[R-P] [Enrique Lacolla] Crisis y xenofobia

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Jue Feb 5 14:42:54 MST 2009


Política Global
Crisis y xenofobia
por Enrique Lacolla.
www.enriquelacolla.com


La reacción de los obreros británicos que pretenden que el empleo inglés sea 
sólo para los ingleses, expresa un desconcierto que dice mucho sobre la 
degradación del pensamiento político y sobre la necesidad de recuperar su 
anterior audacia.



La crisis económica se está llevando por delante muchos de los supuestos 
arrogantes que informaron al mundo occidental durante las últimas décadas. 
Aunque no ha hecho sino empezar, las exteriorizaciones que manifiesta a 
todos los niveles son inquietantes? y aleccionadoras. En España, por 
ejemplo, los Bancos, cuando el gobierno les pidió que incentivaran el 
crédito a partir de la ayuda que este les presta, decidieron culpar a la 
economía real por la crisis. No se entiende bien la ecuación, pues ha sido 
la economía financiera inflada por el desmanejo especulativo y dirigida a 
desmontar las estructuras del Estado de Bienestar, más la concentración 
monopólica del capital especulativo, lo que está en la base del problema. 
Semejante estimación, aunque insolente y carente de apoyatura real, es de 
alguna manera confirmada por la lamentable conducta de los gobiernos de los 
países metropolitanos que, en vez de devolver al Estado la función que le 
compete como elemento orientador y controlador de la economía, prefieren 
volcar en ayuda a los Bancos ingentes cantidades de reservas, a la vez que 
ruegan a estos que las reviertan en créditos para movilizar el mercado e 
incentivar la producción. Tanto da esto como pedirle a un ladrón que 
reintegre parte de lo que ha robado, cosa de que pueda volver a seguir 
robando tranquilamente. Conociendo el talante de los dueños del sistema y la 
naturaleza irrevocablemente codiciosa del capital, esperar esto se encuentra 
un tanto demasiado próximo al reino de la utopía.

Pero la crisis está empezando a tener otra clase de exteriorizaciones que 
auguran mal para todo el mundo y que nos retrotraen a fantasmas que creíamos 
olvidados. La xenofobia ?siempre latente- se expande en Europa y encuentra 
expresión en gestos y manifestaciones que rompen de manera clamorosa el 
cuadro de lo ?políticamente correcto? y nos proyectan a escenarios 
problemáticos. Inglaterra fue testigo, días pasados, de grandes 
manifestaciones de trabajadores exigiendo que los puestos de trabajo 
ingleses vayan a los obreros ingleses e, implícita o explícitamente, que la 
mano de obra extranjera sea expulsada del Reino Unido o reducida a las 
tareas más ínfimas. Es la característica pelea de pobres contra quienes son 
más pobres, a los que se visualiza como competidores en el mercado de 
trabajo en vez de verlos como eventuales aliados en una acción concentrada 
contra el capital.

El dato tiene el mérito de sincerar las contradicciones sociales del mundo 
metropolitano, hasta hace poco muy orondo del grado de la convivencia 
civilizada entre las clases que había logrado y poco propenso a recordar que 
hasta hace poco más de medio siglo vivió desgarrado por esos mismos y 
todavía más atroces contrastes. Pero también marca las vertientes de una 
batalla aun por venir, cuyos contornos son difíciles de precisar pero que 
desde ya augura tempestades de grueso calibre.

La globalización asimétrica que propone el capitalismo actual es 
intolerable. En las condiciones de hoy, con una crisis económica mundial en 
marcha, la dureza del contraste se torna más marcada. Desde una periferia 
hambreada o que al menos no alcanza a subvenir las necesidades de la mayoría 
de sus habitantes, oleadas de emigrantes avanzan sobre las sociedades 
desarrolladas, en la esperanza de encontrar allí nuevas oportunidades. Pero 
este mundo privilegiado comienza a cerrarse. En la medida que allí una 
demografía en baja se sumó el disfrute de excedentes económicos y que 
existía cierto desinterés de la población en ocuparse de menesteres 
serviles, pudo dar cabida a esos inmigrantes. Pero la integración de estos 
no fue completa y vino acompañada de roces y choques. Así se ha dibujado el 
mapa de sociedades sectorizadas, donde las periferias urbanas reproducen, a 
escala de laboratorio, la fractura del planeta entre quienes tienen y no 
tienen. De alguna manera esto ha implicado la ?guetización? de vastos 
sectores de la población británica, francesa, italiana, etcétera, donde lo 
único que cambia es la denominación de los alógenos: en Inglaterra son los 
provenientes de las Indias occidentales y orientales, en Francia los de las 
antiguas colonias africanas, en España los oriundos de Iberoamérica y el 
norte de Africa, en Italia los provenientes de Rumania y otros países de 
Europa oriental y así sucesivamente.

En este mapa social ya complicado viene ahora a impactar la crisis.

La xenofobia crece, entonces. Y encuentra su justificación teórica en libros 
como los del recientemente fallecido Samuel Huntigton o en los de otros 
autores que, de forma sutil, recogen los viejos puntos de vista que hacen 
hincapié en la superioridad de Occidente respecto de las razas oscuras, o en 
el carácter irreductible de sus diferencias. La percepción popular de esos 
mismos datos se expresa en el éxito de las historietas y películas de Frank 
Miller como, por ejemplo, 300 o Sin city.

Los obreros europeos en paro o que temen por sus puestos de trabajo, 
representan la punta del iceberg de contradicciones que circula por el 
mundo. Por debajo de la superficie subsiste la gran incógnita: zpuede el 
mundo actual tener como exclusivo regente de su desarrollo al sistema 
capitalista? El fracaso de la URSS en gestionar el paso al comunismo, el 
apagamiento de la revolución colonial, cuyos líderes históricos fueron 
suplantados por mediocres autocracias laicas que se esfuerzan en mantenerse 
contra la voluntad de sus pueblos gracias al apoyo norteamericano, quitaron 
autoridad a la pretensión de arribar a un cambio fundado en la razón y la 
revolución, y han generado una cerrazón en la cual las vertientes 
irracionales de la acción directa están tomando el relevo de los antiguos 
próceres revolucionarios, en los países sometidos al neocolonialismo; y 
ensuciando las perspectivas de los proletariados urbanos en las metrópolis. 
Alguno de estos, como lo prueba lo sucedido en Inglaterra, parecen estar 
evolucionando, si no hacia una especie de reviviscencia de la experiencia 
nazifascista, sí hacia un antagonismo que hace de las diferencias 
epidérmicas ?el color de la piel, en primer término-, el núcleo de una 
agitación que no toma en cuenta los motivos reales de la crisis por la que 
se está pasando.

El evidente retroceso ideológico producido desde el momento de auge de la 
esperanza socialista a principios del siglo XX, no debe sin embargo inducir 
a pensar que tal cosa sea un fenómeno irreversible. De hecho, no se trata de 
un fenómeno nuevo: la arrogancia de las aristocracias obreras de Occidente 
respecto de los pueblos sometidos por el imperialismo las configuraron 
siempre como cómplices semiconscientes de ese proceso de explotación. Y su 
participación subordinada en las ganancias del sistema tuvo no poco que ver 
con el aislamiento en que se dejó a la revolución rusa. Pero en el mundo de 
hoy no caben ya estas granjerías, este tipo de utilidades suntuarias. Por un 
lado el capital sigue acelerando su proceso de concentración y deja cada vez 
más de lado a los sectores menos favorecidos, y al mismo tiempo los más 
desfavorecidos de todos, los pueblos de las franjas menos desarrolladas del 
tercer mundo, aumentan su presión sobre el limes, sobre la frontera que los 
separa del mundo avanzado. Esa presión es también el rebote del dinamismo 
agresivo de este, que busca en esos países no sólo ganancias sino ventajas 
estratégicas que lo posicionen frente a los problemas que se avizoran 
respecto de las potencias emergentes en el tema del balance mundial de poder 
y del control de unas reservas naturales cada día más escasas debido al 
derroche indebido que se hace de ellas.

El fenómeno inmigratorio no se va a detener, por lo tanto, sino que se va a 
profundizar y, en la medida en que se pretenda suprimirlo o acotarlo 
desmedidamente, se va a convertir en un polvorín listo a explotar a la menor 
provocación. La recuperación de las líneas maestras del discurso del 
materialismo histórico, en consecuencia, es una operación indispensable. Por 
supuesto que se tratará de una adaptación de esos principios a la magnitud 
de la experiencia acumulada, tanto la positiva como la negativa, y deberá 
ser el resultado de un esfuerzo de inserción en la realidad que defina lo 
qué se pretende hacer, cómo cabe gestar un mundo mejor y más justo, y cómo 
poner en marcha una convergencia de fuerzas sociales que se aparte de la 
retórica de las ONG sobre los derechos humanos y de sus protestas de alzado 
tono moral, para proponer las respuestas políticas prácticas que son 
necesarias para enderezar el curso que han tomado las cosas.

Una evaluación de este tipo deberá comprender la naturaleza de la rebelión 
de apariencia anárquica que recorre al mundo subdesarrollado y entender que 
el futuro no se conquista con discursos, sino con el accionar de los pueblos 
en la calle. 





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