[R-P] [José Claudio Escribano] La muerte de Alfonsín: adiós, señor Presidente
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Abr 1 10:56:05 MDT 2009
[De toda la parafernalia encomiáztica que se está difundiendo en estos
momentos en honor de Raúl Alfonsín, creo que lo mejor es lo que le
dedica este caballero, conocido "apretador" de Presidentes. Casi casi un
regalo, mire.]
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1114126
La muerte de Alfonsín
Adiós, señor Presidente
José Claudio Escribano
LA NACION
Miércoles 1 de abril de 2009
/Era un hombre sincero, tozudo, de ideales, leal, todos atributos que
cautivaban a la juventud/
Estaba, meses atrás, en la tarea de mudar libros entre Buenos Aires y
Pergamino. Comencé extrayéndolos de anaqueles desordenados por el
tiempo, como sucede con cualquier biblioteca que haya sido grata en
placeres y servicios. De pronto retuve dos libros en cuya cubierta
figuraba el nombre de Raúl Alfonsín.
Acuciado, tal vez, por la sombría noticia que se había derramado a media
voz sobre su salud, tomé al azar uno de los tomos. Más por
presentimiento que por el vago recuerdo de lo que podía encontrar, lo
abrí. En letras vigorosas, trazadas con tinta azul, el autor había
puesto la dedicatoria que sigue a quien esto escribe: "?con la remota
esperanza de que me entienda, con un abrazo". Y la data: 1987, en medio
del período presidencial del remitente.
Palabras intencionadas. Innata ocurrencia de un temperamento obstinado.
Suficiente constancia, o tenue reprensión, por disentimientos con aquel
a quien iban dirigidas: la disputa con Ricardo Balbín por el liderazgo
radical, a partir de 1970; la decisión de poner al viejo partido ?el
partido de la inmigración y de la clase media argentina? en la
Internacional Socialista; visiones diversas sobre las reglas de una
economía sana, la reforma constitucional de 1994...
En otra parte del libro, la tinta azul se había extendido en la
indicación para el destinatario de que debía leer especialmente las
páginas tales y cuales. Conocía el carácter del firmante. Aquellas
palabras patentizaban la esencia de un espíritu. El del político sobre
cuyas luchas se ha fundado el ciclo democrático de gobierno que se
prolonga desde hace 25 años, ahora con malversaciones crecientes de los
gobernantes sobre su recto funcionamiento.
Había escuchado el nombre de Raúl Alfonsín, por primera vez, de boca de
Haroldo Foulkes, hermano de su madre, Ana, una espléndida mujer. Foulkes
estaba casado con María Roldán, luchadora radical durante la dictadura
de Perón, la de la primera parte de los años 50. Foulkes había ingresado
en La Nacion en 1957. Lo había hecho como cronista de temas generales,
después de haber escrito por años, en la revista El Hogar, una sección
sobre el mundo del golf, denominada "Hoyo 19".
En las elecciones presidenciales del verano siguiente, Foulkes apostó
por el candidato perdedor, Ricardo Balbín. Otro tanto hizo el sobrino,
pero con mejor fortuna. Esas elecciones de 1958 lo encumbraron como
vicepresidente del bloque de diputados de la Unión Cívica Radical del
Pueblo en la Legislatura bonaerense.
En adelante no sería necesario preguntar por Alfonsín y por su carrera,
cada vez más visible y empinada. En 1963, con el triunfo de Arturo
Illia, sería vicepresidente del bloque de diputados nacionales de la
UCRP, bien que a partir de una relación más directa con el presidente
del partido, Balbín, que con el nuevo presidente. Por entonces Foulkes
se había radicado en Londres. Primero, para trabajar en la BBC, y luego,
para asumir la corresponsalía de La Nacion.
La esperanza de lograr comprensión fue una derivación infaltable,
explícita, en los compromisos de Alfonsín con la política. Transmitía
esa esperanza con verbo vibrante en las tribunas cívicas, en las que
descollaría como el más grande orador del último cuarto de siglo. Pudo
haberse dicho de él lo que se señaló sobre Aristóbulo del Valle, que
poseía los atributos que arrebatan a la juventud: sinceridad en los
ideales, desinterés material en la acción, lealtad en el infortunio.
También, confianza audaz en el triunfo, a pesar de las derrotas y
dificultades que asomaran.
Fue un final a la medida del personaje histórico el de esa despedida del
30 de octubre, en el Luna Park, colmado por el gentío juvenil que debió
contentarse con la proyección de un discurso grabado por Alfonsín dos
días antes. El cuerpo vencido no permitía a esas alturas sino que lo
sentaran al lado del lecho, en una silla especial, desde la que iba a
pronunciar la arenga última, la más emotiva, y con la invocación, por
enésima vez, a una política nacional de diálogo.
Era la de Alfonsín una esperanza igualmente infundida a la palabra
escrita. Hacía llegar sus artículos a múltiples hojas partidarias, e
incluso, a hojas abiertas por núcleos doctrinarios más heterogéneos que
los de una bandería. A ellos se acercaba por la voluntad de extender la
influencia de sus propuestas por encima de los cánones de la agrupación
en que militó desde la adolescencia. Había ingresado en la UCR, de
Chascomús, por las puertas de la "Intransigencia" que inspiraban, por
oposición al núcleo heredero del alvearismo, Balbín, Frondizi, Lebensohn.
La muerte no mejora a nadie, pero nada impide que los ojos de otros
hombres embellezcan, al apagarse una existencia, los rasgos cautivantes
que hubieran sobresalido en aquel que se aparta definitivamente,
irremediablemente, de la comedia humana que se renueva a diario. Aquella
esperanza permanente de Alfonsín por atraer el asentimiento ajeno hacia
las propias convicciones se resumió en el verbo que, por reiterado en
tribunas y escritos, terminó identificándole ante la opinión pública.
"Persuadir."
En situaciones generales en que el grado de impostura política alarma y
sobran hombres-veletas dispuestos a prestarse hoy a denostar lo que
predicaron hasta ayer nomás, la vida de Alfonsín impresiona, en cambio,
por la autenticidad. Por la dignidad con la cual defendió ideas, por el
coraje con el que actuó, aun a riesgo de una muerte anticipada y
violenta. En la década de los 70, debió apelar a sucesivos refugios
temporarios para salir ?primero por la Triple A, luego por la facción
militar más dura? de la línea de fuego irracional del terrorismo de Estado.
Encolerizaba a algunos que durante la represión del otro terrorismo, el
de las bandas subversivas, se hubiera movilizado, como abogado y
político, en defensa de los derechos de quienes pedían protección.
Prestó ese concurso de manera resuelta, mientras el fanatismo de los
detractores se expresaba con encono en periódicos subalternos,
subvencionados no pocas veces por organismos del Estado.
Olvidaban que bajo la influencia de Alfonsín una franja sustancial de la
juventud universitaria había sido sustraída de la violencia
protagonizada por quienes soñaban, a punta de pistola, con el delirio de
lo imposible. Frente a la juventud que mataba y moría, aquélla fue la
gran contribución a la sociedad argentina de Alfonsín y la muchachada
que lo seguía en las casas de estudios. Al comienzo, desde Franja
Morada, integrada por radicales, socialistas, anarquistas; luego, desde
la Junta Coordinadora, decididamente radical.
Es parte de otra historia y de otros desencuentros que esa misma
juventud, al madurar más tarde con deficiencias, ya en el ejercicio de
cargos jerárquicos en la UCR, ya en funciones de gobierno, hubiera
echado leña al fuego en que se ha consumido no poco de la identidad y la
gravitación centenarias de ese partido. ¿Hay aún tiempo para salvar al
que ha sido, con alas desplegadas a izquierda y derecha del eje central,
uno de los grandes agrupamientos democráticos de la Argentina? Sólo el
porvenir podrá decir con qué resultado se han hecho las gestiones
todavía en marcha para lograr, con la participación de dispersos
fragmentos radicales, la reconstrucción de lo que ha dejado un vacío
inocultable en la política.
Raúl Alfonsín fue un hombre de empecinamientos, de errores de concepto
arduos de explicar, pero que provenían, como en todo aquello en que
acertó, de un innegable fondo de principios ennoblecidos por la decencia
con la que se aplicaba a la política práctica. Disponía, según la
nomenclatura posmoderna de la política, de una veta progresista, algo
confusa y de viejo cuño, renuente a complacerse en modalidades
autoritarias de gobierno. Sabía, por eso, lo que otros ignoran en el
difuso campo del progresismo: la democracia argentina se queda vacía de
contenido sin el acatamiento de los preceptos republicanos de la
Constitución de 1853/60.
Las discusiones con Alfonsín eran asunto más sencillo de resolverse a la
distancia que en la confrontación personal. El interlocutor desprevenido
podía convertirse en rehén del tratamiento invariablemente respetuoso,
de la cortesía y la amabilidad seductoras que dispensaba con naturalidad.
Conseguía de ese modo atenuar diferencias y, ni qué decir, ridiculizar
la inferioridad del hosco desdén. Además, Alfonsín disponía, aun en
capítulos menores de la vida, del don del agradecimiento, rara virtud en
la esfera de debate de los asuntos públicos. Su amenguada presencia, por
mezquindad o lo que fuera, debería invitar a un examen introspectivo a
muchos de los que lo enfrentaron dentro y fuera del Partido Radical.
Desde que había dejado la Casa Rosada, en 1989, nunca dejé de decirle
"presidente". Así lo hice cuando llamé a su teléfono, a mediados de año,
para interesarme "por el pequeño problema" con el que estaba lidiando.
Quedé sin dudas sobre su estado real a raíz de la emotividad con la que
se despidió antes de que cortáramos.
El jueves 18 de septiembre lo visitamos con Rita, mi mujer, en la
prolongación de su hogar, que era la oficina del quinto piso del
edificio de la avenida Santa Fe en el que vivía. Hablamos de María
Lorenza, su mujer, que tampoco se encontraba bien de salud. Hablamos
sobre el vicepresidente Julio Cobos y de la significación institucional,
que Alfonsín valoraba, de su famoso voto en el Senado, pero también de
la necesidad, observó con disimulada picardía, de que "en estas cosas"
obre el tiempo. "Porque no vaya a ser que Cobos vuelva ya mismo en
plenitud al partido y se nos endilgue que cogobernamos".
Hablamos los tres, sin abordar lo que estaba implícito en la visita.
Evocamos comunes afectos, amigos, gentes de Pergamino, la de esos pagos
que en secreto lo acogieron, en medio del otro drama ?el de hace 30
años?, porque eso era lo que había que hacer, así de simple. Mencioné
nuestra última conversación telefónica. "Al fin de cuentas ?resumí, como
pude?, mucho más importante que no haberlo entendido a veces, es haberlo
querido, Presidente."
"Claro que sí ?contestó?; así ha sido."
Dijimos que era hora de irnos, que era innecesario que se levantara del
sillón. Que no debía incomodarse más de lo que lo había hecho. Asintió.
Percibí la triste sonrisa de quien contiene dolores. Se abrazó con Rita.
Inclinándome, extendí el brazo hacia la mano recíproca que, más que
alargarse, me atrajo con empeño. Logró que las cabezas chocaran.
Quedaron juntas por el instante que aún perdura.
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