[R-P] ALFONSIN. IIº Pte./por Spilimbergo
Roberto Vera
robertoverasigloxxi en yahoo.com.ar
Jue Abr 2 18:26:52 MDT 2009
ALFONSIN, EL PENSAMIENTO COLONIZADO Y
LA CRISIS SEMICOLONIAL ARGENTINA
Por Jorge Enea Spilimbergo (junio 1986)
A principios de noviembre de 1972, el doctor Raúl Alfonsín fue interrogado por un periodista de Canal 13, quien le lanzó esta vulgar pregunta: “¿Cuáles son los hombres políticos a los cuales usted más admira?”
La respuesta no fue en cambio vulgar, sino asombrosa y reveladora:
—El doctor Balbín, los doctores Thedy y Américo Ghioldi.
Alfonsín reunía entonces, paradójicamente, la doble condición de delfín y opositor interno del jefe de la UCR. Era lógico, pues, que don Ricardo figurase a la cabeza de sus próceres.
Acaudillaba nuestro actual presidente, a la juventud dorada del radicalismo bajo el estandarte de la “renovación” y el “cambio”. Cada época acuña su léxico particular, su especial amaneramiento. El “cambio social” era entonces la forma medida, cautelosa y académica de aludir a la revolución popular de que la Argentina estaba preñada tras las jornadas ardientes del Cordobazo.
Alfonsín aparecía allí como una dosificada versión “de izquierda” del telúrico Balbín. Un Balbín “moderno”, sin la cautelosa guitarra del prócer, inteligible —digamos— para el progresismo europeo y aquellos estudiantes aún con cuello y corbata.
Sin embargo, este perfil universalmente aceptado del líder en ciernes, resultaba altamente sospechoso. El drama del radicalismo fue su satelización al sistema oligárquico tras la caída y muerte de Hipólito Yrigoyen. Forja no pudo revertir la decadencia y hubo de disolverse en la gran marea del 45. Esta ruptura histórica convirtió a la UCR en el antiperonismo posible. En el último tramo de su vida, sin embargo, Ricardo Balbín tuvo un gesto de grandeza y avizoró una “reconciliación” con el“viejo adversario”.
Este golpe de timón merece varias interpretaciones, no necesariamente contradictorias, que no podemos abordar aquí.
Una de ellas es que la convergencia entre la clase trabajadora y la pequeña burquesía democrática que fue madurando a partir de 1966 y estalló clamorosamente tres años después, encontraba un reflejo sin duda moderado pero real en la aproximación de Balbín y Perón. Por diversas vías, la crisis profunda de la Argentina semicolonial parecía empujar a las grandes fuerzas sociales hacia un reencuentro en torno a banderas de democracia y liberación nacional.
En este proceso, correspondió a Alfonsín el papel de opositor al acercamiento con argumentos de “izquierda”. Su obsesión era la burocracia sindical, categoría informe y deforme que le sirvió siempre para marcar su extrañamiento agropecuario del gran movimiento social, hijo de la industrialización, inciiado en 1945.
Este es el secreto que encierran las dos figuras que completaban la trilogía de maestros escogidos por Alfonsín para definir su propia estirpe intelectual.
“Renovación y Cambio” era una vertiente de la “intransigencia” que a fines de la década del 40 reuniera en un haz a Balbín, Frondizi y Alende contra el viejo “unionismo” de ráiz alvearista. Pretendía ser un retorno a la tradición de Yrigoyen. Pero Alfonsín ignoraba que su segundo y tercer maestros eran versiones degradadas de los dos enemigos mortales que tuvo Hipólito Yrigoyen en el campo popular: Lisandro de la Torre y Juan B. Justo.
Ambos lo habían combatido desde las plataformas europeizadas de las principales ciudades-puerto: Buneos Aires y Rosario. Su “progresismo” era antinacional pues no se ligaba estratégicamente a un proyecto de liberación, aunque Lisandro de la Torre hiciera de algún modo su camino de Damasco bajo la crisis de los años 30. Confluyeron,contra Yrigoyen, en lo que éste lapidó como “contubernio”, digitado por las fuerzas conservadoras. Pero así y todo eran gigantes comparados por sus descendiente: ¡Horacio Thedy y Américo Ghioldi!
A esta altura de la historia —año 1972— ninguno de estos respetables caballeros conservaban otra impronta que la de la mediocridad perseverante y un antiperonismo que les pudría la sangre, aquel de “se acabó la leche de la clemencia” de los fusilamientos del 56. Su horizonte mental era un punto ciego en el espacio, sus “opera magna” cabían en una cabeza de alfiler.
Se requiere en verdad un esfuerzo de imaginación gigantesco para vislumbrar qué modelo de “renovación y cambio” tenía en mente el doctor Raúl Alfonsín cuando escogía a estas dos ramas resecas del liberalismo. Un esfuerzo que excede nuestras modestas aunque voluntarias posibilidades.
NOSTALGIA DEL 90
Trece años después, ya presidente constitucional, el doctor Alfonsín tuvo varias oportunidades de explicar las coordenadas de su concepción fundamental. Podría objetarse que no cumple aquí evaluarlo como filósofo sino como político o estadista. Sabemos, sin embargo, que la colonización ideológica es el nervio, la mediación necesaria de la dependencia, especialmente en un país de relativo desarrollo capitalista como la Argentina.
De ellos son conscientes los grandes portavoces de la oligarquía (aunque no hayan leído a Gramsci o a Jauretche), mucho más que cierta izquierda enfeudada también ella a un liberalismo inconfeso pero medular. El lanzamiento del Plan Austral fue precedido y acompañado por definiciones “principistas” del doctor Alfonsín, que merecieron el justo aplauso de aquellos voceros.
Así, en su Mensaje a la Asamblea Legislativa del 1º de Mayo de 1985, dijo el primer magistrado:
“No se trata, como algunos pretenden, de que el gobierno elabore un programa para seis meses o cuatro años. Se trata de que la Nación elija un estilo de vida, porque todos queremos vivir de otra manera y entrar en el siglo veintiuno con la misma gallardía con que traspusimos el humbral del siglo XX".
En tono levemente irónico, el diario “La Nación” se apresuró a comentar que Alfonsín había virado 180 grados en la interpretación histórico-político del país. No era del todo cierto, tratándose de quien se proclamara (o confesara) discípulo de Américo Ghioldi y Horacio Thedy, pero sí lo es (y es lo que importa) si atendemos a la doctrina tradicional de la UCR, al margen de las transgresiones post-yrigoyenistas de su práctica política.
Lo que el presidente olvidaba era que contra las clases dirigentes bajo cuyo imperio nuestro país había traspuesto “con gallardía el hombral del siglo XX”, dos veces se levantó en armas Hipólito Yrigoyen —en 1893 y en 1905— y las llamó “Régimen falaz y descreído”, cimentando en esa lucha la tradición democrática de la Argentina moderna.
Pocas semanas después, ala lanzar el Plan Austral el 14 de junio, Alfonsín reiteraba sus convicciones de fondo:
“A los escépticos les digo que a finales del siglo pasado un país lejano, desértico y pobre se levantó sobre sus propias dificultades para convertirse en el quinto país del mundo por la riqueza de sus habitantes".
"¿Quiénes hicieron hicieron ese país? ¿Los escépticos, los fatalistas, los tristes de la Argentina? A ese país lo construyeron con menos cultura y más difultades, argentinos que fueron nuestros padres y nuestros abuelos. ¿Y hoy les vamos a decir a ellos, a nuestros padres y a nuestros hijos que no podemos?”
Si la Argentina fue el “quinto país del mundo por la riqueza de sus habitantes” es por lo mismo que Kuwait o los Emiratos Arabes son hoy el “el primer país del mundo por la riqueza de sus habitantes” delante de Suecia, Estados Unidos, Japón o la Unión Soviética. Obviamente, hasta que los pozos se sequen o el petróleo se desprecie o los mercados se cierren. No por el desenvolvimiento de sus fuerzas productivas, no por su integración orgánica como país moderno, no por haber emprendido su revolución industrial, sino en función coyuntural, necesariamente pasajera, de una dependencia privilegiada.
Nuestros abuelos lucharon con más o menos suerte por hacerse una lugar bajo el sol en el país de Martín Fierro, y en eso rendimos todo nuestro homenaje a la piedad filial del doctor Alfonsín. Pero la oligarquía dilapidó la coyuntura agro-exportadora como si fuera eterna, y otras fuerzas tuvieron que pugnar con despareja suerte para repechar la crisis abierta por la quiebra del mercado mundial a partir de 1930.
La visión de Alfonsín es nostálgica de un ya imposible bucolismo satélite, y nos sorprende que el presidente sea reiterativo en interpretar la historia argentina posterior a 1930 como una contínua decadencia, olvidando, por ejemplo, los esfuerzos de la década 1945-1955 por crear una estructura industrial independiente en el marco de una justicia social participatoria. No de otro modo fabulaban los doctrinarios del “proceso” cuando nos remitían a aquellas décadas privilegiadas en que figurábamos “a la cabeza del mundo”.
EL APLAUSO OLIGÁRQUICO
Las sabias reflexiones presidenciales movieron enseguida el elogio del señor Manuel Tagle. empernido columnista de “La Prensa”, cuyo panegírico —por razones de espacio— resumimos: “Hay en el radicalismo —manifiesta Tagle— dos tradiciones contradictorias. La primigenia, de raíz ‘liberal’, la de la originaria Unión Cívica, se simboliza en Mitre, Alem, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle. Esta tradición da al actual partido de gobierno, “el único estilo capaz de resolver el drama de de su lamentable retroceso”.
Desgraciadamente, en 1916, “proyectando un manto de sombra sobre el brillo de aquellos prohombres finiseculares, Hipólito Yrigoyen inaugura la segunda tradición partidaria, la de la democracia a ‘secas’, (ese ‘personalismo’ desbordante que hizo decir a a su correligionario Tamborini esta frase en el Congreso de 1924: ‘Se equivocan los que creen que el título de radicales se obtiene castrando voluntades o cayendo genuflexos ante la un caudillo todopoderoso“.
Para Tagle, derrotado el propio Tamborini en 1946, el radicalismo se contamina del programa de Perón absorbiendo un sistema de pensamiento “que el propio presidente ha fustigado cuando en su discurso del 14 de junio trazó una línea de separación entre el periodo construcctivo de ‘nuestros padres y abuelos’ que elevó a la Argentina al quinto puesto entre las naciones más adelantadas del orbe, y el que ‘en los últimos 40 años’ selló nuestra decadencia”.
“En buena hora —prosigue Tagle— si el Partido Radical... retorna a ser lo que quisieron sus egregios fundadores”.
¡A esto se llama luchar ejemplarmente por la hegemonía ideológica como resorte inexcusable de la hegemonía político-social! ¡Alfonsín bajo la sombra de Mitre y su versión popular porteña, Alem! Los huesos de Yrigoyen se revuelven en su tumba. Meditemos sobre la relación profunda entre estas coordenadas de la filosofía presidencial y el PLan Austral del señor Sourrouille.
Los planteos presidenciales arrancan arpegios de elocuencia en la garganta de la pitonisa oligárquica. “Ojalá —dice— que el atavismo de Mitre y Bernardo de Irigoyen ilumine la voluntad de cambio del presidente, induciéndolo a derribar de su pedestal a los demagogos e ídolos de barro que a partir de 1916 apartaron al partido (radical) de sus más nobles tradiciones”
Toda la trayectoria del radicalismo histórico se cifra en la lucha denodada contra esas “nobles tradiciones”, de las cuales procede en cambio el recóndito y ahora explícito pensamiento del doctor Alfonsín, como Eva de la costilla de Adan.
Jorge Enea Spilimbergo (Junio 1986)
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