[R-P] [Antonio Caballero] El clima de la corrupción

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Vie Abr 17 09:07:57 MDT 2009


["Muchas veces he clamado en vano desde esta columna en el desierto, no 
para pedir que los funcionarios no roben, pues se da ya por hecho que 
esa es su función, sino para pedir que roben sólo la mitad... Y lo que 
no es posible robar, por el motivo que sea, se deja abandonado en una 
bodega para que se pudra... Con tanta cosa pudriéndose en tantos sitios 
a la vez, no es de extrañar que esto hieda... Y en este país tan 
corrompido ya, el gobierno actual lleva trazas de convertirse en el más 
corrupto de la historia. Échenle, si no, una rápida ojeada a los 
periódicos de los últimos tiempos. Si se exceptúan las de asesinatos y 
secuestros, todas las noticias publicadas se refieren a algún caso de 
corrupción. Y estas incluyen las de desastres naturales"

A la pipeta!!! Es acaso la Dra. Carrió en un día normal? No. Es un 
periodista colombiano, que a diferencia de la Dra. Carrió demuestra la 
validez de sus afirmaciones en la misma nota de dode las hemos entresacado.

Y después plantea un asunto que -vistas las últimas movidas del 
macrismo/duhaldismo- habría que mirar desde el Plata: "¿por qué, en las 
encuestas, sigue este gobierno uribista recibiendo apoyo mayoritario? 
Buena parte de la respuesta reside en el hecho de que lo que se apoya de 
este gobierno no es la virtud, sino la eficacia. O, más exactamente, esa 
suma de brutalidad y publicidad que es percibida como eficacia, aunque 
en realidad no lo sea. Por otra parte, la corrupción no existe solamente 
en el uribismo"

Después hay muchas cosas discutibles. Pero no creo que convenga dejar de 
pensar en estos asuntos. "Una suma de brutalidad y publicidad que es 
percibida como eficacia"... Qué notable definición, no solo válida para 
Colombia.]


Gentileza Bob Weiss

Semana – COLOMBIA – 17.04.2009
Opinión

El clima de la corrupción
/Y lo que no es posible robar, por el motivo que sea, se deja abandonado 
en una bodega para que se pudra./
Antonio Caballero

Todos los desfalcos al erario son ahora de 46 mil millones, como el que 
tiene enredado al ex secretario general del Ministerio de Agricultura 
por un contrato en Corabastos. Y se cometen desfalcos desde cargos 
públicos de cuya existencia nadie tenía noticia, como ese del Contador 
General de la Nación que acabamos de conocer a causa de un desfalco. Sin 
él, probablemente a nadie se le hubiera ocurrido pensar que la Nación 
hacía cuentas: porque no lo parece. Y así sucede en todas las ramas del 
poder, y en todos sus escalones. Colombia ha sido un país bastante 
corrupto en los últimos decenios: muchas veces he clamado en vano desde 
esta columna en el desierto, no para pedir que los funcionarios no 
roben, pues se da ya por hecho que esa es su función, sino para pedir 
que roben sólo la mitad. ¿Se imaginan ustedes el aspecto que tendrían 
aquí las cosas si de cada 46 mil millones de pesos robados 23 mil 
millones se hubieran gastado honradamente? Pareceríamos Suiza. Pero 
nadie me ha hecho caso.

Y lo que no es posible robar, por el motivo que sea, se deja abandonado 
en una bodega para que se pudra: auxilios de emergencia para desplazados 
del invierno en la gobernación de Bolívar, donaciones de libros hechas 
al Congreso de la República como la de la biblioteca de Juan Lozano y 
Lozano (y ya veremos dentro de un par de años qué ha sucedido con la de 
Nicolás Gómez Dávila, que acaba de pasar a manos del Estado), equipos 
electrónicos como los que hace unos años se deshicieron de viejos sin 
haber sido estrenados en la Alcaldía de Bogotá. Así, desde la Casa de 
Nariño hasta la alcaldía del municipio más remoto, desde el Congreso de 
la República hasta el último centro de salud. Con tanta cosa pudriéndose 
en tantos sitios a la vez, no es de extrañar que esto hieda.

Y en este país tan corrompido ya, el gobierno actual lleva trazas de 
convertirse en el más corrupto de la historia. Échenle, si no, una 
rápida ojeada a los periódicos de los últimos tiempos.

Si se exceptúan las de asesinatos y secuestros, todas las noticias 
publicadas se refieren a algún caso de corrupción. Y estas incluyen las 
de desastres naturales: si los desbordamientos de los ríos se llevan 
pueblos enteros por delante es porque previamente han sido ilegalmente 
taladas las riberas para beneficio de algún funcionario (Debe ser eso lo 
que se llama la privatización del Estado).

Entonces ¿por qué, en las encuestas, sigue este gobierno uribista 
recibiendo apoyo mayoritario? Buena parte de la respuesta reside en el 
hecho de que lo que se apoya de este gobierno no es la virtud, sino la 
eficacia. O, más exactamente, esa suma de brutalidad y publicidad que es 
percibida como eficacia, aunque en realidad no lo sea. Por otra parte, 
la corrupción no existe solamente en el uribismo: si se acumula en él de 
modo más visible es simplemente por la razón mecánica, digamos, de que 
los corruptos se arriman al poder, que es en donde se puede medrar. 
Cuando la oposición alcanza alguna cuota de poder la acompaña de modo 
casi automático con la correspondiente cuota de corrupción, como hemos 
visto repetidamente en los últimos tiempos. Pero la verdadera razón es 
más preocupante. Consiste en que a los colombianos, en su inmensa 
mayoría, ha dejado de preocuparles la existencia de la corrupción. La 
consideran natural, aceptable, e incluso provechosa: no sólo para los 
corruptos directamente, y ni siquiera sólo para quienes aspiran a la 
oportunidad de corromperse, sino provechosa de una manera social y 
colectiva: como la satisfacción de una necesidad natural: esa 
“corrupción en sus justas proporciones” de que habló en sus tiempos el 
padre del actual Contralor General de la Nación, que es el funcionario 
encargado de controlar las cuentas. Tal vez despierten cierto asombro 
los robos de 46 mil millones de pesos, como el que mencioné al 
principio. Pero parece normal que, pongamos por caso, un agente de la 
Policía de tránsito redondee su salario insuficiente con uno que otro 
soborno. Y en ese clima de corrupción generalizada, o, más bien, en esa 
corrupción convertida en fenómeno climático, el escándalo está fuera de 
lugar.



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