[R-P] Prólogo del libro de Salvador Ferla: Historia Argentina con drama y humor
Lizardo Sánchez
lizardosanchezcordoba en yahoo.com.ar
Jue Dic 17 12:54:12 MST 2009
Me tomo la libertad y el rato para llamar la atención sobre Salvador Ferla, un olvidado.
Alguna vez que pueda, tenga rato, esté aburrido, se me haya lavado el mate y me funcione el escáner enviaré a la lista su artículo “El complejo de barbarie” publicado en la revista Todo es Historia de abril de 1974.
Si el Tito Bardini lee esto lo invito a que haga rodar su nombre en la Universidad nacional de Lanús, quizás puedan aprovecharlo como se aprovecha a nuestros pensadores, pensando sobre lo que ellos han pensado.
Del mensaje enviado por Patricia basta leer los siguientes párrafos para entender su aporte y originalidad:
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Por eso el cartabón o patrón valorativo que utilizo es el pueblo. El pueblo como sujeto y objeto, como medio y fin: el pueblo presente o ausente, protagonista o víctiva. Pude haber optado por "el progreso", "la patria", "la civilización", o remitirme a una imprecisa escatología religiosa: pero todas estas estimables categorías me resultas abstractas comparadas con la del pueblo sufriente y doliente. Me propongo una historia populista, convencido de que la redención social de quienes necesitan ser redimidos, la reparación en fin del mal que la historia ha causado en los humildes, constituye la más alta finalidad.
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Propongo una historia de problemas desde el punto de vista del pueblo. Una historia esencialmente democrática. Porque el pueblo ES la democracia.
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Los objetivos de nuestra historiografía actual deben ser estos: llevar al primer plano a las masas populares y recomponer la unidad espiritual de la antigua Patria hispanoamericana. En consecuencia, me propongo una historial socialmente desde abajo, geográficamente desde el interior, políticamente a partir de la patria grande futura. Las primeras historias que se escribieron en el mundo fueron épicas: contaban aquello que merecía ser contado por su carácter heroico o fantástico. Hoy la historia debe ser social, porque hoy creemos que lo que merece ser contdo son los problemas del hombre, como individuo, como comunidad y como humanidad.
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Y hasta alcanza a pegarle a Pigna antes de que este apareciera en el horizonte:
Pero es honesto clarar que hay dos niveles de revisionismo. En uno, que ha regido siempre sin objeción, se discute si fue la Junta o Moreno quien creó "La Gaceta"; si los reunidos en la Plaza Mayor, el 25 de mayo, llevaban o no paraguas, y cuáles eran los colores de las cintitas que repartían French y Beruti, si es que las repartían y si es que eran de colores. En esta dimensión el revisionismo no habría producido nunca un enfrentamiento historiográfico ni engendrado dos escuelas opuestas. El choque se produjo cuando se hizo un cuestionamiento global de la historia y su moraleja; cuando se hizo, desde la perspectiva del siglo XX, la crítica del siglo XIX. Porque el oficialismo cultural acepta discutir cuanto se quiera sobre paraguas, cintitas, bibliotecas y gacetas, pero no cambiar de filosofía de la historia.
Lizardo Sánchez
RESPUESTA A:
[R-P] Prólogo del libro de Salvador Ferla: Historia Argentina con drama y humor
Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Jue Dic 17 10:51:36 MST 2009
José María Rosa suele ilustrar la importancia de la historia con estas palabras: "Una sociedad no es una entelequia a desarrollar fuera del tiempo, una máquina que se construyese pieza a pieza. Una sociedad es un cuerpo real y vivo, con raíces que se clavan en el pasado y ramas que se dirigen hacia arriba".
Juan Bautista Alberti, agudo y esclarecido en su ancianidad, escribió: "Entre el pasado y el presente hay una filiación tan estrecha que juzgar el pasado, no es otra cosa que ocuparse del presente. Si así no fuera, la historia no tendría interés ni objeto. Falsificad el sentido de la historia y pervertís por el hecho toda la política". Cicerón la llamó "maestra de la vida". ¡De haberlo sido realmente viviríamos en el mejor de los mundos! Por eso, adhiero a los conceptos transcriptos con una importante salvedad. La pedagogía de la historia es siempre imperfecta, porque así como en el regimen republicano el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes, la historia no habla sino por intermedio de los historiadores. Los hechos no varían pero se nos presentan con el lenguaje, la sintaxis, la ortografía de su relator, dicen lo que él quiere que digan, según los ordena, los valora, los subraya o los deja perder en la
intrascendencia, con una intención o con una consecuencia que no puede ser otra que la de formar en el lector idéntico criterio valorativo.
Aquello del "juicio inapelable de la historia", no es más que un difundidísimo pero inconsistente lugar común. La historia no es un tribunal que da sentencias y menos aún con carácter de inapelables. Puede aspirar a convertirse en una memoria ordenada y razonada de los pueblos, una consciente y actuante experiencia colectiva. pero aún no ha llegado a eso. Por ahora simplemente ayuda a comprender el pasado y a través del pasado el presente.
Toda historia es dramática. Porque la dramaticidad es una cualidad específica de la vida humana; es el precio de la inteligencia. La dramaticidad es también el resultado de la naturaleza conflictiva del fenómeno humano llamado civilización. Este tiene dos caras, dos dialécticas. En una el hombre dialoga con la naturaleza y la domina, la penetra. En otra, el hmbre explota y oprime al hombre. por eso las civilizaciones nacen enfermas del complejo de culpa. Tenemos pues dos orígenes específicos de la dramaticidad de lo histórico: la inteligencia y la civilización.
Toda historia es contemporánea. Salvo en el orden religioso, no hay verdades eternas. Todas son relativas y coyunturales, pues nuestro modo de conocer y valorar está condicionado por la situación y su perspectiva. Ningún historiador puede evadirse de ese condicionamiento que le crean la herencia cultural, la problemática de su tiempo, y la perspectiva del futuro. Y en la hipótesis absurda de que alguien pudiera historiar desde una altura mental que lo pusiera a salvo de toda contaminación de la realidad circundante, el resultado sería una expresión estática carente de finalidad social. Toda historia contiene elementos de contemporaneidad y parcialidad puestos en ella consciente o inconscientemente por el historiador, y es bueno y necesario que así sea porque ese es el ingrediente indispensable para vivificarla.
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En el mundo antiguo circuló en distintas versiones una leyenda significativa, la del niño desvalido que se vuelve poderoso. Un niño abandonado en las orillas del Tíber llega a ser el fundador de Roma; otro niño depositado en una canasta en la ribera del Nilo se convierte, ya adulto, en el libertador del pueblo israelita. Y el bebé a quien Herodes quería asesinar, resultó ser nada menos que el Hijo de Dios. La moraleja es: ¡Cuidado con maltratar al débil, al pequeño, al indefenso!... ¡Puede ser un genio, un rey o el mismísimo Dios!... Esta simbología del débil que se levanta triunfal de la abyección en que injustamente fuera arrojado por la arrogancia y la sensualidad de los poderosos, nos indica cuál debe ser nuestra principal pauta valorativa en materia histórica. La civilización nació enferma del complejo de culpa. La historiografía debe ayudar a curarla concientizándola sobre las causas de ese complejo.
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Por eso el cartabón o patrón valorativo que utilizo es el pueblo. El pueblo como sujeto y objeto, como medio y fin: el pueblo presente o ausente, protagonista o víctiva. Pude haber optado por "el progreso", "la patria", "la civilización", o remitirme a una imprecisa escatología religiosa: pero todas estas estimables categorías me resultas abstractas comparadas con la del pueblo sufriente y doliente. Me propongo una historia populista, convencido de que la redención social de quienes necesitan ser redimidos, la reparación en fin del mal que la historia ha causado en los humildes, constituye la más alta finalidad.
Adopto en esto una posición rigurosamente evangélica. No fue por casualidad que el Señor eligió a los elementos marginales de la sociedad de su tiempo para dirigirle su mensaje. No fue por casualidad que el mensaje fructificara en el mundo del proletariado esclavo. Desde la perspectiva de los pobres se descubrió al Dios Verdadero. Desde ella también se descubre la verdad histórica.
Con este criterio pienso que la actitud frente al pueblo es un medio mucho más eficaz que el análisis ideológico o el inventario de obras materiales realizadas para juzgar y valorar a los personajes históricos. De ahí que como antítesis del individualismo liberal y como variante de la hermenéutica marxista, esencialemente económica, trazo una línea que arranca de Murillo y se continúa en Artigas, Dorrego, Rosas, Yrigoyen y otro que voy a mencionar después, que es una línea humana configurada por la actitud vital de estos personajes frente a las masas populares, su asimilación psicológica y su nexo efectivo con ellas, lo cual les confiere una representación arquetípica mucho más importante que la jurídico-institucional. Dorrego era capaz de alternar con gauchos, indios, negros, y esa capacidad o su ausencia, es la que realmente distinguió a saavedristas y morenistas, unitarios y federales, en una dimensión histórica totalmente
descuidada por los historiadores.
Propongo una historia de problemas desde el punto de vista del pueblo. Una historia esencialmente democrática. Porque el pueblo ES la democracia.
Los objetivos de nuestra historiografía actual deben ser estos: llevar al primer plano a las masas populares y recomponer la unidad espiritual de la antigua Patria hispanoamericana. En consecuencia, me propongo una historial socialmente desde abajo, geográficamente desde el interior, políticamente a partir de la patria grande futura. Las primeras historias que se escribieron en el mundo fueron épicas: contaban aquello que merecía ser contado por su carácter heroico o fantástico. Hoy la historia debe ser social, porque hoy creemos que lo que merece ser contdo son los problemas del hombre, como individuo, como comunidad y como humanidad.
En ocasión de una visita que nos hiciera el célebre historiador inglés Arnold Toynbee, manifestó su extrañeza al enterarse de que existía aquí una escuela histórica revisionista contrapuesta a otra que apaarentemente no lo era. La historia es revisionista por naturaleza, pontificó el maesto. En efecto, revisar la historia es tarea fundamentalmente del oficio de historiador. La historia se hace y se rehace permanentemente, como la vida. Cuando Tito Livio escribió que la loba que amamantó a Rómulo y Remo no era un animal sino una puta a la que llamaban "la loba", estaba haciendo revisionismo. Pero es honesto clarar que hay dos niveles de revisionismo. En uno, que ha regido siempre sin objeción, se discute si fue la Junta o Moreno quien creó "La Gaceta"; si los reunidos en la Plaza Mayor, el 25 de mayo, llevaban o no paraguas, y cuáles eran los colores de las cintitas que repartían French y Beruti, si es que las repartían y si es que eran
de colores. En esta dimensión el revisionismo no habría producido nunca un enfrentamiento historiográfico ni engendrado dos escuelas opuestas. El choque se produjo cuando se hizo un cuestionamiento global de la historia y su moraleja; cuando se hizo, desde la perspectiva del siglo XX, la crítica del siglo XIX. Porque el oficialismo cultural acepta discutir cuanto se quiera sobre paraguas, cintitas, bibliotecas y gacetas, pero no cambiar de filosofía de la historia.
Esto no lo puede saber por anticipado un visitante extranjero por más talento que tenga, ni algunos historiadores nuestros que siempre parecen visitantes extranjeros. Nuestro revisionismo es un caso especial y particular. Cuando el régimen liberal argentino entró en crisis, en la década del 30, la búsqueda de la raíz de esta crisis engendró el revisionismo histórico que es la reexaminación del pasado desde la perspectiva de esa crisis. Tenía antecedentes y precursores, como Saldías y Quesada, pero no podían formar escuela ni adquirir militancia porque no tenían el contorno sociocultural adecuado y no habían empalmado con una necesidad política. Por eso el primitivo revisionismo era esencialmente heurístico, aunque no podía evitar algunas conclusiones, y este nuestro vigente revisionismo, es fundamentalmente hermenéutico a pesar de sus aportes documentales.
En la década del 30, llamada "infame" por un patriota apasionada, la historia comienza a ser cuestionada desde la misma actitud polítca que cuestiona las relaciones con Gran Bretaña y las posibilidades de desarrollo en el marco de lo que hasta entonces había sido una aparentemtne espontánea vocación agraria. Se hizo añicos la imagen de una Argentina victoriosa por su condición de granero del mundo, y en una curiosa inversión valorativa la misma premisa -el ser granero- que antes inspirara orgullo nacional, ahora engendraba desaliento y frustración.
Un grupo de jóvenes intelectuales (Sierra, Ibarguren, Irazusta, Palacio) fieles creyentes de "la hora de la espada" profetizada por Lugones, se sintieron decepcionados por el estrepitoso fracaso de la dictadura de Uriburu, y razonaron que el gobierna nacionalista no se crea con espadas sino con conciencia nacional. Descubieron entonces la más importante dimensión de nuestra problemática política y cultura: nuestro estado de dependencia colonial, explícitamente admitido por el vicepresidente Roca cuando para inducir a los ingleses a suscribir un nuevo convenio de carnes, no encontró mejor argumento que recordarles que la Argentina, desde un punto de vista económico integraba el Imperio Británico, cosa que, por supuesto, los ingleses ya sabían.
Raúl Scalabrini Ortiz hizo luego el aporte más trascendente a este descubirmiento al hacer la historia de los ferrocarriles y del empréstito Baring, con una conclusión que sintetizó así: Somos un país sin realidad. (Es decir, sin conocimiento o sin conciencia de su realidad íntima, verdadera.) Añadiendo esta impactante revelación: El capital británico invertido en el país no es más que la contabilización a favor de Inglaterra del trabajo argentino.
A este descubrimeinto le siguió otro de gran envergadura e íntimamente ligado al anterior: el de la destrucción deliberada del viejo país criollo, el país de Murillo, de Artigas, Rosas y Peñaloza, y que con él se había perdido nuestra conciencia nacional como elemento activo, dinámico, operante; porque en el concepto nación con el que se construyó la nueva Angentina presuntamente europea, se excluyó nada menos que el pasado y la raza, el pueblo y la tierra. El revisionismo se propuso reivindicar al Viejo País convencido de que su nostalgia y la solidaridad con él serían factores decisivos para resucitar la indispensable conciencia nacional, y que la recreación dramatizada de la muerte de la patria vieja constituiría un valiosísimo instrumento de educación cívica. Este revisionismo, por lo tanto, no es una posición académica sino un movimiento cultura de hondo contenido político, que aspira a suscitarle a la Argentina criolla una
continuidad. En el marco de nuestra aún vigente sujeción colonial es una herramienta de liberación tendiente a recuperar nuestro SER histórico. En él hay tendencias, matices y sectarismos; pero su punto de unidad está en estos dos elementos que son su esencia y su gloria: la toma de conciencia de nuestra sujeción colonial, y la reivindicación de la Argentina criolla como premisas insustituibles para elaborar una política nacional, cualquiera sea el modelo político que se proyecte."
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