[R-P] El año que viene en Gaza y en Londres

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Feb 2 08:39:47 MST 2009


El hermoso texto de Szpunberg me mueve a una confesión personal, que 
envío al público a guisa de testimonial relato de un tramo de la 
historia social argentina más reciente.

A veces, medio en broma medio en serio, digo de mí mismo que "nunca fui 
judío y a lo sumo fui sionista". Como hubo quien no entendió qué quería 
decir, aprovecho para explicarlo, ya que no creo que se trate para nada 
de una experiencia aislada. Más bien, me parece que hay un montonazo de 
personas que podrían decir algo parecido.

Jamás recibí una "educación judía familiar", a diferencia de Alberto 
Szpunberg. Para complacer a mis abuelos, me mandaron, sí, a una "escuela 
judía" (hasta los diez años, cuando a fuerza de vómitos matutinos dejé 
en claro que no quería ir nunca más). Pero atravesé bastante indemne esa 
experiencia. Mis maestros no lograron meterme en la cabeza aquello que 
la vida (la vida, siempre poderosa) me quitaba: que yo era ante todo un 
judío. Eso me chocaba. Más bien me sentía bastante incómodo cuando, a 
veces, mis amiguitos de la escuela (la del estado, la otra era el 
"ídishe shule") me preguntaban "Si Israel entra en guerra con la 
Argentina, ¿vos a quién apoyás?".

Yo, era argentino y orgulloso de serlo ¿Porqué me hacían una pregunta 
tan absurda? En ese entonces no percibía que Israel reclamaba su derecho 
a representarme a mí, como judío, ante cualquier poder del planeta. Y 
mucho menos se me ocurría que el gobierno y el pueblo argentino podían 
bien ser uno de esos poderes. En 1962, agentese secretos israelíes 
habían violado la soberanía argentina secuestrando a Eichmann, un 
criminal de guerra nazi que estaba refugiado aquí y con empleo en la 
Mercedes Benz. Pero yo no entendía lo que esto significaba. Mis 
amiguitos, quizás, tampoco. Pero la pregunta los llevaba naturalmente al 
núcleo del asunto...

En realidad, aunque estos asuntos no me resultaran claros en lo más 
mínimo, yo nunca fui otra cosa que un argentino más, como miles y miles 
de "chicos judíos" criados en los fines de la década del 50 y principios 
de la del 60. Pero ciertas circunstancias, a las que la Libertadora no 
fue ajena, me dificultaron comprenderlo.

Un solo ejemplo: de pibe, siempre me sentí cerca del Tochi. El Tochi era 
un morochito con quien jugaba a la pelota en el empedrado de la cortada 
que hace la calle Montenegro al tropezar con el terraplén de la vía, 
allá donde vivían mis abuelos maternos, en los barrios más inundables y 
paupérrimos de Chacarita. El Tochi estaba mucho más próximo a mí, por 
cierto, que esos señores raros a los que mi propia madre junaba con 
cierto lejano recelo mientras pasaban por la Avenida San Martín 
enfundados en sus ropajes y gorros de piel, aptos para Vilna seguramente 
pero no para La Paternal en verano con 40 grados a la sombra.

Otro ejemplo: Mi infancia unificó la comida judía con los ñoquis por el 
inexorable hecho de que mi abuela los hacía como los dioses (le había 
enseñado una vecina de familia italiana, la Sra. Rosso), y la mesa 
familiar de los Schuminer se parecía más a la de los televisivos 
Campanelli que a cualquier otra cosa. Y así siguiendo.

Otro más, y muy importante para lo que sigue. Cuando quise meterme a 
hacer campamentismo y vida al aire libre, la Libertadora se metió en mi 
vida sin que yo me enterase. Dado que el intento de construir un 
scoutismo laico del General Perón (el Instituto Nacional del Scoutismo 
Argentino) había capotado tras el golpe del 55 y el scoutismo quedó en 
manos de la Iglesia otra vez (ellos también cobraron por su aporte a la 
infausta Fusiladora: el scoutismo fue parte del pago, y la ley de 
Enseñanza Libre otra), me metí muy naturalmente en la Iglesia de San 
Juan María Vianney. Allí lo pasé muy bien por unos meses, hasta que 
descubrí eso de que el scoutismo era medio cosa de chiquilines boludos 
liderados por un grandote boludo y todo eso que se dice, y me tomé el 
piróscafo de ese asunto inventado por Baden Powell para reconstruir el 
espíritu bélico de las élites británicas (claro está que por entonces yo 
ignoraba esto último).

Así que si en algo me uní al judaísmo fue por ese gusto mío por el 
campamentismo y cosas parecidas. A los doce años me invitaron a 
participar de una organización sionista-socialista donde enfatizaban 
mucho todo ese asunto, y allí me vinculé con algo que laxamente podría 
definirse como judaísmo. De modo que quienes indirectamente me mandaron 
a esa bolsa cerrada fueron, no por casualidad, los mismos exclusionistas 
que colaboraron en el golpe de 1955 en nombre de Cristo Rey. Para colmo, 
por los mismos tiempos habían arreciado los ataques antisemitas que 
decían ser cometidos por "peronistas" (la Tacuara original), con lo cual 
me sentí mucho más compelido a juntarme con "los míos". En resumen, fue 
gracias al nacionalismo de derecha católico, que este argentinito casi 
más termina "judío", digamos, por el lado _político_, o sea: sionista.

Pero los exclusionistas, los partidarios de una Argentina católica con 
olor a sacristía y sin verdadero Evangelio no pudieron en mi caso (como 
en el de muchos miles) con la potente marea integracionista de la 
Argentina de carne y hueso, ésa que había parido al peronismo del que 
ellos se habían intentado servir no sin cierto éxito. Es que después, el 
mismo país -y la experiencia _in situ_ de lo que era el Estado de 
Israel-, me llamaron de vuelta a mi verdadero lugar en el mundo. Allí 
entendí, antes de leer a Jauretche, que los argentinos veníamos en 
múltiples formatos. Que, como bien dicen ahora algunos amigos, era una 
Patria multígena la nuestra, y como tal forzada por la historia a 
fusionar culturas en una nacionalidad común e incluyente, no en una 
falsa "nación originaria" a la que "los demás" vinimos "de pasada". La 
actitud de los estadounidenses con raíces anteriores a la Guerra Civil, 
ésa tan bien representada en la película "El Buen Pastor" por el Agente 
Thomas de la CIA frente a un mafioso, ésa por la cual todos podían tener 
muchas glorias pero ellos tenían los EEUU de Norteamérica y los demás 
eran inquilinos, ésa actitud, le está vedada al movimiento nacional de 
los argentinos, entre otras cosas porque estamos viviendo un estadio que 
los EEUU ya superaron, justamente el que es anterior a la Guerra Civil.

Lo cual no obsta para que muchos integrantes del movimiento nacional, y 
muchos que no lo integran pero -hoy como medio siglo atrás- quieren 
ponerlo al servicio de sus pequeñas mezquindades, insistan todavía hoy 
en sus particionistas malas artes.

Pero bueno, mientras fui sionista mi sionismo -es decir, mi modo de ser 
judío- también estaba (como el judaísmo ateoy antisionista de Szpunberg) 
mucho más cerca del profeta Amós que de cualquier otra vertiente de ese 
pensamiento. Fatal, mi destino, por lo visto. Y me alegra ver que tipos 
como Szpunberg, que tienen infinitamente más talento que yo, llegan al 
mismo puerto de recalada desde navegaciones más complicadas que las mías.

¿El año que viene en Jenin? No, hoy no.

El año que viene en Gaza. Éso es lo que debería decir ahora cualquier 
judío que merezca ese nombre. Quizás Szpunberg y el que esto escribe 
seamos los últimos exponentes de una especie en extinción. Si es así, 
fundámonos con dignidad en el pueblo al que pertenecemos. Y aportémosle 
todo lo de bueno (que es mucho) que puede aportarle el origen judío de 
unos cuantos de los que aquí hemos venido a recalar para -como le dije 
alguna vez a un abogadito de "familia tradicional tucumana"- "construir 
en una generación mucho más patria de la que su familia había logrado 
vender en cinco". El abogadito, dicho sea de paso, era un nacionalista 
católico y oligárquico, lo que no le impedía (sino más bien le daba la 
oportunidad de) trabajar para una empresa imperialista.

El año que viene en Gaza, lo repito. Y también en Londres. En Londres, 
Catamarca.



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