[R-P] [E. Lacolla] La nave de los locos

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Sep 1 08:10:34 MDT 2008


La nave de los locos

Por Enrique Lacolla

El título de la conocida novela de Katherine Ann Porter conviene a la
descripción de la coyuntura mundial.

El mundo se ha puesto de repente mucho más inquietante de lo que suele
serlo habitualmente. Esto no suele percibirse en nuestro país e
incluso en la mayor parte de Occidente, pues los medios viven inmersos
en su propia dinámica de mercadeo y los poderes reales que tiran las
cuerdas que mueven los títeres (y los titulares) no están en absoluto
interesados en que la naturaleza real de las cosas aflore a la
superficie. Pero si realizamos una lectura rápida de las noticias
provenientes de un solo día de esta semana -el pasado martes, por
ejemplo-, generadas por la agencia rusa Ria Novosty, que se encuentra
ubicada en una constelación estratégica diferente, las cosas toman
otro tenor. Veamos:

 El presidente Dmitri Medvedev reconoce la independencia Osetia del
Sur y de Abjazia en relación a Georgia.

Rusia no quiere una nueva guerra fría, pero no la teme, dice Medvedev.

Moscú contempla establecer vínculos diplomáticos con Soukhimi y
Tsinkvali, (capitales de las dos regiones en cuestión).

Rusia congela sus relaciones con la Otan, dice Dmitri Rogosin, el
representante ruso ante la Organización del Tratado del Atlántico
Norte.

La adhesión de Georgia a la Otan hubiera provocado una guerra,
manifiesta Rogosin.

Son títulos que deberían hacer pensar. Implican, como quedó demostrado
en el contundente contraataque ruso a la invasión georgiana de Osetia
del Sur, que "hasta aquí hemos llegado". Después de una década de
repliegue y decadencia, de la mano de la neoburguesía mafiosa y de la
oligarquía generada por la ex nomenklatura del Partido Comunista,
devenida en capitalista bajo la égida de Boris Yeltsin, el Estado
ruso, reconstituido a partir de los servicios de inteligencia y el ex
ejército rojo representados por Vladimir Putin, parece estar decidido
a no dejar empujarse más y a oponerse a las pretensiones de los
geoestrategas atlánticos, interesados en confinarla en un espacio
euroasiático, expulsarla del Mar Negro y pelearle –y sustraerle, si
fuera posible- las fuentes energéticas del Asia central, que son
indispensables hoy para el mundo y que lo serán mucho más en el
próximo futuro.

De hecho, existe una agrupación de repúblicas de la ex Unión Soviética
claramente orientada al cerco de la potencia moscovita y destinada a
avanzar hasta donde se pueda dentro de la zona de influencia de la ex
URSS. Se llama la Organización para la Democracia y el Desarrollo
Económico. Poco tiene que ver con la democracia y el desarrollo
económico, sin embargo, dado que es un apéndice militar de la Alianza
Atlántica y conjunta a países tan dispares y alejados entre sí como
Georgia, Ucrania, Moldavia y Azerbaiján.

El principal objetivo de este conglomerado es "proteger" la energía
–gas y petróleo- y los corredores por los cuales esta debería fluir a
través de gasoductos y oleoductos, en beneficio de los gigantes
petroleros anglonorteamericanos. En segundo lugar, apunta a minar la
influencia rusa en el Cáucaso y el Este de Europa. El grupo se
autodesigna con la sigla GUAM (Georgia, Ucrania, Azerbaiján y
Moldavia) y Polonia figura como observador dentro del mismo.

El "escudo" misilístico norteamericano a erigir en Polonia y
Checoslovaquia en un lapso relativamente breve y que fuera corroborado
por Washington y Varsovia en los días posteriores a la explosión de la
crisis bélica en el Cáucaso, viene a reconfirmar, por si hiciera
falta, la locura en la que el mundo está sumiéndose. ¿Pueden pensar en
cómo reaccionaría Estados Unidos si Rusia, como en los tiempos de
Khruschev, quisiera implantar bases misilísticas en Cuba, o bien en
Venezuela?

Los rusos no están tan locos como para hacer esto y lo mismo puede
decirse, afortunadamente, de los gobiernos cubano y venezolano. Pero
la escalada persiste y hay un solo bando de veras responsable de esta:
el que constituyen los Estados Unidos y los restantes países de la
alianza atlántica, lanzados a hostigar a una nación que es, a pesar de
todos los reveses sufridos en la década anterior, una superpotencia,
pero que se escapa al diktat del sistema globalizador propulsado desde
Wall Street y los principales centros financieros. Una superpotencia
capitalista, es verdad, pero que querría construir su propio camino
hacia el capitalismo (para parafrasear una frase de otros tiempos y
referida al socialismo). Una potencia que desde el final de la guerra
fría tuvo una conducta internacional irreprochable. No hubo un atisbo
de agresión respecto de países vecinos o alejados. Incluso hubo
repliegues pacíficos que aportaban la prueba de una disposición al
arreglo y la convivencia con algo que se puede denominar, según la
expresión forjada por Samir Amin, la Tríada (Estados Unidos, la Unión
Europea y Japón), que expresa a los poderes híperconcentrados del
dinero, la tecnología y la maquinaria militar.

A pesar de esto Estados Unidos, que incontestablemente lidera esta
agrupación, en todo momento fogoneó la hostilidad hacia la ex Unión
Soviética; y no en palabras, precisamente, puesto que estas fueron
siempre dulzarronas y henchidas de la retórica de la buena voluntad,
sino con actos que, en otros tiempos, hubieran significado el
estallido de hostilidades abiertas entre Oriente y Occidente. Y todo
ello a vista y paciencia de los gobiernos moscovitas.

Pero todo tiene un límite y las autoridades rusas están señalando esto
de todas las maneras posibles. Los reclamos rusos por la disolución de
la ex Yugoslavia, por la independencia de Kosovo, por las invasiones
norteamericanas a Irak y Afganistán, por la ingerencia estadounidense
en el Asia Central y por la expansión de Otan al arco de países que en
Europa oriental habían formado desde 1945 el glacis defensivo de la
URSS, cayeron una y otra vez en saco roto. Pero la decisión de
instalar bases misilísticas en Polonia y la pretensión de ingresar a
Ucrania y a Georgia a la organización militar atlántica parece haber
colmado finalmente la medida.

Los medios de prensa occidentales, preocupados más bien por poner de
relieve la devastación que la contraofensiva rusa habría causado entre
los georgianos, no toman en cuenta ni el carácter agresivo de la
iniciativa de estos últimos ni el casi seguro vía libre que Washington
dio a Tiflis antes del ataque; que sucedió, con pocos días de
intervalo, a unas maniobras conjuntas georgiano-estadounidenses
bautizadas con uno de esos resonantes nombres en los que se
especializan la administración Bush y el Pentágono: Respuesta
inmediata. Disociar a Estados Unidos de la agresión georgiana es
inverosímil, por mucho que Mikail Shaakisvili, el presidente de
Georgia, tenga esa aura irresponsable que caracteriza a muchos de los
recién convertidos al dogma de la globalización neoliberal.

Rusia ha estado creciendo a un ritmo acelerado desde que Vladimir
Putin se hizo cargo del poder y revirtió la devastación neoliberal
patrocinada por Yeltsin. 20 millones de personas salieron del rango de
la pobreza, la economía crece a un 7 % anual, los sueldos se han
elevado en un 12 %; y la potencia gasífera y petrolera se ha expandido
sin cesar y alimenta las necesidades energéticas de los países de la
Unión Europea, tornándolos dependientes de esa provisión. Lo último
que quiere Moscú es enfrentarse a Occidente y tener que retrotraerse a
los tiempos de la guerra fría. Pero parece que Occidente está decidido
a no dejarle otro camino. La herramienta maestra para cerrarle las
salidas es la misma aplicada en la época de la guerra fría: el
incesante incremento del gasto militar. Según cifras establecidas en
2004 el presupuesto mundial en armamento se distribuía de la siguiente
manera: la Unión norteamericana concentra el 50 por ciento de las
expensas que en ese rubro se hacen en el mundo; sus aliados de la Otan
suman otro 27 %. Y el resto de los países  –incluidos Rusia, China, la
India y Japón- invierten en armamento el 27 % restante.  La distorsión
económica que supone este régimen para unas finanzas mundiales que
circulan peligrosamente en el borde del precipicio, es tremenda.

Si esto no es preocupante, que venga Dios y lo diga.

Sordinas para disimular el peligro

La sordina puesta a las manifestaciones rusas por la prensa occidental
hace, por ejemplo, que pasen desapercibidas unas recientes
declaraciones de Putin: "Alguna gente piensa que puede hacer lo que se
le da la gana, sin preocuparse de los intereses de los demás. No
buscan un compromiso... Su punto de vista puede resumirse en una sola
sentencia: Quien no está con nosotros está contra nosotros… Por esto
la situación internacional empeora y puede terminar en una carrera
armamentista. Pero nosotros no instigamos esto… ¿Quién querría
hacerlo? No estamos poniendo en peligro nuestras relaciones con nadie.
Pero debemos responder. Estamos interesados en mantener una buena
atmósfera internacional… Pero, ¿qué podemos hacer? ¡La situación
actual nos ha llevado al borde del desastre!"i

Como prevención, creo que esos párrafos son transparentes. Un
despliegue de misiles norteamericanos con una función supuestamente
defensiva en la inmediación a las fronteras rusas implica lisa y
llanamente la inhabilitación o al menos la limitación de cualquier
contragolpe que esa potencia pudiera intentar contra una agresión
nuclear proveniente de Occidente. Como dicen los expertos, de la
doctrina de la disuasión nuclear por la destrucción mutua asegurada
(deterrence), estaríamos pasando a otra denominada de la compulsión
(compellence), que pone a uno de los contendientes en la necesidad de
afrontar un desafío irresistible y en consecuencia capaz de ponerlo de
rodillas.

Estos son los pasatiempos a los que se dedican los geoestrategas de
Washington y Bruselas. Sólo que son unos pasatiempos endemoniadamente
peligrosos, en especial para los países que se ofrecen para alojar
tales sistemas de armas. Puesta frente al escudo de misiles que se
asentaría en Polonia, a Rusia no le quedaría otra alternativa que
destruir esas instalaciones apenas comenzasen a erigirse. La
alternativa sería plegarse a un sistema mundial que no maneja. ¿Y a
dónde nos llevaría cualquiera de estas dos posibilidades?

Un quid pro quo podría darse con la instalación de misiles rusos en
Siria, capaces de inhabilitar el matonismo nuclear de los israelíes en
el Medio Oriente y de golpear de esta manera al bloque occidental en
una de sus herramientas maestras para el ejercicio del predominio en
ese área, de decisiva importancia estratégica. Siria –es decir su
presidente, Bashir el Assad-, está de acuerdo con esto. Pero aun así
sería una respuesta inadecuada e insuficiente para responder a la
amenaza de un ataque general y directo contra Rusia.

La respuesta rusa a la política de cerco a que se la está sometiendo,
es en principio regional, y está en marcha. Georgia fue un primer
caso. Pero esa réplica no está limitada a la decisión de meter en caja
al turbulento y peligroso mandatario georgiano, títere de Estados
Unidos, sino de asegurar la presencia rusa en el Mar Negro, amenazada
por la pretensión occidental de convertirlo en un lago de la Otan. Y
en consecuencia bloquear el acceso ruso al Mediterráneo. En la breve
guerra librada días pasados con los georgianos, y como consecuencia de
los desarrollos políticos posteriores, Rusia ha pasado a controlar –de
manera provisoria, al menos- los puertos de Poti, en Georgia, y de
Sukumi, en Abjasia, que podrían servir para reemplazar al de
Sebastopol, en Crimea, puesto en entredicho por Ucrania, que se está
arrogando, con evidente aliento occidental, el derecho de vigilar las
actividades de la Flota rusa del Mar Negro. Crimea fue cedida, junto a
Ucrania oriental, al gobierno de Kiev en la época en que la URSS se
ilusionaba en seguir siendo una superpotencia plurinacional. Pero
ambas regiones están habitadas por una abrumadora mayoría de
habitantes que se reconocen solidarios con Moscú. Es probable que los
rusos pasen por alto con un encogimiento de hombros las amenazas
ucranianas, pero si la situación deviene muy incómoda esos dos otros
reparos portuarios los sacarían inmediatamente de apuros.ii

El mundo nunca fue un lugar fácil, pero ahora se ha tornado
singularmente inhóspito. Frente a esto, ¿qué puede esperarse de las
dirigencias occidentales, culpables de este siniestro viraje? Barack
Obama sigue prendido al espectáculo dentro del espectáculo que suponen
las campañas para las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
Habida cuenta de que tiene a Zbygniew Brzezinski –un
polaco-norteamericano informado por un arraigado resentimiento
antirruso y pope de la estrategia global de Estados Unidos, junto
Kissinger y a los neocons que militan en el bando republicano- como
asesor en política exterior, es poco lo que se puede esperar de él en
esa materia. En cuanto a John McCain, el aspirante republicano a la
presidencia, decir que se trata de un halcón es quedarse corto.
Pertenece al mismo archipiélago de los "estadistas" que votaron la
intervención norteamericana en Irak y sostiene punto por punto las
tesis de la "guerra infinita".

La gente tiende a no acordar mayor importancia a las declaraciones
rusas. En parte, claro, porque no las conoce, gracias al escamoteo que
de ellas hacen los medios de prensa. Pero también por cierta confianza
laxa en que no va a pasar nada: ¡hace tanto tiempo que los
anglosajones tienen la sartén por el mango! Y bien, las cosas no son
tan así. Dimitri Rogosin comparó la situación actual con la de las
semanas previas a la primera guerra mundial. Quizá sea una
exageración, quizá aquí no quepa hablar de semanas sino de meses, o
incluso años, pero el sentido en que van las cosas es el mismo, aunque
en una configuración militar y política infinitamente más peligrosa.

No son tanto la razón y el buen sentido lo que guían los
comportamientos gubernamentales en los momentos de crisis. Son las
fuerzas subterráneas y ciegas de la economía, de los condicionamientos
culturales, del temor y de la ignorancia, lo que suele precipitar los
conflictos. Es la hybris a la que hacía referencia Tolstoi cuando
citaba un proverbio greco-latino para referirse a Napoleón: "Quos vult
perdere, Jupiter dementat" (Júpiter torna dementes a quienes quiere
perder…)

La mezcla de irresponsabilidad y anonimato en que se mueven las
fuerzas que agitan al mundo de hoy, hace aun más creíble este ominoso
horizonte.

N O T A S

i Mike Whitney, Information Clearing House del 24.08.2008

ii M. K. Badrakumar, Asia Times del 30.08.2008.



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Néstor Gorojovsky
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