[R-P] /M. Hudson/ El ABC del plan Paulson

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Oct 27 09:16:41 MDT 2008


Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2137

El ABC del Plan Paulson
Michael Hudson · · · · ·

26/10/08



La intervención el lunes 13 de octubre del secretario del Tesoro
Paulson sobre el plan de rescate plantea algunas cuestiones económicas
fundamentales: ¿qué impacto tendrán sobre el grueso de la economía la
creación y el posterior regalo sin precedentes de riqueza financiera
con que este otoño se ha obsequiado al estrato más rico de la
población? ¿Por cuánto tiempo logrará este plan de rescate de Wall
Street (¡no del conjunto de la economía!) por parte del Tesorodel
sostener los costes de una deuda elevadísima que crece
exponencialmente? ¿Existe algún límite a la cantidad de deuda del
Tesoro de los EEUU que el gobierno puede crear en beneficio de los
principales contribuyentes a sus campañas electorales?

En tiempos pasados, la deuda nacional era tradicionalmente generada
tomando prestado dinero de prestamistas privados y gastándolo en
bienes y servicios. La tendencia era la de absorber fondos disponibles
para el préstamo aumentando los tipos de interés de un lado, mientras,
por el otro, el gasto generaba incrementos inflacionarios de los
precios de los bienes y servicios. Pero el actual regalo es distinto.
En lugar de prestar o gastar dinero, se imprimen bonos con rendimiento
de intereses y se ceden a los bancos y otras instituciones
financieras. La esperanza es que estos generen más crédito (que se
convertirá en más deuda para sus clientes), presionando a la baja los
tipos de interés mientras el dinero se usa para pujar por el precio de
los activos – bienes raíces, acciones y bonos—. Se espera que dicho
comportamiento genere poca inflación en los precios de las mercancías.

El principal efecto será el de reforzar la concentración de riqueza en
manos de los acreedores (el 10% de la población más rica), en vez de
la limpieza de activos financieros (y de deudas) que provocaría las
bancarrotas resultantes de la acción de las "fuerzas del mercado". ¿Es
ir demasiado lejos afirmar que estamos asistiendo al fin de la
democracia económica y a la aparición de una oligarquía financiera,
una clase que se mueve conforme a sus propios intereses y cuyas
acciones amenazan con la polarización de la sociedad y, de paso, con
la asfixia del crecimiento económico, es decir, con llevarnos
precisamente a la quiebra que el plan de rescate pretendía evitar?

Todo lo que he leído sobre historia económica me hace pensar que
estamos entrando en un período de transición que supone una auténtica
pesadilla. El ciclo económico es fundamentalmente un ciclo financiero.
Los movimientos alcistas tienden a convertirse en esquemas económicos
de Ponzi (1) a gran escala, en la medida en que bancos y otros
acreedores, ahorradores e inversores reciben intereses y los
reinvierten en nuevos préstamos, acumulando así más intereses al
tiempo que los niveles de deuda aumentan. Es, dicho en pocas palabras,
la "magia del interés compuesto". Ninguna economía "real" en la
historia ha crecido a un nivel capaz de mantener esta dinámica
financiera. Efectivamente, el pago de estos intereses por parte de
familias y negocios deja menos capital para invertir en bienes y
servicios, haciendo retroceder al mercado y recortando el empleo y la
inversión.

Los bancos no pueden ganar indefinidamente dinero vendiendo más y más
crédito (es decir, endeudando cada vez más a la economía
no-financiera). Funcionarios del Gobierno como el Secretario de Estado
Paulson o el Director de la Reserva Federal Bernanke son
profesionalmente incapaces de reconocer el problema, que no aparece
tratado en casi ningún manual neoclásico o monetarista. Pero las
matemáticas subyacentes del interés compuesto son redescubiertas por
cada generación, normalmente de forma acelerada por  causas de fuerza
mayor como la crisis financiera.

Hace una generación, por ejemplo, Hyman Minsky ganó adeptos
describiendo lo que acertadamente llamó el estadio de Ponzi del ciclo
financiero. Era la fase en que los deudores ya no podían pagar sus
créditos a partir de sus ingresos corrientes (como en la Fase 1,
cuando ganaban lo suficiente para cubrir los intereses y la
amortización) y, al contrario, no ganaban ya siquiera lo bastante para
servir los intereses de la deuda (como en la Fase 2), lo que les
forzaba a pedir dinero prestado a fin de pagar los intereses debidos a
sus banqueros y otros acreedores. En esta Fase 3, el interés era
simplemente añadido a la deuda, creciente a un tipo compuesto. El
resultado final era un crack.

Esta es la otra cara de la moneda de la magia del interés compuesto,
la creencia de que la gente se puede hacer rica "poniendo su dinero a
trabajar". El dinero en realidad no trabaja, por supuesto: cuando
prestado, extrae interés de la producción y del consumo real, es
decir, del trabajo y de la industria, que son los que de hecho
trabajan. Es muy parecido a un impuesto, una renta monopolística
impuesta por el sector financiero. Este casi-impuesto, esta renta
financiera extractora (como Alfred Marshall explicó hace alrededor de
un siglo) funda, supuestamente, la dinámica que debería permitir a los
fondos de pensión privados, estatales y locales pagar las jubilaciones
sencillamente a través de las ganancias en bolsa y de las inversiones
en bonos;  es decir, mediante mecanismos financieros, y por lo tanto,
a cuenta de la economía general, cuyos empleados deberían ser, en
teoría, los ganadores del proceso. Esta es la esencia del "capitalismo
de los fondos de pensiones", una variante del esquema Ponzi con que
opera el capitalismo financiero. Desafortunadamente, está basado en
relaciones puramente matemáticas que tiene pocos lazos con la economía
"real" en la que producen y consumen familias y empresas.

El plan de rescate de Paulson refleja  la negativa a entender esa
dinámica. Los gastos de deuda se acumulan unos sobre otros y crecen
necesariamente, son cada vez menos "solventables"  terminan cobrando
la forma de un dilema cada vez más acuciante, es decir, de un problema
para el que no se divisa solución alguna. Por lo menos, solución
aceptable para Wall Street y, por lo tanto, para Paulson y los
dirigente demócratas y republicanos del Congreso. Los bancos y una
gran parte del sector financiero están quebrados por haber hecho malas
apuestas creyendo que el dinero se podía poner a trabajar bajo
condiciones que frenan la subyacente economía industrial y ahogan los
sueldos, erosionando el mercado de los bienes de consumo. La deflación
de la deuda reduce las ventas y la actividad empresarial en general y,
por lo mismo, los ingresos empresariales. Lo que deprime la bolsa y
los precios inmobiliarios, y así, el valor de los activos colaterales
avaladores de los gastos de deuda del conjunto de la economía. La
quiebra técnica (2) de las familias y las empresas lleva a la
bancarrota y a la ejecución hipotecaria.

Al incrementar de un tirón la deuda americana, de 5 billones en que
estaba a comienzos de este año hasta los actuales 13 billones, por la
vía de quedarse préstamos basura y otras malas inversiones en lugar de
dejarlas caer como ha ocurrido tradicionalmente en el final del
saneamiento de los cracks empresariales (saneamiento en el sentido de
dejar limpios los balances de deudas que no pueden ser pagadas), las
acciones del plan de rescate de Paulson lo que hacen es incrementar el
pago de intereses que el gobierno debe desembolsar, ya cargándolos al
contribuyente, ya tomando a préstamo (o imprimiendo) más dinero.
Alguien debe pagar por la deuda mala y los créditos basura que no han
sido limpiados, saneados y sacados de balance. El gobierno quiere
ahora jugar el papel de recolector de deuda para "generar beneficios
para los contribuyentes" por la vía de poner de rodillas a la entera
economía, la cual, huelga decirlo, se compone principalmente de los
"contribuyentes" aparentemente socorridos.

Es el típico timo basado en ganarse la confianza. Las ganancias
financieras se dispararon a partir de 1980, pero los bancos y los
inversores institucionales no las emplearon para financiar la
formación de capital tangible. Se limitaron a reciclar sus ingresos en
intereses (y en cuotas y penalizaciones derivadas del uso de las
tarjetas de crédito, a menudo tan copiosas como los propios intereses)
para suministrar más créditos, lo que les llevaba a la ulterior
extracción de intereses, etc. Esa extracción financiera hace que
queden menos ingresos, personales o empresariales, libres para gastar
en bienes de consumo, en bienes de capital y en servicios. Las ventas
menguan, provocando quiebras a medida que la economía se hace menos
capaz de pagar los cargos estipulados de intereses.

Este fenómeno de la deflación por deuda ha ocurrido repetidamente a lo
largo de la historia; no sólo en los ciclos económicos modernos, sino
inveteradamente, desde hace siglos. El ejemplo de cortoplacismo
financiero más autodestructivo es la decadencia y caída del Imperio
Romano, primero, en una situación de servidumbre por deudas, y
finalmente, en una Edad Oscura. El punto de inflexión político fue la
violenta toma de control del Senado por parte de una oligarquía
acreedora que asesinó a los reformadores que, dirigidos por los
hermanos Gracos en 133 AC, pretendían la cancelación de las deudas:
los atrajo al precipicio en que se reunía la asamblea política, y se
sirvió de los bancos senatoriales para empujarlos y despeñarlos. Un
violento golpe de mano similar se había dado, un siglo antes, en
Esparta, cuando los reyes Agis y Cleomenes trataron de cancelar las
deudas, a fin de revertir los procesos de polarización económica. La
oligarquía acreedora mandó a ambos al exilio y, luego, los asesinó,
según describe Plutarco en sus celebradas Vida paralelas de ilustres
griegos y romanos. Era, ésta, una lectura obligada entre gentes
instruidas, pero en nuestros días todos esos hechos del mundo antiguo
han prácticamente desaparecido de la memoria histórica. El
conocimiento de la evolución de las estructuras económicas ha sido
substituido por meras series inconexas de personalidades políticas y
conquistas militares.

La moraleja que arroja la historia, la antigua no menos que la
moderna, es que, inevitablemente, llega un punto crítico en que, o
bien las economías adoptan leyes que, favoreciendo a los acreedores,
pauperizan a la población y socavan social y militarmente al país, o
bien optan por salvarse a sí propias, aliviando la carga de la deuda.
Lo notable de nuestros días es la práctica ausencia de dirigentes
políticos capaces de ofrecer una alternativa al rescate paulsoniano de
Wall Street: ni pío cuando la bancarrota de Bear Stern, ni pío cuando
el gobierno tomó el control de Fannie Mae y Freddie Mac, ni pío, la
semana pasada, sobre los obsequios a los bancos. Nadie está siquiera
alertando sobre el sentido de esa destructiva decisión. Gobiernos
pretendidamente representantes de la filosofía del "libre mercado"
actúan como prestamistas en última instancia: y no para aliviar a
deudores no-financieros, como los hogares o los negocios, no para
mitigar el exceso de deuda y sanear cuentas corrientes, sino para
subsidiar los excesos del sector financiero, cuyas exigencias a la
economía se hallan muy por encima de la capacidad de ésta para
satisfacerlas y del valor de mercado de los activos ofrecidos como
colateral de la deuda.

La pretensión es de todo punto vana. No hay volumen de dinero capaz de
sostener el crecimiento exponencial de la deuda, por no hablar del
crédito libérrimamente creado o de las recíprocas apuestas sobre
derivados financieros cuyo monto no ha hecho sino dispararse en los
últimos años. El gobierno se ha comprometido a "rescatar" a los bancos
y a otros acreedores cuyos préstamos y apuestas protegidas han salido
mal.  Y se escabulle de la deflación de deuda que se impondrá al resto
de la economía como consecuencia de "dar por buenas" esas tendencias
financieras.

He aquí por qué el plan del gobierno para recuperar el dinero del
rescate es un brindis al sol: llama a los bancos a "labrarse su camino
para salir del endeudamiento" vendiendo más producto, su producto, es
decir, crédito, es decir, deuda. Los propietarios de vivienda y otros
consumidores, los estudiantes y los compradores de automóviles, los
usuarios de tarjetas de crédito, así como sus propios empleados –los
"contribuyentes" supuestamente socorridos—, son quienes tendrán que
pagar a los bancos el dinero que estos tengan que devolver, en vez de
usarlo para adquirir bienes y servicios. Con sólo cargar un 6% anual,
los bancos extraerán 93 mil millones de dólares en concepto de cargo
de intereses (42 mil millones para pagar al Tesoro por sus 700 mil
millones, y otros 51 mil millones para los 850 mil millones del
préstamo –"efectivo a trueque de basura"— de la Fed).

Si de lo que se trata es de robar al gobierno, supongo que la mejor
estrategia es, simplemente, desvalijarlo. De hacer caso a los grandes
medios de comunicación, diríase que el Congreso no tenía otra
alternativa sino la de suscribir el plan según lo habían redactado los
lobistas de Wall Street, "a fin de salvar al mercado de un colapso
inminente", ahorrándose audiencias y testimonios críticos y haciendo
oídos sordos a los centenares de economistas profesionales que
denunciaron el regalo.

La soberbia ha llegado a niveles de engaño no vistos desde los regalos
a los barones de los ferrocarriles en el último tercio del XIX. "No
queremos ser punitivos", explicó Paulson en una entrevista al
Financial Times, como si la única alternativa a eso fuera un obsequio
desapoderado. Europa no se ha comprometido con ningún regalo parecido,
pero Paulson sostuvo que a Inglaterra y a otros países europeos se les
fue la mano en el rescate de sus bancos y que el Tesoro norteamericano
lo que quería, simplemente, era que sus bancos siguieran siendo
competitivos. Con nervioso y melodrámatico movimiento de manos, el
pasado lunes aseguró a la opinión pública "lamentar tener que tomar
esas decisiones". Los bancos, pues, además del regalo fabuloso a Wall
Street resultante de un plan pergeñado por sus propios lobistas,
recibían disculpas por tal horrible intrusión socialista en el "libre
mercado". "Las decisiones hoy tomadas son decisiones que nunca
habríamos querido tomar", prosiguió Paulson, "pero son las decisiones
que tenemos que tomar para restaurar la confianza en nuestro sistema
financiero". La confianza de marras era un clásico ejercicio de
desinformación, un bien ingeniado timo fundado en la buena fe del
estafado.

Paulson describió la compra pública, al estilo europeo, de acciones
preferenciales especiales sin derecho a voto como una nacionalización.
Pero los gobiernos europeos pusieron a representantes públicos en los
consejos de los bancos por ellos rescatados. No es lo que se ha hecho
en EEUU. Según se ha informado, los lobistas de los bancos expresaron
al Tesoro la preocupación de que sus participaciones accionariales
pudieran quedar diluidas. Pero el Plan del Tesoro y del Partido
Demócrata lo que hace es invertir 250 mil millones de dólares de
crédito público en participaciones sin derecho a voto. Si el receptor
de este crédito quiebra, el gobierno queda en la cola de la fila de
acreedores. Sus "participaciones" no son préstamos reales, sino
"acciones preferenciales". Como explicó el propio Paulson el lunes:
"Que el gobierno posea participaciones en cualquier compañía
estadounidense privada, es cosa que resulta harto criticable para
muchos norteamericanos, yo incluido". De modo, pues, que las
participaciones públicas no son siquiera acciones reales, sino algo
que tienen que ver con "no votar". ¡La inversión pública en acciones
ni siquiera se reserva capacidad de sufragio! De manera que el
gobierno se queda con lo peor de los dos mundos: sus "acciones
preferenciales" carecen del poder de voto de las acciones comunes,
mientras que, en cambio, no pueden reclamar la primacía,
característica de los accionistas preferenciales, en la remuneración
de lo debido en caso de bancarrota . En vez de llevar a una
supervisión y a una regulación mayores, la crisis tiene aquí el efecto
contrario: es una capitulación en toda regla ante Wall Street, y
sienta las bases para una crisis crediticia más profunda en cuanto los
bancos consigan "labrarse su camino" y" salir del endeudamiento" a
expensas del resto de la economía, para las deudas de la cual ¡no se
ofrece el menor alivio!

Paulson derramó las oportunas lágrimas de cocodrilo a propósito de los
propietarios de vivienda y de la clase media, cuyos intereses, según
él, andan mejor servidos por unos precios siempre al alza en los
mercados inmobiliarios y en las bolsas. "En las pasadas semanas, el
pueblo norteamericano ha sentido los efectos de un sistema financiero
congelado", explicó. "Ha visto reducirse los valores de sus fondos de
jubilación y de sus cuentas de inversión. Se ha visto acuciado por los
vencimientos de los pagos y por los puestos de trabajo perdidos". A
pique estuvo de servirse de las consabidas viudas y de los socorridos
huérfanos e implorar a los norteamericanos que no desconectaran a [la
manzana verde] Granny de su sistema de sostén vital en la nutrición
hogareña. Necesitamos preservar el valor de sus acciones y ayudarles
para que puedan tener un retiro feliz, y necesitamos hacerlo
restaurando los procesos normales de ingeniería financiera de Wall
Street para que puedan volver a hacer ricos a los votantes.

Los ejecutivos europeos que llevaron a sus bancos al iceberg
financiero han sido despedidos. Inglaterra borró de un plumazo el
pasado verano a los accionistas de Northern Rock y, más recientemente,
ha hecho lo propio en Bradford and Bingley. Pero en EEUU los culpables
siguen en su sitio. Aquí nadie se ha quitado de encima tampoco a
accionista alguno, a pesar de la quiebra técnica en que han caído los
bancos que tomaron los peores riesgos y a pesar de los procesos
iniciados contra esos bancos, acusados de préstamo predatorio, fraude
al consumidor y delitos parecidos.

 La ayuda pública será usada para pagar remuneraciones exorbitantes a
los ejecutivos que llevaron a esos mismos bancos a la insolvencia.
"Las instituciones que vendan participaciones al gobierno aceptarán
restricciones a la compensación de sus ejecutivos, incluida una
cláusula de reintegro y una prohibición de los paracaídas de oro",
dejó dicho Paulson, para matizar enseguida que la regla sólo valdría
"durante el período en que el Tesoro mantenga obligaciones emitidas a
través de este programa". Los ejecutivos podrán seguir en su puesto y
podrán seguir obsequiándose a sí propios con los usulales regalos de
jubilación, lo que llevó al congresista demócrata Barney Frank a
quejarse de la laxitud de las restricciones puestas por el Tesoro.
"Los expertos en compensaciones dicen que, aun si lo bastante
prudentes como para apaciguar la cólera pública, tendrán probablemente
poco impacto real en las remuneraciones venideras de los ejecutivos
financieros. Lo que predicen es que los bancos se limitarán a pagar
más impuestos y hallarán otras vías creativas para pagar a sus
ejecutivos según les acomode. Algunos dicen incluso que las
compensaciones se dispararán en cuanto el programa del gobierno toque,
en unos pocos años, a su fin, llegando a cifras exorbitantes… Cuando
el Congreso limitó a 1 millón de dólares la deductibilidad fiscal de
las remuneraciones en efectivo, por ejemplo, la consecuencia fue,
simplemente, una explosión de las opciones sobre acciones, a modo de
compensación, y unas pagos todavía mayores."

Y a propósito de opciones sobre acciones,  tampoco tardó aquí el
gobierno en corregirse a sí mismo, deshonrando sus promesas de
asegurarse una participación en las ganancias cuando los bancos se
recuperaran. El Senador Schumer llegó incluso a asegurar a los
votantes: "en todo plan de inyección de capital proyectado por el
Tesoro, los dividendos habrán de ser eliminados, las compensaciones de
los ejecutivos, restringidas, y habrá que dar primacía a las
actividades bancarias normales". Humo, a lo sumo. Inglaterra y otros
países han insistido en que los bancos no paguen dividendos hasta que
el gobierno esté completamente resarcido. La idea consiste en evitar
que se use dinero público para seguir pagando dividendos a los
actuales accionistas y mantener las exorbitantes remuneraciones de los
ejecutivos que han llevado al banco a la catástrofe. Pero los términos
en que está concebido el rescate estadounidense se limitan a advertir
a los bancos de que no aumenten los pagos de dividendos, una política
que, de todos modos, y a la vista del desplome de sus ingresos,
seguirían de todos modos.

Schumer rozó el ridículo cuando proclamó: "Tenemos que operar
exactamente igual que cualquier inversor importante en estos caso:
cuando Warren Buffett invirtió en Goldman Sachs y en General Electric
en las pasadas semanas, lo hizo con exigencias estrictas, pero no
onerosas. El gobierno debe actuar protegiendo de modo similar los
intereses del contribuyente". Pero Buffett logró cerrar un trato mucho
mejor con su inversión de 5 mil millones de dólares en Goldman Sachs,
incluyendo garantías de compra de acciones a un precio inferior al
corriente cuando contribuyó a rescatar la compañía. Análogamente en
Inglaterra, en donde el gobierno se hizo con la propiedad de acciones
a bajo precio antes del rescate, ¡no a un precio elevado después del
rescate! Pero, en vez de ejercer las garantías reservadas conforme a
los precios deprimidos en que se hallaban las acciones de los bancos
en el momento en que Pualson detalló los términos del rescate, el
Tesoro de EEUU sólo podrá ejercer esas garantías (que equivalen al 15%
de su inversión) a precios que serán fijados luego de que los bancos
hayan tenido tiempo de recobrarse con ayuda del Tesoro. Los actuales
accionistas, pues, se beneficiarán más que el gobierno, razón por la
cual las acciones de los bancos se dispararon al conocerse los
términos del rescate. De modo que el gobierno no parece ser un buen
negociador en defensa del interés público: en realidad, Paulson es
seguramente culpable de actuar deliberadamente en menoscabo del
interés público que, como Secretario del Tesoro, está supuestamente
obligado a defender.

Dada su experiencia financiera, Paulson no puede ignorar el carácter
engañoso de su promesa y de su énfasis en las opciones gubernamentales
de acciones, el dulcificante que hizo a tantos ejecutivos
fabulosamente ricos: "los contribuyentes no sólo entrarán en posesión
de participaciones que deberían ser recompensadas con retornos
razonables, sino que recibirán también garantías de acciones comunes
en las instituciones participadas", explicó. Pero los "retornos
razonables" son sólo el 5% anual, justo por encima de lo que el
gobierno típicamente paga, no una tasa que refleje nada parecido a lo
que el "libre mercado" carga ahora a las empresas de Wall Street en
situación de quiebra técnica. Los 250 mil millones del gobierno en
acciones preferenciales comportarán un dividendo que montará hasta el
9% luego de cinco años, sin límites en lo tocante a la duración del
préstamo.

Todo lo que puedo decir es: ¡uau! ¡Ojalá los propietarios de vivienda
pudieran lograr un recorte semejante! ¡Una reducción de su tasa de
interés hasta el 5%, con una tasa de penalización de sólo un 9%! Nada
que ver, pues, con las penalizaciones y los cargos por mora de
Countrywide/Banc of America. En cambio, los bancos alemanes rescatados
públicamente pagarán "un cargo de al menos el 2% anual de la cantidad
públicamente garantizada. El Reino Unido cargará un 0,50% más el coste
del seguro de impago de la deuda del banco". Un banquero británico me
escribió que "el gobierno ofrece participaciones preferenciales al
12%, y participaciones comunes a un valor de descuento de activos
absolutamente enorme para suministrar efectivo". Pero el gobierno de
los EEUU accedió a ejercer sus opciones de acciones a precios
posrescate, no a los precios anteriores al salvamento. Incluso prevé
no ejercer esas opciones, si los bancos devuelven el préstamo del
Tesoro. Con la excusa de estimular a los inversores privados de Wall
Street a venir en substitución de la "propiedad" y de la "intrusión"
públicas en el mercado, los bancos pueden "recortar a la mitad el
número de participaciones comunes que el gobierno pueda llegar
eventualmente a comprar. Lo que puede conseguirse si un banco vende
acciones antes de fines de 2009 y consigue al menos tanta liquidez
como la invertida por el gobierno".

Semejantes términos del rescate sugieren que la pretensión de Wall
Street es conseguir, sobre poco más o menos, lo que la Gran Bretaña
colonialista logró durante años en la India y en África: dirigentes
políticos manejables como títeres por un supervisor imperial, en el
caso de los EEUU, por el secretario del Tesoro y un virrey que figura
a la cabeza de la Reserva Federal. Pero lo que el resto de la economía
necesita son dirigentes verdaderamente libres, capaces de imponer una
legislación mejor y más equitativa para aliviar y aun cancelar la
deuda, no para fortificarla y rescatar más préstamos fallidos. Hasta
una persona de la actual Administración, Sheila Bair, a la cabeza de
la Federal Deposit Insurance Corporation, se ha quejado: en una
entrevista concedida al Wall Street Journal declaró no entender "por
qué se ha hecho tanto hincapié político en garantizar que no estamos
ayudando indebidamente a los prestatarios , para luego, en cambio,
ofrecer toda esa asistencia masiva a nivel institucional". En la misma
entrevista, la señora Blair habló de los "penosos esfuerzos realizados
por los legisladores al elaborar el programa federal de Esperanza para
los Propietarios de Vivienda, a fin de asegurar que ese programa
limitaría los beneficios de reventa de los propietarios que recibieran
préstamos inmobiliarios accesibles" dando al gobierno una
participación en los precios de venta al alza.

En realidad, el problema es precisamente el de la disparidad entre las
exigencias de los acreedores y la capacidad de pago de los deudores.
Paulson dijo en su comunicado de este lunes que precisaba llegar a la
raíz del problema económico. Mas esa raíz, en su opinión, se halla en
el hecho de que los bancos "no están en situación de prestar tanto
como sería necesario para sostener la economía. Nuestro objetivo es
ver… si pueden ofrecer más crédito a las empresas y a los consumidores
de toda la nación". Como explicó en su entrevista al Financial Times,
"se ha visto, por vez primera, una acción que es sistemática, que va a
las causas en que arraiga" la crisis financiera. Pero su perspectiva
es sorprendentemente estrecha. Niega que el problema sea el de una
deuda que está por encima y más allá de la capacidad de pago del
conjunto de la economía, de una deuda superior al precio de mercado de
las propiedades y los activos que la avalan como colateral.

Crear un sistema para que los bancos puedan "labrarse su camino para
salir del endeudamiento" significa generarle al conjunto de la
economía más deuda con os consiguientes intereses. Se supone que los
préstamos hipotecarios lograrán restaurar los elevados precios
inmobiliarios y los altos costes de las oficinas, que es precisamente
lo que propició el desplome crediticio. A despecho de la
caracterización que hacen de la presente crisis el señor Paulson y la
señora Blair, como si de un mero problema de liquidez se tratara, de
lo que se trata en realidad es de un problema de deuda. El volumen de
la deuda inmobiliaria, de los préstamos para la compra de automóviles,
de los préstamos académicos para estudiantes, de la deuda bancaria, de
las deudas de los municipios y de los estados en materia de pensiones,
así como de las deudas de las empresas privadas, rebasan por mucho sus
respectivas capacidades de pago.

Poco después de la rueda de prensa de Paulson el pasado lunes, un
profesor de economía holandés, Dirk Bezemer, me escribió lo siguiente:
"Lo que me viene ahora a la cabeza es un juego Ponzi, en cuyas etapas
finales la única vía para mantener las cosas en marcha un trecho más
es seguir inyectando liquidez. Eso es una solución, en el sentido de
que restablece la calma, pero sólo a corto plazo. Y eso es lo que
estamos viendo ocurrir ahora mismo –a pesar del alza de la bolsa un
10% hoy—. Por mi parte, me preparo para ver el inevitable fin de este
juego de Ponzi, ya subitáneo, ya en forma de una larga y duradera
deflación de deuda". Bezemer entró a explicar lo que él mismo y otros
colaboradores míos han venido sosteniendo desde hace muchos años: "La
solución real pasa por separar la economía fundada en un esquema Ponzi
de la economía no fundada en ese esquema, y en dejar que la primera
arrostre todos los daños para salvar todo lo que se pueda de la
segunda. Eso significa el rescate de los propietarios de vivienda,
pero no de los bancos de inversión, etc. La matización que conviene
introducir en ese esquema general de solución es que hay que sostener
a los grandes jugadores del juego Ponzi cuya quiebra representa una
real 'amenaza para el sistema', pero sólo con condiciones punitivas.
Exactamente igual que los países del Tercer Mundo, no tienen
elección."

El problema de la "polución deudora" pretende "resolverse" creando más
deuda, no reduciendo el volumen de la misma. Ni el Tesoro ni el
Congreso están contribuyendo a resolver este problema.  El supuesto de
partida es que ofrecer a los bancos y a Wall Street crédito nuevo
creado por el gobierno llevará a reanudar la actividad crediticia y a
reinflar los mercados inmobiliarios y los mercados de valores. Pero
¿quién prestará más a esa sexta parte de los hogares norteamericanos
que ya se han despeñado por los derrotaderos de la quiebra técnica y
cuyas casas valen menos de lo que deben a los bancos por ellas?
Puesto que la deflación generada por la deuda fagocita el mercado
interior de bienes y servicios, las ventas y los ingresos de las
empresas encogen, lastrando así los precios de las acciones. Wall
Street está en el puente de mando, pero sus políticas son tan miopes
que lo que consiguen es la erosión general del conjunto de la
economía. Estamos en trance de pasar de la democracia a la oligarquía,
y en verdad, se diría que a una cleptocracia financiera bipartita.

NOTA T.: (1) En el léxico de la economía financiera, un "esquema
Ponzi" es un negocio fraudulento de inversiones consistente en atraer
inversiones de dinero con promesas de intereses a corto plazo
inopinadamente altos, pero puntualmente satisfechos, lo que trae
consigo un alud de nuevos inversores –o sucesivas reinversiones de los
antiguos—, generándose así un flujo de dinero que permite durante un
tiempo pagar altos intereses a corto plazo con el dinero que va
entrando a espuertas. Charles Ponzi, de quien recibe el nombre este
truco financiero, fue un emigrado italiano que se hizo millonario en
pocos meses en el Boston de los años  20 del siglo pasado organizando
un negocio fraudulento fundado en tal esquema. (2) La "negative
equity" se traduce aquí por "quiebra técnica" por ser la única voz del
léxico económico con tradición castellana que se acerca al significado
original en inglés. Pero la locución inglesa es propiamente
intraducible, a causa de las diferencias legislativas. Mientras que
cuando en los EEUU se deja de pagar una hipoteca lo único que puede
hacer la institución financiera acreedora es subastar el bien
inmobiliario y quedarse con el dinero de la subasta, en la legislación
hispánica, si el dinero conseguido en la subasta no basta para cubrir
la hipoteca, la institución financiera puede proceder al embargo de
otros bienes del deudor –incluida la nómina—, hasta cubrir el total de
lo adeudado. "Negative equitiy" es la situación que se produce cuando
el precio del inmueble cae por debajo de la deuda hipotecaria: quien
tiene entonces un problema es la institución financiera tenedora de
los títulos hipotecarios. Mientras el deudor norteamericano en
situación de "negative equity" tiene abierta la posibilidad de soltar
el bien inmobiliario de consuno con la hipoteca, los deudores europeos
e hispánico se hallan, en cambio, en situación de "quiebra técnica":
deben más de lo que vale el bien por el que está endeudado y no tienen
otra salida que seguir satisfaciendo esa deuda.

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en
balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank
(ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson
Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo
soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr.
Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente
campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos
de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de
Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido
profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de
Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism:
The Economic Strategy of American Empire.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ernest Urtasun Domènech y Mínima Estrella

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Néstor Gorojovsky
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