[R-P] ( Alberto Franzoia) No son todos oligarcas!

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Dom Abr 5 06:50:02 MDT 2009


¡No son todos oligarcas!
Por Alberto J. Franzoia

 Algunas fragmentaciones ocurridas dentro del campo nacional y popular en 
los últimos años, como la constitución de Proyecto Sur o la más reciente 
escisión de Libres del Sur, constituyen hechos que sin ninguna duda restan a 
la hora de gestar y consolidar un gran bloque histórico alternativo al que 
durante décadas han hegemonizado la oligarquía nativa y su socio mayor, la 
burguesía imperialista del Norte. Subestimar esta objetiva fragmentación 
(una más de la posmodernidad) no ayuda a resolver el problema, y estimularla 
con posturas revanchistas o intolerantes por parte de los militantes que 
apoyan el proceso K puede constituir un gravísimo error que habrá que 
lamentar en un futuro no muy lejano.

Alguna vez el sabio Fidel Castro le dijo a Hugo Chávez  "En Venezuela no hay 
cuatro millones de oligarcas" (los votos que sumaba la oposición por 
entonces). En Argentina, el mayor apoyo popular para un proyecto nacional y 
popular (registrable en términos cuantitativos) se dio en 1951 y en 1973 
cuando  Perón cosechó en ambas oportunidades aproximadamente el 62% de los 
votos. Pero tampoco en esas  coyunturas triunfales los oligarcas argentinos 
constituían el 38 % restante. Como sabemos, su base social era el medio 
pelo, que no es lo mismo que la oligarquía, error conceptual de trágicas 
consecuencias para el campo popular. ¿Qué decir de la Argentina actual?  Si 
en este 2009, a poco de celebrarse un nuevo proceso electoral,  el gobierno 
de los Kirchner llegara a encontrar dificultades para alcanzar tan sólo el 
40% del apoyo popular, nadie podría inferir seriamente que estamos en 
presencia de un  60%, o más, de enemigos del pueblo.

Este tipo de análisis simplista, que no va más allá de la realidad inmediata 
y es ajeno a toda interpretación  estructural que permita construir 
estrategias revolucionarias (por lo tanto de largo aliento) sólo puede 
servir para gestar futuras derrotas. Que algo no sea de una determinada 
manera en el presente, no significa que no contenga en su seno la 
posibilidad de llegar a serlo en  el futuro.  Y allí radica la diferencia 
entre una política coyuntural (positivista, sectaria, reformista) y otra 
estructural (dialéctica, integradora, futurista y realmente revolucionaria) 
dirigida a cambiar en serio la sociedad. Es por lo tanto esencial detectar 
el posible desarrollo de lo que ahora "es" hasta transformarse en su 
opuesto, ya que si no se construye un bloque alternativo de poder que nos 
permita superar la simple alternancia en el gobierno (concepción liberal de 
la democracia) estaremos condenados a repetir la historia de los países 
capitalistas dependientes.

Aquellos que no se identifican con un proyecto político transformador 
(aunque tenga límites que deben ser superados) no son necesariamente sus 
adversarios orgánicos, ya que en estas cuestiones interviene un factor tan 
complejo como la conciencia.  Toda clase social tiene intereses concretos 
(económico-sociales), pero que ellos sean claramente identificados por sus 
integrantes en el plano ideológico y organizados sistemáticamente en el 
político (para luchar por su realización) son momentos distintos que rara 
vez se dan en forma simultánea. No entenderlo ha  conducido a no pocos 
analistas y protagonistas de la política a caer en un determinismo por 
momentos patético. Así se manifiesta todo aquel que cree que los intereses 
materiales concretos de una clase han de  proyectarse linealmente en el 
plano de la conciencia o de las ideas. Esta supuesta linealidad es aún más 
improbable en los sectores populares (sobre todo en las volubles capas 
medias) porque entre sus intereses  concretos y la representación simbólica 
de los mismos (su conciencia) suele interponerse el conjunto de ideas que 
los intelectuales de las clases dominantes han gestado y difundido para 
conquistar las cabezas de los dominados, retrasando su proceso de liberación 
durante todo el tiempo que las ideas dominantes sean vividas como propias.

En los países dominados por el capital imperialista mundial, aliado con las 
oligarquías nativas, los movimientos de liberación nacional como el 
peronismo histórico o el chavismo actual, cumplen una extraordinaria función 
ideológica y política porque dan un paso enorme en el desarrollo de la 
conciencia revolucionaria de sus pueblos, aunque siempre ha estado presenta 
la dificultad de integrar a buena parte de las capas medias. Efectivamente, 
luchar por la liberación de la fuerza imperial y sus aliados internos, 
significa también construir y difundir una visión de mundo alternativa a la 
dominante a partir de la práctica, ya que toda buena teoría revolucionaria 
sólo pude gestarse como una acertada reflexión sobre lo que se hace y cómo 
se hace.  Dicha reflexión sistematizada como teoría sirve a su vez para 
orientar una nueva  práctica  revolucionaria mejorándola. Práctica y teoría 
constituyen por lo tanto una unidad inescindible.

Cuando la conciencia popular no ha alcanzado  su mayor desarrollo posible o 
ha manifestado incluso retrocesos, cuando las ideas del enemigo vuelven una 
y otra vez con la fuerza de la "novedad ideológica-política" , cuando 
algunos dirigentes enrolados habitualmente en el campo nacional y popular 
pierden la brújula y comienzan a  construir política con tácticas  de corto 
alcance (como la pelea por cargos) olvidando aquello que es estratégico (la 
lucha totalizadora por la liberación nacional y social), la  obligación del 
militante consustanciado con  el proceso de cambio es no resultar funcional 
a las fragmentaciones que fogonea el enemigo, las mismas que el compañero 
despistado ha comprado creyendo que está protagonizando un cambio radical 
cuando lo que realmente hace es debilitar lo poco o mucho que se ha 
construido.

Algunas posturas esgrimidas por grupos que objetivamente pertenecen al campo 
nacional y popular de la Argentina pero que se empeñan en dividir resultan 
francamente sorprendentes. Nos dicen que el proceso K ha tenido grandes 
méritos  que lo diferencian del neoliberalismo (como la estatización de las 
AFJP, la política de derechos humanos, la integración de cuño 
latinoamericanista y otros) pero resulta que como hay debilidades y 
contradicciones (por ejemplo la política minera-energética o la decisión de 
Kirchner de inclinarse por la estructura partidaria del PJ) entonces salen a 
construir una nueva opción nacional y popular porque la existente no tiene 
esa pureza química que el despistado busca siempre, y desde ya nunca 
encuentra. Monumental error que en la práctica real (no la que es 
visualizada desde la subjetividad más absoluta) genera un tremendo 
debilitamiento del proceso de cambio concreto y simultáneamente fortalece al 
enemigo principal. Esa `peculiar manera de hacer política revolucionaria se 
parece mucho a "cuanto peor, mejor". Sin embargo, como decía en un párrafo 
anterior, la intolerancia de los militantes que siguen con los pies dentro 
del plato minando todos los puntes hacia el futuro y  los necesarios 
reencuentros con los compañeros que perdieron la brújula, no ayuda a 
resolver el problema y puede resultar también muy  funcional a los intereses 
de la oligarquía y el imperialismo. La consigna actual del militante 
consecuente debe ser, por lo tanto: no fogonear la fragmentación y mantener 
los puntes siempre tendidos para que sea posible, más temprano que tarde, 
una construcción política multitudinaria cuya  estrategia apunte a 
profundizar  lo ya conquistado. Sólo así la liberación de los pueblos 
oprimidos logrará marchar por un camino sin retorno.

La  Plata, 4 de abril de 2009 

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