[R-P] [E. Lacolla] El fin de una época

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mar Sep 30 17:30:45 MDT 2008


¿El fin de una época?

Por Enrique Lacolla

¿El sistema capitalista pasa por una de sus crisis habituales o es
ésta el presagio de su agonía?

Para los apologistas del libre mercado este significa "la libertad
para elegir" y una "destrucción creativa", que hará posible luego el
"derrame", desde las cimas de la acumulación de la riqueza financiera,
de cataratas de dinero que descenderán sobre unas sociedades moldeadas
por una competencia implacable, pero en suma oxigenante. Los teóricos
de la doctrina friedmanita formados por la escuela de Chicago no eran
ni son, por supuesto, científicos en sentido estricto; responden a los
intereses del capitalismo más concentrado; pero se sienten en diapasón
con un sistema que, innegablemente y a pesar de las múltiples
atrocidades que cometiera, es el motor que dinamizó a la sociedad
moderna. Los costes de esa expansión han sido monstruosos, pero los
resultados para el puñado de sociedades que se beneficiaron de ellos
resultaban aceptables para su población. Aunque entre esos costes
hayan figurado la explotación despiadada del mundo colonial y
semicolonial, los choques intraimperialistas que desembocaron en dos
guerras mundiales y una concentración de la ganancia que pronuncia día
a día la distancia que separa a los sectores sociales, incluso en los
países metropolitanos. Pues las crecientes desigualdades entre un
estrato y otro inhiben cualquier progresión democrática y de hecho
tienden a resolverse en el juego de unas oligarquías políticas que se
turnan en la conducción de los asuntos públicos y que se diferencian
en cuestiones de matices, pero que en esencia no discuten lo
fundamental del sistema.

Ahora bien, si en los tiempos de bonanza es rentable predicar el
laissez faire y exigir de los gobiernos que no se inmiscuyan en el
mercado, cuando las burbujas financieras generadas al amparo del dejar
hacer se desinflan y la distancia entre la economía especulativa y la
economía real se torna evidente y apunta a precipitar una reacción en
cadena, los profetas del mercado libre de pronto descubren la bondad
del Estado y exigen de este que venga a corregir el desastre que ellos
han montado. Pero su exigencia por supuesto no atiende a los datos que
atañen a la economía real y a las personas que se mueven en ella, sino
a la supervivencia de la superestructura dineraria que se derrumba y
que necesita de inyecciones de fondos que puedan sostener un tiempo
más el tinglado en pie y generar una "crediblidad" que, sin embargo,
tiende a ser cada vez menos creíble…

No se puede decir que a la escuela de Chicago y a sus muchachos les
hayan faltado tiempo ni instrumentos para poner en práctica sus
doctrinas. Desde Ronald Reagan en adelante, fueron el referente de
hierro de las políticas puestas en práctica desde el Primer Mundo. La
coerción militar y la coerción económica marcharon en todo momento de
la mano para romper el espinazo a las resistencias que podían
insinuarse y, a partir del derrumbe de la Unión Soviética, los dueños
del dinero se sintieron libres de todo freno. Como afirma un artículo
firmando Stephen Lendman aparecido en Global Research, Reagan y
Thatcher promovieron la "revolución neoconservadora", luego redefinida
como "capitalismo neoliberal"; George Bush "senior" profundizó la
corriente con el "Consenso de Washington", Bill Clinton la convirtió
en una religión y George W. Bush "junior" la proyectó al nivel de un
fundamentalismo de mercado. Hoy se tocan los resultados de este
desatino. Los Bancos y otras instituciones globales fallan
catastróficamente, otros pocos se tambalean al borde del abismo, otros
se absorben unos a otros, el crédito se restringe, el desempleo ronda,
las commodities se desploman y quienes tuvieron el tupé de dar
lecciones al mundo se limitan a reproducir enfáticamente las mismas
recetas de antes.

Y sobre llovido, mojado. El hecho de que el pasado fin de semana las
cabezas de los bloques legislativos en Washington, los dos candidatos
que se aprestan a enfrentarse en las elecciones presidenciales
noviembre y el primer mandatario saliente, resolvieran aprobar el
paquete de ayuda de 700.000 millones de dólares para acudir al rescate
de los mercados, tropezó el lunes con la rebelión del Congreso
norteamericano y su negativa a aprobarlo, al menos en los términos en
que estaba redactado, pues en él no se hacía mención alguna a las
víctimas directas de la crisis, los sujetos a los fondos de pensión
privados y sobre todo los tenedores de hipotecas inmobiliarias que
pierden sus hogares como consecuencia de su imposibilidad de pagar
créditos otorgados por entidades bancarias que de repente se tornan
insolventes como consecuencia del manejo irresponsable de sus fondos y
del fraude generalizado.

La rebelión del Congreso, frente a la aquiescencia de sus máximos
exponentes partidarios para con el gobierno de Bush, es un síntoma
peligroso para el sistema. Aunque, como es de prever, en definitiva se
acceda a un acuerdo consensuado. Y ello no tanto porque la renuencia
legislativa refleje la capacidad de obstrucción de los legisladores a
los planes para "salvar la economía", como porque parece estar
expresando su reacción ante la catarata de mails que están recibiendo
de parte de sus electores, quienes de forma abrumadora se oponen a
cualquier salvataje que no tome en cuenta a las víctimas de la crisis.
Entre la mayoría de los legisladores que se oponen al proyecto hay
republicanos tanto como demócratas. Sea porque se rebelen
espontáneamente, sea porque quieren conservar un sitial que saben que
en definitiva depende de quienes los han votado, el caso es que una
agitación legislativa está en curso, y que esta puede no ser más que
la punta del iceberg: la primera manifestación de una inquietud social
que empieza a recorrer Estados Unidos y que bien puede no terminar
aquí o erigirse en el preanuncio de futuras convulsiones.

¿Hacia la ley marcial?

Hay un dato significativo. El Army Times  acaba de reportar que la
primera brigada de combate de la 3ra. División, de servicio en Iraq,
acaba de ser llamada al territorio norteamericano. Será afectada a
tareas que pueden vincularse a los escenarios que podrían deducirse de
unos ataques terroristas de carácter químico, biológico, nuclear o con
altos explosivos…, así como a atender las situaciones que podrían
derivarse de la inquietud civil y a controlar multitudes, que
presuntamente se agitarían como consecuencia de esas potenciales
catástrofes.

¿Será pecar de desconfiados presumir que, más que a responder unos
improbables ataques terroristas, la primera brigada tenga como
cometido esencial estar lista para lidiar con unos posibles tumultos
civiles determinados por el colapso financiero y su impacto en la
caída de los fondos de pensión, los seguros de vida y el derrumbe de
los créditos hipotecarios que amenaza dejar sin techo a cientos de
miles de personas? La fecha para tornar operativa esa unidad de
combate es el 1 de octubre. A un mes de las elecciones…

Una brigada de combate está concebida para proveer defensa al
territorio patrio y defender a las autoridades civiles. Para Estados
Unidos se trata de un procedimiento inédito. Implica que el ejército
asuma funciones policiales, moverse hacia el posible establecimiento
de una ley marcial en determinadas circunstancias y hacer abandono de
unos puestos de batalla en el exterior (Iraq o Afganistán), lo que
produciría huecos que sólo podrían ser rellenados por tropas
mercenarias.

Es un momento muy singular el que se vive en el mundo globalizado.
Estamos evolucionando hacia un desorden muy acentuado. Cuál será la
deriva que tomarán los acontecimientos es un misterio. ¿Se dirigirá el
mundo desarrollado hacia formas más equitativas de reparto de la
riqueza y morigerará sus pretensiones respecto de los países
emergentes? Es dudoso. El capitalismo es, en sí mismo, una fuerza que
expresa un darwinismo social para nada contemplativo con los débiles.
Y en la actualidad su carácter irresponsable se ve reforzado por el
automatismo de los mercados, por la imposibilidad de controlar las
transacciones electrónicas instantáneas y, en consecuencia, por el
predominio de las máquinas: estas pueden despedazar en una milésima de
segundo una estabilidad lograda con dificultad.

Es posible que los gobiernos y los organismos de crédito
norteamericano, europeos, japoneses o chinos de momento consigan
pilotear la crisis, insuflen aun más fondos y consigan así la deprimir
la extrema tensión que se percibe en los mercados del dinero,
devolviendo cierta confiabilidad ficticia al sistema y evitando la
corrida contra los bancos, cosa que tendría un efecto catastrófico en
el mundo entero.

Los datos generales de la situación mundial, sin embargo, no son
alentadores. Esta crisis debería servir de toque de atención al
sistema para que las autoridades que creen gobernarlo buscasen una
reversión de las líneas de acción que en la actualidad desarrollan. Lo
cual implicaría controlar el mecanicismo financiero y detener el
expansionismo y el furibundo armamentismo que busca ejercitar sus
músculos en las áreas críticas del planeta, dejando o más bien
ayudando a que éstas encuentren su propia estabilidad y, en
consecuencia, escapen del torno económico-militar que las oprime,
dándose las formas de gobierno que más les convengan y en las
ecuaciones regionales que mejor les sirvan. Pero esto, que sería
racional, suena bastante a utopía. Sólo la presión popular, con las
masas en la calle y afrontando los riesgos que ello comportaría,
podría desbalancear la situación y evitar que, como en el Gatopardo de
Lampedusa, algo cambie para que todo siga igual.

  Citado por Michael Chossudovsky, Global Research, Septiembre 30, 2008.

(www.enriquelacolla.com)


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Néstor Gorojovsky
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