[R-P] [Antonio Caballero] Piratas y emperadores
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Sab Abr 25 07:02:04 MDT 2009
Gentileza Bob Weiss
Semana – Colombia - 24.04.2009
Opinión
Piratas y emperadores
/¿De dónde salen las armas que esgrimen los pobres piratas somalíes? Los
reciben de aquellos mismos a quienes piratean./
Antonio Caballero
Ahora resulta que los enemigos de la civilización y de la globalización
son los piratas, los pobres piratas somalíes del océano Indico. En este
momento los persiguen flotas de los Estados Unidos, Francia, Gran
Bretaña, España y Alemania. Y ellos secuestran petroleros y buques
mercantes de Noruega y de Grecia, de Holanda, de Malasia, de Gran
Bretaña y de la isla de Saint Vincent: curiosamente, por una
coincidencia poética, buques con banderas de países que en otros tiempos
fueron piratas ellos mismos. En Saint Vincent y en la Tortuga se hacían
fuertes los 'Hermanos de la Costa' de los tiempos de los filibusteros
del Caribe, que eran ingleses y holandeses, y de Malasia venía el temido
Sandokán, y de Noruega los feroces piratas vikingos. No hubo piratas
italianos -salvo los que en sus tiempos capturaron nada menos que a
Julio César, y el Corsario Negro que inventó Emilio Salgari-, pero en
cambio el único barco italiano que en estos días recientes han capturado
los somalíes se llama 'Buccaneer', bucanero. Ya digo que en esta
historia moderna de piratas hay algo de justicia poética.
Y de justicia a secas, entendiendo por justicia no el imperio de la ley,
sino el equilibrio de las injusticias. Pues estos que llamo "pobres
piratas somalíes" son pobres y son piratas porque han sido reducidos a
la miseria y al único recurso de la piratería como resultado de que las
modernas flotas pesqueras de los países ricos que mencioné al principio
han devastado la pesca de sus aguas territoriales. Eran pescadores
artesanales, incapaces de competir en sus barcazas con las redes de
arrastre y los aparatos de sonar de sus ricos rivales. Y se quedaron sin
pescado. Pero en cambio tenían armas de sobra: las que les habían dejado
las grandes potencias en el curso de las varias guerras civiles
fomentadas por ellas en Somalia, como en toda el África, en su
competencia por la hegemonía mundial. ¿De dónde salen, si no, los
Kalashnikov y los M-16 y los fusiles Galil y las ametralladoras y los
lanzagranadas que esgrimen los pobres piratas somalíes? No los producen
ellos. Los reciben de aquellos mismos a quienes piratean, y por quienes
fueron pirateados sus bancos de pesca. Del mismo modo que -como acaban
de reconocer sucesivamente en México la secretaria de Estado Hillary
Clinton y el propio presidente Barack Obama- las armas de los narcos
mexicanos son compradas en las tiendas de los Estados Unidos. La
globalización se muerde la cola porque es redonda, como sabíamos desde
antes de que se empezara a popularizar la palabra.
Y todo se repite. Ahora Obama, que es el dueño del mundo, ordena que se
persiga a los piratas hasta bombardear "sus bases", que son los puertos
pesqueros de cuando todavía había pesca, y no sólo tanqueros de
petróleo, en la costa somalí. Así ordenó hace unos años George Bush
bombardear "las bases" de Al Qaeda y de los talibanes para vengar los
atentados de las Torres Gemelas de Nueva York, desencadenando las
guerras paralelas de Irak y Afganistán, que todavía no tienen fin. El
Julio César que mencioné más atrás, cuando fue liberado tras pagar
rescate por los piratas que lo habían mantenido secuestrado, procedió a
armar una pequeña flota para perseguirlos y acabó ahorcándolos. O
empezó. Pues de ahí siguió para sus guerras, la de España y la de las
Galias, y luego la civil contra Pompeyo, y después... etcétera.
Ya desde un par de siglos más atrás retumbaba en la historia el eco de
un diálogo entre Alejandro Magno y un pirata capturado no sé muy bien en
dónde, tal vez en las costas de Somalia. Le preguntó el poderoso
macedonio al pobre somalí:
—¿Por qué haces daño?
—Por lo mismo que tú -respondió el otro-. Lo que pasa es que como sólo
tengo un barquito, me llaman pirata. Y a ti, que tienes toda una flota
de guerra, te llaman emperador.
Eso es, al menos, lo que cuenta san Agustín.
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