[R-P] [A.Pannekoek] Darwinismo y marxismo.(C)
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Vie Dic 25 21:15:14 MST 2009
Anton Pannekoek
Darwinismo y Marxismo (II)
El artículo que publicamos aquí es la segunda parte del folleto de
Anton Pannekoek, Marxismo y Darwinismo del que hemos publicado los
primeros capítulos en el número anterior de esta Revista. Esta segunda
parte explica la evolución del Hombre en tanto que especie social.
Pannekoek se refiere con razón al segundo gran libro de Darwin, El
origen del hombre (1871), afirmando claramente que el mecanismo de la
lucha por la existencia mediante la selección natural, desarrollada en
El origen de las especies no puede aplicarse esquemáticamente a la
especie humana como el propio Darwin lo demostró. En todos los
animales sociales y más todavía en el Hombre, la cooperación y la
ayuda mutua son la condición de la supervivencia colectiva del grupo
en cuyo seno no se elimina a los más débiles, sino que, al contrario,
se les protege. El motor de la evolución de la especie humana no es,
pues, la lucha competitiva por la existencia y la ventaja para los
individuos más adaptados a las condiciones del entorno, sino el
desarrollo de sus instintos sociales.
El folleto de Pannekoek demuestra que el libro de Darwin, El origen
del Hombre, desmiente categóricamente la ideología reaccionaria del
"darwinismo social" preconizado sobre todo por Herbert Spencer (y el
eugenismo de Francis Galton), el cual se servía del mecanismo de la
selección natural descrito en El origen de las especies, para dar una
especie de garantía científica a la lógica del capitalismo, basada en
la competencia, la ley del más fuerte y la eliminación de los "menos
aptos". A todos los "darwinistas sociales" de ayer y hoy (a los que
Pannekoek designa con la expresión "darwinistas burgueses"), Pannekoek
responde muy claramente, basándose en Darwin, que:
"Esto aclara de una manera muy diferente el modo de ver de los
darwinistas burgueses. Estos proclaman que sólo la eliminación de los
débiles es natural y que es necesaria para impedir la degeneración de
la raza. Y dicen por otro lado, que proteger a los débiles es
antinatural y contribuye en la decadencia la raza. ¿Y qué es lo que en
realidad vemos? En la propia naturaleza, en el mundo animal,
constatamos que se protege a los débiles, que estos no se mantienen
gracias a su propia fuerza personal, y que no se les separa a causa de
esa debilidad individual. Esto no debilita al grupo, sino que le da
una fuerza nueva. El grupo en el que la ayuda mutua se desarrolla
mejor es el más apto para protegerse en los conflictos. Lo que, según
el concepto obtuso de esos darwinistas, sería un factor de debilidad,
es en realidad lo contrario, un factor de fuerza contra el que los
individuos fuertes que realizan la lucha individualmente no podrían
competir"
En esta segunda parte de su folleto, Pannekoek examina también, con
gran rigor dialéctico, cómo la evolución del Hombre le permitió
apartarse de su animalidad y de ciertas contingencias del la
naturaleza, gracias al desarrollo conjunto del lenguaje, del
pensamiento y de las herramientas. Sin embargo, recogiendo el análisis
desarrollado por Engels en su artículo inacabado "El papel del trabajo
en el proceso de transformación del simio en hombre" (publicado en
Dialéctica de la naturaleza), tiende a subestimar el papel fundamental
del lenguaje en el desarrollo de la vida social de nuestra especie.
Este artículo lo redactó Pannekoek hace un siglo y, evidentemente, no
podía integrar los descubrimientos científicos recientes, en
particular en primatología. Los estudios recientes sobre el
comportamiento social de los simios antropoides nos permiten afirmar
que el lenguaje humano no se seleccionó en primer lugar para la
fabricación de herramientas (como parece pensarlo Pannekoek, siguiendo
a Engels) sino, primero, para consolidar los vínculos sociales, sin
los cuales los primeros seres humanos no habrían podido comunicar
especialmente para construir resguardos, protegerse de los predadores
y de las fuerzas de la naturaleza hostiles, y luego trasmitir sus
conocimientos de una generación a otra.
Aunque el texto de Pannekoek proporciona un marco muy bien argumentado
del proceso de desarrollo de las fuerzas productivas desde la
fabricación de las primeras herramientas, tiende a reducirlas a la
satisfacción de las necesidades biológicas del Hombre (saciar el
hambre especialmente), olvidándose así del surgimiento del arte (que
apareció muy pronto en la historia de la humanidad), etapa también
fundamental en la separación de la especie humana del reino animal.
Por otra parte si, como ya hemos visto, Pannekoek explica muy
sintéticamente pero con una claridad y una sencillez notables, la
teoría darwiniana de le evolución del Hombre, no va, a nuestro
parecer, lo bastante lejos en la comprensión de la antropología de
Darwin. No pone de relieve, en especial, que con la selección natural
de los instintos sociales, la lucha por la existencia seleccionó
comportamientos anti-eliminatorios que dieron origen a la moral ([1]).
Al realizar una ruptura entre moral natural y moral social, entre
naturaleza y cultura, Pannekoek no comprendió totalmente la
continuidad que hay entre la selección de los instintos sociales, la
protección de los débiles mediante la ayuda mutua, y todo lo que
permitió al Hombre entrar en el camino de la civilización. Fue
precisamente la extensión de la solidaridad y la conciencia de
pertenecer a la misma especie lo que permitió a la Humanidad, en
cierto estadio de su desarrollo, enunciar bajo el Imperio romano (como
lo menciona por otra parte el texto de Pannekoek) esta fórmula del
cristianismo: "Todos los hombres son hermanos".
Folleto de Anton Pannekoek (continuación)
VI. - Ley natural y teoría social
Las conclusiones falsas sacadas por Haeckel y Spencer sobre el
socialismo no son, ni mucho menos, sorprendentes. El darwinismo y el
marxismo son dos teorías diferentes, una se aplica al reino animal y
la otra a la sociedad. Se completan en el sentido de que el mundo
animal se desarrolla según las leyes de la teoría darwinista hasta la
etapa del hombre y a partir del momento en que éste se extrae del
mundo animal, es el marxismo el que expone la ley del desarrollo.
Cuando se quiere hacer pasar una teoría de un dominio a otro, para los
cuales se aplican leyes diferentes, lo único que se sacan son
deducciones erróneas.
Así ocurre cuando queremos descubrir, a partir de las leyes de la
naturaleza, qué forma social es natural y más acorde con la
naturaleza, y eso es exactamente lo que han hecho los darwinistas
burgueses. Han deducido de leyes que gobiernan el mundo animal, que es
donde se aplica la teoría darwiniana, que el orden social capitalista,
que estaría en conformidad con dicha teoría, es el orden natural y que
debe durar para siempre. Por otro lado, también había socialistas que
querían probar del mismo modo que el sistema socialista es el sistema
natural. Esos socialistas decían:
"Bajo el capitalismo, los hombres no llevan a cabo la lucha por la
existencia con armas idénticas, sino con armas artificialmente
desiguales. La superioridad natural de quienes son más sanos, más
fuertes, más inteligentes o mejores moralmente no podrá predominar en
manera alguna mientras el nacimiento, la clase social y sobre todo la
posesión de dinero determinen esa lucha. El socialismo, al suprimir
esas desigualdades artificiales, hace que las condiciones sean igual
de favorables para todos y sólo entonces la verdadera lucha por la
existencia prevalecerá, y en ella lo mejor de cada persona será el
factor decisivo. Según los principios darwinianos, el modo de
producción socialista será el verdaderamente natural y lógico".
Como crítica a las ideas de los darwinistas burgueses, esos argumentos
podrán ser no muy malos, pero son tan erróneos como éstos. Ambas
demostraciones opuestas son tan erróneas una como la otra, pues ambas
se basan en la misma premisa, superada ya hace mucho, y es que
existiría un único sistema social natural y lógico.
El marxismo nos ha enseñado que ni existe ni existirá nunca un sistema
social natural o, diciéndolo de otra manera, todo sistema social es
natural, pues cada sistema social es necesario y natural en unas
condiciones determinadas. No existe ningún sistema social que pueda
reivindicar el ser natural; los sistemas sociales se suceden unos a
otros en función del desarrollo de las fuerzas productivas. Cada
sistema es pues el sistema natural para su época en particular, como
el siguiente lo será para la época posterior. El capitalismo no es el
único orden natural, como lo cree la burguesía y ningún sistema
socialista mundial es el único orden natural como algunos socialistas
intentan demostrar. El capitalismo era natural en las condiciones del
siglo xix, como lo fue el feudalismo en la Edad Media, y como será el
socialismo en la fase de desarrollo futuro de las fuerzas productivas.
Intentar promover un sistema determinado como único sistema natural es
tan insustancial como decir que tal animal es el más perfecto de los
todos los animales. El darwinismo nos enseña que cada animal también
se adapta a su entorno particular. De igual modo, el marxismo nos
enseña que cada sistema social se adapta a sus condiciones y que, en
ese sentido, puede calificarse de bueno y perfecto.
Ahí está la razón por la que los intentos de los darwinistas burgueses
por defender el sistema capitalista decadente van a fracasar. Los
argumentos basados en la ciencia de la naturaleza cuando se aplican a
cuestiones sociales, desembocan casi siempre en conclusiones erróneas.
En efecto, mientras que la naturaleza no ha cambiado en sus grandes
líneas durante la historia de la humanidad, la sociedad humana, en
cambio, ha sufrido cambios rápidos y continuos. Para comprender la
fuerza motriz y la causa del desarrollo social, debemos estudiar la
sociedad como tal. El marxismo y el darwinismo deben cada uno
mantenerse en su propio ámbito; son independientes el uno del otro y
no existe ningún vínculo directo entre ellos.
Aquí surge una cuestión de la primera importancia. ¿Podemos quedarnos
en la conclusión de que el marxismo sólo se aplicaría a la sociedad y
el darwinismo sólo al mundo orgánico y que ni aquella ni esta teoría
podrían aplicarse al otro ámbito? Desde un punto de vista práctico es
muy cómodo tener un principio para el mundo humano y otro para el
mundo animal. Sin embargo, si adoptamos ese enfoque, nos olvidamos de
que el hombre también es un animal. El hombre se ha desarrollado a
partir del animal y las leyes que rigen el mundo animal no pueden, de
repente, perder su aplicación al hombre. Es cierto que el hombre es un
animal muy particular, pero si es así es necesario encontrar a partir
de esas mismas particularidades, por qué los principios aplicados a
todos los animales no se aplican a los hombres, o por qué adoptan una
forma diferente.
Tocamos aquí otro problema. A los darwinistas burgueses no se les
plantea ese problema; declaran simplemente que el hombre es animal y
se lanzan sin más reservas a aplicar los principios darwinianos a los
hombres. Ya hemos visto a qué conclusiones erróneas llegan. Para
nosotros la cuestión no es tan simple; debemos primero tener una
visión clara de las diferencias que existen entre hombres y animales y
luego, a partir de esas diferencias, debe deducirse la razón por la
que, en el mundo humano, los principios darwinianos se transforman en
principios totalmente diferentes, o sea, los del marxismo.
VII. - La sociabilidad del Hombre
La primera particularidad que observamos en el hombre es que es un ser
social. En esto no es diferente de todos los animales, pues entre
estos hay muchas especies que viven de manera social. Pero el hombre
difiere de todos los animales hasta ahora observados en la teoría
darwiniana, en que esos animales viven separadamente, cada uno para sí
y que luchan contra todos los demás para subvenir a sus necesidades.
No es a los animales predadores que viven de manera separada, que son
los modelos de los darwinianos burgueses, a los que debe compararse el
hombre, sino a los que viven socialmente. La sociabilidad es una
fuerza nueva a la que hasta ahora no hemos tenido en cuenta; una
fuerza que requiere nuevas relaciones y nuevas cualidades en los
animales.
Es un error considerar la lucha por la existencia como la fuerza única
y omnipotente que haya dado forma al mundo orgánico. La lucha por la
existencia es la fuerza principal que origina las nuevas especies,
pero el propio Darwin sabía muy bien que hay otras fuerzas que
cooperan y dan forma, hábitos y particularidades al mundo orgánico. En
su libro tardío, El origen del hombre, Darwin trató con detalle la
selección sexual, demostrando que la competencia de los machos por las
hembras dio origen a los colores variopintos de las aves y las
mariposas y también al melodioso trino de los pájaros. Y dedicó todo
un capítulo a la vida social. También hay muchos ejemplos sobre este
tema en el libro de Kropotkin, La ayuda mutua, factor de evolución. La
mejor exposición sobre los efectos de la sociabilidad se encuentra en
La ética y el concepto materialista de la historia de Kautsky.
Cuando cierta cantidad de animales vive en grupo, en rebaño o en
bandada, llevan en común la lucha por la existencia contra el mundo
exterior; en el interior, el grupo cesa la lucha por la existencia.
Los animales que viven socialmente ya no entablan combates entre sí en
los que sucumben los más débiles; ocurre lo contrario, los débiles
disfrutan de las mismas ventajas que los fuertes. Cuando unos animales
poseen la ventaja de un olfato más fino, una fuerza mayor o más
experiencia que les permite encontrar los mejores pastos o evitar al
enemigo, esas ventajas no sólo les favorecen a ellos sino al grupo,
incluidos los individuos menos dotados. El que los individuos menos
dotados se unan a los más capacitados les permite superar, hasta
cierto punto, las consecuencias de sus capacidades menos favorables.
Poner en común las diferentes fuerzas sirve al conjunto de los
miembros, proporciona al grupo un poder nuevo y mucho más importante
que el de un solo individuo, incluso el más fuerte. Gracias a esa
fuerza unida los animales herbívoros sin defensa pueden protegerse
contra los animales predadores. Sólo mediante esa unidad algunos
animales son capaces de proteger a sus crías. La vida social es
enormemente provechosa para todos los miembros del grupo.
Otra segunda ventaja de la sociabilidad viene de que cuando los
animales viven socialmente hay una posibilidad de división del
trabajo. Esos animales mandan avanzadillas o ponen centinelas cuya
tarea es proteger la seguridad de todos, mientras que otros siguen
pastando o cosechando tranquilamente pues cuentan con sus vigías para
ser advertidos si hay peligro.
Una sociedad animal así se convierte, en ciertos aspectos, en una
unidad, un solo organismo. Evidentemente, sus relaciones son mucho más
laxas que las existentes entre las células de un solo cuerpo animal;
en efecto, los miembros siguen siendo iguales entre sí - sólo entre
las hormigas, las abejas y otros pocos insectos se desarrolla una
diferenciación orgánica - y son capaces, en condiciones más
desfavorables evidentemente, de vivir aislados. Sin embargo, el grupo
se transforma en un cuerpo coherente, y debe existir cierta fuerza que
vincula a los diferentes miembros entre sí.
Esa fuerza no es otra que las razones sociales, el instinto social que
mantiene a los animales reunidos, que les permiten que el grupo se
perpetúe. Cada animal debe poner el interés del grupo por encima de
los suyos propios; debe actuar siempre instintivamente en beneficio
del grupo sin consideración por sí mismo. Si cada herbívoro débil sólo
pensara en sí mismo huyendo cuando lo ataca una fiera, el rebaño
reunido se vuelve a desperdigar. Solo cuando el impulso fuerte del
instinto de conservación es frenado por el impulso más fuerte de la
unión, cuando cada animal arriesga su vida por proteger la de todos,
sólo entonces el rebaño resiste y se aprovecha de las ventajas de
mantenerse agrupado. El sacrificio de sí, el valor, la entrega y la
fidelidad deben surgir de esta manera, pues allí donde esas cualidades
no existen, se disuelve la cohesión. La sociedad no puede existir
donde no existen esas cualidades.
Esos instintos, por mucho que tengan su origen en los hábitos y la
necesidad, se refuerzan con la lucha por la existencia. Cada rebaño
animal está en competencia permanente con los mismos animales de un
rebaño diferente; los rebaños mejor adaptados para resistir al enemigo
sobrevivirán y los menos dotados desaparecerán. Los grupos en los que
el instinto social se desarrolla mejor podrán mantenerse mejor,
mientras que el grupo en el que el instinto social se ha desarrollado
poco acabará siendo una presa fácil para sus enemigos o no será capaz
de encontrar los pastos necesarios para su supervivencia. Esos
instintos sociales se convierten así en los factores más importantes y
decisivos que determinan quién sobrevivirá en la lucha por la vida.
Por eso se ha puesto a los instintos sociales en el lugar más elevado
de los factores predominantes en la lucha por la supervivencia.
Esto aclara de una manera muy diferente el modo de ver de los
darwinistas burgueses. Estos proclaman que sólo la eliminación de los
débiles es natural y que es necesaria para impedir la degeneración de
la raza. Y dicen por otro lado, que proteger a los débiles es
antinatural y contribuye en la decadencia la raza. ¿Y qué es lo que en
realidad vemos? En la propia naturaleza, en el mundo animal,
constatamos que se protege a los débiles, que estos no se mantienen
gracias a su propia fuerza personal, y que no se les separa a causa de
esa debilidad individual. Esto no debilita al grupo, sino que le da
una fuerza nueva. El grupo en el que la ayuda mutua se desarrolla
mejor es el más apto para protegerse en los conflictos. Lo que, según
el concepto obtuso de esos darwinistas, sería un factor de debilidad,
es en realidad lo contrario, un factor de fuerza contra el que los
individuos fuertes que realizan la lucha individualmente no podrían
competir. La raza, pretendidamente degenerante y corrompida, se lleva
la victoria confirmándose en la práctica que es la más hábil y la
mejor.
Aquí vemos primero hasta qué punto las afirmaciones de los darwinistas
burgueses son obtusas, reveladoras de mentes estrechas y no
científicas. Hace derivar sus leyes naturales y sus conceptos de lo
que es natural en una parte del mundo animal a la que menos se parece
el hombre, la de los animales solitarios, mientras que dejan de lado
la observación de los animales que viven prácticamente en las mismas
circunstancias que el hombre. La explicación puede encontrarse en sus
propias condiciones de vida; pertenecen a una clase en la que cada uno
está en competencia individual con los demás, de modo que no ven en
los animales más que la forma de la lucha por la vida que se parece a
la lucha de la competencia burguesa. Por eso desdeñan las formas de
lucha que son de la mayor importancia para los humanos.
Cierto es que los darwinistas burgueses son conscientes de que todo,
en el mundo animal como en el humano, no se reduce a puro egoísmo. Los
científicos burgueses dicen a menudo que en todo humano conviven dos
sentimientos: el egoísta o amor de uno mismo y el altruista o amor de
los demás. Pero como no conocen el origen social de ese altruismo, no
pueden comprender ni sus límites ni sus condiciones. El altruismo,
para ellos, es una idea muy imprecisa que no saben manejar.
Todo lo que se aplica a los animales sociales puede aplicarse también
al hombre. Nuestros antepasados se parecían a los simios y los hombres
primitivos que les sucedieron eran animales débiles, sin defensa, que,
como todos los monos vivían en tribus. En ellos debieron aparecer los
mismos impulsos y los mismos instintos sociales que más tarde, en el
hombre, se desarrollarían con la forma de sentimientos morales. Es
algo evidente y conocido de todos que nuestras costumbres y nuestra
moral no son otra cosa sino sentimientos sociales, sentimientos que
encontramos en animales; Darwin también habló ya de "costumbres
relacionadas con sus comportamientos sociales que en el hombre se
llamará moral". La diferencia estriba únicamente en el grado de
conciencia; en cuanto esos sentimientos sociales se vuelven
conscientes para los hombres, toman el carácter de sentimientos
morales. Vemos aquí que la idea moral - que los autores burgueses
consideran como la diferencia principal entre hombres y animales- no
es algo propio de los hombres, sino que es un producto directo de las
condiciones existentes en el mundo animal.
El que los sentimientos morales no se extiendan más allá del grupo
social al que el animal o el hombre pertenecen se debe a la naturaleza
de sus orígenes. Esos sentimientos están al servicio de la finalidad
práctica de preservar la cohesión del grupo; más allá, son inútiles.
En el mundo animal, la extensión y la naturaleza del grupo social
están determinadas por las circunstancias de la vida, y, por lo tanto,
el grupo sigue siendo casi siempre el mismo. En los hombres, en
cambio, los grupos, las unidades sociales, están siempre cambiando en
función del desarrollo económico, y esto también cambia el ámbito de
validez de los instintos sociales.
Los antiguos grupos, en su origen tribus salvajes, estaban más unidos
que los grupos animales no solo porque estaban en competencia con
otros, sino porque se hacían directamente la guerra. Los vínculos
familiares y un lenguaje común reforzaron más tarde esa unidad. Cada
individuo dependía enteramente del apoyo de la tribu. En esas
condiciones, los instintos sociales, los sentimientos morales, la
subordinación del individuo al conjunto se desarrollaron al máximo.
Con el desarrollo posterior de la sociedad, las tribus se disolvieron
en entidades económicas más amplias, formándose pueblos y uniéndose en
poblaciones mayores.
Y nuevas sociedades sucedieron a las antiguas y los miembros de esas
entidades prosiguieron la lucha por la existencia en común contra
otros pueblos. El tamaño de esas entidades aumenta en una proporción
equivalente a la del desarrollo económico, debilitándose la lucha de
cada uno contra los demás, extendiéndose los sentimientos sociales. A
finales de la antigüedad, por ejemplo, todos los pueblos conocidos en
torno al Mediterráneo forman entonces una unidad, el Imperio romano.
Aparece entonces también la doctrina que amplía los sentimientos
morales a la humanidad entera y formula el dogma de que todos los
hombres son hermanos.
Cuando observamos nuestra propia época, nos damos cuenta de que
económicamente todos los pueblos forman cada vez más una unidad, por
muy débil que ésta sea. Por consiguiente, reina un sentimiento
-relativamente abstracto, eso sí - de una fraternidad que engloba al
conjunto de pueblos civilizados. El sentimiento nacional, sobre todo
en la burguesía, es aún más fuerte, pues las naciones son las
entidades que sirven a la lucha constante de una burguesía con otra.
Los sentimientos sociales son más fuertes hacia quienes pertenecen a
la misma clase, pues las clases son las unidades sociales esenciales,
que encarnan los intereses convergentes de sus miembros. Vemos así
cómo cambian las entidades sociales y lo sentimientos sociales en la
sociedad humana según el progreso del desarrollo económico ([2]).
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