[R-P] [Roberto Hernández Montoya] La llamada piratería

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Abr 1 11:15:38 MDT 2009


Gentileza Bob Weiss
Aporrea – Venezuela – 12.03.2009
La llamada piratería
Roberto Hernández Montoya


—Señor agente: Llamo para denunciar que en este momento se están 
copiando sin autorización miles de millones de canciones por Internet. 
Manden patrullas y jaulas suficientes para arrestar a cientos de 
millones de delincuentes.
—Ya vamos para allá y gracias por esta valiosa denuncia, señor ciudadano 
ejemplar.
En este asunto de la llamada piratería hay puntos legales y puntos 
morales. Hay incluso puntos estéticos y hasta de cociente intelectual. 
Según una ley internacional promovida y presionada casi enteramente por 
los fabricantes, es ilegal casi que hasta mirar una carátula de disco en 
una tienda, si no lo compras. Estoy seguro de que algún fundamentalista 
debe estar pensando en esta prohibición. Por eso te insultan sin haber 
violado la ley y te ponen una intimidación del FBI antes de gozar de tu 
película. Pero también hay asuntos morales en la venta de chatarra por 
precios desmesurados.
O cobrarte cosas incobrables como el olor de una comida. Una vez Gaby, 
Fofó y Miliqui presentaron un contencioso: un parrillero se quejaba ante 
un justicia de que un viandante estaba gozando el olor de su carne asada 
sin pagarlo. El justicia le preguntó al cocinero el precio del olor. 
Pidió entonces al renuente viandante la moneda que el otro exigía. La 
lanzó al piso y preguntó al guisandero si había oído el tintineo de la 
moneda. Cuando el parrillero dijo que sí, el justicia sentenció:
—Ya está usted pagado.
Insisto: si me ofrecen un producto de alta calidad a un precio 
comparable a la copia ¿para qué comprar la copia? ¿Para qué copiárselo a 
un amigo? Hay un hermoso disco, por ejemplo, de Jesús Soto y Paco Ibáñez 
hecho en España, la cubierta es una obra de Soto, imposible de copiar. 
Puedes copiar la música, pero no la cubierta. Yo no quiero una copia del 
álbum Sgt. Peppers de los Beatles. Quiero incluso el disco de pasta 
original, esa Capilla Sixtina del LP. Las versiones en CD me lucen como 
copias de buhonero, porque en todo esto hay grados variables de fetichismo.
El Seniat promovió en Venezuela hace unos meses en el Hotel Hilton una 
exposición de productos copiados sin autorización, ropa, lápices, 
relojes, calculadoras, etc. En algunos casos la versión copiada era 
mejor que la original. O no había diferencia alguna. Es tal vez ilegal 
copiar, pero ¿es inmoral?
Algunas empresas relojeras suizas bien conocidas producen 
deliberadamente relojes para el mercado negro... ¿Es legal? ¿Es moral? 
¿Tiene esa empresa derecho moral a combatir la llamada «piratería» que 
ella misma practica? ¿Tiene derecho moral a tratarme de ladrón potencial 
e intimidarme con el FBI para satisfacer la hipocresía industrial? 
¿Tiene derecho moral a cobrar el precio exorbitante que cobra por el 
producto «original» solo porque tiene un serial que lo distingue? ¿La 
gente me ve el serial cuando fanfarroneo con el reloj «original»? ¿No 
están estafándome si compro el «original» puesto que lo que en realidad 
me están vendiendo es una marca de status social? ¿Qué pasa con las 
disqueras que copian a granel y colocan esta copia no autorizada entre 
los buhoneros? ¿Qué pasa con las disqueras que venden más de lo que 
declaran? Roban al artista y roban al fisco.
En el caso de la moda se presenta algo que podría ser modelo para otras 
industrias. Un modisto lanza una colección e inmediatamente vienen los 
copiones y sacan imitaciones. No es moral pero tampoco ilegal, porque no 
se puede patentar un feeling, un estilo. ¿Cómo notariar el «tumbao» 
BCBG? Lo que queda al modisto es ganar con la primera generación de 
diseños y luego que vengan los arroceros. Beau Brummel, el padre de los 
lechuguinos, petimetres y pisaverdes, que en inglés llaman dandies, iba 
a una fiesta vestido de cierta manera. A la fiesta siguiente los dandies 
copiones le imitaban el estilo, pero ya Brummel lo había cambiado y así 
vivieron un buen tiempo, persiguiendo inútilmente los diseños del Dandy 
Mayor, quien tenía un sastre para el saco, otro para el pantalón y otro 
para el chaleco; un peluquero para el copete y otro para el occipucio. Y 
se hacía planchar la ropa ya puesta. Todo, decía, para pasar 
desapercibido. Invertía una tarde entera haciendo el nudo de la corbata, 
para que pareciera hecho al descuido.
La primera camada será la que valga, pero sobre todo la de los productos 
que valgan la pena, que no estén valorados de modo desmesurado en 
relación con la copia, que no valga la pena copiar o no sea posible, 
como el disco Soto-Ibáñez o una Macintosh.
Otro punto es que se puede. Antes había que fotocopiar un libro o copiar 
un disco en open reel o carrete abierto (¿te acuerdas?) o en casete. La 
calidad disminuía radicalmente. Hoy copias el texto de un libro en forma 
electrónica o el sonido de un disco. En el caso del disco la cubierta es 
generalmente tan deleznable que no pierdes nada copiando solo el sonido. 
Es más, probablemente ganas. Ahora copias bit por bit y la copia es 
virtualmente idéntica al original.
¿Por qué una disquera no me da acceso total a su colección por un precio 
mensual o anual? Podría ofrecerme u ofrendarme un valor adicional: 
información enviada por correo electrónico, acceso a descuentos para 
asistir a conciertos del artista, si vive. Información sobre artistas 
similares. Un curso completo de bolero feeling o de bebop o de chanson 
française o de samba o de salsa. O soporte técnico en el caso del 
software. ¿Para qué copiar en ese caso? El producto se desplaza, ya no 
es la música, la película ni el software, sino el valor agregado lo que 
se vende. Lo otro podrían hasta regalarlo como prospecto de venta. Ya la 
cosa comenzó: iTunes te regala canciones. Amazon te regala información 
sobre los productos que vende. Hacen falta empresarios con imaginación y 
no simplemente con mentalidad policial. Si el problema fuera solo 
policial ya no habría ni drogas ni copias no autorizadas en la calle. 
«Si la limosna se diera solo por caridad, ya habrían desaparecido los 
mendigos», decía Nietzsche. Es imposible impedir que la gente cultive 
marihuana en su jardín o elabore LSD en un laboratorio escolar. La clave 
está en combatir las motivaciones de la copia no autorizada o del 
consumo de drogas. No es fácil, pero es el único camino. Una vez 
encontraron a un tonto buscando una moneda debajo de un farol. Le 
preguntaron dónde se le había perdido y respondió:
—Allá, en lo oscuro, pero aquí puedo buscar porque hay luz.
Otro caso simpático: el diskette con la novela de García Márquez, 
Memoria de mis putas tristes, llegó a Colombia en una caja sellada, con 
mil protecciones. Una semana antes de que entrara en circulación ya 
estaba en la calle una copia no autorizada.

Es que basta que se pueda para que se haga. García Márquez, para 
combatir esa copia, cambió el final y corrigió algunos errores. Aquí se 
presenta un problema de estética literaria: hay lectores a quienes puede 
gustar más el final de la copia que el modificado. ¿Cuál es el original 
y cuál la copia? El error puede dar valor a la novela, como los errores 
que valorizan una colección de sellos de correo. Hay gente a quien gusta 
la primera edición de Star Wars; no la corregida por George Lucas. Ese 
original solo se consigue en copias no autorizadas... Paradojas que hay 
en este empeño tonto de parar el Orinoco con una mano. Es decir, llamar 
a la policía para meter presa a la humanidad copiona.
¿Verdad que es tonto?



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