[R-P] [Osvaldo Calello] El año de las plagas.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Mar Abr 14 21:46:58 MDT 2009
[Dice Calello:
" El gobierno de Cristina Fernández, como anteriormente lo fue el de
Néstor Kirchner, es la expresión de una pequeña burguesía de discurso
“progresista”, que en la práctica ajusta su política a los intereses
de las fracciones más concentradas del gran capital exportador.
Durante la mayor parte de los últimos seis años los negocios de las
siderúrgicas, automotrices, petroquímicas, agroindustrias, mineras y
petroleras han reportado ganancias extraordinarias, a favor del bajo
costo laboral y la sostenida demanda internacional, en medio de un
ciclo alcista de precios en el caso de los alimentos y productos
primarios."]
El matrimonio presidencial, Morales, Carrió, De Narváez, Macri y el dengue.
El año de las plagas.
Osvaldo Calello-Socialismo Latinoaméricano.
La muerte del ex presidente Alfonsín ha conmovido al conjunto de los
partidos políticos en momentos en que aprestaban fuerzas con vistas a
una nueva campaña electoral. Ha sido tal el impacto, que las
dirigencias, mientras competían en el elogio al demócrata desaparecido
y se ubicaban en las primeras filas de la solemne liturgia republicana
que dominó al país durante interminables días, se han visto obligadas
a revisar apresuradamente las tácticas previstas y hacer nuevos
cálculos sobre los posibles realineamientos que tal acontecimiento ha
producido. Así, el llamado “efecto Alfonsín”, presente desde entonces
en todo pronóstico electoral, se ha convertido en el punto de
condensación de toda la hipocresía y falsedad de la partidocracia
colonial y de la canalla mediática que le dicta los discursos.
Alfonsín se transformó de golpe en el refundador de la democracia, el
campeón de los derechos humanos, el hombre de los consensos y hasta el
antiimperialista que puso limites a las pretensiones del gobierno
norteamericano. Estas extraordinarias virtudes fueron subrayadas una y
otra vez por los escribas domesticados del Grupo Clarín, La Nación, y
otros semejantes, saturando el papel escrito y el espacio audiovisual
de modo de adormecer la memoria colectiva y evitar molestas alusiones.
Naturalmente, nada se dijo sobre el hecho de que esa “refundación
democrática”, que había tenido su origen en la derrota nacional en la
guerra de Malvinas y en la subsiguiente campaña de desmalvinización,
fue la forma institucional a través de la cual se mantuvieron intactas
las transformaciones estructurales impuestas por la contrarrevolución
de marzo de 1976; tampoco se mencionó la consolidación de una deuda
externa ilegítima que el gobierno de Alfonsín convalidó y se negó a
investigar, ni el desmantelamiento de Fabricaciones Militares y de la
Comisión de Energía Atómica, ni la decisión de declarar sujetas a
privatización a SOMISA y Petroquímica General Mosconi. En ese vacío de
la memoria también quedaron sumergidos el pacto de Olivos y la mentira
construida mediáticamente acerca del inexistente pacto
militar-sindical (ejemplo de “ética” política), que le permitió ganar
la presidencia en el 83’.
En realidad nada de esto tiene importancia para una dirigencia
política corrompida, que ha hecho de la docilidad respecto a los
intereses de los círculos del poder una práctica habitual. Basta
recordar como reaccionó la llamada oposición ante la reestatización
del régimen jubilatorio, o frente a la falsa amenaza de intervención
estatal en el negocio exportador de granos o, por fin, de cara al
anuncio de que el gobierno se proponía modificar el régimen de los
medios de difusión. “Si meten la ley de radiodifusión, Venezuela va a
ser un poroto”, denunció antes que se hiciera público el contenido de
proyecto Gerardo Morales, jefe de los “muertos vivos” de la UCR. No
menos elocuente fue Elisa Carrió, ilustre tribuna de Callo y Santa Fe.
¿Que decir en general de Mauricio Macri o Francisco De Narváez,
típicos exponentes de un capitalismo depredador y parasitario, o de
Julio Cobos, caballo de Troya del liberalismo oligárquico dentro del
oficialismo?
Pero si lo que caracteriza a la oposición es su carácter antinacional,
el rasgo distintivo del kirchnerismo gobernante no es precisamente el
contrario. El gobierno de Cristina Fernández, como anteriormente lo
fue el de Néstor Kirchner, es la expresión de una pequeña burguesía de
discurso “progresista”, que en la práctica ajusta su política a los
intereses de las fracciones más concentradas del gran capital
exportador. Durante la mayor parte de los últimos seis años los
negocios de las siderúrgicas, automotrices, petroquímicas,
agroindustrias, mineras y petroleras han reportado ganancias
extraordinarias, a favor del bajo costo laboral y la sostenida demanda
internacional, en medio de un ciclo alcista de precios en el caso de
los alimentos y productos primarios.
Como reaseguro frente a la voracidad de los monopolios y para
garantizarse su poder de negociación, el kirchnerismo ha centralizado
al máximo el control de los resortes gubernamentales, y ha devuelto a
la órbita del Estado empresas públicas en crisis o que el capital
privado no estaba dispuesto a sostener. Al mismo tiempo ha realizado
concesiones a la burocracia de los grandes aparatos sindicales, de
modo de mantener bajo control la demanda salarial de los trabajadores.
Este sistema funcionó a pleno hasta fines de 2007, impulsado por las
condiciones de recomposición capitalista creadas por la crisis de
2001-2002 y relaciones económicas internacionales de signo positivo.
Sin embargo, ya hacia fin del período el aumento de la inflación que
no podían ocultar las cifras tramposas del Indec, pusieron en
evidencia la existencia de desequilibrios de fondo propios de una
economía altamente monopolizada en sus áreas estrategias. La
consecuencia inmediata fue el despunte de una tendencia abiertamente
regresiva en la distribución del ingreso, que golpeó de lleno sobre
las capas más empobrecidas.
Por fin, la crisis que hoy hace crujir los cimientos en el centro
mismo del orden capitalista y repercute con intensidad creciente en la
periferia, puso abruptamente fin al “viento de cola” que favoreció al
matrimonio presidencial, y en su lugar un amenazante frente de
tormenta pone en jaque al pomposamente llamado “modelo productivo”. La
economía, que los años buenos del kirchnerismo creció a tasas de 8 o
9%, ha iniciado la curva declinante en dirección al estancamiento y la
recesión; el superávit fiscal, clave para la estabilidad del “modelo”,
sólo se sostiene postergando pagos, mientras el gobierno coloca cada
vez más deuda en los organismos públicos para pagar los nuevos
vencimientos; esa deuda sigue creciendo y las cuentas públicas
provinciales ya están en rojo, preanuncio todo esto del drástico
ajuste que producirá el gobierno después del 28 de junio. Para peor,
la situación política se ha complicado al punto que el partido
gobernante ha entrado en crisis, y ya se han producido importantes
fracturas en Córdoba y Santa Fe.
Hace ya más de tres décadas un golpe de Estado puso fin a lo que
quedaba del último Frente Nacional organizado en torno a la figura del
general Perón, e inició un sangriento capítulo de contrarrevolución
cuyas consecuencias aún perduran. De los partidos políticos que en
junio dirimirán fuerzas en el juego de la alternancia institucional no
puede esperarse nada. Son expresiones congeladas en el tiempo de una
Argentina que se niega a desaparecer. Al margen de estos espectros del
pasado están las grandes masas desposeídas, los trabajadores, los
desocupados, la pequeña burguesía empobrecida, librando todavía
combates parciales y a la defensiva, sin organización política y
programa que los unifique, pero definiendo un campo de convergencia de
la militancia de procedencia nacionalista-democrática,
antiimperialista y socialista. Este es el terreno donde echará sus
bases la organización independiente y revolucionaria que agrupará a
todos los explotados y excluidos en las futuras batallas por la
emancipación de la patria, la unidad latinoamericana y por una
sociedad libre de las lacras del parasitismo capitalista.
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