[R-P] [E. Lacolla] W.

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Dom Feb 1 18:46:33 MST 2009


W.

Por Enrique Lacolla

/Irregular y un tanto caótica, la producción de Oliver Stone da sin
embargo testimonio de un vigor infrecuente en el cine de hoy. Stone
es, dicho sea con franqueza, uno de los pocos cineastas que encajan en
el llamado cine de autor./

Los presidentes norteamericanos han sugerido numerosas biografías
cinematográficas. No todas del mismo nivel, no todas referidas a la
entera carrera de los personajes en cuestión, pero con frecuencia
polémicas. De Abraham Lincoln a Franklin D. Roosevelt, de John
Fitzgerald Kennedy a Richard Nixon, la pantalla se ha poblado de tipos
dramáticos abordados con mucha desenvoltura por directores y
guionistas que al parecer han encontrado siempre la suficiente
condescendencia, de parte de Hollywood y del universo político, como
para ejercer su libertad de criterio a propósito de personajes
oficiales que en otras latitudes serían tabú o exigirían el
acomodamiento a los marcos de la historia oficial. Esta semana, por
ejemplo, se ha estrenado la última película de un director, Oliver
Stone, que se siente muy atraído por los planteos ambientados en el
escenario que brinda la lucha por el poder y que en este caso tiene
por personaje central a George W. Bush, presidente todavía en
ejercicio en el momento en que se estrenó el filme en su país de
origen.

La Casa Blanca, aunque su exterior apacible no tenga el carácter
plúmbeo del Kremlin o el que tuviera la Cancillería del Tercer Reich,
por su misma elegancia sureña, su aire familiar y su encanto
ajardinado, puede convertirse en una paradójica parábola de la
inclemencia de la lucha por el poder. Oliver Stone la eligió como
escenario para meterse con el perfil del último presidente
estadounidense, el peor reputado de las últimas décadas.

El retrato que elabora, sin embargo, renquea demasiado. La descripción
del poder en un momento de prueba como el actual, tan turbulento y
ominoso, demanda, desde un punto estético, un registro trágico o una
ferocidad satírica que no se encuentran en la película de Stone. Es
difícil, por otra parte, elevarse a la altura que corresponde a un
nivel dramático de esa envergadura con el personaje central que se ha
elegido para investirla: George W. Bush no da ni de lejos los
tormentosos contornos que se suele solicitar a las figuras de ese
talante. Un Macbeth –o un Hitler o un Stalin– están rodeados de la
espesa atmósfera que emana del carácter poderosamente determinado de
sus psicologías. Son individuos que apenas pueden ser influenciados,
que no son el juguete de nadie. De modo que Stone eligió un registro
intermedio, más bien virado a la comprensión del drama humano que
puede haber habido detrás de la performance del ex–presidente que a la
naturaleza del sistema al cual él sirve. Y del que forma parte,
además. En W. la psicología es lo que cuenta, y uno no puede dejar de
experimentar un sentimiento de frustración ante la reducción de este
catastrófico momento mundial a la conflictiva relación de Bush junior
con su padre y a los celos del primero hacia su hermano Jeb.

Hay algún momento –como el protagonizado por el vicepresidente Dick
Cheney al explicitar con devastadora y cínica franqueza los objetivos
que están detrás de las paparruchas publicitarias de la operación
"Libertad duradera" o del "Eje del Mal"– que aproximan a la película a
la dimensión que podría haber tenido. Pero el resto es una constante
descripción de la vulgaridad tejana del personaje, su incontinente
apetito, su propensión al trago y su aprendizaje bajo la tutela de
papá, aprendizaje que, en consecuencia, nunca llega a constituirse en
una verdadera "educación sentimental".

Los aspectos técnicos de la película están resueltos, por supuesto,
con la solvencia que tipifica al cine norteamericano y a Stone, y las
interpretaciones, si bien por momentos corren el riesgo de convertir a
los personajes en figuras de cera del museo de Madame Tussaud, están
muy logradas desde el punto de vista de la caracterización física y
del registro vocal. Muy remarcables son, en este sentido, las
prestaciones de Thandie Newton como Condoleezza Rice y de Richard
Dreyfuss como Dick Cheney. Pero es imposible no extrañar las
dimensiones que tuvieron otras películas del mismo director y
vinculadas al mismo tema. JFK y Nixon, en especial la primera, fueron
filmes provistos de gran energía dramática y, en el caso de JFK, de
una formidable dosis de suspenso y de una capacidad de denuncia que no
ha sida opacada por el tiempo ni por las burlas que recibió de parte
de la crítica norteamericana. Tal vez, en el caso de W., a Stone le
haya faltado la perspectiva necesaria para abordar un tema que está
lejos de haber sido clausurado.

De cualquier modo Oliver Stone sigue siendo un director impresentable
en sociedad. En la sociedad norteamericana, quiero decir. Es inquieto,
irreverente, tal vez demasiado tosco a la hora de definir sus
personajes, a los que manipula como marionetas, pero siempre alerta
ante los movimientos de una República Imperial que se contradice a sí
misma reproduciendo los peores rasgos de los sistemas totalitarios a
los que en su hora dijo combatir. En Stone hay una continuidad
temática y un pulso narrativo que lo ponen dentro de la no muy nutrida
galería de "autores" cinematográficos. Podrá señalarse lo irregular de
sus productos o el carácter desorbitado y confuso en la resolución de
algunos, pero no se pueden negar su interés en la temática que aborda
ni su adhesión (que para algunos puede parecer adicción) a un cine
comprendido como arma de combate.

No es poca cosa.

(www.enriquelacolla.com)




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Néstor Gorojovsky
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