[R-P] "La Nación" sobre la eventual candidatura Kirchner-Scioli

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Abr 9 10:49:51 MDT 2009


[Instructiva nota, en la que se revela uno de los motivos por los cuales 
Néstor Kirchner estaría pensando seriamente en repetir en la provincia 
de Buenos Aires y en cada intendencia del conurbano bonaerense la 
fantochada salvaje con que Macri se quiere sacar de encima a la Michetti 
(curiosamente, el diario de los Mitre nada dice sobre la otra fantochada 
salvaje de un Felipe Solá que "renuncia" a una banca para poder retenerla).

Dice el articulista, y no le falta algo de razón, que toda esta jugada 
marca una debilidad del kirchnerismo. Esta debilidad, creo, está 
directamente enraizada en las -por decir lo menos- renuencias del 
kirchnerismo a construir sistemas de cuadros sólidos y capaces de 
renovar sus casilleros electorales (en este tipo de situaciones se 
encuentra la justificación histórica de las monarquías absolutas como 
constructoras de los Estados Nacionales, dicho sea de paso).

Pero sucede que la jugada es ingeniosa. Lo bastante ingeniosa como para 
que el boletinero del Ejército Grande, quiero decir el periodista de La 
Nación, termine tratando de meterle una cuña a la mera posibilidad de 
que se torne realidad. Escribiendo para que Scioli y los suyos lo lean, 
anota: "Scioli [...] en 2007, cuando hizo una pirueta para pasar de la 
Capital a Buenos Aires, tuvo también la "suerte" de que uno de sus 
principales rivales, De Narváez, peleaba [mala sintaxis: corresponde 
"peleara"] con credenciales cuestionables por su origen colombiano." Y 
concluye venenosamente: "Pero aquélla era una apuesta segura. Esta lo 
ata al destino de un Kirchner en crisis; un líder que lo llevó a la cima 
y que no dudaría en arrastrarlo al precipicio de la derrota."]

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1116869

El escenario
Apuesta a todo o nada
Martín Rodríguez Yebra
LA NACION

Cuando Néstor Kirchner vio el fin de semana las encuestas sobre su 
proyectada aventura como candidato a diputado por Buenos Aires descubrió 
que su intención de voto sólo rondaba el 28 por ciento. Pero que si se 
sumaba a Daniel Scioli a la oferta podía trepar hasta el 40. En 48 horas 
concibió la posibilidad de una batalla épica para vestir lo que podría 
ser su mayor admisión de debilidad.

"Esto es a todo o nada. El que esté con nosotros tiene que poner el 
cuerpo", le manifestó a un intendente del conurbano al que citó el 
lunes. La idea, que parecía increíble al despuntar la semana, tomó 
cuerpo a la velocidad de la luz. Kirchner sondeó a los barones del PJ 
bonaerense y luego le dijo al gobernador que lo quería con él en la 
boleta. Lo entusiasmó con la promesa de que los intendentes propios 
están dispuestos a ser candidatos a concejales.

Si el plan se concreta, pondría al país en una situación insólita, más 
cerca de los plebiscitos revocatorios con los que de tanto en tanto Hugo 
Chávez reaviva su poder que del espíritu constitucional de una 
renovación legislativa. Esa lógica no admite derrotas. Eduardo Duhalde 
puso el dedo en la llaga cuando dijo: "Si Scioli compite y pierde, tiene 
que renunciar".

Difícilmente el oficialismo alcanzará el éxito plebiscitario del 50 por 
ciento. No lo consiguió en su apogeo de 2007. Aun con un triunfo, más de 
la mitad de los votantes le dirá que no. Previsibles caídas en varias 
provincias grandes podrían privarlo de las mayorías parlamentarias. 
¿Conseguirá igual surgir fortalecido de una contienda planteada como de 
apoyo o rechazo al "modelo"?

Kirchner no se detiene en esos preciosismos. Está dispuesto a jugar al 
límite de la ley para ganar "su" Buenos Aires. Ya lo hizo cuando 
anticipó cuatro meses las elecciones y descolocó a toda la oposición. No 
dudaría un segundo en cambiar otra vez las reglas e inventar el plebiscito.

Su precipitada instalación como candidato lo ha colocado en un 
laberinto. Si ahora desistiera de competir, su poder en el PJ terminaría 
de desgajarse. Si se lanzara sin certezas de triunfo se enfrentaría al 
peligro de la traición peronista. Y, en última instancia, a una derrota 
que podría herir de gravedad al gobierno que encabeza su esposa. "La 
lógica es clara. Si gana, gana Néstor. Si pierde, vaya quien vaya como 
candidato del PJ, pierde Néstor. No hay opción", sintetizó un ministro 
nacional.

* * *

Sumar a Scioli y a los intendentes ofrece hoy una garantía para 
Kirchner, más allá de los números de encuestas con escenarios simulados: 
los peronistas del conurbano ya no podrían jugar a dos puntas con los 
disidentes Francisco de Narváez y Felipe Solá. Un fenómeno que ya estaba 
en marcha. El "todo o nada" implica que una caída de Kirchner los 
arrastrará en sus distritos. El aparato peronista nunca se mueve por 
compromiso ideológico.

La incógnita en el oficialismo era anoche cómo tomaría la sociedad un 
anuncio como el que difundían sin disimulo las usinas kirchneristas.

Un funcionario de indudable cercanía a Scioli se alarmaba: "Vamos a 
contramano de una sociedad que hace una semana, en el funeral de 
Alfonsín, hizo un fortísimo reclamo de institucionalidad". En el 
gabinete provincial casi todos se enteraron de la jugada cuando Scioli 
dijo anteayer que no descartaba "ninguna hipótesis" en una entrevista 
por TV.

Kirchner y el gobernador esperan el resultado de una batería de 
encuestas para tomar la decisión o dejar todo en un simple globo de ensayo.

Scioli imagina que la sociedad que lo premia con una buena imagen 
positiva le perdonará la transgresión de postularse a un cargo que no 
piensa ejercer. Como en el resto del oficialismo, tiene decidido usar 
como ejemplo de una actitud similar la eventual postulación a diputada 
de la vicejefa porteña, Gabriela Michetti. En 2007, cuando hizo una 
pirueta para pasar de la Capital a Buenos Aires, tuvo también la 
"suerte" de que uno de sus principales rivales, De Narváez, peleaba con 
credenciales cuestionables por su origen colombiano.

Pero aquélla era una apuesta segura. Esta lo ata al destino de un 
Kirchner en crisis; un líder que lo llevó a la cima y que no dudaría en 
arrastrarlo al precipicio de la derrota.



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