[R-P] [E. Lacolla] Los íconos argentinos

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Vie Sep 5 08:31:02 MDT 2008


Los íconos argentinos
__Por Enrique Lacolla__

/La discusión sobre nuestro pasado está lejos de haber terminado. Pero
sería bueno que la asumiéramos con buena voluntad y comprendiendo, de
una buena vez, que las antinomias tajantes no llevan a nada. O, más
bien, que sólo prolongan el extrañamiento de nuestra propia realidad./

El permanente revolverse de los argentinos en torno de las figuras de
su pasado, lejano, mediato o reciente, exterioriza un problema de
identidad no asumido. En la medida en que suele articularse en
contradicciones tajantes es expresivo, también, de una historia
distinguida por una escisión en la cual lo genuino y lo artificial, lo
nacional y lo antinacional, se entremezclan hasta configurar un tipo
humano desgarrado dentro de sí mismo, cuya única posibilidad de
conformarse como un ser adulto es resolviendo sus antinomias a través
de una síntesis muy difícil, en la cual van a quedar jirones de
orgullo y deberán deshincharse muchas seguridades retóricas. Abrirse
paso en esa maraña de confusiones, a la cual ninguno de nosotros
escapa, será un trabajo muy arduo.

Siguiendo a Marx, estamos de acuerdo en que la materia determina a la
conciencia. Esto es, que los intereses de fondo que mueven a los seres
humanos crean una cobertura ideológica con la cual estos se explican y
justifican a sí mismos. También creemos que esa cobertura, a su vez,
opera por sí misma al ser introyectada por quienes la reciben y
determina muchos de los movimientos de los individuos que la profesan,
quienes operan y modifican la circunstancia que los rodea en base a
esa conciencia adquirida. Una falsa conciencia puede tornarse más o
menos veraz al interpretar y vehiculizar inquietudes, simpatías y
antipatías que están influidas y, en algunos casos, predeterminadas,
por el imperativo de la cultura recibida.

La Argentina es un país arquetípico de esta clase de contradicción.
¿No es sorprendente que, atenazados como estamos por la deuda externa,
los problemas sociales y la indecisión en revertir un modelo económico
que nos arruinó a lo largo de tres décadas, estemos hoy ingresando a
un espacio polémico a partir de la resolución del gobierno de la
Nación de tomar como los íconos culturales que representarán a nuestro
país en la Feria del Libro de Francfurt a Carlos Gardel, Eva Perón,
Ernesto Che Guevara y Diego Maradona?

Y bien, no, no es sorprendente. O al menos no lo es tanto. Porque si
es cierto que hay asuntos mucho más urgentes, tanto la elección de
esos personajes como la reacción de piel –vulgo, roncha- que su
designación ha suscitado en sectores de la __intelligentsia__ son
demostrativos de las viejas y semiconscientes antinomias culturales de
los argentinos siguen vivas, y se encarnan en muchas de las tomas de
partido que adopta la clase media. La excitación en torno de esas
figuras revela tanto la inanidad del debate tal como se lo plantea,
como la necesidad de jerarquizar el sentido de nuestra historia y
darle los perfiles que se merece, rompiendo con los parámetros rígidos
del pasado para, finalmente, operar con cierta eficacia sobre el
presente.

* Un ejemplo

Juan José Sebreli, ilustre sociólogo, excelente escritor y
antipopulista de alma, a quien se le deben muchas observaciones
agudas, bien que sesgadas, sobre la psicología social argentina, se ha
sentido escamado en su sensibilidad por la elección de esos
personajes, que son los mismos que él había seleccionado para un libro
suyo de próxima aparición. Es de suponer que observándolos desde un
prisma muy diferente al que les consagra el actual gobierno, y de la
intelección simplista que de ellos tienen tanto éste como una vasta
franja del público.

En un reportaje concedido a **La Nación** y aparecido en el ejemplar
del domingo 31 de agosto, Sebreli explaya sus puntos de vista, lo que
permite presumir el contenido de su libro. En cualquier caso, el
reportaje habla por sí mismo. Sebreli dice al principio, con buen
sentido, que en una Feria del Libro lo que tendría que haber primado
son las figuras de intelectuales y escritores como ejemplares de la
cultura del país, más que la de ciertos fetiches populares. Pero acto
seguido se desencadena contra la tipología de los personajes elegidos.
Y propone, a su vez, el cuadro de honor que a su entender debería
presidir a los estantes de la muestra.

"Ni siquiera tendrían que haber tenido que consultar. Cualquier
persona medianamente culta lo sabe. Tendrían que haber elegido a
Sarmiento y Borges como únicos representantes". Y añade, a modo de
concesión, como aporte propio, a Roberto Arlt, aunque admite que
"también él podría ser discutido".

Los perfiles de los elegidos por el gobierno son matizados por Sebreli
con una puntillosidad negativa que, aparentemente, su propia selección
de personajes no requiere. __"Gardel es el cantor nacional, del
pueblo, pero es también el lumpen, el gigoló. Evita es la mujer
consagrada a los pobres, pero es también la perseguida y la
perseguidora, la mujer del látigo. El Che fue un hombre que luchaba
por un mundo mejor, pero también el que llevó a la muerte a miles de
jóvenes por una aventura absurda… Pudo ser un médico, antropólogo o un
escritor, pero el encuentro con Fidel lo cambió. Y Maradona es el gran
jugador de fútbol, pero también el drogado, el tramposo, el vivo. No
es un hombre del fútbol, sino del telefútbol".__

Uno se pregunta si en la calificación de Evita por Sebreli no ha
pesado inconscientemente también el calificativo de puta, que
endilgaba el odio opositor a quien de forma apasionada, pero en última
instancia moderada (habida cuenta de los ataques de que era objeto),
tomaba partido por los pobres en un país donde la oligarquía tenía
grandes cuentas que pagar. Cuentas que, dicho sea de paso, el sistema
de poder predominante desde hace más de medio siglo entre nosotros ha
incrementado a niveles siderales.

En cuanto a la fabricación televisiva del ídolo a la que alude
Sebreli, uno no puede dejar de preguntarse si la hagiografía existente
y persistente en torno de Borges y Sarmiento no representa también una
especie de "producción" de los personajes. No hay modelo o
__mannéquin__ que, cuando se le pregunta a quien lee, no diga:
"Borges", a pesar de que es fácil pensar, por la actitud y manera de
hablar de la bella niña, que en su caso no lee mucho más que revistas
de modas y chimentos.

Lo de atribuir la fe revolucionaria del Che Guevara a su primer
encuentro con Fidel Castro, pues unos días antes escribía que pensaba
buscarse una beca en París y viajar allí con su madre, es un abuso de
confianza. Más allá de las evaluaciones que puedan hacerse acerca de
lo atinado o lo desatinado de su teoría del foco (y yo, personalmente,
comulgo con la segunda hipótesis), el personaje estaba ya condicionado
por una predisposición revolucionaria, quizá vagamente sentida en un
principio, pero que con toda probabilidad excedía al mero narcisismo
que en otra parte del reportaje Sebreli considera como el elemento
fundante del mito. La misma predisposición que hizo que Guevara se
despidiera de su padre cuando el tren arrancaba en Retiro rumbo a su
segundo viaje y a su gran aventura, con una frase inesperada: "¡Aquí
va un soldado de América!" Esas palabras fueron interpretadas por su
progenitor como un arranque más de un temperamento paradójico. Pero,
como lo demostró lo que vino después, era significativa, en el fondo,
de una férrea voluntad de compromiso.

Creo que Borges, pese a todo su extranjerismo, su predilección por los
mitos nórdicos y la literatura inglesa, su antipatía por lo popular y
su antiperonismo visceral, sentía al país de una manera mucho más
profunda que Sebreli y era honesto en este tema, aunque resultase
políticamente insoportable para quienes se encontraban en la vereda de
enfrente. "Hay dos grandes libros fundacionales de la literatura
argentina" decía, palabras más, palabras menos, el autor de **El
Aleph**: "Uno es el **Facundo** y el otro el **Martín Fierro**. Yo
hubiera preferido que el primero hubiera sido el expresivo del país,
pero, bueno, no fue así".

Ahí está el nudo de la cuestión. En saber reconocer donde estamos
parados. No, por supuesto, para encerrarse como Borges en una actitud
dedeñosa, rencorosa o prescindente respecto de lo que no responde a
nuestras expectativas, sino para comprender las circunstancias en que
vivimos y tratar de hacer algo al respecto. Los grandes conductores
que han suscitado el amor y el odio de los argentinos estaban
recorridos por esa capacidad interpretadora. Y es por esto que siguen
viviendo en la memoria del pueblo, a pesar de las toneladas de
infamias que se ha desplomado sobre sus cabezas desde las usinas donde
se fabrican la información y la historia oficial, o a despecho de los
silencios que esta última ha sabido construir en torno de sus figuras.

* El culto a los ídolos

El culto a los ídolos, que tanto molesta a Sebreli, es la forma que el
instinto popular encuentra para perforar la capa de las mentiras o el
mutismo que lo envuelve como sujeto histórico. Desde luego que ese
culto puede ser abusivo, desagradable y de mal gusto; que puede ser
explotado también por la industria del marketing o de la promoción
escandalosa –la religiosidad en torno de Evita, el snobismo que se
disfraza de revolucionarismo en las remeras y afiches con la efigie de
Guevara; la explotación de los costados escandalosos de la
personalidad de Maradona-, pero es expresivo de esa necesidad de
encontrar un referente que de alguna manera evoque una genialidad o un
compromiso con lo que se hace, en cuyo empeño y desorden el pueblo se
reconoce.

El mito, por lo tanto, es una figura inevitable en la medida en que
las coordenadas de la realidad permanezcan ocultas. Para desvelarlas
es necesario aceptar primero el carácter grosero o incluso grotesco
que pueden revestir algunas de sus exteriorizaciones, para ir
indagando luego, de una manera honesta y sin preconceptos, las raíces
del fenómeno. El retrato que de Gatica traza Leonardo Favio en la
película biográfica homónima, o la indagación entre tierna e
inflexible que María Luisa Bemberg hace del estrato aristocrático en
**Miss Mary**, son ejemplares de dos aproximaciones que tienen como
elemento fundante a la honestidad y al deseo de mirar sin concesiones
dentro de nosotros mismos y del contexto que nos condiciona.

Sebreli elige a Borges y a Sarmiento como arquetipos de una
argentinidad que él entiende es la necesaria. Es decir, culta,
europea. Civilizada, en una palabra, en oposición a la barbarie que el
autor del **Facundo** entendía como el lastre fatal de la herencia
hispánica y del país salvaje. La antinomia construida por Sarmiento,
gracias a sus dotes excepcionales de escritor y a su percepción
plástica del paisaje indómito de su tiempo, tenía una enorme eficacia
persuasiva, y sirvió –por desgracia- para fundar una teoría
sociológica útil a los intereses de la burguesía comercial y
terrateniente de Buenos Aires, y para bañar en un aura de prestigio y
devoción nacional a una política que tenía en su núcleo el interés más
estrecho y la voluntad de arrasar a sangre y fuego las resistencias
del interior para construir, tras la organización nacional, una
república jerárquica. Política de la cual el mismo Sarmiento fue
parte.

Este fue el molde cultural donde, durante más de un siglo, la clase
media argentina se crió. Proveniente en lo esencial de los
desembarques inmigratorios, asimilados rápida pero caóticamente al
país, su conciencia nacional fue forjada a partir de una
historiografía oficial a la cual Mitre proveía de una documentación
sistemática pero cuidadosamente expurgada, y Sarmiento con un calor
polémico, un arrebato romántico y una interpretación fundada en una
antinomia categórica. **Civilización y Barbarie**, ¡qué mejor vehículo
para los recién llegados entender en forma súbita y fácil las raíces
sociales y el devenir histórico de su nuevo país, pasando por encima
de su variedad, abigarramiento y matices! Tanto más que, de alguna
manera, esa fórmula halagaba la sensibilidad de la segunda generación
de los recién venidos (la primera estaba demasiado ocupada en hacer
pie y en liberar a sus hijos del primitivismo y la pobreza que
arrastraban desde Europa), pues los dotaba de un engañoso complejo de
superioridad sobre una masa criolla informe, silenciosa, sometida al
imperio de un sistema de valores que le negaba entidad histórica, o
bien se lo daba sólo como referente negativo de un proceso bipolar.

Lejos de mi intención el querer denostar, de manera simplista, a unas
figuras que bien o mal –más mal que bien-, construyeron a este país.
Mitre y Sarmiento, para hacer referencia a dos "íconos" de nuestra
historia oficial, fueron personalidades ricas, complejas, originales
y, en general, implacables para imponer una concepción de la
república. Convengamos que Mitre fue la lápida que aplastó con el peso
de su visión parcial de la historia a la conciencia de generaciones de
argentinos; pero fue un individuo cuyas cualidades de conductor
político e historiador no pueden ser desechadas así como así. Y
Sarmiento fue un polemista brillante y un convencido de sus propias
ideas, explosivo, fabulador e injusto, pero con algo de esa sinceridad
del artista que le impide equivocarse del todo y deja filtrar, por
entre los vericuetos de la forma, los ramalazos de la verdadera
grandeza a la que aspira.

Merecen por lo tanto figurar, pese a todo, en el panteón oficial de
las ideas argentinas. Lo que no significa comulgar con lo que hayan
dicho, hecho o escrito. Pero como un país no se construye en base a
memorias subjetivas sino en torno de un consenso acerca de su
historia, se hace necesario rescatar a sus figuras con sus luces y sus
sombras, distanciándonos de la aversión personal que pueden
inspirarnos en uno u otro caso, para asumirlos como parte de nuestra
personalidad dividida. Sólo así escaparemos a la esquizofrenia que ha
distinguido a nuestras batallas políticas durante el siglo pasado.

Ahora bien, volviendo al caso Sebreli, convengamos en que su tajante
elección por Borges y Sarmiento como arquetipos de la cultura
argentina, arriesga incurrir justamente en ese tipo de planteamiento.
¿Por qué Borges y Sarmiento, y no también Gálvez, Marechal, José
Hernández o Arturo Jauretche?

* De genocidios, retratos y billetes

Esta predisposición esquizoide vuelve a aflorar por estos días a
propósito de un asunto cuya banalidad espanta. Justamente por ser
idiota, y porque se coloca fuera de cualquier debate serio en torno
del tema a que nos referimos; pero que, dada la incultura histórica
ambiente, es capaz de salirse con la suya. El progresismo __ligh__t se
la ha tomado con la figura de Roca, cuya efigie se quiere borrar de
los billetes de 100 pesos para reemplazarla por la de Juana Azurduy.

La primera reflexión que salta a propósito de este asunto es por qué
Roca y no Mitre. ¿Será porque el peso del aparato cultural y
periodístico que cuida las espaldas a este último es muy grande?

Al general Julio Argentino Roca se le imputa el delito de genocidio
por la campaña del desierto. Un poco más y los __progres__ al uso
querrían juzgarlo en un Nuremberg criollo, sin tomar en cuenta en lo
más mínimo los condicionantes culturales y estratégicos de la época en
que vivió ese personaje. Las campañas de Mitre, Paunero y otros contra
las montoneras, después de Pavón, y sobre todo el casi exterminio del
pueblo paraguayo en la guerra de la Triple Alianza, revisten sí las
características que las hacen asimilables a esa figura jurídica; pero
aparentemente no suscitan la inquietud de nuestros revisionistas de
flamante cuño, muy alejados del revisionismo histórico que cumpliera
una enorme función fecundante a lo largo de todo el siglo XX
argentino. La progresía no se mete pues con Mitre, exponente del
porteñismo primero secesionista y luego invasor del país para
acomodarlo a sus intereses de clase, sino con quien justamente
nacionalizó a Buenos Aires, acabando con sus pujos independentistas.
Pero sobre todo embiste contra el militar que le dio al país la mitad
del territorio que actualmente ocupa. Con lo cual en gran medida anuló
el apotegma sarmientino que rezaba que "el mal que aqueja a la
Argentina es su extensión".

Como si los norteamericanos, tan admirados por el sanjuanino, se
hubiesen sentido intimidados, en esos mismos años, por las grandes
praderas y los espacios vacíos del Lejano Oeste…

El imperialismo y su herramienta favorita, el terrorismo mediático,
han fabricado la figura de "los pueblos originarios", que habrían sido
víctimas de un exterminio masivo. Esto es relativamente cierto en el
caso de Estados Unidos y, también de los primeros siglos de la
colonización española, durante los cuales se mató y sobre todo se
redujo a la servidumbre a millones de indígenas. Pero nuestros
progresistas a la violeta olvidan mencionar que, en el caso español y
portugués, esos episodios fueron acompañados por un gigantesco proceso
de mestización, que dio lugar a una civilización nueva, la
iberoamericana, cuya cualidad porosa la hace muy apta para asumir las
tareas de un mundo actual que se distingue por la necesidad de una
acelerada integración de las razas. Por muy mal que caiga esta
interpretación a los profetas de "la guerra de las culturas",
interesados en fomentar el divisionismo de las masas del Tercer Mundo
o de los clanes étnicos y confesionales del Cáucaso, el Medio Oriente,
Latinoamérica y los Balcanes, para mejor someterlas a la voluntad
imperial.

Nuestros campeones de la autoctonía resultan ser, de este modo,
campeones inconscientes de las políticas imperialistas. Por otra
parte, los lacrimosos defensores de los "pueblos originarios" tienden
a olvidar que la teoría del "buen salvaje", de Rousseau, es una
fábula, no menos edulcorada que la del "buen revolucionario" que fue
su consecuencia. No había tales pueblos originarios –a menos que nos
pongamos a buscar su rastro en la Polinesia o a través del estrecho de
Bering-, y sus costumbres, en muchos casos, distaban de ser amables.
Basta recordar la complicada factura del armamento azteca, concebida
para herir a sus enemigos en batalla más que para matarlos, a fin de
hacer prisioneros y ofrecer luego masivos sacrificios humanos a los
dioses...

En una escala mucho menor y más próxima a nosotros, basta evocar el
terror a los malones generados por las dispersas tribus indígenas de
nuestro país para reivindicar la necesidad de la campaña de Roca. Esa
frontera imprecisa y esa amenaza persistente –detrás de la cual se
podía ocultar el interés de Chile o de alguna potencia ultramarina
hacia la Patagonia- determinaron la Conquista del Desierto, dura en
sus procedimientos, por cierto, pero bastante alejada del carácter
sistemático y despiadado que los norteamericanos imprimieron a sus
guerras indias.

Nuestra progresía tiene una irreprimible vocación para enamorarse de
las causas inexistentes. Se indigna frente al militar y estadista que,
en última instancia, unificó al país y acabó con las guerras civiles
(aunque bajo sus gobiernos se hayan consolidado las bases de la
república oligárquica), y no se acuerda de las atrocidades cometidas
por el unitarismo y el mitrismo que fueron, en definitiva, el
principio eficiente del cual se desprendería luego la organización
roquista de la nación argentina, que representaría un compromiso a
cuyo reparo esta crecería hasta niveles más que respetables.

Nuestra progresía se extasía y se subleva, simultáneamente, ante la
innegable marginación de ciertas minorías indígenas; pero no se
acuerda de la devastación del país interior como consecuencia del
accionar de la "civilizada" Buenos Aires contra la "barbarie" gaucha;
se enfurece ante los crímenes de la última dictadura y hace bandera
con la piel del león muerto cuando consigue que algunos personeros de
ese período nefasto sean con justicia llevados ante los tribunales,
pero no suele preocuparse de la misma manera por el vaciamiento
producido en el país durante el lapso que va de 1975 al 2001, durante
el cual se produjo un verdadero genocidio social, cuyos personeros
andan libremente por la calle o calientan algunas bancas en el Senado.

Los íconos de la mitología popular argentina no pueden fabricarse por
decreto. En esto podemos coincidir parcialmente con Sebreli. Pero, más
allá de la pertinencia o no de elegir a las figuras de Evita,
Maradona, Gardel y el Che, para representar al país en una feria del
libro, no hay duda que pertenecen a una corriente popular que está
presidida por una continuidad que va de San Martín a Rosas, a Irigoyen
y a Perón. Eso es lo que irrita a Sebreli. Esa continuidad ha sido
atacada o silenciada por la cultura artificial irradiada desde la
Ciudad Puerto: desde la ciudad fenicia, la de la burguesía compradora
crecida en connubio con el imperialismo. Pero esa corriente popular es
resistente y no se la ha podido desarraigar del instinto más recóndito
de las masas.

Ahora bien, de nuestra cultura tampoco se puede expulsar tampoco a la
corriente expresiva del sentir opuesto, la encarnada por Borges o
Sarmiento, pongamos por caso, aunque ella deviene de una forma de
sentir al país que se asienta en un equívoco arrogante respecto a la
naturaleza de este. Lo quiere acorde a su propia, importada y
pretendidamente culta comprensión de las cosas, fruto de la generación
de una conciencia falsa que resulta de la necesidad de justificar
éticamente la actuación de intereses económicos muy concretos.

Pero, como decíamos al principio, una conciencia falsa puede generar
productos genuinos. El **Facundo** de Sarmiento vivirá en las letras
argentinas como expresivo de una comprensión tortuosa del país, cuya
potencia le permite sin embargo superar ese límite y brindar, junto a
la fabulosa representación del caudillo, un autorretrato de sus
enemigos que bien puede revertir los términos de la ecuación del
título, hablándonos más bien de la barbarie de una civilización que,
en vez de esforzarse por interpretar al terruño y ayudar a sus
pobladores a incorporarse, se erigió en juez y verdugo de estos.

En una ocasión quien esto escribe trató de sintetizar su sentir frente
a este universo problemático, signado por la escisión y el
enfrentamiento, en una metáfora. Puede ser que alguna vez, con el
correr del tiempo, los argentinos de buena voluntad podamos acordar
los polos de este universo polémico, reconociéndonos en ellos para
realizar la síntesis que es necesaria para que podamos asumir nuestro
desgarramiento y tornarlo en una conciencia activa para superarlo. En
ese momento podremos unirnos sin negar nuestra procedencia, como se
junta el follaje en la copa de un árbol hendido por el rayo.


(www.enriquelacolla.com)

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Néstor Gorojovsky
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