[R-P] [Página 12] De Narváez:Política facial...
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Mar Abr 21 09:33:05 MDT 2009
SOBRE EL LENGUAJE DE FRANCISCO DE NARVAEZ.
Política facial
El habla del candidato de Unión-PRO como emergente de una sustitución:
el carácter complejo y conflictivo de lo biográfico y lo social
reemplazado por las expresiones prefabricadas del saber técnico
publicitario.
Por Horacio González *
Opinión
¿Vieron la publicidad de De Narváez en la televisión? Sí, una más de
un político que vende un sedativo, tranquilidad asegurada,
no-crispación. Pero no. No es solo eso. Lo que dice y el modo en que
lo dice es muy grave. Si me permiten exponerlo así: atenta contra la
seguridad. No cualquier seguridad –no le escapo a esa discusión–, sino
a una que nos interesa sobremanera. La seguridad de encontrarnos, en
medio de las divergencias propias de la historia nacional, en el
terreno del reconocimiento de un lenguaje socialmente vivo. Forjamos
nuestra propia lengua inmersos en ese lenguaje. En cambio, la del
señor De Narváez implica el fin de un ciclo histórico. La cancelación
del idioma social de la política que formó generaciones enteras de
ciudadanos.
Su cara higienizada, sus palabras balsámicas, su toque sosegado de
pastor sermoneando robóticamente al fin de la noche, hunden el modo
distintivo de la multívoca lengua nacional. No la lengua que
represente alguna identidad específica, sino la que con sus
implícitos, residuos y rezongos permite conocernos y disentir. La
lengua que faculta el trasiego y la agitación de las singularidades.
La que sostiene el modo de hablar real y lo que por ventura se escribe
en nuestros panfletos, poemas o novelas. Como indagación subjetiva o
como tañido legendario. Es esa lengua la que queda anulada cada vez
que De Narváez suelta sus frases torneadas en recámaras
especializadas.
No es de ahora, pero algo terrible ha sucedido y quizá no lo
percibimos. Pareciera que atravesamos el capítulo final de una forma
del habla política argentina. Escuchen la publicidad de De Narváez. Un
currículum etéreo: el padre, los hijos, la fortuna hecha trabajando.
Una receta de querubín: sumar y no confrontar, fórmulas fáciles de los
redactores de laboratorio. Y una paradoja patriarcal. “Vengo a ayudar”
dicho en primer lugar. Pero agrega: “ayúdenme”. Nunca nadie que haya
decidido “venir” dijo que lo hacía apenas para ayudar y encima
burlándose, pidiendo en seguida que lo ayuden. Lavativas verbales que
aparecen en el lugar de lo que sabemos que es lo político, en su
verdad profunda. Una convocatoria asumida en tanto riesgo liminar. En
cambio, el círculo ayudador-ayudado es superficial, ficticio. Esta
estructura cierra las intenciones colectivas. Destruye de por sí lo
político y todas las demás significaciones activas de la vida.
Este despojamiento autobiográfico sustituye a lo siempre problemático
de una existencia. ¿No tuvo la política argentina ejemplos de “vidas
problemáticas”? A ellas siempre nos atuvimos: la de Yrigoyen, Lisandro
de la Torre, Deodoro Roca, Perón, Cooke, Alfredo Palacios, Scalabrini
Ortiz, Alfonsín, vidas rugosas, repletas de alternativas y dilemas.
Pero ahora se nos anuncia el reinado de una homilía publicitaria
probada en los precintos de la construcción artificial de vidas. Con
ella se desea suplir la fuente misma de la política. ¡Otra que una
marca de cartera, un inocente perfume caro o una cosmética acentuada!
La fuente del vivir problemático quiere ser suplantada por el vivir
sin vibraciones. Algo turbio se cierne sobre el país. La biografía
televisiva de De Narváez es una efigie “aproblemática” pero
paradójica. Dice mucho pero no sabemos quién es. ¿Puede ayudar alguien
del que no sabemos cuáles fueron sus pliegues y vaivenes? Pero no, no
es un olvido. Es una omisión que implica toda una elección teórica,
casi una epistemología. Es que un fetiche ahora vacío, desvitalizado,
reemplazó el intercambio social por una red de ayuda: “vengo a
ayudar”, “ayúdenme”. Sí, escúchenlo bien y avergoncémonos. Esta
deshonra nosotros la permitimos, aceptando pasivamente que sea normal
que alguien hable de ese modo en las luchas políticas. Se trata de un
acto final de la lengua política recibida, con la que hablábamos de
trayectorias, programas y memorias. A este triste capítulo póstumo de
la política historizada, la sociedad argentina lo viene construyendo
paso a paso, a cada fracaso de la democracia efectiva, a cada avance
irresponsable de un conservatismo de sociedad cansada, con el miedo
tatuado en su pescuezo.
Cuando en una nación fracasa la lengua articulada con la que se fundó
la política, aparecen las pobres magias de alambique, tomadas de
discursos seudoevangélicos, pero pasados por siglos de venta
ambulante, metrajes copiosos de prédica publicitaria y
deshistorización brutal de los enunciados. Así operan los nuevos
monjes de trastienda que ayudan a los neo-políticos sin historia.
“Ayudar.” ¿No nos da vergüenza atrofiar en nombre del mero “ayudar”
las fuentes de la política, que descansan en el compromiso, la pasión
y la capacidad de afrontar la adversidad? A mí me gusta ayudar a un
amigo o a un peatón anónimo que tropieza en la vereda. Pero ese gentil
sentimiento se transforma en grajea innoble cuanto intenta sustituir
las inflexiones de la historia.
Nos insulta, señor De Narváez, cuando con su rostro seráfico nos
propone la ayudocracia en vez de la política de ideas. Su aire
angelical para anunciar el desmantelamiento nos evoca un aciago
fracaso colectivo. Nos propone el socorro mutuo en vez de la
discrepancia lúcida. Reinaría por doquier su acertijo vil –“vengo a
ayudar” para que me “ayuden”– en vez de la difícil interacción de los
pensamientos sociales en un mundo social quebrantado. La mentira
–escúcheme– no es una forma de conciencia ni una incoherencia buscada.
Es lo que puede mostrar la totalidad lisa de un rostro que nada sabe
de su potencial intimidatorio. Su política del rostro ni siquiera
puede verse como mala fe, pues tiene la fuerza de una candorosa
maniobra para clausurar legados y compromisos.
No tengo nada contra los tatuajes. Son narraciones de nuestra piel,
muchas veces profundas alegorías de nuestro tiempo que traemos a los
pobres territorios de nuestro cuerpo. Pero el alisamiento facial
absoluto, el hablar maquinal sin inflexiones, presupone que es
peligroso decir algo sustantivo y con marca de identidad social
reconocible. Con usted se palpa ese peligro, De Narváez. Lo único que
sorprende es el asomo de un tatuaje en su cuello, marca enigmática y
escénica de carácter conjetural. No es descifrable a simple vista
televisiva. Pero se avizora como la punta insinuante de un pañuelo
perfumado. Eso es lo amenazador, con buen perfume de tendero
afortunado, sobrador. Allí se muestra el peligro que su lengua
ascética de la ayudología se niega a revelar.
Esos ideogramas que asoman por el cuello de la camisa quizá sean los
nuevos jeroglíficos que anuncien cómo se organizará el Estado que
surgirá cuando los “no-crispados” triunfen, si triunfan. Bajo las
túnicas almidonadas y la fisonomía sin poros, emergen lateralmente los
místicos sellos epidérmicos. Advierten un nuevo cilicio social, en
nombre de la razón sin convulsiones. Una nueva intolerancia en nombre
de los alfileres de acero en el mapa de seguridad. Si no reaccionamos,
todo un país puede ser envuelto en su impotencia e incuria, marchando
alegremente hacia el fin de su propia historia.
Numerosísimos políticos peronistas, radicales o socialistas, con todos
sus achaques conocidos, habían conservado sin embargo ciertas huellas
de propiedad lingüística. En el corazón último de su charla todavía se
exhibía el guiño deshilvanado de sus convicciones. Ahora están
dispuestos a aceptar que las cosas están así, inodoras e insípidas.
Narvaizadas. Salidas de los púlpitos lúgubres de la televisión
profunda. No de la que hay que respetar, mejorar y en muchos casos
refundar. ¿Quieren el poder? ¿Dar por terminada la crispación?
Entonces, deberá ser válido para muchos políticos profesionales dejar
de ser ellos mismos, ya que toda una sociedad ha dado pasos
agigantados para saldar toda su historia en un espejo esterilizado.
Disipada, sin que nuevas denominaciones surgiesen.
Así, una asombrosa corriente de ideas ha sustituido el juego político
heredado, ese mismo que hay que transformar para que a su vez
transforme. Como en la tragedia griega, parecería que todo crimen
civil fuese manifestación de un destino inducido desde el vientre del
Estado. Su repercusión sin mediaciones debería arrasar al propio
Estado culposo. Quedaría, al fin, la policía. Con ello se liquida la
política, la legislación, la vida pública autónoma y la justicia en
nombre de un nuevo totalitarismo semántico. Veremos desfilar falanges
populares rezando por el credo reaccionario que destila un rostro sin
vestigios de ninguna historia. En el mejor de los casos, puede ser que
allí también reconozcamos el naufragio de la historia de todos
nosotros cada vez que estuvimos distraídos. Carentes de ideas.
Recelosos ante el compromiso y aceptando el monograma desabrido de los
mercaderes. Ese tatuaje con que se desea borrar todos los rastros
populares. Precisamente lo que hay que reconstruir.
* Sociólogo, ensayista, director de la Biblioteca Nacional.
Permalink:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-123583-2009-04-21.html
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular