[R-P] [A.Franzoia] ¡No son todos oligarcas!
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Sab Abr 4 20:37:18 MDT 2009
¡No son todos oligarcas!
Por Alberto J. Franzoia
Algunas fragmentaciones ocurridas dentro del campo nacional y popular
en los últimos años, como la constitución de Proyecto Sur o la más
reciente escisión de Libres del Sur, constituyen hechos que sin
ninguna duda restan a la hora de gestar y consolidar un gran bloque
histórico alternativo al que durante décadas han hegemonizado la
oligarquía nativa y su socio mayor, la burguesía imperialista del
Norte. Subestimar esta objetiva fragmentación (una más de la
posmodernidad) no ayuda a resolver el problema, y estimularla con
posturas revanchistas o intolerantes por parte de los militantes que
apoyan el proceso K puede constituir un gravísimo error que habrá que
lamentar en un futuro no muy lejano.
Alguna vez el sabio Fidel Castro le dijo a Hugo Chávez “En Venezuela
no hay cuatro millones de oligarcas” (los votos que sumaba la
oposición por entonces). En Argentina, el mayor apoyo popular para un
proyecto nacional y popular (registrable en términos cuantitativos) se
dio en 1951 y en 1973 cuando Perón cosechó en ambas oportunidades
aproximadamente el 62% de los votos. Pero tampoco en esas coyunturas
triunfales los oligarcas argentinos constituían el 38 % restante. Como
sabemos, su base social era el medio pelo, que no es lo mismo que la
oligarquía, error conceptual de trágicas consecuencias para el campo
popular. ¿Qué decir de la Argentina actual? Si en este 2009, a poco
de celebrarse un nuevo proceso electoral, el gobierno de los Kirchner
llegara a encontrar dificultades para alcanzar tan sólo el 40% del
apoyo popular, nadie podría inferir seriamente que estamos en
presencia de un 60%, o más, de enemigos del pueblo.
Este tipo de análisis simplista, que no va más allá de la realidad
inmediata y es ajeno a toda interpretación estructural que permita
construir estrategias revolucionarias (por lo tanto de largo aliento)
sólo puede servir para gestar futuras derrotas. Que algo no sea de una
determinada manera en el presente, no significa que no contenga en su
seno la posibilidad de llegar a serlo en el futuro. Y allí radica la
diferencia entre una política coyuntural (positivista, sectaria,
reformista) y otra estructural (dialéctica, integradora, futurista y
realmente revolucionaria) dirigida a cambiar en serio la sociedad. Es
por lo tanto esencial detectar el posible desarrollo de lo que ahora
“es” hasta transformarse en su opuesto, ya que si no se construye un
bloque alternativo de poder que nos permita superar la simple
alternancia en el gobierno (concepción liberal de la democracia)
estaremos condenados a repetir la historia de los países
capitalistas dependientes.
Aquellos que no se identifican con un proyecto político transformador
(aunque tenga límites que deben ser superados) no son necesariamente
sus adversarios orgánicos, ya que en estas cuestiones interviene un
factor tan complejo como la conciencia. Toda clase social tiene
intereses concretos (económico-sociales), pero que ellos sean
claramente identificados por sus integrantes en el plano ideológico y
organizados sistemáticamente en el político (para luchar por su
realización) son momentos distintos que rara vez se dan en forma
simultánea. No entenderlo ha conducido a no pocos analistas y
protagonistas de la política a caer en un determinismo por momentos
patético. Así se manifiesta todo aquel que cree que los intereses
materiales concretos de una clase han de proyectarse linealmente en
el plano de la conciencia o de las ideas. Esta supuesta linealidad es
aún más improbable en los sectores populares (sobre todo en las
volubles capas
medias) porque entre sus intereses concretos y la representación
simbólica de los mismos (su conciencia) suele interponerse el conjunto
de ideas que los intelectuales de las clases dominantes han gestado y
difundido para conquistar las cabezas de los dominados, retrasando su
proceso de liberación durante todo el tiempo que las ideas dominantes
sean vividas como propias.
En los países dominados por el capital imperialista mundial, aliado
con las oligarquías nativas, los movimientos de liberación nacional
como el peronismo histórico o el chavismo actual, cumplen una
extraordinaria función ideológica y política porque dan un paso
enorme en el desarrollo de la conciencia revolucionaria de sus
pueblos, aunque siempre ha estado presenta la dificultad de integrar a
buena parte de las capas medias. Efectivamente, luchar por la
liberación de la fuerza imperial y sus aliados internos, significa
también construir y difundir una visión de mundo alternativa a la
dominante a partir de la práctica, ya que toda buena teoría
revolucionaria sólo pude gestarse como una acertada reflexión sobre lo
que se hace y cómo se hace. Dicha reflexión sistematizada como teoría
sirve a su vez para orientar una nueva práctica revolucionaria
mejorándola. Práctica y teoría constituyen por lo tanto una unidad
inescindible.
Cuando la conciencia popular no ha alcanzado su mayor desarrollo
posible o ha manifestado incluso retrocesos, cuando las ideas del
enemigo vuelven una y otra vez con la fuerza de la “novedad
ideológica-política” , cuando algunos dirigentes enrolados
habitualmente en el campo nacional y popular pierden la brújula y
comienzan a construir política con tácticas de corto alcance (como
la pelea por cargos) olvidando aquello que es estratégico (la lucha
totalizadora por la liberación nacional y social), la obligación del
militante consustanciado con el proceso de cambio es no resultar
funcional a las fragmentaciones que fogonea el enemigo, las mismas que
el compañero despistado ha comprado creyendo que está protagonizando
un cambio radical cuando lo que realmente hace es debilitar lo poco o
mucho que se ha construido.
Algunas posturas esgrimidas por grupos que objetivamente pertenecen al
campo nacional y popular de la Argentina pero que se empeñan en
dividir resultan francamente sorprendentes. Nos dicen que el proceso K
ha tenido grandes méritos que lo diferencian del neoliberalismo (como
la estatización de las AFJP, la política de derechos humanos, la
integración de cuño latinoamericanista y otros) pero resulta que como
hay debilidades y contradicciones (por ejemplo la política
minera-energética o la decisión de Kirchner de inclinarse por la
estructura partidaria del PJ) entonces salen a construir una nueva
opción nacional y popular porque la existente no tiene esa pureza
química que el despistado busca siempre, y desde ya nunca encuentra.
Monumental error que en la práctica real (no la que es visualizada
desde la subjetividad más absoluta) genera un tremendo debilitamiento
del proceso de cambio concreto y simultáneamente fortalece al enemigo
principal. Esa `peculiar manera de hacer política revolucionaria se
parece mucho a “cuanto peor, mejor”. Sin embargo, como decía en un
párrafo anterior, la intolerancia de los militantes que siguen con los
pies dentro del plato minando todos los puntes hacia el futuro y los
necesarios reencuentros con los compañeros que perdieron la brújula,
no ayuda a resolver el problema y puede resultar también muy
funcional a los intereses de la oligarquía y el imperialismo. La
consigna actual del militante consecuente debe ser, por lo tanto: no
fogonear la fragmentación y mantener los puntes siempre tendidos para
que sea posible, más temprano que tarde, una construcción política
multitudinaria cuya estrategia apunte a profundizar lo ya
conquistado. Sólo así la liberación de los pueblos oprimidos logrará
marchar por un camino sin retorno.
La Plata, 4 de abril de 2009
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