[R-P] [A.Pannekoek] Darwinismo y marxismo.(D)
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Vie Dic 25 21:17:59 MST 2009
VIII. - Herramientas, pensamiento y lenguaje
La sociabilidad, con sus consecuencias, los instintos morales, es una
particularidad que distingue a los humanos de ciertos animales, pero
no de todos. Existen sin embargo particularidades que no pertenecen
más que al hombre, que lo separan del resto del mundo animal. En
primer lugar, el lenguaje, y, en segundo, el raciocinio. El hombre es
también el único animal que usa herramientas fabricadas por él.
Los animales poseen esas propiedades en germen, mientras que en los
hombres se han desarrollado con nuevas características específicas.
Muchos animales poseen una especie de voz, pueden, mediante sonidos,
comunicar sus intenciones, pero sólo el hombre emite sonidos que
forman palabras que le sirven para nombrar cosas. Los animales poseen
también un cerebro con el que piensan, pero la inteligencia humana
revela, como veremos más lejos, una orientación plenamente nueva a la
que llamamos pensamiento racional o abstracto. Los animales también
usan objetos inanimados para ciertos objetivos; por ejemplo, para la
construcción de nidos. Los monos usan a veces palos o piedras, pero
sólo el hombre usa herramientas que él mismo fabrica deliberadamente
con fines particulares. Esas tendencias primitivas en los animales nos
convencen de que las particularidades que posee el hombre no le vienen
de no se sabe qué milagro de la creación, sino de un lento desarrollo.
Comprender cómo se desarrollaron en el hombre las primeras huellas del
lenguaje, del pensamiento y del uso de herramientas, para ir hacia
nuevas capacidades es algo de primera importancia, pues implica la
problemática de la humanización del animal.
Solo el ser humano, como animal social que es, ha sido capaz de
evolucionar así. Los animales que viven solitarios no pueden alcanzar
tal nivel de desarrollo. Fuera de la sociedad, el lenguaje es tan
inútil como la vista en la oscuridad y acabaría extinguiéndose. El
lenguaje sólo es posible en la sociedad y sólo en ella es necesario
como medio de deliberación entre sus miembros. Todos los animales
sociales poseen medios para expresar sus intenciones, sino no podrían
actuar según un plan colectivo. Los sonidos que eran necesarios como
medio de comprenderse en el trabajo colectivo para el hombre
primitivo, sin duda se desarrollaron lentamente hasta dar nombre a las
actividades y después a las cosas.
El uso de herramientas presupone una sociedad, porque sólo por medio
de la sociedad se puede preservar lo adquirido. En un estado de vida
solitaria, cada uno habría debido descubrir el uso de herramientas
para él y, al morirse el inventor, el descubrimiento se habría ido con
él y habría que volver a empezar. Sólo mediante la sociedad, la
experiencia y el conocimiento de las generaciones pasadas pueden
conservarse, perpetuarse y desarrollarse. En un grupo o una tribu se
va muriendo la gente, pero el grupo, en cambio, es, por decirlo así,
inmortal. Se mantiene. Conocer el uso de las herramientas no es algo
innato, sino que se va adquiriendo. Por eso es indispensable una
tradición intelectual, algo que sólo es posible en la sociedad.
Esas características específicas del hombre son inseparables de su
vida, y además están fuertemente relacionadas unas con otras. No se
desarrollan separadamente, sino que progresan en común. El pensamiento
y el lenguaje sólo pueden existir y desarrollarse conjuntamente y eso
es algo que cada cual puede comprobar cuando intenta representarse la
naturaleza de su propio pensamiento. Cuando pensamos o reflexionamos
nos hablamos, de hecho, a nosotros mismos y nos damos cuenta de que
nos es imposible pensar claramente sin emplear palabras. Cuando no
pensamos con palabras, nuestros pensamientos son imprecisos y no
logramos captar los pensamientos específicos. Cada uno de nosotros
puede comprenderlo por su experiencia propia. El razonamiento llamado
abstracto es un pensamiento perceptivo y sólo puede realizarse
mediante conceptos. Y sólo mediante palabras podemos designar y
dominar esos conceptos. Cada intento por extender nuestro pensamiento,
cada intento por hacer avanzar nuestro conocimiento debe empezar por
la distinción y la clasificación mediante nombres o dando a los
nombres anteriores un significado más preciso. El lenguaje es el
cuerpo del pensamiento, el único material con el que se construye toda
ciencia humana.
La diferencia entre el espíritu humano y el espíritu animal fue
demostrada con pertinencia por Schopenhauer en una cita también
recogida por Kautsky en La ética y el concepto materialista de la
historia (páginas 139-40, traducción inglesa). Los actos del animal
dependen de impulsos, de lo que ve, oye, huele u observa. Nosotros
también podemos ver y decir casi siempre lo que impulsa a un animal a
hacer esto o aquello, pues también nosotros somos capaces de ello si
nos fijamos bien. Pero en el hombre eso es totalmente diferente. No
podemos prever lo que el hombre hará, pues no conocemos los motivos
que le impulsan a actuar; son los pensamientos en su mente. El ser
humano reflexiona y, al hacerlo, se pone en juego todo su
conocimiento, resultado de sus experiencias anteriores, y es entonces
cuando decide actuar. Los actos de un animal dependen de una impresión
inmediata, mientras que los del ser humano dependen de conceptos
abstractos. El hombre "es movido en cierto modo por hilos invisibles y
sutiles. Todos los movimientos dan la impresión de estar guiados por
principios e intenciones que le dan un aspecto de independencia y se
distinguen evidentemente de los de los animales".
Al tener exigencias corporales tanto hombres como animales están
obligados a satisfacerlas en la naturaleza de su entorno. La
percepción sensitiva es el impulso inmediato; la satisfacción de las
necesidades es el objetivo de la acción idónea. En el animal, la
acción viene inmediatamente después de la impresión. Percibe su presa
o su alimento e inmediatamente salta, atrapa, come, o hace lo
necesario para que así sea. Es la herencia de su instinto. El animal
oye un ruido hostil e inmediatamente huye si tiene patas lo bastante
desarrolladas para correr rápidamente o, si no, se echa al suelo y
hace el muerto para no ser visto si el color del pelaje le sirve de
protección. En el hombre, en cambio, entre sus percepciones y sus
actos una larga cadena de pensamiento y reflexiones atraviesa su
mente. Sus actos dependerán del resultado de esas reflexiones.
¿De dónde viene esa diferencia? No es difícil comprender que está
estrechamente asociada al uso de herramientas. Del mismo modo que el
pensamiento se inserta entre las percepciones del ser humano y sus
actos, la herramienta se inserta entre el hombre y el objeto que
intenta aprehender. Además, puesto que ya la herramienta se coloca
entre el hombre y los objetos exteriores, por eso también el
pensamiento debe surgir entre la percepción y la ejecución. El hombre
no se lanza a manos vacías sobre su objetivo, ya sea éste un enemigo o
una fruta que recoger, sino que lo hace de manera indirecta: con una
herramienta, un arma (que también son herramientas) que usa para coger
el fruto o contra un animal hostil; por eso, en su mente, la
percepción sensitiva no viene inmediatamente seguida de la acción,
sino que la mente debe dar un rodeo: debe primero pensar en las
herramientas y luego proseguir su objetivo. El rodeo material crea el
rodeo mental; el pensamiento suplementario es el resultado de la
herramienta suplementaria.
Nos hemos planteado aquí un caso muy sencillo de herramientas
primitivas y las primeras fases del desarrollo mental. Cuanto más se
complica la técnica mayor es el rodeo material, de modo que la mente
debe realizar mayores rodeos. Cuando cada uno fabricaba sus propias
herramientas, el recuerdo del hambre y de la lucha debía orientar el
espíritu humano hacia la herramienta y su fabricación para que
estuviera lista para ser utilizada. Tenemos aquí una cadena de
pensamientos cada vez más larga entre las percepciones y la
satisfacción final de las necesidades humanas. Cuando llegamos a
nuestra época, constatamos que esa cadena es muy larga y complicada.
Cuando el obrero al que han despedido prevé el hambre que le espera,
se compra un diario para ver si hay ofertas de empleo; acude en su
busca, se presenta en el lugar y sólo mucho más tarde cobrará un
sueldo con el que comprar comida y protegerse contra el hambre. Todo
eso lo analiza su mente antes de ponerlo en práctica. ¡Qué camino tan
largo y tortuoso debe seguir la mente antes de alcanzar el objetivo
deseado! Y ese es el camino de la elaboración compleja de nuestra
sociedad actual en cuyo seno el hombre no satisface sus necesidades
sino es mediante una técnica altamente desarrollada.
Hacia eso quería Schopenhauer atraer nuestra atención, esa propagación
en el cerebro del hilo de la reflexión, que anticipa la acción y debe
comprenderse como el resultado necesario del empleo de herramientas.
Pero no por eso hemos llegado ya a lo esencial. El hombre no es dueño
de una sola herramienta, las posee en grandes cantidades que usa para
fines diferentes, entre las cuales puede escoger. El hombre, gracias a
esas herramientas, no es como el animal. El animal no va nunca más
allá de las herramientas y de las armas que la naturaleza le
proporciona, mientras que el hombre puede cambiar de herramientas
artificiales. Ahí está la diferencia fundamental entre el hombre y el
animal. El hombre es por así decirlo, un animal con órganos
modificables y por eso debe poseer la capacidad de escoger entre sus
herramientas. Por su mente circulan pensamientos diversos, su espíritu
examina todas las herramientas y todas las consecuencias de su
aplicación y sus actos dependen de esa reflexión. Combina igualmente
un pensamiento con otro y concibe rápidamente la idea acorde con su
objetivo. Esa deliberación, esa comparación libre entre una serie de
secuencias de reflexiones escogidas individualmente, esa propiedad que
diferencia fundamentalmente el pensamiento humano del pensamiento
animal debe ser relacionada con el uso de herramientas escogidas por
voluntad propia.
Los animales no poseen esa capacidad; les sería inútil, pues no
sabrían qué hacer con ella. A causa de su forma corporal, sus acciones
son muy limitadas. El león sólo puede saltar sobre su presa, pero no
puede pensar atraparla corriendo detrás de ella. La liebre está
constituida de manera a poder huir; no tiene otro medio de defensa por
mucho que deseara poseerlo. Los animales no tienen nada en que poner
su atención, si no es el momento en que hay que saltar o correr, el
momento en que las impresiones alcanzan una fuerza suficiente para
desencadenar la acción. Cada animal está formado de tal manera que se
adapta a un modo de vida definido. Sus acciones son y se transmiten
como hábitos, como instintos. Estos hábitos no son evidentemente
inmutables. Los animales no son máquinas, cuando están sometidos a
circunstancias diferentes, pueden adquirir hábitos diferentes.
Fisiológicamente y en lo que se refiere a las aptitudes, el
funcionamiento de su cerebro no es diferente del nuestro. Sólo lo es
prácticamente en los resultados. Los límites del animal no se deben a
la calidad de su cerebro, sino a la forma de su cuerpo. El acto del
animal está limitado por su forma corporal y por su medio, lo que le
deja poca amplitud para reflexionar. El raciocinio humano sería por lo
tanto para el animal una facultad totalmente inútil y sin objeto, que
no podría aplicar y que le haría más daño que beneficio.
Por otra parte, el hombre debe poseer esa capacidad porque ejerce su
discernimiento en el uso de herramientas y armas, porque escoge en
función de condiciones particulares. Si quiere matar a un ágil ciervo
usa arco y flechas; si se encuentra con un oso usa el hacha, si quiere
abrir una fruta dura usa un mazo. Cuando le amenaza un peligro, el
hombre debe decidir si huye o si lucha con sus armas. Poseer un
espíritu alerta es propio de la movilidad del mundo animal en general,
pero la capacidad de reflexionar le es indispensable al hombre para el
uso de herramientas artificiales.
La poderosa conexión entre pensamientos, lenguaje y herramientas,
imposible cada una de estas facultades sin las demás, muestra que
debieron desarrollarse al mismo tiempo. El cómo se produjo ese
desarrollo sólo pueden ser suposiciones. Sin duda fue un cambio en las
circunstancias de la vida que hizo que un animal simiesco fuera el
antepasado del hombre. Tras haber emigrado de la selva, hábitat
originario de los monos, hacia las sabanas, el hombre debió sin duda
amoldarse a un cambio de vida total. La diferencia entre las manos
para agarrar y los pies para correr debió desarrollarse entonces. Este
ser traía de sus orígenes las dos condiciones fundamentales para un
progreso hacia un nivel superior: la sociabilidad y la mano simiesca,
bien adaptada para agarrar objetos. Los primeros objetos brutos,
piedras o palos, usados episódicamente en el trabajo común, les
llegaban involuntariamente a las manos que luego tiraban. Esto debió
repetirse instintiva e inconscientemente tan a menudo que acabó
dejando una huella en el espíritu de aquellos hombres primitivos.
Para el animal, la naturaleza que le rodea es un todo indiferenciado
de cuyos detalles no es consciente. No puede distinguir entre objetos
diversos pues le falta el nombre de sus distintas partes y de las
cosas mismas que nos permiten diferenciarlos. Es cierto que el entorno
no es inmutable. El animal reacciona apropiadamente ante los cambios
que significan "alimento" o "peligro", con acciones específicas. Sin
embargo, globalmente, la naturaleza permanece indiferenciada para el
animal y para la conciencia de nuestros antepasados más primitivos
debió ser más o menos igual. A partir de esa globalidad, el trabajo
mismo, contenido principal de la existencia humana, va imponiendo
progresivamente aquellos objetos utilizados en dicho trabajo. La
herramienta, que es a veces un objeto inanimado del mundo exterior y
que a veces actúa como un órgano de nuestro propio cuerpo, un objeto
inspirado por nuestra propia voluntad, se encuentra a la vez fuera del
mundo exterior y fuera de nuestro cuerpo, esas dimensiones evidentes
para el hombre primitivo de las que él no se da cuenta. A las
herramientas, ayudas tan importantes, se las designó de cierta manera,
quizás por un sonido que designaba al mismo tiempo una actividad
particular. Gracias a esa designación, la herramienta se separa del
resto del entorno. El hombre empieza así a analizar el mundo mediante
conceptos y nombres, aparece la conciencia de sí, se fabrican
intencionadamente objetos artificiales y se usan con pleno
conocimiento para el trabajo.
Ese proceso, muy lento, marca el comienzo de nuestra transformación en
hombres. En cuanto los hombres buscaron y utilizaron deliberadamente
objetos que sirvieran de herramientas, puede decirse que fueron
"producidas"; desde esa etapa a la de la fabricación de herramientas
no hay más que un paso. El hombre nació con el primer nombre y el
primer pensamiento abstracto. Quedaba por recorrer un largo camino:
las primeras herramientas brutas se diferencian ya por su uso; a
partir de la piedra puntiaguda se obtiene el cuchillo, la cuña, la
barrena y la lanza; a partir del palo se obtiene el mango. Y así el
hombre primitivo es capaz de enfrentarse a las fieras, a la selva y
aparece ya como el futuro rey del mundo. Con la mayor diferenciación
de las herramientas, que habrán de servir más tarde a la división del
trabajo, el lenguaje y el pensamiento adquieren formas más fecundas y
nuevas y, recíprocamente, el pensamiento lleva al hombre a usar mejor
sus herramientas, a mejorar las antiguas e inventar nuevas.
Vemos así cómo de una cosa se llega a otra. La práctica de las
relaciones sociales y de trabajo son la fuente de la técnica, del
pensamiento, de las herramientas y de la ciencia que se desarrollan
continuamente. Mediante su trabajo, el hombre primitivo simiesco se
elevó a la verdadera humanidad. El uso de las herramientas fue la gran
ruptura que iría en constante aumento entre hombres y animales.
IX. - Órganos animales y herramientas humanas
Es ahí donde vemos la diferencia principal entre seres humanos y
animales. En animal obtiene sus alimentos y vence a sus enemigos con
sus propios órganos corporales; el hombre hace lo mismo gracias a
herramientas artificiales. Órgano viene del griego organon que
significa también herramienta o instrumento. Los órganos son los
instrumentos naturales del animal, son su cuerpo. Las herramientas son
los órganos artificiales de los hombres. Lo que el órgano es al
animal, la mano y la herramienta lo son al hombre. Las manos y las
herramientas cumplen las funciones que el órgano animal debe realizar
solo. Por su estructura, la mano, especializada en coger y dirigir
herramientas varias se convierte en órgano adaptado a todo tipo de
labores; las herramientas son las cosas inanimadas que la mano agarra
cada una en su momento y que la transforman en un órgano con una gran
diversidad de funciones.
Con la división de esas funciones, se abre ante los hombres un amplio
campo de desarrollo que los animales no conocen. Puesto que la mano
humana puede usar herramientas diversas, puede combinar las funciones
de todos los órganos posibles que los animales poseen. Con la división
de esas funciones se abre ante los seres humanos un amplio campo de
desarrollo que los animales no conocen. Como la mano humana puede
utilizar herramientas diferentes, también puede combinar las funciones
de todos los órganos posibles que los animales poseen. Cada animal
está hecho y adaptado a un entorno y un modo de vida definidos. El
hombre, con sus herramientas, se adapta a todas las circunstancias y
está equipado para todos los entornos. El caballo está hecho para las
praderas, el mono para la selva. En la selva, el caballo estaría tan
desamparado como el simio que transportaran a una pradera. El hombre,
por su parte, usa el hacha en la selva y la azada en la pradera. Con
esas herramientas, el hombre puede abrirse un camino en todas las
regiones del planeta e implantarse por todas partes. Mientras que casi
todos los animales tienen que vivir en determinadas regiones, en
aquellas donde pueden satisfacer sus necesidades, no pudiendo vivir en
otras partes, el hombre, en cambio, ha conquistado el mundo entero.
Como un zoólogo lo decía en una ocasión, cada animal posee sus puntos
fuertes gracias a los cuales puede luchar por la existencia, y sus
propias debilidades que hacen de él una presa para otros y le impiden
multiplicarse. En esto, el hombre sólo tiene fuerza y ninguna
debilidad. Gracias a sus herramientas, el hombre es el equivalente a
todos los animales. Como sus herramientas no han quedado inalterables
sino que se han mejorado continuamente, el hombre se ha desarrollado
por encima de todos los animales. Con sus herramientas se ha hecho el
dueño de la creación entera, el Rey de la Tierra.
En el mundo animal también hay un desarrollo y un perfeccionamiento
continuos de los órganos. Pero ese desarrollo está ligado a los
cambios en el cuerpo del animal, que los hace muy lentos, un
desarrollo dictado por las leyes biológicas. En el desarrollo del
mundo orgánico, miles de años cuentan poco. El hombre, en cambio, al
haber transferido su desarrollo a objetos externos, pudo liberarse del
sometimiento a la ley biológica. Las herramientas pueden transformarse
rápidamente, la técnica avanza con una rapidez asombrosa en
comparación con el desarrollo de los órganos animales. Gracias a esta
nueva vía, el hombre pudo, a lo largo del corto período de unos
cuantos miles de años, ponerse por encima de los animales más
evolucionados mucho más que éstos con relación a los menos
evolucionados. Con la invención de herramientas artificiales se puso
en cierto modo fin a la evolución animal. El hijo del mono se ha
desarrollado a una velocidad fenomenal hasta una especie de poder
divino, ha tomado posesión de la Tierra, sometiéndola a su autoridad
exclusiva. La evolución del mundo orgánico, hasta entonces apacible y
sin tropiezos, deja de desarrollarse según las leyes de la teoría
darwiniana. Es el hombre el que actúa en el mundo de las plantas y los
animales, seleccionando, domando, cultivando; y es el hombre el que
rotura tierras. Transforma todo el entorno, creando nuevas formas de
plantas y de animales que corresponden a sus objetivos y a su
voluntad.
Eso explica, con la aparición de las herramientas, por qué el cuerpo
humano ya no cambia. Los órganos humanos son como eran, con la notable
excepción del cerebro. El cerebro humano debió desarrollarse en
paralelo con las herramientas; y, de hecho, vemos que la diferencia
entre las razas más evolucionadas de la humanidad y las anteriores
está precisamente en el contenido de su cerebro. Pero incluso el
desarrollo de este órgano debió cesar en cierta fase. Desde el inicio
de la civilización, algunas funciones se han ido retirando
continuamente del cerebro por medios artificiales; la ciencia se
conserva cuidadosamente en esas "granjas" que son los libros. Nuestra
facultad de raciocinio hoy no es superior a la de los griegos, los
romanos o los germanos, pero nuestro conocimiento se ha desarrollado
portentosamente y eso se debe, en gran parte, porque el cerebro se ha
descargado en sus sustitutos, los libros.
Ahora que hemos establecido la diferencia entre hombres y animales,
observemos cómo esos dos grupos están afectados por la lucha por la
existencia. No puede negarse que esa lucha sea el origen de la
perfección en la medida en que lo imperfecto quedaba eliminado. En ese
combate, los animales se acercaban siempre más a la perfección. Es sin
embargo necesario ser más preciso en la expresión y en la observación
de en qué consiste esa perfección. No podemos decir que sean todos los
animales los que luchan y se perfeccionan. Los animales luchan y
compiten entre sí mediante órganos particulares, aquellos que son
determinantes en la lucha por la supervivencia. Los leones no combaten
con el rabo; las liebres no confían en su vista; y el éxito de los
halcones no les viene del pico. Los leones realizan el combate gracias
a sus músculos (para abalanzarse) y sus mandíbulas; las liebres
cuentan con sus patas y sus oídos, los halcones con su vista y sus
alas. Y si ahora nos preguntamos qué es lo que lucha y compite, la
respuesta será: son los órganos los que luchan y, al hacerlo, se
perfeccionan cada vez más. La lucha la realizan los músculos y los
dientes en el león, las patas y los oídos en la liebre, la vista y las
alas en el halcón. En esta lucha se van perfeccionando los órganos. El
animal en su conjunto depende de esos órganos y comparte su suerte, la
de los fuertes que saldrán victoriosos y la de los débiles que serán
vencidos.
Planteémonos ahora la misma pregunta sobre el mundo humano. Los
hombres no luchan gracias a sus órganos naturales, sino por medio de
órganos artificiales, con la ayuda de herramientas (y armas, a las que
debemos considerar como herramientas). Aquí también se comprueba la
veracidad del principio de la perfección y de la eliminación de lo
imperfecto por medio de la lucha. Las herramientas entran en lucha y
eso lleva al perfeccionamiento cada vez mayor de ellas. Las
comunidades tribales que usaban las mejores herramientas y las mejores
armas, podían asegurar mejor su subsistencia y cuando entraban en
lucha directa con otra raza, la raza mejor provista de instrumentos
artificiales ganaba y exterminaba a los más débiles. Las grandes
mejoras de la técnica y de los métodos de trabajo en los orígenes de
la humanidad, como la introducción de la agricultura y la ganadería,
hicieron de los hombres una raza físicamente más sólida que sufre
menos de la rudeza de los elementos naturales. Las razas cuyo material
técnico se desarrolló más, podían cazar y someter a las que poseían un
material artificial menos desarrollado, pudiendo así acaparar las
mejores tierras y desarrollar su civilización. La dominación de la
raza ([3]) europea está basada en su supremacía técnica.
Vemos aquí que el principio de la lucha por la existencia, formulado
por Darwin y subrayado por Spencer, ejerce un efecto diferente sobre
los hombres y sobre los animales. El principio según el cual la lucha
lleva al perfeccionamiento de las armas utilizadas en los conflictos,
conduce a resultados diferentes en los hombres y en los animales. En
el animal lleva a un desarrollo continuo de los órganos naturales; es
la base de la teoría de la filiación, la esencia del darwinismo. En
los hombres, lleva a un desarrollo continuo de las herramientas, de
las técnicas y de los medios de producción. Y esto son los fundamentos
del marxismo.
Ahí aparece que el marxismo y el darwinismo no son dos teorías
independientes que se aplicarían cada una de ellas a su ámbito
específico sin ningún punto común. En realidad, las dos teorías se
basan en el mismo principio. Forman una unidad. La nueva dirección
tomada cuando apareció el hombre, la sustitución de los órganos
naturales por herramientas, hace que se exprese de manera diferente en
los dos ámbitos; el mundo animal se desarrolla según el principio
darwiniano mientras que, para la humanidad, es la teoría marxista la
que define la ley del desarrollo. Cuando los hombres dejaron el mundo
animal, el desarrollo de los instrumentos, de los métodos productivos,
de la división del trabajo y del conocimiento se transformaron en la
fuerza propulsora del desarrollo social. Fue esa fuerza la que hizo
surgir los diferentes sistemas económicos como el comunismo primitivo,
el sistema rural, los inicios de la producción mercantil, el
feudalismo y, ahora, el capitalismo moderno. Nos queda ahora situar el
modo de producción actual y de su superación en la coherencia
propuesta y aplicarles correctamente la posición de base del
darwinismo.
X. - Capitalismo y socialismo
La forma particular que toma la lucha darwiniana por la existencia
como fuerza motriz para el desarrollo en el mundo humano está
determinada por la sociabilidad de los hombres y su uso de las
herramientas. Los hombres realizan su lucha colectivamente, en grupos.
La lucha por la existencia, mientras que sí continúa entre miembros de
grupos diferentes, cesa entre los miembros del mismo grupo, y es
sustituida por la ayuda mutua y los sentimientos sociales. En la lucha
entre grupos, el bagaje técnico decide quién saldrá vencedor; la
consecuencia de esto es el progreso de la técnica. Esas dos
circunstancias tienen consecuencias diferentes bajo sistemas sociales
diferentes. Veamos de qué manera se manifiestan bajo el capitalismo.
Cuando la burguesía tomó el poder político e hizo del modo de
producción capitalista el modo dominante, empezó rompiendo las
barreras feudales y haciendo libre a la gente. Para el capitalismo,
era esencial que cada productor pudiera participar libremente en la
lucha competitiva sin que ningún vínculo trabara su libertad de
movimiento, sin que ninguna actividad fuera paralizada o frenada por
las normas gremiales, o trabada por estatutos jurídicos, pues sólo con
esta condición la producción podría desarrollar sus plenas
capacidades. Los obreros debían ser libres y no estar sometidos a
obligaciones feudales o gremiales, porque sólo como obreros libres
podían vender su fuerza de trabajo como mercancía a los capitalistas,
y sólo si son trabajadores libres podrían los capitalistas emplearlos
plenamente. Por esa razón eliminó la burguesía todos los vínculos y
compromisos del pasado. Liberó totalmente a la gente pero, al mismo
tiempo, las personas se encontraron totalmente aisladas y sin
protección. Antaño la gente no estaba aislada; pertenecía a un gremio,
vivían bajo la protección de un señor o de una comuna y ahí
encontraban la fuerza para sobrevivir. Formaban parte de un grupo
social ante el que tenían obligaciones y del que recibían protección.
Esas obligaciones la burguesía las ha suprimido; destruyó gremios y
corporaciones, abolió las relaciones feudales. La liberación del
trabajo quería también decir que el hombre ya no podría encontrar
refugio en ningún sitio y que ya no podía contar con los demás. Cada
uno sólo podía contar consigo mismo. Debía luchar solo contra todos,
libre de todo vínculo pero también sin la menor protección.
Por esa razón, bajo el capitalismo, el mundo humano se parece cada vez
más al mundo de los predadores y por esa misma razón los darwinistas
burgueses han buscado el prototipo de la sociedad humana en los
animales solitarios. Era su propia experiencia la que los guiaba. Su
error es que creen que las condiciones capitalistas son unas
condiciones eternas del hombre. La relación existente entre nuestro
sistema capitalista de competencia y los animales solitarios lo
menciona Engels en su obra Anti-Dühring de esta manera: "La gran
industria y el establecimiento del mercado mundial han universalizado
por último esa lucha, y le han dado al mismo tiempo una violencia
inaudita. El favor de las condiciones de producción naturales o
creadas decidía de la existencia entre los diversos capitalistas,
igual que entre enteras industrias y enteros países. El que pierde es
eliminado sin compasión. Es la lucha darwiniana por la existencia
individual, traducida de la naturaleza a la sociedad con una furia aún
potenciada. La actitud natural del animal se presenta así como punto
culminante de la evolución humana" (F. Engels, Anti-Düring, "3.
Cuestiones teóricas", http://www.marxists.org/espanol).
¿Por qué se lucha en la competencia capitalista?, ¿por qué cosa cuya
perfección decidirá la victoria?
Primero, los instrumentos técnicos, las máquinas. Se aplica aquí
también la ley de la lucha que conduce a la perfección. La máquina más
perfeccionada se adelanta a la que lo es menos, se eliminan las
máquinas de mala calidad y la pequeña herramienta, la técnica
industrial hace avances colosales hacia una productividad cada día
mayor. Esa es la verdadera aplicación del darwinismo a la sociedad
humana. Lo que le es particular es que, bajo el capitalismo, está la
propiedad privada y detrás de cada máquina hay alguien. Detrás de la
máquina gigantesca hay un gran capitalista y detrás de la pequeña hay
un pequeño burgués. Con la derrota de la máquina pequeña perece el
pequeño burgués con todas sus ilusiones y esperanzas. Al mismo tiempo,
la lucha es una carrera entre capitales. El gran capital es
evidentemente el mejor pertrechado; el gran capital vence al pequeño y
así sigue creciendo más y más. Esta concentración de capital socava el
propio capital pues va reduciendo la burguesía cuyo interés es
mantener el capitalismo, y hace aumentar la masa de quienes quieren
destruirlo. En ese desarrollo, una de las características del
capitalismo se va suprimiendo paulatinamente. En este mundo donde cada
uno lucha contra todos y todos contra uno, la clase obrera desarrolla
una nueva asociación, la organización de clase. Las organizaciones de
la clase obrera empiezan rompiendo la competencia entre los obreros,
uniendo sus fuerzas separadas en una gran fuerza para la lucha contra
el mundo "exterior". Todo lo que se aplica a los grupos sociales se
aplica también a esta nueva organización de clase, nacida de
circunstancias externas. En las filas de esta organización de clase,
se desarrollan, y son de destacar, las motivaciones sociales, los
sentimientos morales, el sacrificio de sí y la entrega al conjunto del
grupo. Esta sólida organización da a la clase obrera la gran fuerza
que necesita para vencer a la clase capitalista. La lucha de la clase
no es una lucha con herramientas, sino por la posesión de las
herramientas, una lucha por la posesión del aparato técnico de la
humanidad, que estará determinada por la fuerza de la acción
organizada, por la fuerza de la nueva organización de clase que está
surgiendo. A través de la clase obrera organizada aparece ya un
elemento de la sociedad socialista.
Consideremos ahora el sistema de producción futuro tal como existirá
en el socialismo. La lucha por el perfeccionamiento de las
herramientas, que ha marcado toda la historia de la humanidad, no
cesará. Como antes bajo el capitalismo, se dejarán de lado las
máquinas inferiores en beneficio de las superiores. Como antes, ese
proceso acarreará una mayor productividad del trabajo. Pero al haber
sido abolida la propiedad privada de los medios de producción, no
habrá un hombre detrás de las máquinas cuya propiedad reivindica y
cuyo destino comparte. La competencia entre máquinas no será sino un
simple proceso realizado por los hombres quienes, tras una
concertación racional sustituirán sencillamente las máquinas superadas
por otras mejores. Llamaremos lucha en un sentido metafórico a ese
progreso. Al mismo tiempo, cesará la lucha de unos hombres contra
otros. Con la abolición de las clases, el conjunto del mundo
civilizado se transformará en una gran comunidad productiva. Esta
comunidad será como cualquier otra comunidad colectiva. En una
comunidad cesa la lucha que oponía a sus propios miembros y sólo se
lleva a cabo contra el mundo exterior. Ahora bien, en lugar de
pequeñas comunidades, estaremos entonces ante una comunidad mundial.
Esto significa que cesa la lucha por la existencia en el mundo humano.
El combate hacia el "exterior" no será ya una lucha contra nuestra
propia especie, sino una lucha por la subsistencia, una lucha contra
la naturaleza ([4]). Pero gracias al desarrollo de la técnica y de la
ciencia ya no podrá llamarse lucha. La naturaleza está subordinada al
hombre, pero con pocos esfuerzos por su parte, aquélla podrá
proporcionarle medios en abundancia. Se abre entonces un nuevo camino
a la humanidad: la salida del hombre del mundo animal y su combate por
la existencia mediante herramientas llegará a su final. La forma
humana de la lucha por la existencia llega a su fin y se abre un nuevo
capítulo de la historia de la humanidad.
Anton Pannekoek, 1909
[1]) Esta idea está en, cambio, presente en la obra de Kautsky,
citada y elogiada por Pannekoek, La ética y el concepto materialista
de la historia, como lo ilustra la cita siguiente: "La ley moral es un
impulso animal y nada mas. De ahí le viene su carácter misterioso, esa
voz interior que no tiene lazo alguno con un impulso exterior, ni
ningún interés aparente; (...) La ley moral es un instinto universal,
tan poderoso como el instinto de conservación o de reproducción; de
eso saca su fuerza, su poder al que obedecemos sin reflexionar; de ahí
nuestra capacidad para decidir rápidamente, en algunos casos, si una
acción es buena o mala, virtuosa o dañina; de ahí también la fuerza de
decisión de nuestro juicio moral y la dificultad de demostrar su
fundamento racional cuando se intenta analizar". La antropología de
Darwin está, además, muy bien explicada en la teoría del "efecto
reversible de la evolución" desarrollada por Patrick Tort en su libro
L'effet Darwin : sélection naturelle et naissance de la civilisation
(Éditions du Seuil). Nuestros lectores podrán encontrar una
presentación de este libro en un artículo publicado en nuestra página
Web: "A propósito del libro L'effet Darwin: Una concepción
materialista de los orígenes de la moral y la civilización".
http://es.internationalism.org/node/2538.
[2]) Hay que decir que Darwin se da perfecta cuenta de esa escala
creciente de sentimientos de solidaridad en la especie humana cuando
escribe: "A medida que el hombre avanza en civilización, y las
pequeñas tribus se reúnen en comunidades más amplias, la razón más
simple debía aconsejar a cada individuo que debía extender sus
instintos sociales y sus simpatías a todos los miembros de una misma
nación, por muy desconocidos que le sean. Una vez alcanzado ese punto,
ya sólo queda una barrera artificial para impedir que sus simpatías se
extiendan a los hombres de todas las naciones y de todas las razas. Es
cierto que si esos hombres están separados de él por grandes
diferencias de apariencias exteriores o de costumbres, la experiencia
nos muestra que, por desgracia, es largo el tiempo antes de que los
miremos como nuestros semejantes" (El origen del hombre, cap. IV.)
(nota de la CCI).
[3]) Científicamente hablando, no existe raza europea. Dicho esto, el
hecho de que Pannekoek use el término "raza" para distinguir ese
subconjunto de seres humanos no es ni mucho menos una concesión a no
se sabe qué racismo. En este plano, se inscribe en la continuidad de
Darwin a quien el racismo indignaba y que se desmarcaba claramente de
las teorías racistas de científicos de su tiempo como Eugène Dally.
Por otra parte, hay que recordar que a finales del siglo xix y
principios del xx, el término "raza" no tenía la connotación que hoy
tiene, como testimonia el hecho de que algunos escritos del movimiento
obrero hablen incluso (impropiamente, claro está) de la raza de los
obreros (nota de la CCI).
[4]) La expresión "lucha contra la naturaleza" no es correcta. Se
trata de una lucha por dominar la naturaleza, estableciendo la
comunidad humana mundial que supone que ésta sea capaz de vivir en
armonía total con la naturaleza (nota de la CCI).
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