[R-P] [La Nación] Un héroe de Malvinas.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Abr 5 11:51:07 MDT 2009
[Una hermosa nota sobre un aviador y patriota excepcional.
Imprescindible su lectura en estos momentos en que se cantan loas al
desmalvinizador número uno que tuvo la Argentina: Raúl Alfonsín].
Malvinas 1982-2009
La hermandad del honor
La espectacular aventura de Guillermo Dellepiane, un piloto que atacó
el campamento inglés en Malvinas, tiró bombas sobre Jeremy Moore y al
escapar vivió una odisea de película. Un hombre al que los británicos
reconocen y los argentinos ignoran.
Jorge Fernández Díaz
LA NACION
Noticias de Enfoques
Domingo 5 de abril de 2009 |
*
Tenía veinticuatro años, volaba a ras del mar y estaba a punto de
bombardear un destructor y una fragata misilística.
Le decían Piano porque se llamaba Guillermo Dellepiane, y era alférez
en una fuerza que no tenía héroes ni próceres porque jamás había
entrado en combate. Se trataba de la primera misión de su vida y
acababa de despegar de Río Gallegos. Su padre se había muerto sin
poder cumplir el sueño de realizar en el terreno de la realidad lo que
a lo largo de toda su carrera había simulado hacer: la guerra del
aire.
Tan inquietante como entrar en batalla debe de resultar el hecho de
consagrar una vida a un acontecimiento que no ocurrirá. Guerreros de
la teoría y el entrenamiento, muchos cazadores se reciben, se
desarrollan y se retiran sin haber cazado jamás una presa verdadera.
El padre de Piano , cerca de la jubilación, había muerto hacía dos
años en un accidente absurdo, cuando se derrumbó un ala del edificio
Cóndor. Volando hacia el blanco en un A-4B Skyhawk, el hijo venía a
cumplir ahora la escena deseada y urdida por el fantasma de su padre.
Era el 12 de mayo de 1982 y una escuadrilla de ocho aviones argentinos
avanzaba en silencio de radio hacia dos barcos británicos. Los cuatro
primeros iban adelante y dispararían primero. Los cuatro halcones de
atrás, a una distancia prudencial, tendrían una segunda oportunidad o
entrarían a rematarlos.
Para Piano , era una misión iniciática, la última lección de un
profesional de la guerra: la guerra misma. Hasta entonces todo habían
sido aprendizajes y pruebas. Alférez es el primer escalafón de los
oficiales, y Dellepiane ni siquiera había experimentado el
reabastecimiento en vuelo, una compleja operación que en este caso
consistía en acercarse volando a un Hércules, encajar la lanza de la
trompa del A-4B en la canasta de combustible y cargar tanques para
seguir viaje. Muchos fallaban en ese intento: se ponían nerviosos y no
podían meter la lanza. "Mirá si yo no puedo, es una vergüenza", se
decía. Estaba más preocupado por ese bochorno que por la muerte. Pero
cuando tuvo al Hércules frente a frente no falló, y rápidamente se
unió a su jefe, un primer teniente, que ordenó bajar a menos de quince
metros de las olas y avanzar a toda máquina. Volaban tan bajo que
dejaban estelas en el mar.
Evadiendo misiles
Con el alma en vilo escucharon que, cinco minutos antes de llegar al
blanco, los primeros cuatro aviones atacaban. En el horizonte no se
veía nada pero Piano se dio cuenta en seguida de que a sus compañeros
no les había ido muy bien. En dos minutos supieron que tres aviones
habían sido alcanzados por la artillería antiaérea y que habían sido
derribados en medio de hongos de fuego y estampidos de agua. El cuarto
avión regresaba por las suyas. El sol volvía espléndido un día negro.
Negrísimo. Piano vio de repente los buques enemigos. Eran
efectivamente dos y les estaban disparando. En ese momento no pensaba
en la patria ni en Dios, sólo veía con una cierta incredulidad esa
película fantástica y en technicolor. La veía como si él no fuera
parte de ella. Era un espectáculo corto y alucinante pero sin ruidos,
porque en la cabina no se oía nada. Fueron fracciones de segundos:
Piano contuvo el aliento verificando la velocidad y la altura, y en el
momento exacto en el que pasaba por encima de uno de los dos barcos,
mientras recibía y eludía disparos de todo tipo, apretó el botón y
soltó una bomba de mil libras.
Las bombas impactaron en el destructor y le abrieron agujeros
horribles y definitivos. Quedó fuera de servicio, pero eso Piano lo
supo mucho después porque en ese instante lo único que pudo hacer fue
salir rápido de la ratonera evadiendo misiles y huyendo a toda
velocidad. Cuando una escuadrilla dispara, los aviones se dispersan y
cada uno regresa como puede. El joven alférez se sintió solo unos
minutos pero de pronto divisó la nave de su jefe y la alcanzó. No
podían hablarse, porque las navegaciones aéreas eran en silencio, pero
volaban juntos, como hermanos, a una distancia de doscientos metros
uno del otro, con el infierno atrás y el continente adelante. Habían
cumplido y volvían con la gloria; era una extraña y grata sensación.
Hasta que de repente un proyectil rasante surgido de la niebla pegó en
un alerón del avión del primer teniente. Fue un golpe mortal a
velocidad infinita que le hizo dar una vuelta de campana, pegarse
contra la superficie del océano y explotar en mil pedazos. Todo en un
pestañeo de ojos. Piano lo vio sin poder creerlo pero sin dejar de
apretar el acelerador. Descendió todavía más y prácticamente aró el
mar con un gusto metálico en la boca. Dependía emocionalmente de su
jefe. Había bajado por un momento la guardia, pensando "me va a llevar
a casa", pero ahora estaba solo y desesperado. Ahora dependía
únicamente de su propia pericia, o de su suerte.
Voló un rato de esa manera, huyendo del diablo, y luego, cuando estuvo
seguro de que no lo seguían, avisó al Hércules C-130, que los
cazadores le llaman "La Chancha", e inició el ascenso. "La Chancha"
puso la canasta y sin perder el pulso el joven alférez empujó la lanza
y recargó combustible. Después voló el último tramo casi a ciegas: el
mar había formado una gruesa capa de salitre en el parabrisas del
avión.
El salitre de la desolación le nublaba a Piano los ojos. Lo más duro
era entrar en la habitación de un compañero muerto, juntar su ropa,
hacer su valija y dejarla en el vestíbulo del hotel donde pernoctaba
su escuadrón. Ese ritual lo esperaba en Río Gallegos al final de aquel
día en el que finalmente había tenido su bautismo de fuego en el
Atlántico Sur. Los dioses, como decía la vieja sentencia griega,
castigan a los hombres cumpliéndoles los sueños.
En los años sucesivos sólo recordaría esa primera misión. Y la última.
En el medio únicamente quedaban vuelos de reconocimiento, incursiones
en la zona del Fitz Roy, nervios terribles y más caídos y duelos.
También el ánimo de los mecánicos, que siempre despedían a los pilotos
de combate con banderas y aclamaciones, y el regreso de la base al
hotel que, con éxito o sin éxito, con muertos o sin ellos, hacían en
un jeep o en una camioneta Ford F100 cantando canciones contra los
ingleses.
No tenían, por supuesto, la menor idea de cómo iba la guerra. Y cuando
los trasladaron a San Julián sufrieron cierta tristeza: ocuparon una
hostería y anduvieron por esa pequeña ciudad en estado de alerta
total.
No eran muy supersticiosos, pero tenían cábalas y de hecho no se
sacaban fotos entre ellos porque creían instintivamente que
eternizarse en esas imágenes significaba un pasaje directo hacia la
desgracia.
Nada pensaron, sin embargo, de aquella misión en día 13: estaba
nublado y frío, y a Piano y a sus compañeros les ordenaron partir
hacia las islas. Decían que los ingleses habían desembarcado y que se
luchaba cuerpo a cuerpo en tierra. Los A-4B llevaban bombas, cohetes y
cañones. Piano estaba, como siempre, ansioso. Aunque esa ansiedad
solía terminarse cuando lo ataban en la cabina y había que salir al
ruedo. Los nervios entonces desaparecían, como el torero que siente un
nudo en el estómago hasta que baja a la arena y enfrenta con su capote
al toro.
Pero el despegue no fue tan fácil. Se rompieron unos caños de líquido
hidráulico y hubo que buscar a mil quinientos metros un avión gemelo.
Al alférez lo desesperaba que su escuadrilla partiera sin él, de
manera que se subió al otro A-4B y empezó el rodaje sin cargar el
sistema Omega, que permitía coordinar y volar con precisión. Piano no
quería quedarse en San Julián, y como los suyos ya se habían marchado
llamó al jefe de la segunda escuadrilla y le pidió permiso para
plegarse a su grupo. Le dieron el visto bueno y despegó sin tener bien
configurado el avión. Ascendió y buscó entre las nubes el rumbo, y
encontró en un momento al Hércules, que llevaba doce hombres y tenía
la orden de no entrar en la zona de la batalla ni quedar al alcance de
los misiles enemigos por ningún motivo.
Cargó combustible y siguió a su guía por el norte de las islas
Malvinas, luego tomó dirección Este a vuelo rasante y hacia el Sur
bajo chaparrones. Y se sorprendió al escuchar que el operador de radar
de las islas preguntó si había aviones en vuelo. El jefe de la
formación le respondió con un pedido, que les proporcionaran las
posiciones de las patrullas de Sea Harriers.
Cuando llegó el informe verbal los pilotos argentinos sintieron un
escalofrío. Había cuatro patrullas en el aire y una quinta al norte
del estrecho de San Carlos. El cielo estaba infestado de aviones
ingleses. Era una trampa mortal, y la lógica indicaba regresar de
inmediato al continente.
Pero ya estaban a cinco minutos del objetivo y el día se había
despejado, y entonces el guía tomó la resolución de seguir. Después
descubrirían que estaban atacando un enorme vivac armado por los
ingleses en Monte Dos Hermanas. Más de dos manzanas con carpas,
containers y helicópteros, un campamento desde donde dirigía la guerra
el general Jeremy Moore.
Todo ocurría en el término de minutos. Los A-4B iban a ochocientos
kilómetros por hora y a veinte metros de distancia entre unos y otros.
Los pilotos temían que una fragata misilística les cortara el paso
antes de llegar al blanco. No llevaban armamento para atacar un buque;
las bombas tenían espoletas para objetivos terrestres. Por la gran
movilización de helicópteros de esa zona los generales de Puerto
Argentino habían conjeturado que allí podía estar el mismísimo centro
de operaciones de los británicos. Y no se equivocaban.
Las cartas de vuelo decían que el ataque debía hacerse a las 12.15. Y
faltaban dos minutos. Los cazadores pasaron por encima de la bahía San
Luis y el operador del radar de Malvinas les advirtió que los Harriers
los habían detectado y que ya convergían sobre ellos. Cuando faltaban
un minuto y veinte segundos la escuadrilla casi despeinó a un soldado
inglés que subía una loma. Ahora los aviones, en la corrida final,
volaban pegados al suelo. Más allá de la elevación apareció el
campamento. Y Jeremy Moore evacuó su carpa un minuto antes de que le
cayeran los obuses.
Dellepiane lanzó sus tres bombas de 250 kilos, provocó destrozos, y
percibió que les tiraban con todo lo que tenían. Desde misiles y
artillería antiaérea hasta con armas de mano. Era un festival de
fuegos artificiales. Y casi todos los pilotos se desprendieron de los
tanques de reserva y de los portamisiles e hicieron una curva para
regresar por el Norte, cada uno librado a su inteligencia.
Piano voló haciendo maniobras de elusión y acrobacias, y sintió
impactos en el fuselaje. Era otra vez un espectáculo increíble y
aterrador. A la altura de Monte Kent se topó con un helicóptero Sea
King en pleno vuelo y le disparó. Salieron dos proyectiles y se le
trabó el cañón, pero una bala pegó en las palas y obligó al piloto
inglés a un aterrizaje de emergencia.
Enseguida, por la izquierda, vio que pasaban dos bolas de fuego que
iban directamente hacia el avión de su teniente, así que le gritó por
la radio "Cierre por derecha" y siguió virando hasta ver que los
misiles pasaban de largo y se perdían. Más adelante se topó con otro
Sea King y volvió a intentar dispararle, pero también fue en vano: el
cañón no se destrababa. Así que en el último instante levantó el
Skyhawk y pasó a centímetros de las aspas del helicóptero para evitar
que el piloto de casco verde lo liquidara con su gatillo.
Fue más o menos en ese instante cuando se dio cuenta de que estaba
sucediendo algo inesperado: se estaba quedando sin combustible. Un
proyectil le había perforado el tanque, y tenía sólo 2000 libras.
Precisaba más del doble para alcanzar la posición de "La Chancha".
Pero no pensaba en ese momento crucial en llegar a ningún lado sino en
escapar del acoso de los Harriers. Se desprendió entonces de los
portamisiles y siguió volando un trecho pidiéndole al radar de
Malvinas que le dijera, sin tecnicismos y con precisión, dónde estaban
sus verdugos. Los Harriers volaban a una distancia considerable, así
que ya sobre el norte del estrecho San Carlos dudó sobre si debía
eyectarse en la isla o tratar de llegar al Hércules. Sus maestros, en
las lecciones teóricas, le habían recomendado siempre que en una
situación semejante intentara regresar. Eyectarse significaba perder
el avión y caer prisionero. Cruzar significaba enfrentar el riesgo de
no lograrlo y terminar en el mar. Si caía no podría sobrevivir más de
quince minutos en las aguas heladas, y no había posibilidades
operativas de que ninguna nave pudiera rescatarlo a tiempo.
Sus compañeros, por radio, trataban de darle consejos y sacarlo del
dilema. Pero su jefe tronó: "Déjenlo a Piano que decida". Y entonces
Piano decidió. Salió a alta mar, se puso en la frecuencia del Hércules
y comenzó a conversar con el piloto que lo comandaba. Dos hombres
hicieron ese día caso omiso a las órdenes de los altos mandos: el
piloto de "La Chancha" salió de su posición de protección, entró en la
zona de peligro y avanzó a toda máquina al encuentro del A-4B de Piano
, y un oficial de San Julián tuvo un arrebato, se subió a un
helicóptero y se metió doscientas millas en el mar a buscarlo, un
vuelo completamente irregular y arriesgado que no ayudaba pero que
mostró el coraje suicida del piloto y la desesperación con que se
seguía en tierra la suerte de aquel cazador herido de combustible que
intentaba volver a casa.
El alférez escuchó "Vamos a buscarte" y trató de mantener el
optimismo, pero el liquidómetro le indicaba a cada rato que no
conseguiría salir vivo de aquel último viaje. "¿A qué distancia
están?" -preguntaba cada tres minutos-. "¿A qué distancia están?" La
radio se llenaba de voces: "Dale, pendejo, con fe, con fe que llegás".
El alférez sacaba cuentas sobre la cantidad de combustible, que se
extinguía dramáticamente, y pronosticaba que se vendría abajo. Y sus
oyentes redoblaban los gritos de aliento: "¡Tranquilo, pibe, con eso
te alcanza y sobra!" Sabía que le estaban mintiendo. Cuando llegó a
200 libras se dio por perdido. De un momento a otro el motor se
plantaría y se iría directamente al mar. Comida para peces. Cuando
llegó a 150 libras recordó que eso equivalía, más o menos, a dos
minutos de vuelo. "¡No me abandonen!" -los puteó, porque había
silencio en la línea-. De repente el piloto del Hércules C-130 creyó
verlo, pero era un compañero. Piano pasó de la euforia a la depresión
en quince segundos.
No rezaba en esas instancias, sólo le venían relámpagos del recuerdo
de su padre. El fantasma estaba dentro de aquella cabina, metido en
sus auriculares. "Dame una mano, viejo", le pedía guturalmente, con
las cuerdas vocales y con los ventrículos del corazón.
El liquidómetro marcó entonces cero, y de pronto Piano escuchó que lo
habían divisado y vio por fin a "La Chancha". La vio cruzando el
cielo, hacia la derecha y bien abajo. Le pidió al piloto que se
pusiera en posición y se largó en picada sin forzar los motores,
planeando hacia la canasta salvadora. Cuando la tuvo enfrente le dio
máxima potencia con una lágrima de combustible en el tanque y al
ponerse a tiro pulsó el freno de vuelo y metió la lanza. Todos
atronaban de alegría en la radio y se abrazaban en tierra. Piano
también gritaba, pero quería abastecerse rápido, retomar el control y
regresar a San Julián por su propia cuenta. Pronto descubrieron que
eso no era posible. Todo el combustible que entraba, pasaba al tanque
y caía por el orificio. "Quedate enganchado", le dijo el piloto del
Hércules. No tenían alternativa. Volaron así acoplados el resto del
camino, perdiendo combustible y con el riesgo de una explosión o de no
llegar a tiempo.
Fue otra carrera dramática hasta que vieron el golfo y luego la base.
Entonces el A-4B se desprendió y chorreando líquido letal buscó la
pista. Piano intentó bajar el tren de aterrizaje pero la rueda de
nariz se resistía. Estaba todo el personal de la base de San Julián
esperando, y él dando vueltas, dejando estelas de combustible de avión
y tratando de lograr que esa maldita rueda bajara. Finalmente bajó, y
el alférez aterrizó, se desató rápido, se quitó el casco, saltó al
asfalto y se alejó corriendo del enorme lago de combustible que se
formaba a los pies del A-4B.
Medalla al valor
Hubo fiesta hasta tarde y felicidad desenfrenada en San Julián. Como
Piano se consideraba vivo de milagro se tomó muchas copas y tuvieron
que acompañarlo hasta su habitación: se durmió con una sonrisa y se
despertó muy tarde. Era el 14 de junio de 1982 y sus compañeros le
informaron que la Argentina se había rendido.
Gracias a una licencia providencial, dos días después ya estaba en
Buenos Aires. La ciudad permanecía hundida en la ira y en la
depresión. Y también en la indiferencia. Cualquiera que se cruzaba con
Piano se le acercaba con precaución y al rato le pedía que contara
todo lo que había vivido. Pero Piano no tenía ganas de contar nada.
Durante años soñó con aquellas piruetas mortales, aquellos vuelos
rasantes, aquellas muertes: insomnio pertinaz y espectros
atemorizantes que lo perseguían como Sea Harriers impiadosos.
Le dieron la Medalla al Valor en Combate, y se mantuvo dentro de la
Fuerza Aérea haciendo una callada carrera con foja intachable y mucha
capacitación profesional. Hace dos años fue enviado como agregado
aeronáutico a Londres. Los ingleses lo recibieron como un gran
guerrero. En la misma tradición de Wellington y de Napoleón, los
ejércitos europeos aún practican el honor para sus antiguos y
respetables enemigos.
Las aspas atravesadas del Sea King que había derribado Piano en Monte
Kent están en el Museo de la Royal Navy, y el helicopterista que
conducía aquel día está vivo pero retirado. Piano consiguió su
teléfono y conversó afectuosamente con él. "Me alegra no haberlo
matado", se dijo.
Los veteranos ingleses que lucharon en el Atlántico Sur tienen un
enorme respeto por los aviadores argentinos. Y sienten nostalgias por
aquellos tiempos: "Fue la última guerra convencional -dicen-. Unos
frente a los otros por un territorio concreto. Hoy todo se hace a
distancia, metidos en terrenos sin fronteras definidas y por causas
borrosas, con terrorismos atomizados y combatientes religiosos
eternos. Con esos enemigos al final no podemos juntarnos a tomar una
cerveza".
Aquel alférez, convertido en comodoro, fue invitado una tarde a
entregar un premio en la escuela de aviación de la RAF. Por la noche,
los pilotos de guerra recién recibidos y sus señores oficiales cenaban
en un salón majestuoso de mesas larguísimas. Piano ocupó un lugar
privilegiado, y el director de la escuela pidió silencio y habló del
piloto argentino. Se sabía su currículum bélico de memoria y en su
discurso mostraba el orgullo de tener esa noche a un hombre que había
luchado de verdad contra ellos.
El jueves pasado Guillermo Dellepiane asumió como director de la
Escuela de Guerra Aérea en Buenos Aires. Ocupa un despacho en el
Edificio Cóndor, donde murió su padre. Piano es ahora un cincuentón
bajo y gordito. Se le cayó el pelo, es sumamente cordial y tiene un
pensamiento moderno, y por supuesto en la calle nadie lo reconoce.
Nadie sabe que forma parte de la hermandad del honor, y que es un
héroe imborrable de una guerra maldita.
© LA NACION
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