[R-P] LOS FRENTES EN LA CRISIS //

maría Sola mariadelsola en gmail.com
Dom Oct 12 10:47:42 MDT 2008


Tal cual

Alan Greenspan

A FONDO
Nacimiento: 06-03-1926 Lugar: (Nueva York)




Greenspan se ha opuesto siempre a que los derivados se sometan a examen

"Son armas de destrucción masiva", afirma Buffet de estos productos

El mercado casi se ha multiplicado por cinco en los últimos seis años

El Oráculo usó su prestigio para que el Congreso hiciera lo que él quería
George Soros evita el uso de los contratos financieros conocidos por
el nombre de derivados. "No entendemos realmente cómo funcionan",
sentencia el famoso financiero. Felix G. Rohatyn, el banquero de
inversión que salvó a Nueva York de la catástrofe financiera en la
década de los setenta, calificó a los derivados de "bombas de
hidrógeno" en potencia. Y, como si de un oráculo se tratara, Warren E.
Buffett comentó hace cinco años que los derivados eran "armas
financieras de destrucción masiva que entrañaban peligros que, aunque
ahora estén latentes, pueden llegar a ser mortíferos".

No obstante, una figura eminente del mundo de las finanzas pensó lo
contrario durante mucho tiempo. Y su opinión dominaba los debates
sobre la regulación y el uso de los derivados, contratos exóticos que
prometían proteger a los inversores de las pérdidas, lo cual estimuló
prácticas más arriesgadas que desencadenaron la crisis financiera.
Durante más de una década, el ex presidente de la Reserva Federal Alan
Greenspan ha manifestado tajantemente su oposición siempre que los
derivados se sometían a examen. "Lo que hemos visto a lo largo de los
años en el mercado es que los derivados han sido un vehículo
extraordinariamente útil para transferir el riesgo de las personas que
no deberían asumirlo a aquellas que están dispuestas y son capaces de
hacerlo", afirmó Greenspan ante el Comité de Banca del Senado de
Estados Unidos en 2003. "Sería un error" [regular estos contratos de
una forma más estricta], añadió.

Hoy, con el mundo atrapado en una tormenta económica que Greenspan
describió hace poco como "el tipo de crisis financiera desgarradora
que se produce sólo una vez cada siglo", su fe en los derivados sigue
siendo inquebrantable.

Para él, el problema no es que fallaran los contratos, sino que la
gente que los utilizaba se volvió avariciosa. La falta de integridad
ha sido el detonante de la crisis, sostenía hace una semana en un
discurso en la Universidad de Georgetown. Insinuaba que los que
traficaban con derivados no eran tan de fiar como "el farmacéutico que
prepara la receta que nos ha mandado el médico".

Otras personas, en cambio, tienen una opinión completamente distinta
de cómo se fueron desarrollando los mercados globales y del papel que
desempeñó Greenspan a la hora de sembrar el caos actual. "Está claro
que los derivados son un punto central de la crisis y él era uno de
los principales defensores de la liberalización de los derivados",
asegura Frank Partnoy, catedrático de derecho de la Universidad de San
Diego y experto en regulación financiera.

El mercado de derivados tiene hoy un valor de unos 390 billones de
euros, casi cinco veces más que hace seis años. En teoría, estaban
destinados a limitar el riesgo y evitar los problemas financieros. En
la práctica, han agudizado la inseguridad y han extendido el riesgo,
además de sembrar dudas en torno a cómo los evalúan las empresas.

Si Greenspan hubiera actuado de forma distinta durante su presidencia
de la Reserva Federal (Fed) desde 1987 hasta 2006, la crisis actual se
podría haber evitado o mitigado, en opinión de muchos economistas. A
lo largo de los años, él contribuyó a hacer posible un ambicioso
experimento estadounidense que consistía en dar rienda suelta a las
fuerzas del mercado. Ahora el país se enfrenta a las consecuencias.

Los derivados se crearon para suavizar -en la jerga de Wall Street,
"cubrir"- las pérdidas de las inversiones. Por ejemplo, algunos de los
contratos protegen a tenedores de deuda frente a pérdidas de valores
hipotecarios. Muchos individuos poseen un derivado común: el contrato
del seguro de su hogar.

A otra escala más grande, estos contratos proporcionan a las empresas
y a las corporaciones financieras la posibilidad de asumir riesgos más
complejos que, de lo contrario, podrían evitar, como por ejemplo,
emitir más hipotecas o deuda empresarial. Y con los contratos se puede
comerciar, lo que limita aún más el riesgo, pero también incrementa el
número de partes expuestas si surgen problemas.

A lo largo de los años noventa, algunas personas opinaban que los
derivados se habían vuelto tan vastos, interconectados e inescrutables
que requerían una supervisión federal para proteger el sistema
financiero. En reuniones con responsables federales, célebres
apariciones en el Capitolio y discursos ante un público muy numeroso,
Greenspan expresaba su confianza en la buena voluntad de Wall Street a
la hora de autorregularse cuando esquivaba las restricciones.

Desde que el sector inmobiliario empezara a venirse abajo, el
historial de Greenspan se ha visto sometido a una revisión.
Economistas de todo el espectro ideológico han criticado su decisión
de permitir que el mercado inmobiliario del país siguiera creciendo
gracias al crédito barato, cortesía de los bajos tipos de interés, en
lugar de acabar con las subidas de los precios con tipos más elevados.
Otros han criticado a Greenspan por no meter en vereda a las
instituciones que prestaron dinero de forma tan indiscriminada.

Independientemente de lo que la historia acabe diciendo sobre estas
decisiones, puede que el legado de Greenspan se base en última
instancia en un fenómeno más arraigado y mucho menos examinado: el
espectacular boom y el calamitoso descalabro del comercio de
derivados.

Algunos analistas aseguran que es injusto culpar a Greenspan de que la
crisis se haya extendido tanto. "La idea de que Greenspan podría haber
generado un desenlace completamente distinto es ingenua", comenta
Robert R. Hall, un economista de la conservadora Hoover Institution,
un grupo de investigación de Stanford.

Greenspan rechazó las peticiones de mantener una entrevista. Su
portavoz dirigió las preguntas sobre su historial a su autobiografía,
La era de las turbulencias, en la que describe en detalle sus
convicciones. "Parece superfluo limitar las transacciones con algunos
de los derivados más recientes y otros innovadores contratos
financieros de la última década", escribe Greenspan. "Los peores han
fracasado; los inversores han dejado de financiarlos y no es probable
que vayan a hacerlo en el futuro".

En su discurso en Georgetown no quiso mencionar la regulación y
describió las turbulencias financieras como una falta de honradez en
el comportamiento de Wall Street. "En un sistema de mercado basado en
la confianza, la reputación tiene un valor económico significativo",
dijo Greenspan al público. "Por consiguiente, me preocupa lo mucho que
hemos dejado de preocuparnos por la reputación en los últimos años".

Como presidente de la Reserva Federal durante mucho tiempo, el
estratega económico más poderoso del país, Greenspan abogó por los
poderes ilimitados y creadores de riqueza del mercado. Libertario
confeso, entre sus influencias formativas incluía a la novelista Ayn
Rand, que retrató el poder colectivo como una fuerza maligna
contrapuesta al interés ilustrado de los individuos. Por su parte, el
ex presidente de la Fed demostró una fe inquebrantable en que los que
participaran en los mercados financieros actuarían de forma
responsable.

Tras examinar más de dos décadas del historial de Greenspan sobre la
regulación financiera y sobre derivados, queda claro hasta qué punto
subordinó la salud de la economía del país a esa fe. Cuando el mercado
naciente de derivados se estableció a principios de los años noventa,
sus detractores denunciaron la ausencia de normas que obligaran a las
instituciones a revelar su situación y a apartar fondos como una
reserva para protegerse de las malas apuestas.

Una y otra vez, Greenspan -figura adorada a la que se apodaba El
Oráculo- proclamó que los mercados podían manejar los riesgos. "Él y
varios responsables del Tesoro rechazaban por sistema las propuestas
para imponer una regulación por minimalista que fuera", recuerda Alan
S. Blinder, ex miembro del consejo de la Reserva Federal y economista
de la Universidad de Princeton. "Mi recuerdo de él es que no hacia más
que corear en favor de los derivados".

Arthur Levitt Jr., ex presidente de la Comisión de Valores e
Intercambios estadounidense, explica que Greenspan se oponía a regular
los derivados por su desdén básico hacia el Gobierno. Levitt señala
que la autoridad y los conocimientos sobre las finanzas globales de El
Oráculo convencieron una y otra vez a los legisladores menos versados
en finanzas de que siguieran el camino que marcaba. "Siempre tuve la
sensación de que los titanes de nuestra asamblea legislativa no
querían revelar su propia incapacidad para comprender algunos de los
conceptos que presentaba Greenspan", añade Levitt. "No recuerdo que
alguien preguntara: '¿A qué te refieres con eso, Alan?".

No obstante, algunos sí que hicieron preguntas. En 1992, Edward J.
Markey, un demócrata de Massachusetts que dirigió el subcomité de la
Cámara de Representantes sobre telecomunicaciones y finanzas, solicitó
a lo que entonces era la Oficina General de Contabilidad que estudiara
los riesgos de los derivados. Dos años después, esta oficina publicó
su informe, en el que identificaba "lagunas y flaquezas
significativas" en la supervisión reguladora de los derivados.

"El fracaso repentino o la retirada brusca de cualquiera de estos
importantes agentes de Estados Unidos podría provocar problemas de
liquidez en los mercados y, además, presentar riesgos para otras
personas, como bancos asegurados a nivel federal y el sistema
financiero en su conjunto", afirmó Charles A. Bowsher, jefe de la
oficina de cuentas, cuando testificó ante el comité de Markey en 1994.
"En algunos casos la intervención ha tenido y podría tener como
consecuencia un rescate financiero pagado o garantizado por los
contribuyentes".

En su testimonio de aquella época, Greenspan se mostró tranquilizador:
"Los riesgos en los mercados financieros, incluidos los mercados de
los derivados, los están regulando las partes privadas". Advirtió que
los derivados podrían amplificar las crisis porque vinculaban las
fortunas de muchas instituciones aparentemente independientes. "La
propia eficacia que esto implica significa que, en el caso de que
surgiera una crisis, ésta se transmitiría a un ritmo mucho más rápido
y con una virulencia mucho mayor", comentó. Pero calificó dicha
posibilidad de "extremadamente remota". Y añadió: "El riesgo es parte
de la vida".

Ese mismo año, Markey presentó una ley que estipulaba una mayor
regulación de los derivados. Nunca se llegó a aprobar.

En 1997, la Comisión de Negociación de Futuros de Materias Primas, una
agencia que regula las operaciones bursátiles con opciones y futuros,
empezó a explorar la regulación de los derivados. La comisión, que por
aquel entonces estaba dirigida por una abogada llamada Brooksley E.
Born, pidió que le enviaran comentarios sobre cuál era la mejor forma
de supervisar ciertos derivados.

Born estaba preocupada por el hecho de que las transacciones sin
trabas y opacas pudieran "amenazar nuestros mercados regulados o, de
hecho, nuestra economía sin que ninguna agencia federal supiera nada
al respecto", manifestó en una vista ante el Congreso. Hizo un
llamamiento por una mayor transparencia de las operaciones bursátiles
y para crear reservas a fin de protegerse frente a las pérdidas.

La opinión de esta letrada suscitó una firme oposición por parte de
Greenspan y de Robert E. Rubin, el secretario del Tesoro entonces. Los
abogados del Tesoro concluyeron que el mero debate sobre las nuevas
normativas amenazaba el mercado de derivados. Greenspan advirtió de
que unas normativas excesivas perjudicarían a Wall Street e inducirían
a los agentes de Bolsa a llevarse su negocio al extranjero.

"Él le dijo a Brooksley que básicamente no sabía qué estaba haciendo y
que iba a provocar una crisis financiera", cuenta Michael Greenberger,
que era director jefe de la comisión. "Brooksley era una mujer que no
jugaba al tenis con esta gente ni comía con ellos. En parte daba la
impresión de que esta mujer no pertenecía a Wall Street".

Born no quiso hacer comentarios. Rubin, que ahora es uno de los
principales directivos del Citigroup, asegura que estaba a favor de
regular los derivados -en especial, incrementando las reservas frente
a posibles pérdidas- pero que no vio la forma de hacerlo cuando estuvo
al frente del Tesoro. "Todas las fuerzas del sistema estaban alineadas
en contra", asegura. "Desde luego, el sector no quería que se
incrementaran estos requisitos. No había posibilidades de movilizar a
la opinión pública".

Greenberger afirma que el clima político habría sido distinto si Rubin
hubiera pedido más regulación. A principios de 1998, el segundo de
Rubin, Lawrence H. Summers, llamó a Born y la castigó por dar pasos
que, según él, iban a desencadenar una crisis financiera, de acuerdo
con las afirmaciones de Greenberger. Summers dice que no se acuerda de
haber mantenido dicha conversación, pero estaba de acuerdo con
Greenspan y con Rubin en que la proposición de Born era "muy
problemática".

El 21 de abril de 1998, las autoridades financieras federales se
reunieron en el Tesoro en una sala de conferencias forrada de madera
para debatir la propuesta de Born. Rubin y Greenspan le imploraron que
reconsiderara su opinión, según Greenberger y Levitt. Ella siguió
adelante.

El 5 de junio de 1998, Greenspan, Rubin y Levitt pidieron al Congreso
que evitara que Born actuara antes de que los reguladores más
experimentados hubieran presentado sus recomendaciones. Levitt afirma
que ahora se arrepiente de la decisión. Greenspan y Rubin estaban
"juntos en esto", añade. "No cabe duda de que se oponían a ello y me
convencieron de que sembraría el caos", concluye.

Born no tardó en conseguir un ejemplo. En otoño de 1998, el fondo de
cobertura Long Term Capital Management estuvo a punto de quebrar
arrastrado por apuestas catastróficas con derivados, entre otras
cosas. Más de una docena de bancos hicieron un fondo común de unos 2,7
millones de euros para un rescate privado que evitara que el fondo
entrara en bancarrota y pusiera en peligro a otras empresas.

A pesar de este suceso, el Congreso congeló la autoridad reguladora de
la Comisión de Negociación de Futuros de Materias Primas (CFTC, en sus
siglas en inglés) durante seis meses. Al año siguiente, Born se
marchó. En noviembre de 1999, las autoridades reguladoras, incluidos
Greenspan y Rubin, recomendaron que el Congreso retirara a la CFTC de
forma permanente su autoridad reguladora sobre los derivados.

Greenspan, según los legisladores, utilizó entonces su prestigio para
asegurarse de que el Congreso hacía lo que él quería. "A Alan le
tenían en mucha estima", explica Jim Leach, un republicano de Iowa que
dirigía el Comité Bancario y de Servicios Financieros de la Cámara de
Representantes por aquella época. "Tienes un ámbito de criterio en el
que los miembros del Congreso carecen por completo de experiencia".

A medida que el mercado seguía avanzando a toda marcha a lomos de un
histórico mercado alcista, la opinión preponderante era que los
tiempos de vacas gordas eran obra, en gran parte, de la mano firme de
Greenspan al timón de la Reserva Federal. "Pasarás a la historia como
el mejor presidente del Banco de la Reserva Federal", dijo el senador
Phil Gramm, el republicano de Tejas que presidió el Comité Bancario
del Senado cuando Greenspan apareció por allí en febrero de 1999.

Las credenciales y la confianza del predecesor de Ben Bernanke, actual
presidente de la Fed, reafirmaron su reputación. Esto le ayudó a
convencer al Congreso para que revocara leyes de la época de la
Depresión que separaban la banca comercial y la de inversión para
reducir el riesgo general en el sistema financiero. "Tenía una forma
de hablar que te hacía creer que sabía exactamente de qué estaba
hablando en todo momento", asegura Tom Harkin, senador demócrata de
Iowa. "Era capaz de decir cosas de una manera que hacía que la gente
no quisiera hacerle ninguna pregunta, como si lo supiera todo. Él era
El Oráculo y, ¿quién eras tú para ponerle en duda?".

En 2000, Harkin preguntó qué pasaría si el Congreso debilitaba la
autoridad de la CFTC. Greenspan aseguró que se podía confiar en Wall
Street. "Podemos tener grandes cantidades de regulación y les
garantizo que nada irá mal, pero nada irá bien", explicó.

Ese mismo año, en una vista del Congreso sobre el auge de las
fusiones, sostuvo que Wall Street había domado al riesgo. "Con un
aumento semejante de la concentración de la riqueza, ¿no le preocupa
que, si una de estas enormes instituciones fracasa, esto vaya a tener
un impacto tremendo sobre la economía nacional y mundial?", le
preguntó Bernard Sanders, representante independiente de Vermont.
Greenspan replicó: "No. Creo que el crecimiento general de las grandes
instituciones ha tenido lugar en el contexto de una estructura
subyacente de mercados en la que muchos de los riesgos principales
están drásticamente, o debería decir completamente, cubiertos".

La Cámara de Representantes aprobó por inmensa mayoría la ley que
mantuvo los derivados al margen de la supervisión de la CFTC. El
senador Gramm insertó una cláusula adicional que limitaba la autoridad
de esta comisión a una ley de apropiaciones de 11.000 páginas. El
Senado la aprobó, y el presidente Clinton la ratificó.

Aun así, los inversores espabilados como Buffett siguieron haciendo
resonar las alarmas sobre los derivados, del mismo modo que lo hizo en
2003, en su carta anual a los accionistas de su empresa, Berkshire
Hathaway. "Grandes cantidades de riesgo, sobre todo riesgo crediticio,
han pasado a estar concentradas en manos de un número relativamente
reducido de agentes de derivados. Los problemas de uno podrían
infectar rápidamente a otros", escribió.

Pero seguía habiendo operaciones. Cuando Greenspan empezó a oír hablar
de la burbuja inmobiliaria, hizo caso omiso de la amenaza. Wall Street
estaba usando los derivados, comentó en un discurso de 2004, para
compartir los riesgos con otras empresas.

Desde entonces, el riesgo compartido ha pasado de ser una fuente de
comodidad a ser un virus. A medida que la crisis inmobiliaria creció y
las hipotecas dejaron de pagarse, los derivados magnificaron la
crisis.

El cataclismo en Wall Street que se ha llevado por delante a empresas
como Bear Stearns y Lehman Brohters y ha puesto en peligro al gigante
asegurador American International Group se ha visto acelerado por el
hecho de que tanto ellos como sus clientes estaban vinculados por los
derivados. En los últimos meses, a medida que la crisis financiera ha
ido tomando impulso, las apariciones públicas de Greenspan se han
vuelto cada vez más poco frecuentes.

Sus memorias se publicaron a mediados de 2007. Empezaba a conocerse el
desastre, y su gira para promocionar el libro se convirtió en un
referéndum sobre sus políticas.

Cuando apareció este año la versión de bolsillo, Greenspan escribió un
epílogo que ofrece una refutación, si se le puede llamar así. "La
gestión del riesgo nunca puede alcanzar la perfección", escribe. Los
malos, comenta, son los banqueros, por cuyo interés individual había
apostado en otra época. "Apostaron a que podrían seguir aumentando sus
posiciones de riesgo y, aun así, venderlas antes del diluvio",
continúa, "la mayoría de ellos estaban equivocados. Los Gobiernos y
los bancos centrales no podrían haber alterado el curso del boom". -


El 11/10/08, Roberto Vera <robertoverasigloxxi en yahoo.com.ar> escribió:
> [Ayúdenos a financiar la lista, escriba a recpopmod en gmail.com.]
>
> CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN
>
>
> Pág/12
>
>
> Los frentes
>
>  Por Alfredo Zaiat
>
> La angustia que expresan diariamente voceros del discurso dominante por la lejanía relativa de la economía argentina a los devastadores efectos financieros de la crisis internacional es notable. La Argentina quedó fuera de los movimientos desestabilizadores de los capitales especulativos por el default y la posterior reestructuración de deuda. La fase financiera de la crisis la encuentra bastante aislada, bienvenida instancia que provoca desencanto en cierto sector del establishment cuya elocuencia son los expertos en pronósticos errados que habitan la city. La emblemática economista inglesa Joan Robinson enseñó que "estudiar economía no es tratar de adquirir un conjunto de respuestas listas para satisfacer los interrogantes económicos: es aprender a no dejarse inducir a error por los economistas". Un ejercicio contrafáctico ayuda a comprender ese concepto que tan magistralmente expuso Robinson, y así evitar las trampas de los discursos
>  acerca de lo económico pretendidamente técnicos pero que son eminentemente políticos. El ex jefe del Area de Monedas del Banco JP Morgan, Alfonso Prat-Gay, del mismo modo que otros gurúes de la city, no se cansaron de advertir que la Argentina tenía que crecer menos y enfriar la economía porque el riesgo de no aceptar esa receta era el estancamiento con inflación. Como no se puede pretender saber el futuro de los acontecimientos económicos, aunque esa secta convence a la mayoría de que está en condiciones de hacerlo, la crisis internacional desacomodó esa recomendación. Si se hubiese seguido ese consejo de exitosos especialistas en finanzas internacionales quebradas, esa desaceleración habría ubicado a la economía en varios escalones menores en ritmo de producción al existente en la actualidad, lo que habría implicado enfrentar hoy un desagradable escenario de recesión. Instancia que está un poco más lejos precisamente por no haber
>  desacelerado la economía antes, dinámica que empezará a notarse por la crisis externa aunque en una intensidad que es un misterio.
>
> Resulta evidente que la impresionante explosión de la globalización financiera producirá transformaciones en el funcionamiento de la economía mundial. En ese proceso habrá tensiones que requerirán de la instrumentación de oportunas políticas domésticas para amortiguar los costos de la crisis. Pero las variables con las que se atormenta a la mayoría de la población (el precio de la soja, el dólar, las cotizaciones de acciones y bonos o el riesgo país) no son las más relevantes para acercarse a la comprensión de un escenario incierto.
>
> El frente inquietante es el del sector comercial externo. Este se presenta como el de riesgo más visible debido a que la recesión en los países centrales derivará en excedentes de producción que buscarán colocar en otros mercados, con el peligro de generar desplazamiento de industrias locales. Las importaciones de esas economías en crisis y también de China, el gran proveedor mundial que intentará ubicar la mercadería que las potencias dejarán de consumir, pueden ser un potente factor desestabilizador de la producción doméstica y, por lo tanto, del empleo. Por lo tanto, la tarea de la Aduana y de la Secretaría de Industria, por ejemplo analizando con celeridad las denuncias de dumping, serán claves como amortiguadores de los vientos huracanados de la crisis internacional.
>
> Brasil es el otro frente que puede generar situaciones inestables. El modelo económico que ha merecido ascender a la categoría investment grade (grado de inversión) otorgada por las incalificables calificadoras de riesgo internacional se ha revelado frágil en el campo financiero. El constante ingreso de capitales especulativos durante los últimos años, dinámica que motivaba el elogio de analistas de la city, derivó en una impresionante apreciación del real que se tradujo en una inflación muy baja. Ahora esos capitales están a la fuga provocando una devaluación de proporciones e incertidumbre en el sector productivo, y desnudando la debilidad del sistema bancario que supo contabilizar las ganancias más elevadas de su historia. El ajuste violento del tipo de cambio y el menor ritmo de crecimiento puede provocar un incremento de las exportaciones brasileñas con destino a la Argentina. A diferencia de los productos que pueden venir de zonas en
>  recesión, con Brasil existen instrumentos institucionales del bloque de integración regional que permiten abordar esos desequilibrios temporales. El Mecanismo de Adaptación Competitiva del Mercosur facilita enfrentar los desajustes cambiarios con impacto en los flujos comerciales. El alza administrada del dólar en la plaza local que intranquiliza a muchos es una prudente estrategia defensiva aplicada por el Banco Central frente a las devaluaciones del resto de las monedas, en especial la del real. Los discursos y las saludables alianzas políticas latinoamericanas tendrán una prueba de fuego con esta crisis internacional, donde no hay espacio para la salvación individual afectando mercados de los vecinos.
>
> Otro de los frentes que merecen especial cuidado es el comportamiento de las multinacionales, en particular el de las entidades financieras extranjeras. Por ahora es un tema que no ha tenido debate público pero para algunos especialistas y funcionarios es muy importante. La economía argentina registra niveles de extranjerización muy elevados con uno de los regímenes más liberales en el tratamiento del capital del exterior. Cuando se analiza esta materia resulta importante destacar que el sector externo es una de las históricas debilidades de la economía argentina. En estos años existe cierto desahogo gracias a precios de los commodities por las nubes, la cesación de pagos y la posterior renegociación con extensión de los plazos. Pero las divisas son y seguirán siendo un bien escaso dada la carga de deuda y el elevado grado de transnacionalización. Desde el 2004 se ha ido incrementando en forma constante la remisión de utilidades hasta
>  representar en la actualidad el 2 por ciento del PIB, cuando en la década del noventa se ubicaba en el 1 por ciento. Ese giro de recursos refleja que, pese a las almas indignadas de los gendarmes de buenos modales, esas compañías contabilizan elevadas rentas por su operatoria en el país, además de mostrar escasa vocación de reinversión.
>
> Como el epicentro de la crisis se desarrolla en los países centrales, las políticas defensivas de las casas matrices se trasladarán en gran medida a sus filiales. Esa reacción se puede traducir en la exigencia de un mayor giro de fondos, de un ajuste de sus estructuras o en la liquidación de sus activos en el exterior. Cada una de esas medidas tendría un impacto negativo en la economía doméstica, con su efecto desalentador en las expectativas sociales. Por ese motivo, el monitoreo de las estrategias de las multinacionales y su política de remisión de utilidades resulta tan significativo como el panorama cambiario y el escenario del comercio exterior. El control en esa área constituye una tarea imprescindible para evitar sorpresas. En esa supervisión, los bancos extranjeros son el eslabón más sensible porque los graves problemas que enfrentan en sus países de origen pueden provocar turbulencias en el mercado local. Los organismos de control
>  del sistema financiero (Banco Central, Comisión Nacional de Valores y las superintendencias de Seguros y de AFJP) tienen que estar atentos, además de empezar a diseñar una estructura de regulación conjunta más eficiente para abordar a esas entidades como conglomerados financieros. De esa forma se pueden eludir sobresaltos desagradables, como el despido de personal que han empezado a implementar dos grandes bancos extranjeros por orden de un ajuste global de sus casas matrices, pese a que no hay motivo para el achique en la plaza local, donde registran elevadas utilidades. Además, se podrían prevenir maniobras especulativas desestabilizadoras con la compraventa de bonos o con el dólar.
>
> Los controles dispersos, una regulación deficiente y normas de supervisión que no se adaptaron a la nueva estructura de funcionamiento del sistema conforman un Estado débil para negociar y disciplinar a la banca entendida como conglomerado financiero. Para superar esa deficiencia y responder con audacia a la actual crisis se debe abandonar postulados de la ortodoxia neoliberal, que demostraron su elevado poder de destrucción. Se impone la necesidad de regular a los bancos como conglomerados financieros. Si esas entidades no son abordadas como un grupo económico integrado, el poder político quedará a merced de los desastres que tan bien saben hacer, como lo probaron en el derrumbe del Muro de Wall Street.
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