[R-P] [Alberto Szpunberg] ¿El año que viene en Jenín?

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Feb 2 08:12:59 MST 2009


Gentileza Lido Iacomini

El año que viene en Jenín
por Alberto Szpunberg*

1.

El olor dulzón de la muerte impregnaba el aire de polvo y dolor, 
mientras un enjambre de moscas sofocaba el campo de refugiados de Jenín. 
Con las manos, y sin lágrimas, dos hermanos buscaban el cuerpo de Hamad 
Massaud Abu Ba, su padre, sepultado por los bulldozer del ejército 
israelí a un metro bajo tierra.

Yo mismo no sé por dónde empezar. El tecleo siempre es infinitamente más 
lento que las ráfagas. Antes de pulsar una sola letra, alguien ya puso 
en marcha su bulldozer y avanza, ojo por ojo, diente por diente, sin 
distinguir ventanas, paredes, perros, niños, libros, novias, gasas, 
platos de sopa aún tibios, ni siquiera ese viejito “¿mi abuelo José? 
¿Qué hace ahí en Jenín, en ese infierno, mi abuelo José?”, ni siquiera 
ese viejito que se lleva las manos a la cabeza para cubrirse del horror. 
Quiero tomarlo por los hombros y apartarlo, quiero gritar, pero es 
tarde. ¿Siempre es tarde? La muerte, que no tiene después, siempre es 
antes. Y la sangre es el único río en que los seres humanos nos bañamos 
dos, doscientas, infinitas veces. Me miro al espejo y no sostengo la 
mirada del judío que me mira. Los ojos de mi abuelo José eran 
transparentes como la primera estrella. Pero su manera de titilar ahora 
es llanto.

2.

El área parece arrasada por un terremoto, con las casas destruidas y sus 
paredes dinamitadas por los tanques e incendiadas por los misiles, 
lanzados desde los helicópteros Apache en Hawashin, el corazón del campo 
de refugiados de Jenín. Bombardearon los colegios de Naciones Unidas, el 
centro de salud y también el de purificación de agua.

Mi abuelo José me contó que Moisés había sido tartamudo «pesado de 
lengua» y no me sorprende. Yo mismo lo he leído en su libro «es el Libro 
de los Libros», me explicó mi abuelo, y a ese Libro de los Libros lo leo 
en hebreo, idioma que me enseñó mi abuelo José. «Es la lengua de Dios 
-me dijo- y todo lo que dice es verdad». Fue una revelación. Era una 
escritura realmente tartamuda: letras y letras desunidas, blanco sobre 
negro, independientes unas de otras, pero todas juntas a coro para que a 
través de ellas, incluso a través del blanco que las separa, pueda 
expresarse Dios, un Dios tan terrible y, a la vez, tan generoso. Así 
está escrito, como los mismos judíos: dispersos, todos diferentes y 
todos judíos. Si esta lengua -«pesado de lengua»- es la voz de Dios y 
todo lo que dice es verdad, ¿cómo se escribe en hebreo la revelación de 
un verdadero crimen sin tartamudear? Mi abuelo José me mira desde el 
espejo, se vuelve hacia los fieles que lo rodean y estrecha sus manos. 
No son muchos -¿cincuenta, quinientos, mil palestinos?-, pero todos 
saben que suman seis millones... Todos ellos han estado en Auschwitz y 
saben muy bien qué es Jenín. Y a mi abuelo se le llenan los ojos de 
lágrimas. Después de 5.762 años, él no hace planes de futuro -«El año 
que viene en Jerusalem»- para discutir las diferencias entre un horno 
crematorio y un misil ni si seis millones de judíos son más que 
cincuenta, quinientos palestinos. Me acerco un poco más al espejo y me 
reconozco: sus lágrimas son mías.

3.

Abuanas, un empleado del Ministerio de Salud de la Autoridad Palestina, 
de 35 años, se ha quedado sin casa, sin ropa, sin futuro. Vio dos cosas 
que aun le dan ganas de vomitar. Una, un grupo de soldados israelíes 
disparando sobre la ingle de un joven palestino armado para después 
pasarle, aún vivo, un tanque por encima....

Ahora -¿aún estamos a tiempo?- me doy cuenta: pobre Moisés, ser portavoz 
de un Dios tan terrible como para pedirle a Abraham que demuestre su fe 
con una muerte, nada menos que la de su propio hijo (Génesis, 32), y tan 
generoso como para prometerle a una horda de esclavos muertos de hambre 
una tierra donde manan la leche y la miel (Éxodo, 3). Eso, toda esa 
locura lo volvió a Moisés «pesado de lengua», tanto es así que llegó a 
las puertas de la tierra prometida y no pudo alcanzarla. ¿No nos está 
pasando lo mismo? Intento explicarle todo esto a quien me mira desde el 
espejo, pero apenas tartamudeo, como si mi lengua, pesadísima, teclease. 
Estoy a punto de decirlo, lo tengo en la punta de la lengua, pero 
siempre, siempre la palabra es más lenta que una ejecución sumaria.

3.

La otra fue ver cómo los bulldozer israelíes abrían una trinchera, 
colocaban cuerpos en pleno centro del campo y los cubrían con tierra, 
aunque hoy la lluvia haya transformado esta fosa común en un lodazal.

Yo pertenezco al pueblo elegido por ese Dios tan terrible y tan 
generoso. Soy ateo, profunda, tranquila, apaciblemente ateo, pero hay 
veces en que querría que el dedo de Dios no me señalase. Finalmente, 
elijo ser elegido. De lo contrario, nunca hubiera sido el nieto de mi 
abuelo José. El Día del Perdón -del perdón, no del olvido–*, en la 
sinagoga, él se cubría hasta la cabeza para que yo me refugiase bajo su 
manto sagrado cubierto de letras doradas y flecos sedosos. Al amparo de 
esa intimidad invulnerable -ni los alambres de púa de Auschwitz, ni la 
picana eléctrica de la ESMA, ni los bulldozer de Jenín podían con ella-, 
su dedo tembloroso seguía la lectura de las plegarias como quien sigue 
el curso de un inquietante río para que yo no me perdiese en aguas tan 
turbulentas, aunque siempre los destinos soñados eran los mismos: paz, 
sobre todo paz, y de paso, ¿por qué no?, también salud, comida, buena 
suerte. Y cuando era el momento de decir “porque tú nos elegiste entre 
todos los pueblos”, mi abuelo José se reía, me daba un codazo y me decía 
al oído: «para golpearnos.. .» Y su dedo se detenía junto al inquietante 
río del versículo. Siempre hay que saber detenerse un instante antes de 
que la sangre llegue al inquietante río. Era ese instante en que sus 
ojos transparentes se humedecían, cerraba el libro y decía: «El año que 
viene en Jerusalem».

4.

Según Hend Alí Oes, una palestina de 50 años, un soldado tomó de los 
pelos a Rateb, su nieto de dos años, le puso una pistola en la cabeza y 
los intimó: “Salgan todos o le disparo”. Cuando salieron, un misil 
incendió la casa y la familia se refugió, junto a otras 50 personas, en 
la casa de una vecina.

Muchas veces me pregunto: ¿en qué se parece un judío a otro judío? Hoy 
más que nunca lo tengo claro: en lo diferentes que son. Por eso, todas 
las mañanas, cuando me miro al espejo, veo que no soy el mismo y 
descubro al judío que soy. A veces me veo tan igual, que ni me reconozco 
y hasta me olvido de quién soy. Pero siempre hay alguien diferente a mí 
que se cruza por mi camino y me lo recuerda. Por lo general, soy yo 
mismo; a veces incluso es otro judío. Ahora, por ejemplo, Sharón me 
apunta con su dedo y no le tiembla el pulso.

-¡Antisemita!- le grita mi abuelo José -¡Pogromchik!

Oigo su grito y entonces sí me reconozco, tranquilo, al lado de mi 
abuelo José, que suspira hondamente y, con los ojos húmedos, exclama: 
«El año que viene en Jerusalem», y se da vuelta hacia los otros fieles, 
y yo con él, y estrechamos la mano de todos, uno a uno: primero, por 
supuesto, mi padre, Arieh Leib, en cuyo silencio más profundo resuenan 
los nocturnos de Chopin; el señor Bercovich, plomero de manos duras y 
corazón tierno; mi tío Enrique, con el mismo traje gris con que fue rico 
y cayó en la pobreza; mi tío Manolo, comunista con un halo de noctámbulo 
y mujeriego; el infaltable peluquero Piatock; Isaías, el zapatero 
remendón que tenía una hija mogólica, y también el otro Isaías, ese que 
se acerca y nos dice: «Voy a crear nuevos cielos, una nueva tierra» 
(65:17)... Mi abuelo asiente satisfecho desde el espejo y sigue 
estrechando las manos de tantos, tantos profetas: Jeremías, Ezequiel, 
Oseas, Zacarías, el pastor Amós...

5.

Una bomba está incrustada en la puerta de la casa de Maha Shalabi. «No 
avance. Si abrimos la puerta, volamos todos, ¿Dónde voy a ir ahora?», 
pregunta esta estudiante de farmacia de 23 años.

-¿Amós?- me sorprendo -¿Usted por acá?

-Sí- me contesta mi profeta preferido -Y ojo, que dos pecados ya 
perdoné, pero nunca un tercero (Amós, 1)...

Y yo me doy vuelta para preguntarle a mi abuelo José: «¿Ya he cometido 
el tercer pecado?», pero mi abuelo José no está a mi lado sino enfrente, 
y me mira desde el espejo y yo no puedo sostener su mirada. Soy otro. El 
bulldozer pasa por encima de un niño de Jenín y nada lo detiene, ni 
siquiera Amós, que se aleja de la sinagoga, siempre rumbo a Jerusalem, 
pero definitivamente abrazado a un puñado de palestinos -entre ellos él, 
yo, mi abuelo José...-, que son llevados al paredón cuyos ladrillos 
saltan por los aires y bañan de sangre el espejo. Nunca volveré a ser el 
que era. Un Dios terrible, hoy infinitamente más terrible que generoso, 
me ha señalado con el dedo. Y como es sabido que un judío habla hasta 
cuando sólo gesticula, lo miro de frente, -«panim el panim», leería mi 
abuelo en hebreo, «cara a cara», como Moisés hablaba con Dios- y, aunque 
tartamudee, no quiero callar: ¿El año que viene en Jerusalem?

6.

-Sé que aquí hay un cadáver, además del de mi hermano Abderrahim, que 
sacamos ayer-, declara Huda al Farraj, de 23 años, mostrando una zona 
aplastada que hasta hace poco era su casa.

Sí, hay amores eternos en mi vida -mis hijas, la perra Shila («que en 
paz descanse»), el libro de oraciones de mi abuelo José («que en paz 
descanse»), la mujer de la que me enamoraré mañana, ese verso de 
Ungaretti («que en paz descanse»)-, y entre esos amores, Jerusalem (en 
hebreo, «ciudad de la paz»). No puedo dejar de creer que todos mis 
caminos -ESMA, exilios, El Masnou, regresos. clandestinidades, 
Auschwitz, huidas, combates, Jenín, derechos humanos- algún día 
culminarán en Jerusalem. En cualquier rincón del mundo, pero siempre en 
Jerusalem. Y entonces habré llegado, como buen judío, acaso para partir 
nuevamente. Un día le pregunté a mi abuelo José: «Si ahora estuvieras en 
Jerusalem, ¿seguirías diciendo “el año que viene en Jerusalem”?». Mi 
abuelo me miró sorprendido. Nunca se le había ocurrido, ni aun estando 
en Jerusalem, dejar de decir «el año que viene en Jerusalem». Mucho 
menos que a su nieto, este que soy yo frente al espejo, se le ocurriese 
una pregunta semejante. Siempre, siempre ha sido y será «el año que 
viene en Jerusalem». Sólo la muerte no sabe del año que viene en 
Jerusalem. Si todos los judíos se parecen en que son diferentes, ¿cómo 
un judío no va a soñar un mundo diferente, donde haya lugar para todos y 
todos se parezcan en eso: en que son diferentes? Y no tartamudeo al 
decirlo: «el año que viene en Jerusalem».

7.

Cuando la joven empezó a cavar con una pala y la ayuda de cinco 
familiares, un olor nauseabundo empezó a salir de los escombros, entre 
la ropa y los cristales rotos.

Y mi abuelo José sigue estrechando la mano de todos. «El principio 
teológico judío central, no formulado, no dogmático, sino que subyace y 
cohesiona toda doctrina y profecía, es la creencia en la participación 
humana en la obra de redención del mundo», le dice Martín Buber. Y mi 
abuelo, aunque no sabe qué significa la palabra «teología» ni «doctrina» 
ni «redención», me codea para que lo escuche atentamente y estreche su 
mano. Y saludo a Baruj Spinoza, Henrich Heine, Franz Rosenzweig, Gershom 
Scholem, Leo Löwenthal, Franz Kafka, Shalom Aleijem, Itzjak Babel, 
Gustav Landauer, Carlos Marx, Albert Einstein, Sigmund Freud, Ernst 
Bloch, Erich Fromm... «¿Maimónides por acá? ¿Pero usted no escribía en 
árabe?», pregunta el tesorero de la sinagoga, un falso cabalista que 
sólo contabiliza letras en hebreo. «¿Y yo no escribo en idish?», 
interviene Isaac Bathevis Singer. «¿Y yo no en italiano?» sonríe Primo 
Levi, a un paso del suicidio. «¿Y yo no con novias y violinistas que 
sobrevuelan los tejados del mundo?», protesta Marc Chagall.

8.

Poco a poco van saliendo ancianos, con las manos en alto, madres con 
bebés que ven la luz del día por primera vez en once días, y miran las 
pilas de basura, esa geografía de demolición y ruinas, como sonámbulos. 
Amal carga en sus brazos a su hijo de siete meses; el de cuatro años 
ayuda en la mudanza forzada.

Pero Walter Benjamin advierte a tiempo: «Articular históricamente el 
pasado no significa articularlo como realmente ha sido. Significa 
adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un momento de 
peligro». Mi abuelo palidece. ¿Un momento de peligro? ¿Otro pogrom? 
¿Auschwitz? ¿La ESMA? ¿Kosovo? ¿Bosnia? ¿Jenín?... .

-¡Cuidado! ¡Abajo de la bota hay una muchacha! -advierte mi abuelo- 
¡Abajo del bulldozer hay un colegio!

Y mi abuelo me abraza para protegerme de mí mismo. Un muchacho de la 
Intifada, que soy yo, recoge una piedra y la arroja. El espejo 
relampaguea y salta en pedazos, como letras sagradas, escritas a sangre 
y fuego en el vértigo de la historia. Y tartamudeo, claro que 
tartamudeo, pero hablo.

9.

A las dos de la tarde, los soldados israelíes y sus tanques regresaron a 
Jenín y volvieron a imponer el toque de queda.

Mi abuelo se cubre de los tanques con el manto sagrado y yo busco la 
tibieza que anida en su «kefiah». El muchachito que arrojó la piedra me 
lleva por las calles de la capital del Estado Palestino y del Estado de 
Israel y me dice: «El año que viene en Jerusalem». Mi abuelo José 
asiente. Sus ojos brillan transparentes como la primera estrella. Me 
reconozco en su esplendor, que cubre al mundo. Las alambradas de 
Auschwitz han desaparecido. Los desaparecidos de la ESMA se acercan a la 
luz y en ella se refugian. Los refugiados de Jenín recogen las piedras y 
reconstruyen sus casas. Volvamos a la tierra prometida, volvamos al 
mundo. «Anoche tuve un sueño y no sé qué significa», le dice el Faraón 
de Egipto a José, sí, a mi abuelo José. Él sabe mucho de sueños y le 
explica. Pero Sharón no entiende de sueños. Lanza sus bulldozers encima 
de la horda de esclavos, pero el Mar Rojo sabe quién pasa y quiénes no 
pasarán. Mi abuelo sigue con su dedo el inquietante río de la plegaria. 
Al final del versículo hay una tierra donde mana la leche y la miel. 
¿Quién, por Dios, quién no lo entiende?

* Poeta argentino de origen judío. Premio Antonio Machado, Casa de las 
Américas y Alcalá de Henares. Su primer libro: “Poemas de la mano mayor” 
(1961) y su último (por ahora): “Apuntes” – “Luces que a lo lejos” (2008)

El presente texto lo escribió cuando se produjo la matanza de palestinos 
en el campo de refugiados de Jenín.

Miembro del Espacio Carta Abierta




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