[R-P] LAS ANDANZAS DE JORGE RAVENTOS
hugopresman en yahoo.com.ar
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Mar Oct 28 14:39:13 MDT 2008
¿ COLUMNISTA DE LA NACIÓN?
Otra de piratas
Autor: Jorge Raventos
Todos los piratas tienen
atropellos que aclarar,
deudas pendientes y asuntos
de los que mejor no hablar(.)
No hay historia de piratas
que tenga un final feliz.
Joan Manuel Serrat, Una de Piratas
Una de las obsesiones del matrimonio K consiste en ofrecer argumentos
piadosos y humanitarios para justificar sus exacciones. En las narraciones
clásicas los autores de tropelías se preocupaban poco por el juicio ajeno:
los piratas no pretendían ganar fama de justicieros, se contentaban con el
botín y los cañonazos. Los K, setentistas nostálgicos, necesitan exhibirse
con disfraz de Robin Hood: relatan sus intentos de confiscación como
batallas homéricas contra distintas ligas de malvados poderosos, destinadas
invariablemente a preservar alguna causa buena.
Para explicar el gran golpe frustrado de las retenciones móviles pintaron al
vasto océano de productores agrarios del país como un pantano oligárquico y
negaron, por supuesto, que el manotazo suplementario que intentaban
asestarles tuviera que ver con las dificultades que el propio gobierno se
había procurado para financiarse (o con lubricados proyectos como el del
tren bala): los fondos de la expropiación se destinarían a construir
escuelas y hospitales (desalmado aquel que quisiera preguntar por qué no
canalizan hacia esos nobles fines la inmensa recaudación impositiva que
perciben normalmente y coparticipan mezquinamente).
Algo parecido ocurre ahora con el precipitado proyecto previsional que esta
semana promovió el gobierno de la señora de Kirchner. Se trata de una
ratificación del modelo centralismo de confiscación parasitaria ya aplicado
en el campo: la expropiación de los aportes de 9 millones de trabajadores
argentinos que desde hace 14 años ahorran para su futura jubilación en el
sistema previsional de capitalización.
Pese a que presiones gubernamentales condujeron a las empresas que
administran esos fondos a invertir la mayor parte de ellos en el vidrioso
negocio de financiar al Estado, lo cierto es que allí se han acumulado unos
100.000 millones de pesos y cada año se incorporan unos 13.000 millones más,
producto de los aportes mensuales de esos mismos trabajadores.
Semejante caja ha sido siempre una verdadera tentación para los Kirchner.
Intentaron meter mano en ella apelando a la complicidad de las víctimas:
desde principios del año 2007 promovieron con una intensísima campaña de
propaganda el traspaso voluntario de aportantes del sistema de
capitalización al régimen de reparto, ese barril sin fondo que sólo
controlan funcionarios fieles del Ejecutivo.
Mientras en el sistema de capitalización los manotazos a la caja tienen el
dique de control de los aportantes, que son propietarios individuales de sus
fondos y tienen derechos preservados por la Constitución, nada detiene al
gobierno -las experiencias están a la vista- si quiere financiarse echando
mano a los fondos de jubilaciones que administra el ANSES, una oficina
pública con autoridades rigurosamente sometidas a la disciplina K.
El gobierno quedó disconforme con el resultado de su campaña de traspasos.
Esperaba quedarse con el dinero de al menos la mitad de los afiliados a los
fondos de capitalización y sólo cosechó un 20 por ciento. Fue un buen
refuerzo para las cifras del ANSES, pero apenas una propina para las
expectativas de la familia K; en rigor una derrota, ya que esa ofensiva por
el traspaso resultó un verdadero plebiscito: el régimen de capitalización
ganó 80 a 20; más de 9 millones de personas que cuentan con fondos en ese
régimen -incluyendo más de 3 millones y medio que aportan regularmente-
eligieron permanecer en él.
Es una fuerte expresión social, sin duda. A mero título comparativo, la
señora de Kirchner obtuvo menos que eso en los comicios de hace un año:
8.650.990 votos. Con la propuesta de liquidar el régimen de capitalización y
expropiar los fondos el gobierno convierte en jarabe de pico las promesas de
"libertad de opción" con que concurrieron a aquel plebiscito.
Argentina enfrenta en el 2009 vencimientos de deuda por 20.200 millones de
dólares y no tiene cómo financiarlos: las cifras de riesgo-país (que tocaron
los 2000 puntos esta semana) indican que tiene cerrado el crédito; para
colmo, la caída del precio de los commodities no sólo reduce los ingresos
fiscales esperados, también achica el margen de maniobra del carísimo
palenque crediticio al que habitualmente apelan los Kirchner: el comandante
Chávez. A él también lo golpea la crisis, bajo la forma de una fuerte
reducción del precio del petróleo.
En esas condiciones, quizás se explique el íntimo (cándido) goce de la
señora de Kirchner cuando describía la crisis global y, sobre todo, esa
frase que reiteró en varios discursos: "La crisis es una oportunidad". Es un
lugar común, ciertamente, pero en este caso tenía, como se ha visto, sentido
específico: el matrimonio K vio una oportunidad. de quedarse con los fondos
jubilatorios de capitalización. Con todos ellos. Con el stock acumulado y
con el flujo mensual.
Para ello tomaron como gran coartada las medidas de salvataje que las
democracias capitalistas adoptaron ante la crisis financiera, tomando el
control de bancos y grandes aseguradoras. Magnífico: la expropiación de las
jubilaciones de capitalización tomaría la forma de un salvataje. ¿Quién
puede negarse a algo tan pío como un salvataje?
Significativa diferencia: los salvatajes que están acometiéndose en Estados
Unidos e Inglaterra implican que los estados ponen fondos para preservar los
intereses de las instituciones en riesgo y, sobre todo, para cuidar los
intereses de los depositantes (por caso, los de los deudores hipotecarios).
En cambio, aquí el "salvataje" se comete contra los trabajadores aportantes:
el Estado no pone, saca.
Les saca la propiedad a los trabajadores. Golpea, además, a instituciones
(las AFJP) cuyos criterios de administración pueden y deben ser muy
criticados (y debieron ser controlados por instituciones estatales previstas
en el régimen), pero que no estaban en crisis ni solicitaban salvataje
alguno.
No importa: el relato del gobierno se basa en la idea de salvataje, que
sirve para dibujar la misión K como una misión bondadosa. Hace falta mostrar
quién es el "malo" del que hay que salvar a los futuros jubilados. En
realidad, in pectore el pensamiento oficialista sostiene que hay que
salvarlos de ellos mismos, de su "individualismo" y "falta de solidaridad",
que los llevan a encapricharse en aportar para sus propios fondos
jubilatorios en lugar de entregárselos al gobierno, que a través del ANSES
sabría mucho mejor que cada uno de ellos cómo gastar esos aportes. Pero así
no relata el gobierno: el malo de la película son "las AFJP", el "régimen
privado" que se impuso "en los años 90", la "obra de Menem y Cavallo".
Ese relato es puro humo destinado a nublar la visión, campanilla pavloviana
para despertar el reflejo condicionado anti-noventa, de modo de quedarse con
las carteras en el tumulto.
Primero: los aportes que se expropiarían si el proyecto fuera aprobado en el
Congreso, no son propiedad de las AFJP. La ley que estableció el sistema de
capitalización lo expresó sin dejar espacio para la duda: "el fondo de
jubilaciones y pensiones es un patrimonio independiente y distinto del
patrimonio de la administradora, y pertenece a los afiliados. La
administradora no tiene derecho de propiedad alguno sobre él".
Segundo: no es cierto que el régimen de capitalización pueda definirse con
precisión como "privado" por oposición a otro "estatal", que sería el de
reparto. De hecho, en el régimen de capiutalización ha jugado un papel muy
significativo la AFJP Nación, del estado nacional (además de otra controlada
por el estado bonaerense).
De hecho, nada impediría (si los procedimientos que se adoptan son
respetuosos de la Constitución) que exista un régimen de capitalización
exclusivamente administrado por el Estado, a través de Nación AFJP.
Sucede que aún en ese caso los aportantes seguirían siendo los propietarios
legales de sus propios fondos particulares y podrían ejercer control sobre
los administradores, algo que no puede hacerse en la oscuridad de ANSES,
donde todos los gatos son pardos, no hay fondos específicos de cada
aportante, las retribuciones de los jubilados y el destino de los gastos
están determinados por criterios que algunos llaman políticos y otros,
facciosos.
Aquella confusa polarización entre "privado" y "estatal" la emplea el
gobierno para atraerse la simpatía (y los votos en las Cámaras) de diputados
y senadores que temen verse retratados como privatistas, amigos de los años
noventa o pro-AFJP y para ofrecer una coartada al proyecto, que supone una
expropiación inconstitucional a 9 millones de personas. No es "lo estatal"
lo que inspira al gobierno, sino el manejo sin obstáculos de la caja, por
eso quiere "estatal de reparto" y ni habla de la hipótesis "estatal de
capitalización".
Tercero: Es tan monumental la operación (y tan grande el botín, y tan
desesperante la situación de la caja K), que el gobierno sospecha que el
humo que lanza para nublarla no durará mucho. Por eso quiere que todo se
apruebe rapidito. En dos o tres semanas, a lo sumo cuatro. Así, en un
santiamén se liquidaría un régimen de capitalización cuya sanción demandó no
menos de dos años de debate en la sociedad y cerca de nueve meses de trámite
parlamentario.
El apuro es una mala señal, porque si ha llegado la hora de replantearse la
realidad previsional, conviene hacerlo con paciencia y mirando más allá de
este arrebato oficialista. Convendría analizar, por ejemplo, si no debe
establecerse una "jubilación de ciudadanía", un ingreso mínimo para todos
quienes hubieran llegado a determinado edad, independientemente de sus años
de aporte. Y, por encima de esa prestación universal por edad, si no habría
que reconocer proporcionalmente los aportes (por breves que hayan sido) de
todos aquellos trabajadores integrados al sistema previsional aunque, al
llegar a la edad jubilatoria, no alcancen a cumplir los años hoy exigidos
para obtener el beneficio. Un tema como el previsional no puede ser aprobado
a los panzazos entre gallos y medianoche. Necesita un debate amplio y
participativo.
La forma sorpresiva con que se dispuso la iniciativa K (aparte del
matrimonio, sólo un par de funcionarios conocieron el proyecto antes del
anuncio; Martín Redrado, el presidente del Banco Central, se enteró por
Página 12), generó en la realidad respuestas prácticas antes de las
respuestas programáticas.
Los bancos registraron rápidamente fuga de depósitos, el dólar trepó (pese a
una sangría de 1.300 millones en las reservas, con las que el Central quiso
moderar el ascenso), el riesgo país se incrementó, el mundo describió a la
Argentina como expropiador o defaulteador serial, la bolsa se derrumbó (pese
a que el gobierno operó comprando papeles para que la caída no fuera tan
vertiginosa). Hasta - "efecto tango"- se cayó la bolsa española, con castigo
particular para las empresas más expuestas en Argentina.
Sucede que entre los activos del sistema de capitalización que el gobierno
se propone expropiar hay paquetes accionarios de muchas firmas. Por ahora
esos papeles están repartidos entre distintas administradoras, si el plan
oficial se concreta, todas esas acciones se concentrarán en manos de
ANSES-Estado, que pasaría así a convertirse en importante accionista de
bancos, empresas eléctricas y telefónicas y hasta de medios de comunicación
(casi un 9 por ciento del grupo Clarín quedaría en manos del gobierno).
Si muchos funcionarios festejan ya potenciales nuevos destinos en los
directorios de esas compañías, ese sueño de algunos se transforma para las
empresas y los inversores en una pesadilla (algunos, masoquistas o
delirantes, hasta se imaginan a Luis D'Elía designado en el Banco
Hipotecario o a Guillermo Moreno en el directorio de Molinos). Muchos
observadores se preguntan qué vendrá después de la expropiación de los
aportes jubilatorios: ¿llegarán a los plazos fijos si necesitan fondos? ¿A
las cajas de seguridad? La temeraria audacia del gobierno incentiva la
imaginación. Las acciones caen.
El matrimonio Kirchner, que se mostraba exultante el martes, apenas mostró
el naipe de su propuesta, empezó a preocuparse al registrar las primeras
consecuencias, que evidentemente no había imaginado ni previsto. Se esforzó
entonces por buscar apoyos o complicidades. Dejó trascender la idea de que
parte de los fondos jubilatorios que serían incautados podrían alimentar un
"banco de crédito industrial": un lance para seducir a la UIA, que también
reclama un dólar alto y una rápida muralla para defenderse de los productos
chinos y brasileros.
A la conducción de la CGT la tentó con la participación gremial en la
administración de los fondos previsionales; una garantía para los futuros
jubilados: es bien conocida la experiencia sindical en la administración de
las obras sociales.
Para atraerse inclusive la adhesión de algunos sectores permeables de la
oposición, permitió a algunos de sus lenguaraces difundir la idea de que, "a
quienes aprobaran el proyecto en general" y sólo a esos, les admitirían
correcciones particulares a la propuesta, inclusive "la intangibilidad de
los recursos previsionales".
¿Qué confianza podría despertar semejante "intangibilidad" si para
introducirla hay que admitir primero un saqueo y un atropello
inconstitucional? ¿Qué confianza puede ofrecer un gobierno que reclama
todavía superpoderes y se ha cansado de transgredir con ellos las
disposiciones de la ley de leyes, el presupuesto? Escudarse tras la palabra
intangibilidad sería, en tales condiciones, una broma de mal gusto, una
excusa cínica para lavar la conciencia de algún opositor arrepentido.
Pese a esos movimientos ofensivos y defensivos del gobierno, la principal
oposición (la oposición de la realidad) se sigue manifestando con la
elocuencia de los hechos; y el andamiento parlamentario del proyecto está
por verse: los sectores no oficialistas parecen comprender que, por encima
de sus comprensibles diferencias, esta vez hay en juego una situación de
verdadera emergencia que involucra la suerte de millones de trabajadores
tanto como la vigencia de la propiedad personal, valor fundamental de la
Constitución. Y en seno del mismo oficialismo se registran dudas sobre el
contenido del proyecto y sospechas por la premura que se les exige para
acatarlo.
El gobierno ya no puede mostrar ni ante propios ni ante ajenos la solidez
que en otros tiempos despertaba miedo, disciplina o resignación. La opinión
pública lo ha abandonado. Después de la dura derrota sufrida ante el campo
el futuro del kirchnerismo quedó tronchado. Esta semana, el decisivo veto
del gobierno y la oposición uruguaya a la candidatura de Néstor Kirchner a
la presidencia de UNASUR representó un signo inéquivoco de fin de época.
Es posible que el manotazo a las jubilaciones se convierta en el último gran
abordaje de los Kirchner; que después sólo les quede caminar por la
planchada.
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