abrió una
compuerta por la que se filtró una corriente poderosa de negacionismo
sobre el Holocausto, cuya caricatura fueron las declaraciones del obispo
Richard Williamson a la televisión sueca: “Las pruebas históricas están
seriamente, enormemente, en contra de que se gaseara deliberadamente a
seis millones de judíos en las cámaras de gas, como política deliberada
de Adolf Hitler”. Williamson vive en La Reja, provincia de Buenos Aires.
Tal vez los debates sobre el pasado sean eso mismo –debates históricos–
y un efecto paralelo que saca el velo de falsos sentidos comunes sobre
tragedias antiguas e indica que ese velo impide hoy una vida mejor.
Julián Casanova, un historiador español que escribió el libro La Iglesia
de Franco, dijo al diario Público que la saña del Generalísimo incluso
luego de su triunfo (llegó a fusilar a 50 mil personas) se debe a “tres
componentes ideológicos y culturales. Primero: el concepto militarista
de aniquilación del contrario que viene del africanismo, que Franco,
Yagüe y Millán Astray tienen muy metido. Aquello de tratar a los rojos
como tribus, gente que no merece vivir. Además, pasado por el matiz del
exterminio fascista, pero fundamentalmente, militar español. En segundo
lugar, es un componente religioso de limpieza, porque hay una gran
legitimación de la muerte de gente que no tiene derecho a la vida porque
no tiene fe. Son infieles y es un reverdecimiento del mito de la
Cruzada. Y un tercer elemento que viene de la Falange, que sí que tiene
claramente sustancia nazi”.
Hoy, en España se cumplen 70 años exactos de la Ley de Responsabilidades
Políticas que Franco firmó en Burgos contra quienes “contribuyeron a
crear o agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a
España”, y también contra quienes, cuando Franco desató la guerra civil
al alzarse el 18 de julio de 1936, “se hayan opuesto o se opongan al
Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave”. Según
escribió el mismo Casanova en el diario El País del domingo anterior, la
Iglesia con Franco se convirtió en “una agencia de investigación
parapolicial” sobre el pasado de miles de sospechosos y sus familias.
Más aún: “Los odios, las venganzas y el rencor alimentaron el afán de
rapiña sobre los miles de puestos que los asesinados y represaliados
habían dejado libres en la administración del Estado, en los
ayuntamientos e instituciones provinciales y locales. Un porcentaje
elevadísimo de las plazas ‘vacantes’, hasta el 80 por ciento, se
reservaba para ex combatientes, ex cautivos, familiares de los mártires
de la Cruzada, y para tener acceso al resto había que demostrar una
total lealtad a los principios de los vencedores. Ahí residía una de las
bases de apoyo duradero a la dictadura de Franco, la ‘adhesión
inquebrantable’ de todos aquellos beneficiados por la victoria”.
Trabajo duro estar hoy en los zapatos del presidente del gobierno
español. Ese cuadro de nostalgia política como alimento de la disputa
actual del poder por parte del integrismo antimoderno es el que enfrenta
Zapatero. A ese cuadro, no apto para catetos, asiste la Presidenta en
Madrid. Lleva el bagaje de un país que, también en sus preocupaciones,
queda cerca de España.
* Analista internacional. Presidente de la agencia argentina de noticias
Télam.
Lo de Arnaldo Goenaga:
http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-119726-2009-02-09.html
ARNALDO OMAR GOENAGA, LA VIDA DE UN MILITANTE DEL PERONISMO COMBATIVO EN
LOS ’60 Y LOS ’70
“Si se sacan las cosas de contexto, parecemos ‘cowboys’ o algo así”
/En la actualidad editor de un diario barrial, ex concejal peronista y
militante del peronismo vinculado con los gremios combativos, Goenaga
también fue guardaespalda de Juan Manuel Abal Medina. Un militante de la
Resistencia Peronista./
Por Andrew Graham-Yooll
–Vamos al principio, a sus comienzos como militante. Era otra época y
otro país y hay que tratar de que la gente de ahora entienda a ese país.
–Terminé el segundo año en Paraná y a mi padre lo echaron del trabajo.
No me dijo por qué, pero siempre supuse que era por militante peronista.
Nos trajo a Buenos Aires en diciembre de 1957. En 1958 ya estaba
estudiando de noche y trabajando de cadete en una joyería de Corrientes
y Florida. Ahí me relaciono con un muchacho, peronista de Avellaneda,
que también era cadete en la joyería. En el colegio nocturno me eligen
delegado. No se hablaba del peronismo, era complicado, y los otros
delegados estudiantiles eran socialistas. En ese año surge el conflicto
por la educación Laica o Libre. Yo tuve que elegir, y me acordé del
papel que jugó la Iglesia contra Perón. No pude menos que estar con la
Laica. Del otro lado estaban los chicos bien que habían apoyado a la
Libertadora del general Lonardi, el nacionalismo católico. La Laica hizo
manifestaciones impresionantes y ahí, le contaba, me di cuenta lo
liviano que eran los trolebuses. Cortábamos las calles, las gomas se
abrían con un simple cortaplumas, y algunas veces algún trolebús quedó
quemado.
–¿Porque usted y su gente los quemaban?
–Se quemaron, se quemaron... (risas). En el ’58 comienzan esas cosas.
Por un lado había que dar la pelea contra Arturo Frondizi por no haber
cumplido el pacto con Perón. A partir del ’57, cuando arranca la
Resistencia, el peronismo estaba reaccionando. Por otro lado, nuestro
enemigo era la Iglesia. Yo lo veía así en la simplificación de los 17
años. Mi principal contacto político era con grupos socialistas. Era
difícil juntar grupos peronistas, estábamos muy perseguidos. Además, yo
era del interior, no conocía a nadie. También en 1958 empecé a practicar
yudo, arte marcial de la época, no se conocía tanto el karate. También
boxeaba porque mi padre era boxeador aficionado y me había enseñado,
para defenderme. Y me enseñó a tirar. Tiraba con un revólver de aire
comprimido marca Robin Hood. Yo entendía, a esa edad, que había que
prepararse para la lucha. Me bañaba con agua fría, no tomaba alcohol.
Fumaba a escondidas.
De a poco el colegio me dio grandes amigos. Por esos tiempos el
socialismo se quiebra en Socialismo Democrático, que dirigía el
antiperonista Américo Ghioldi, y en Socialismo Argentino. La juventud
del PSA aceptaba hablar con nosotros, a nivel de gente de la
Resistencia. Algunos habían sido comandos civiles contra Perón, gente
que puso bombas. Después hubo un replanteo en el socialismo a partir de
la Revolución Cubana. A nosotros, en los comienzos, no nos tocó, porque
los argumentos de apoyo que se leían en La Nación y en La Prensa era que
había caído en Cuba un militar dictador (Fulgencio Batista) igual que
Perón. Cuando vino a Buenos Aires Fidel Castro lo recibieron y
celebraron todos los de la oligarquía. No sabíamos cómo leer la cosa.
Años después, en conversaciones en los ochenta con el periodista e
historiador peronista Fermín Chávez, me dijo que en aquel momento se
sintió igual que yo.
–¿Lo conoció a Chávez?
–Más. Para mí era un amigo, mi hermano mayor. Fermín Chávez (1924-2006)
le puso filosofía al peronismo en las últimas décadas y después de la
vida de Perón. Hay que leer su libro Historicismo e iluminismo en la
cultura argentina (CEAL 1982). Fermín aparece en mi periódico como
“director asociado”, y en la portada siempre publiqué alguna columna de él.
–Claro, Chávez le dedicaba poesías a Evita en unas tertulias que hacían.
Se reunía con ella un grupo de escritores de la Peña Evita, ahí en
Avenida de Mayo al lado del Tortoni. Se juntaban Castiñeira de Dios y otros.
–Bueno, en esto de cómo ver a los dictadores militares no sólo entraba
Batista. Acá nomás en Paraguay estaba el general Alfredo Stroessner
(1912-2006). En Buenos Aires, el jefe de la SIDE, entonces el general
Quaranta, que ya había mandado bombas a Caracas para tratar de matar a
Perón, decide financiar una guerrilla que se llamó el Frente Unido de
Liberación Nacional de Paraguay (Fulnap), armados con fusiles Mauser
argentinos.
–Eso está muy bien descripto y documentado en el libro de Rogelio García
Lupo, Ultimas noticias de Perón y su tiempo (2007).
–No lo conozco, voy a leerlo. Stroessner les devolvió la tropa en
pedacitos, despedazados a machetazos. Todo eso era parte de un odio
generado contra los “dictadores militares” como parte del discurso
antiperonista. Mi postura adolescente era, ¿cómo vamos hacia la
democracia si no nos dejan participar a nosotros? Los jóvenes
socialistas, algunos no tan jóvenes, con quienes me veía a tomar café o
conversar, comenzaban a considerar la preparación política en serio.
Algunos recibieron entrenamiento en Cuba, cosa que nos transmitían a
nosotros. Empecé a actuar en algunas huelgas gremiales en 1959. Tuve que
aprender cómo se hacían los clavos “Miguelito”. Juntaba tapitas de
cerveza, o de gaseosa, y les pasaba clavos. Después salía en bicicleta
en vísperas de un paro o huelga y los tiraba por ahí. Aprendí. Los
“Miguelito” de tres puntas eran más complicados, había que soldarlos con
autógena. Pero siempre había compañeros metalúrgicos que los hacían.
–Momento, a esa edad y aparte de cierto mito peronista, ¿de dónde
provenía su inspiración política?
–Yo soy un apasionado lector de todo sobre la revolución en Argelia. Hay
un libro, Argelia año ocho (1963), del argentino Carlos Aguirre, que leí
hasta saberlo casi de memoria. No subrayo libros porque si te buscan,
mejor que no sepan cómo uno piensa, que siempre surge del subrayado.
Pero el libro ése me lo sabía de punta a punta. Otra le cuento, de esas
lecturas aprendí a no presentarme como zurdo, que soy. En la primaria
nos obligaban a escribir con la mano derecha, como si ser zurdo fuera
una enfermedad. Fue útil. Si buscan un zurdo no van a agarrar a un
diestro. Hay que aprender para qué lado revolver el café, para qué lado
va la hebilla del cinturón, cómo usar el arma con la derecha. Ahora ya
no, ahora puedo ser zurdo otra vez. Ahora uno es libre.
–Necesito poner un poco de orden cronológico en este diálogo.
–La experiencia que yo hago es así, revolución argelina en 1958, Cuba en
1959, quiebre en el socialismo, entrenamiento de algunos. Es la época de
la guerrilla peronista de los Uturuncos en Tucumán. Demostraron al mundo
la voluntad del peronismo de pelear. Pero nunca me gustó la guerrilla
rural. La urbana sí, era complementaria a la movilización popular. En
aquellos años todo lo demás eran hechos aislados. La base política del
peronismo combativo después del ’55 eran los jóvenes delegados
gremiales, como el metalúrgico Felipe Vallese (1940-1962), gente del
Ejército, y gente de la ex Alianza Libertadora Nacionalista. Mi primera
acción fuerte fue la huelga ferroviaria del ‘61. Nos ayudaron unos
hermanos, hijos de rematadores, los padres tenían la casa más linda de
la calle Segurola, y tenían coche (ninguno de nosotros tenía auto). Un
general norteamericano convenció al gobierno de Frondizi de que había
que terminar con los ferrocarriles y hacer carreteras. Amenazaba la
privatización. Perón nos dijo en una cinta que escuchamos en aquellos
Geloso, en casa de un compañero o en un gremio como jaboneros o farmacia
o perfumistas, nos dijo Perón, “los activistas son como el perro, ladra
y ladra, le pegan y sigue ladrando. El pueblo es como el gato, lo corren
y escapa. Pero guay de acorralar al gato, que se torna feroz”. Perón nos
reivindicaba a los militantes, pero teníamos que esperar que saliera el
pueblo. Había que trabajar con la gente. Nosotros éramos los justicieros
del movimiento obrero que era castigado y no podía reaccionar.
–El proceso se va intensificando a partir de los sesenta, una década de
creciente movilización.
–Para nosotros vino todo un proceso de aprendizaje muy intenso. Mire lo
que le digo. Los encendedores que usaban los fumadores de esa época se
cargaban con bencina, que venía en unas ampollas o en una especie de
saché de plástico. Cuando nos preparábamos para las huelgas generales
metíamos unos cuantos sachés en una carterita oscura, y le poníamos un
iniciador de clorato de potasio, que se compraba en pastillas en la
farmacia, mezclado con azúcar impalpable (otros usaban azufre) y ácido
sulfúrico, que produce una llamarada. Las carteritas de plástico las
dejábamos en el último asiento de un colectivo vacío. El ácido trabajaba
y al rato estallaba. Por lo general dábamos aviso a los colectiveros,
antes de una huelga, de que íbamos a actuar. En esto uno se va
perfeccionando. Primero, uno esperaba el colectivo y le tiraba la
“Molotov” de frente. Luego uno pasaba a considerar otras cosas. A partir
de aprender, se trabajaba de a dos y de a tres. Uno le hacía señas al
colectivo en la parada, otro se ponía atrás y le metía un fierro con
punta en una goma. Casi enseguida paraba el colectivo con la goma en
llanta, se bajaban todos a mirar qué pasaba y ahí se le tiraba la
“Molotov” por la puerta izquierda, la del chofer. Eso era para no
lastimar gente. Bueno, siempre había algún apresurado, uno siempre
estaba nervioso, y hacían zafarrancho. En los gremios teníamos como
objetivo acompañar a la huelga general con acción. El objetivo siempre
era la vuelta de Perón, no era lastimar gente. El desgaste era a través
de los gremios. Politizábamos los conflictos. También había que
controlar los gastos. Los gremios no tenían mucho dinero disponible,
como ahora. Yo tenía que ir a la Casa de los Mil Envases algunas veces
porque no se conseguían envases, o porque tenía que comprar a buen
precio. No era como ahora que siempre hay. Después vino la reforma de la
Ley de Asociaciones Profesionales.
–Eso sucedió durante la dictablanda del general Juan Carlos Onganía.
–Claro, y eso cambió todo.
–¿Cómo se fue preparado el intento de regreso frustrado de Perón en 1964?
–Eso fue en tiempos de Arturo Illia, pero yo ya estaba algo radiado
porque hice el servicio militar en 1962-63, quince meses y tres días. Y
después tuve que retomar en otras cosas. Me tocó el enfrentamiento de
Azules y Colorados. Yo estaba en el Hospital Militar. Un día nos reúnen
a los soldados que estábamos y nos ordenan a los que sabíamos manejar
armas a operar como comandos. Yo venía del Liceo en Santa Fe, sabía
yudo, y era candidato para eso pero tuve la imprudencia, o la valentía,
de decir que me negaba porque me parecía que (Andrés) Framini
(1914-2001) tenía razón porque había ganado las elecciones en Buenos
Aires. “Hay que terminar con los negros como Framini”, dice un
suboficial y me rajan a Campo de Mayo, al regimiento General Lemos. Fui
destinado a oficinas y salía de civil al correo. No nos permitían
diarios a los soldados, pero llevé un periódico peronista, Compañeros,
que hacía un tal Mario Valotta. Así nos enteramos de la rebelión de los
Colorados. Estábamos en la sede del Comando Azul y se lo veía a
Alejandro Lanusse (1918-1996) en mangas de camisa, cosa muy rara entre
los prusianos del regimiento. En plena crisis yo aproveché para sacar
algunas armas de puño, .45, y mucha munición. Cuando estaba de guardia
la tiraba afuera y la levantaba al salir de franco.
–¿Pero nadie controlaba las existencias de munición y armas?
–Era tal el despelote que nadie sabía qué había. Todos aprovechaban,
algunos para vender armas a delincuentes. Como en cualquier conflicto
armado del mundo. Yo pensaba que había que llegar a la huelga general
con participación armada. Pero lo que nos dimos cuenta era que si no se
quebraba a las fuerzas armadas no se lograría nada. Era fundamental, sin
eso no había posibilidad de cambio. No pasó hasta el ’83, las fuerzas
armadas se quebraron con la derrota del ’82. Se provocaban crisis, pero
no pasaba del incidente aislado. Muchos se dieron cuenta de que el
camino pasaba por el peronismo. El jefe del peronismo era un tipo que
estaba lejos, no era fácil de entender. Se comenzó a comprender a partir
de pequeños hechos políticos, en congresos de estudiantes, de
gremialistas, o de filósofos. Un ejemplo, cuando voltearon a Illia, un
grupo de jóvenes formamos la Organización Peronista 17 de Octubre
(OP17). Repartimos volantes contra Onganía. Perón dijo, “Hay que
desensillar hasta que aclare”. La tenía más clara que nosotros aquí en
el terreno.
–¿Nunca cayó detenido?
–Varias veces, pero lo más largo fueron siete meses durante el gobierno
de Illia, me agarraron en un allanamiento después de una marcha contra
la invasión norteamericana de la República Dominicana, en 1964. Me
aplicaron el artículo 213 bis del Código Penal. “Para todos aquellos que
pertenezcan a organizaciones permanentes o eventuales que propicien el
derrocamiento del sistema mediante la violencia”. Me la sé de memoria.
En el ’68 o ’69 me metieron preso después de una misa por Evita.
–Sobrevivió a todo...
–Yo sobreviví porque no soy ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni lindo
ni feo, soy un tipo muy común. La Resistencia francesa recomendaba
vestir traje marrón, por ser lo más común y ordinario. Yo fui un tipo
vestido de marrón. Y en la revolución en Argelia se impartía la orden de
nunca esperar más de diez minutos. Yo leí de todo. Aquí se publicaba
información guerrillera para la extrema izquierda y la extrema derecha.
El servicio de inteligencia de la Aeronáutica, que eran los más
fascistas y apoyaban a los sectores católicos más recalcitrantes, como
Bruno Genta y esos, apoyaba a sellos editoriales como Huemul, que sacaba
material que nosotros usábamos. Al peronismo se lo calificaba como
“castroperonismo”, habiendo sido “nazis” antes, para decir que el
peronismo no era confiable. Nosotros reivindicamos las figuras de
Yrigoyen y Perón, como líderes populares. La figura de don Juan Manuel
de Rosas la respetamos como histórica. El nacionalismo se quedó en el
pasado lejano con Rosas.
–Sus lazos, entonces, estaban siempre con el gremialismo.
–Sí, y algunos grupos de la JP, pero más con los sectores sindicales.
Participé muy poco en la CGT de los Argentinos, que lideró Raimundo
Ongaro, cuando se dividió la CGT durante el gobierno de Onganía. Había
que tener en cuenta que en un lugar abierto era el lugar donde más
alcahuetes de los servicios había. Y eso era así con la CGT de los
Argentinos que tenía sede en la Federación Gráfica de Paseo Colón. Perón
dijo una frase genial, como siempre: “Yo les dije al peronismo que
estuvieran alertas y vigilantes. Se fueron los alertas y quedaron los
vigilantes”. Estoy seguro de que esa gente pasaba volantes y documentos
con el solo fin de comprometer a la gente, así podían denunciar a los
comprometidos. Nunca caí, mire usted.
–Me hicieron lo mismo con material de la guerrilla, y después allanaron
y me detuvieron.
–Usted se salvó por el apellido de inglés, por periodista y por tener un
Dios aparte.
–¿Cómo llega a ser custodio de Juan Manuel Abal Medina?
–En forma algo indirecta. Cuando la CGT se dividió se formaron los
gremios del peronismo combativo. Ese conglomerado era coordinado por el
telefónico Julio Guillén. Cuando entra al grupo Roberto Digón, de
Tabaco, sindicato chico y bien dirigido, luego candidato a presidente de
Boca y diputado nacional, yo voy a trabajar con él. El abogado del
gremio del tabaco en Salta era Julio Ignacio Mera Figueroa. El cuñado de
Mera, Urtubey (padre del actual gobernador de Salta), del nacionalismo
católico, de alguna manera establece los contactos. El flaco Mera venía
del nacionalismo también, no era peronista. Pero tenía contacto con Juan
Manuel Abal Medina, un gran tipo que también venía del nacionalismo.
Perón lo consideraba capaz de encarrilar una estrategia para el
peronismo. Abal Medina, un tipo valiente, tenía muchas amenazas y pidió
una custodia. Si se la pedía a la UOM, sería de la patria metalúrgica,
si no sería de la patria montonera, y así. Decidió pedirles a los
gremios en el peronismo combativo y me llamaron. Yo tenía una pistola
Mauser con caño largo y mango de fusil. Se me notaba mucho. Una vez Abal
Medina y el “Tío” Cámpora regresaban de hablar con Perón en Madrid,
parte de una delegación grande en la que estaba Lorenzo Miguel (UOM).
Salimos para Ezeiza en un Fiat que nos facilitaba una agencia que cada
semana cambiaba los coches para tener otros colores y chapas. Esto
seguramente estaba arreglado por Diego Muñiz Barreto para Abal Medina.
En Ezeiza alguien descubrió el arma a uno de la custodia de Lorenzo
Miguel. Entonces piña va piña viene. La custodia le saca la pistola a un
oficial de policía, “si no me la devolvés no te la doy”, cosas así. Baja
Cámpora, se arma un despelote, ordenan salir rápido del aeropuerto y
cuando miro me habían dejado. ¿Qué hago? Me tomé el colectivo 86 al
centro, me fui al último asiento y puse el pistolón bajo el saco, pero
como no soy muy alto me salía el caño por el cuello. Ridículo. La
desorganización era abrumadora.
–Lo abrumador parecía, visto de aquí, la cantidad de armas en la calle.
–Si se sacan las cosas de contexto, parecemos “cowboys” o algo así. Pero
vivíamos en una etapa de preguerra y se puede ilustrar con estas
anécdotas. Además de las armas, la época permitía situaciones que hoy
parecen descabelladas. Lorenzo Miguel una vuelta le facilitó un coche
blindado a Rodolfo Galimberti, de JP y Montoneros. Galimberti, que era
un desbordado en todo, salió por primera vez en el coche y metió el
acelerador a fondo. No lo pudo frenar, por el peso del blindaje, y lo
hizo bolsa en la primera salida. No sé qué habrá dicho Lorenzo. Una
noche, después que el Tío Cámpora había ganado las elecciones de abril
de 1973, Abal Medina tenía que ir a una reunión. Sacamos los Fiat.
Manejaba el flaco Mera Figueroa. Adelante iba Abal Medina, con un .38
corto o un .357. Atrás iba un policía que nos habían puesto como
custodia, con ametralladora Halcón y una pistola Browning, y estaba yo
con mi Mauser. Fuimos a un restaurante en la calle Chile, creo, en San
Telmo. Era un local grande. En la puerta estaba la custodia de (José
Ignacio) Rucci (CGT-UOM), que andaban en Torinos. Estaban armados con
fusiles y qué sé yo qué más. Parecía exagerado, pero después ese año
Rucci fue asesinado. Alguno estaba tirado debajo del Torino. Adentro del
local había algunos metalúrgicos de la custodia y me senté a comer con
ellos. Abal Medina, Rucci y Lorenzo Miguel comieron en el fondo. Cuando
nos fuimos, ya en el coche, Abal Medina sacó un paquete que le había
regalado Rucci. Era un revolver .38 Smith & Wesson nuevo. Se lo pedí,
“si te sobra, dámelo”, para poder largar el Mauser, pero no. A los dos
días, yo en la puerta del hotel de Luz y Fuerza en la Avenida Callao
donde paraba Abal Medina, vino un emisario de la UOM con un paquete que
mandaba Lorenzo Miguel. Aunque conocíamos al tipo, igual llevamos el
paquete a la cocina y lo abrimos. Era una carabina con caño recortado y
peso compensado para Abal Medina. Lorenzo Miguel se había quedado mal
porque Rucci había hecho un regalo y él no. Mire lo que eran los regalos
de la época.
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