[R-P] [Alberto Szpunberg] ¿El año que viene en Jenín?
maría Sola
mariadelsola en gmail.com
Lun Feb 2 12:40:06 MST 2009
ante la expresa confusión de la nota de Noe Jitrik tratando de
justificar lo injustificable la mejor respuesta es esta poética
respuesta de Alberto Spumberg. Habría que agregar a esta lista a jesus
de Nazareth.Reconozco la herencia de lo mejor del cristianismo y
reniego de los cuervos sombríos del Opus Dei. Dice ...«El principio
teológico judío central, no formulado, no dogmático, sino que subyace
y cohesiona toda doctrina y profecía, es la creencia en la
participación humana en la obra de redención del mundo», le dice
Martín Buber. Y mi abuelo, aunque no sabe qué significa la palabra
«teología» ni «doctrina» ni «redención», me codea para que lo escuche
atentamente y estreche su mano. Y saludo a Baruj Spinoza, Henrich
Heine, Franz Rosenzweig, Gershom Scholem, Leo Löwenthal, Franz Kafka,
Shalom Aleijem, Itzjak Babel,
> Gustav Landauer, Carlos Marx, Albert Einstein, Sigmund Freud, Ernst
> Bloch, Erich Fromm... «¿Maimónides por acá? ¿Pero usted no escribía en
> árabe?», pregunta el tesorero de la sinagoga, un falso cabalista que
> sólo contabiliza letras en hebreo. «¿Y yo no escribo en idish?»,
> interviene Isaac Bathevis Singer. «¿Y yo no en italiano?» sonríe Primo
> Levi, a un paso del suicidio. «¿Y yo no con novias y violinistas que
> sobrevuelan los tejados del mundo?», protesta Marc Chagall.
>
>
>
> Gentileza Lido Iacomini
>
> El año que viene en Jenín
> por Alberto Szpunberg*
>
> 1.
>
> El olor dulzón de la muerte impregnaba el aire de polvo y dolor,
> mientras un enjambre de moscas sofocaba el campo de refugiados de Jenín.
> Con las manos, y sin lágrimas, dos hermanos buscaban el cuerpo de Hamad
> Massaud Abu Ba, su padre, sepultado por los bulldozer del ejército
> israelí a un metro bajo tierra.
>
> Yo mismo no sé por dónde empezar. El tecleo siempre es infinitamente más
> lento que las ráfagas. Antes de pulsar una sola letra, alguien ya puso
> en marcha su bulldozer y avanza, ojo por ojo, diente por diente, sin
> distinguir ventanas, paredes, perros, niños, libros, novias, gasas,
> platos de sopa aún tibios, ni siquiera ese viejito "¿mi abuelo José?
> ¿Qué hace ahí en Jenín, en ese infierno, mi abuelo José?", ni siquiera
> ese viejito que se lleva las manos a la cabeza para cubrirse del horror.
> Quiero tomarlo por los hombros y apartarlo, quiero gritar, pero es
> tarde. ¿Siempre es tarde? La muerte, que no tiene después, siempre es
> antes. Y la sangre es el único río en que los seres humanos nos bañamos
> dos, doscientas, infinitas veces. Me miro al espejo y no sostengo la
> mirada del judío que me mira. Los ojos de mi abuelo José eran
> transparentes como la primera estrella. Pero su manera de titilar ahora
> es llanto.
>
> 2.
>
> El área parece arrasada por un terremoto, con las casas destruidas y sus
> paredes dinamitadas por los tanques e incendiadas por los misiles,
> lanzados desde los helicópteros Apache en Hawashin, el corazón del campo
> de refugiados de Jenín. Bombardearon los colegios de Naciones Unidas, el
> centro de salud y también el de purificación de agua.
>
> Mi abuelo José me contó que Moisés había sido tartamudo «pesado de
> lengua» y no me sorprende. Yo mismo lo he leído en su libro «es el Libro
> de los Libros», me explicó mi abuelo, y a ese Libro de los Libros lo leo
> en hebreo, idioma que me enseñó mi abuelo José. «Es la lengua de Dios
> -me dijo- y todo lo que dice es verdad». Fue una revelación. Era una
> escritura realmente tartamuda: letras y letras desunidas, blanco sobre
> negro, independientes unas de otras, pero todas juntas a coro para que a
> través de ellas, incluso a través del blanco que las separa, pueda
> expresarse Dios, un Dios tan terrible y, a la vez, tan generoso. Así
> está escrito, como los mismos judíos: dispersos, todos diferentes y
> todos judíos. Si esta lengua -«pesado de lengua»- es la voz de Dios y
> todo lo que dice es verdad, ¿cómo se escribe en hebreo la revelación de
> un verdadero crimen sin tartamudear? Mi abuelo José me mira desde el
> espejo, se vuelve hacia los fieles que lo rodean y estrecha sus manos.
> No son muchos -¿cincuenta, quinientos, mil palestinos?-, pero todos
> saben que suman seis millones... Todos ellos han estado en Auschwitz y
> saben muy bien qué es Jenín. Y a mi abuelo se le llenan los ojos de
> lágrimas. Después de 5.762 años, él no hace planes de futuro -«El año
> que viene en Jerusalem»- para discutir las diferencias entre un horno
> crematorio y un misil ni si seis millones de judíos son más que
> cincuenta, quinientos palestinos. Me acerco un poco más al espejo y me
> reconozco: sus lágrimas son mías.
>
> 3.
>
> Abuanas, un empleado del Ministerio de Salud de la Autoridad Palestina,
> de 35 años, se ha quedado sin casa, sin ropa, sin futuro. Vio dos cosas
> que aun le dan ganas de vomitar. Una, un grupo de soldados israelíes
> disparando sobre la ingle de un joven palestino armado para después
> pasarle, aún vivo, un tanque por encima....
>
> Ahora -¿aún estamos a tiempo?- me doy cuenta: pobre Moisés, ser portavoz
> de un Dios tan terrible como para pedirle a Abraham que demuestre su fe
> con una muerte, nada menos que la de su propio hijo (Génesis, 32), y tan
> generoso como para prometerle a una horda de esclavos muertos de hambre
> una tierra donde manan la leche y la miel (Éxodo, 3). Eso, toda esa
> locura lo volvió a Moisés «pesado de lengua», tanto es así que llegó a
> las puertas de la tierra prometida y no pudo alcanzarla. ¿No nos está
> pasando lo mismo? Intento explicarle todo esto a quien me mira desde el
> espejo, pero apenas tartamudeo, como si mi lengua, pesadísima, teclease.
> Estoy a punto de decirlo, lo tengo en la punta de la lengua, pero
> siempre, siempre la palabra es más lenta que una ejecución sumaria.
>
> 3.
>
> La otra fue ver cómo los bulldozer israelíes abrían una trinchera,
> colocaban cuerpos en pleno centro del campo y los cubrían con tierra,
> aunque hoy la lluvia haya transformado esta fosa común en un lodazal.
>
> Yo pertenezco al pueblo elegido por ese Dios tan terrible y tan
> generoso. Soy ateo, profunda, tranquila, apaciblemente ateo, pero hay
> veces en que querría que el dedo de Dios no me señalase. Finalmente,
> elijo ser elegido. De lo contrario, nunca hubiera sido el nieto de mi
> abuelo José. El Día del Perdón -del perdón, no del olvido–*, en la
> sinagoga, él se cubría hasta la cabeza para que yo me refugiase bajo su
> manto sagrado cubierto de letras doradas y flecos sedosos. Al amparo de
> esa intimidad invulnerable -ni los alambres de púa de Auschwitz, ni la
> picana eléctrica de la ESMA, ni los bulldozer de Jenín podían con ella-,
> su dedo tembloroso seguía la lectura de las plegarias como quien sigue
> el curso de un inquietante río para que yo no me perdiese en aguas tan
> turbulentas, aunque siempre los destinos soñados eran los mismos: paz,
> sobre todo paz, y de paso, ¿por qué no?, también salud, comida, buena
> suerte. Y cuando era el momento de decir "porque tú nos elegiste entre
> todos los pueblos", mi abuelo José se reía, me daba un codazo y me decía
> al oído: «para golpearnos.. .» Y su dedo se detenía junto al inquietante
> río del versículo. Siempre hay que saber detenerse un instante antes de
> que la sangre llegue al inquietante río. Era ese instante en que sus
> ojos transparentes se humedecían, cerraba el libro y decía: «El año que
> viene en Jerusalem».
>
> 4.
>
> Según Hend Alí Oes, una palestina de 50 años, un soldado tomó de los
> pelos a Rateb, su nieto de dos años, le puso una pistola en la cabeza y
> los intimó: "Salgan todos o le disparo". Cuando salieron, un misil
> incendió la casa y la familia se refugió, junto a otras 50 personas, en
> la casa de una vecina.
>
> Muchas veces me pregunto: ¿en qué se parece un judío a otro judío? Hoy
> más que nunca lo tengo claro: en lo diferentes que son. Por eso, todas
> las mañanas, cuando me miro al espejo, veo que no soy el mismo y
> descubro al judío que soy. A veces me veo tan igual, que ni me reconozco
> y hasta me olvido de quién soy. Pero siempre hay alguien diferente a mí
> que se cruza por mi camino y me lo recuerda. Por lo general, soy yo
> mismo; a veces incluso es otro judío. Ahora, por ejemplo, Sharón me
> apunta con su dedo y no le tiembla el pulso.
>
> -¡Antisemita!- le grita mi abuelo José -¡Pogromchik!
>
> Oigo su grito y entonces sí me reconozco, tranquilo, al lado de mi
> abuelo José, que suspira hondamente y, con los ojos húmedos, exclama:
> «El año que viene en Jerusalem», y se da vuelta hacia los otros fieles,
> y yo con él, y estrechamos la mano de todos, uno a uno: primero, por
> supuesto, mi padre, Arieh Leib, en cuyo silencio más profundo resuenan
> los nocturnos de Chopin; el señor Bercovich, plomero de manos duras y
> corazón tierno; mi tío Enrique, con el mismo traje gris con que fue rico
> y cayó en la pobreza; mi tío Manolo, comunista con un halo de noctámbulo
> y mujeriego; el infaltable peluquero Piatock; Isaías, el zapatero
> remendón que tenía una hija mogólica, y también el otro Isaías, ese que
> se acerca y nos dice: «Voy a crear nuevos cielos, una nueva tierra»
> (65:17)... Mi abuelo asiente satisfecho desde el espejo y sigue
> estrechando las manos de tantos, tantos profetas: Jeremías, Ezequiel,
> Oseas, Zacarías, el pastor Amós...
>
> 5.
>
> Una bomba está incrustada en la puerta de la casa de Maha Shalabi. «No
> avance. Si abrimos la puerta, volamos todos, ¿Dónde voy a ir ahora?»,
> pregunta esta estudiante de farmacia de 23 años.
>
> -¿Amós?- me sorprendo -¿Usted por acá?
>
> -Sí- me contesta mi profeta preferido -Y ojo, que dos pecados ya
> perdoné, pero nunca un tercero (Amós, 1)...
>
> Y yo me doy vuelta para preguntarle a mi abuelo José: «¿Ya he cometido
> el tercer pecado?», pero mi abuelo José no está a mi lado sino enfrente,
> y me mira desde el espejo y yo no puedo sostener su mirada. Soy otro. El
> bulldozer pasa por encima de un niño de Jenín y nada lo detiene, ni
> siquiera Amós, que se aleja de la sinagoga, siempre rumbo a Jerusalem,
> pero definitivamente abrazado a un puñado de palestinos -entre ellos él,
> yo, mi abuelo José...-, que son llevados al paredón cuyos ladrillos
> saltan por los aires y bañan de sangre el espejo. Nunca volveré a ser el
> que era. Un Dios terrible, hoy infinitamente más terrible que generoso,
> me ha señalado con el dedo. Y como es sabido que un judío habla hasta
> cuando sólo gesticula, lo miro de frente, -«panim el panim», leería mi
> abuelo en hebreo, «cara a cara», como Moisés hablaba con Dios- y, aunque
> tartamudee, no quiero callar: ¿El año que viene en Jerusalem?
>
> 6.
>
> -Sé que aquí hay un cadáver, además del de mi hermano Abderrahim, que
> sacamos ayer-, declara Huda al Farraj, de 23 años, mostrando una zona
> aplastada que hasta hace poco era su casa.
>
> Sí, hay amores eternos en mi vida -mis hijas, la perra Shila («que en
> paz descanse»), el libro de oraciones de mi abuelo José («que en paz
> descanse»), la mujer de la que me enamoraré mañana, ese verso de
> Ungaretti («que en paz descanse»)-, y entre esos amores, Jerusalem (en
> hebreo, «ciudad de la paz»). No puedo dejar de creer que todos mis
> caminos -ESMA, exilios, El Masnou, regresos. clandestinidades,
> Auschwitz, huidas, combates, Jenín, derechos humanos- algún día
> culminarán en Jerusalem. En cualquier rincón del mundo, pero siempre en
> Jerusalem. Y entonces habré llegado, como buen judío, acaso para partir
> nuevamente. Un día le pregunté a mi abuelo José: «Si ahora estuvieras en
> Jerusalem, ¿seguirías diciendo "el año que viene en Jerusalem"?». Mi
> abuelo me miró sorprendido. Nunca se le había ocurrido, ni aun estando
> en Jerusalem, dejar de decir «el año que viene en Jerusalem». Mucho
> menos que a su nieto, este que soy yo frente al espejo, se le ocurriese
> una pregunta semejante. Siempre, siempre ha sido y será «el año que
> viene en Jerusalem». Sólo la muerte no sabe del año que viene en
> Jerusalem. Si todos los judíos se parecen en que son diferentes, ¿cómo
> un judío no va a soñar un mundo diferente, donde haya lugar para todos y
> todos se parezcan en eso: en que son diferentes? Y no tartamudeo al
> decirlo: «el año que viene en Jerusalem».
>
> 7.
>
> Cuando la joven empezó a cavar con una pala y la ayuda de cinco
> familiares, un olor nauseabundo empezó a salir de los escombros, entre
> la ropa y los cristales rotos.
>
> Y mi abuelo José sigue estrechando la mano de todos. «El principio
> teológico judío central, no formulado, no dogmático, sino que subyace y
> cohesiona toda doctrina y profecía, es la creencia en la participación
> humana en la obra de redención del mundo», le dice Martín Buber. Y mi
> abuelo, aunque no sabe qué significa la palabra «teología» ni «doctrina»
> ni «redención», me codea para que lo escuche atentamente y estreche su
> mano. Y saludo a Baruj Spinoza, Henrich Heine, Franz Rosenzweig, Gershom
> Scholem, Leo Löwenthal, Franz Kafka, Shalom Aleijem, Itzjak Babel,
> Gustav Landauer, Carlos Marx, Albert Einstein, Sigmund Freud, Ernst
> Bloch, Erich Fromm... «¿Maimónides por acá? ¿Pero usted no escribía en
> árabe?», pregunta el tesorero de la sinagoga, un falso cabalista que
> sólo contabiliza letras en hebreo. «¿Y yo no escribo en idish?»,
> interviene Isaac Bathevis Singer. «¿Y yo no en italiano?» sonríe Primo
> Levi, a un paso del suicidio. «¿Y yo no con novias y violinistas que
> sobrevuelan los tejados del mundo?», protesta Marc Chagall.
>
> 8.
>
> Poco a poco van saliendo ancianos, con las manos en alto, madres con
> bebés que ven la luz del día por primera vez en once días, y miran las
> pilas de basura, esa geografía de demolición y ruinas, como sonámbulos.
> Amal carga en sus brazos a su hijo de siete meses; el de cuatro años
> ayuda en la mudanza forzada.
>
> Pero Walter Benjamin advierte a tiempo: «Articular históricamente el
> pasado no significa articularlo como realmente ha sido. Significa
> adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un momento de
> peligro». Mi abuelo palidece. ¿Un momento de peligro? ¿Otro pogrom?
> ¿Auschwitz? ¿La ESMA? ¿Kosovo? ¿Bosnia? ¿Jenín?... .
>
> -¡Cuidado! ¡Abajo de la bota hay una muchacha! -advierte mi abuelo-
> ¡Abajo del bulldozer hay un colegio!
>
> Y mi abuelo me abraza para protegerme de mí mismo. Un muchacho de la
> Intifada, que soy yo, recoge una piedra y la arroja. El espejo
> relampaguea y salta en pedazos, como letras sagradas, escritas a sangre
> y fuego en el vértigo de la historia. Y tartamudeo, claro que
> tartamudeo, pero hablo.
>
> 9.
>
> A las dos de la tarde, los soldados israelíes y sus tanques regresaron a
> Jenín y volvieron a imponer el toque de queda.
>
> Mi abuelo se cubre de los tanques con el manto sagrado y yo busco la
> tibieza que anida en su «kefiah». El muchachito que arrojó la piedra me
> lleva por las calles de la capital del Estado Palestino y del Estado de
> Israel y me dice: «El año que viene en Jerusalem». Mi abuelo José
> asiente. Sus ojos brillan transparentes como la primera estrella. Me
> reconozco en su esplendor, que cubre al mundo. Las alambradas de
> Auschwitz han desaparecido. Los desaparecidos de la ESMA se acercan a la
> luz y en ella se refugian. Los refugiados de Jenín recogen las piedras y
> reconstruyen sus casas. Volvamos a la tierra prometida, volvamos al
> mundo. «Anoche tuve un sueño y no sé qué significa», le dice el Faraón
> de Egipto a José, sí, a mi abuelo José. Él sabe mucho de sueños y le
> explica. Pero Sharón no entiende de sueños. Lanza sus bulldozers encima
> de la horda de esclavos, pero el Mar Rojo sabe quién pasa y quiénes no
> pasarán. Mi abuelo sigue con su dedo el inquietante río de la plegaria.
> Al final del versículo hay una tierra donde mana la leche y la miel.
> ¿Quién, por Dios, quién no lo entiende?
>
> * Poeta argentino de origen judío. Premio Antonio Machado, Casa de las
> Américas y Alcalá de Henares. Su primer libro: "Poemas de la mano mayor"
> (1961) y su último (por ahora): "Apuntes" – "Luces que a lo lejos" (2008)
>
> El presente texto lo escribió cuando se produjo la matanza de palestinos
> en el campo de refugiados de Jenín.
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