[R-P] la cia e irak

maría Sola mariadelsola en gmail.com
Dom Oct 19 09:07:26 MDT 2008


De Crítica.
bonasso
Una de espías
Copio el final porque es largo.

La verdad era muy distinta y Suskind la fue desenrollando en una
cinematográfica investigación, a través de variados escenarios en
Estados Unidos y Gran Bretaña, donde logró entrevistar y grabar a
personajes de primer nivel en la CIA, el MI6 y el espionaje privado y
tercerizado que usan los servicios occidentales, para tratar de
detectar lo que más temen: la compra "en negro" de uranio enriquecido
para armar la bomba.

Con una prosa convencional, pero no exenta de suspense, Suskind va
llegando a la verdad a través de personajes "can do way" (nosotros
diríamos "un todoterreno"), como el tenebroso Rob Richer, que estuvo
en la CIA durante más de treinta años, donde condujo operaciones
clandestinas en la vieja URSS y en Medio Oriente y ahora es CEO de la
empresa privada de espionaje Blackwater. Un amigo íntimo del rey
Hussein de Jordania y de su hijo y sucesor Abdullah, una llave
imprescindible para operar en la frontera de Irak y esconder a
cualquiera por más importante que sea.

En la extensa lista de informantes, sobresale también Sir Richard
Dearlove, ex jefe del servicio secreto británico, que actualmente
funge como pacífico profesor del Pembroke College de Cambridge y, con
su distinción y parecido físico con el actor Peter O'Toole, nos remite
inexorablemente a los relatos de Graham Greene.

Con la ayuda de estos y otros espías, que van desgranando datos, en la
penumbra musical de un bar de hotel o en la mesa bien provista de un
"steak house", Suskind reconstruye la saga del "arrepentido" Habbush,
uno de los naipes en el mazo de "hombres más buscados" por W, que
presidía Saddam Hussein con el as de
espadas.

La trama es complicada (Suskind la despliega a lo largo de 400
páginas), pero se la podría sintetizar de esta manera.

A fines de 2002, los norteamericanos buscaban evidencias que les
permitieran justificar la invasión. Entonces, el mercenario Richer se
acordó de un talentoso colega británico con quien había hecho amistad
en el oficio: el jefe de inteligencia para el Medio Oriente del
servicio de inteligencia británico, Michael Shipster. Sus esperanzas
resultaron justificadas: Shipster mantenía contactos desde mucho
tiempo atrás con el jefe de inteligencia de Saddam Hussein, Tahil
Jalil Habbush. Antiguo jefe policial y gobernador de una provincia
"difícil", Habbush –según Suskind– "tenía las manos llenas de sangre".

Como suele suceder en estos casos, los servicios occidentales no le
miraron mucho las manos y organizaron un encuentro secreto en
Jordania, que fue finalmente arreglado entre Richer y el jefe de
inteligencia jordano.

Fue el primero de una serie de contactos con "George", el nombre en
clave de Habbush, de los que estuvo al tanto el jefe de la CIA, George
Tenet.

Para los británicos, remisos a invadir, resultaron preocupantes; para
los norteamericanos, decididos a la ocupación, desconcertantes.

El sinuoso funcionario iraquí les aseguró que no había armas químicas
en Irak, porque Saddam había cancelado todos los programas después de
la Guerra del Golfo y no tenía el menor propósito de fabricar
artefactos nucleares. Les explicó que las reticencias de Saddam al
respecto tendían a un propósito defensivo
respecto a los iraníes: temeroso de sus vecinos, quería hacerles creer
que contaba con un arsenal no convencional. No le preocupaba alimentar
de este modo las sospechas de Washington, porque estaba convencido de
que Bush no se atrevería a ocupar Irak.

Los espías occidentales, que mantuvieron varias reuniones con
"George", le aseguraron que Estados Unidos estaba decidido a invadir.

Sabían de qué hablaban cuando el jefe de la CIA Tenet le mostró una
minuta de los encuentros secretos a Condoleezza Rice; la secretaria de
Estado preguntó expresivamente: "Y, ¿qué carajo, hacemos con esto?".

George W. fue aún más expresivo: "Sigamos adelante". Y ya se sabe lo
que ocurrió: Bagdad fue demolida, Irak fue invadido, Saddam cayó en
estatua y en persona, miles de inocentes perdieron la vida y los
ocupantes comprobaron que Habbush decía la verdad respecto a las armas
no convencionales.

Para Washington Habbush se convirtió en un grave problema. Mientras el
ejército de ocupación lo mantenía entre los 16 dirigentes más
buscados, la Casa Blanca temía que apareciera y contara todo. Richer
había arreglado con sus amigos para que lo escondieran en Jordania.

Entonces surgió la idea de comprar a "George" y hacerle escribir la
carta falsamente fechada en 2001, que demostraría lo que no era
cierto: los nexos entre Hussein y Al Qaeda. Todo a cambio de cinco
millones de dólares. ¿Pero resultan suficientes para sellar los labios
de un hombre que se pasó de bando? No hace falta haber leído a Le
Carré para imaginar que Habbush ya no está entre nosotros.




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