[R-P] dominacion mundial
hhmanzolillo
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Dom Oct 5 10:43:24 MDT 2008
La estructura de la dominación mundial:
De Bretton Woods al acuerdo multilateral de inversiones
Atilio A. Boron
Este trabajo forma parte de un texto más amplio
publicado en el libro de José Seoane y Emilio
Taddei, compiladores, Resistencias Mundiales. De Seattle a Porto Alegre.
El objetivo de este trabajo es examinar las
grandes transformaciones experimentadas por el
sistema capitalista internacional en las últimas
dos decadas del siglo XX a los efectos de poner
de relieve los principales rasgos que
caracterizan la estructura y el funcionamiento de
la hegemonía norteamericana. Diversos autores,
entre los que sobresale Noam Chomsky, han
demostrado que a partir de la finalización de la
Segunda Guerra Mundial la diplomacia
estadounidense se dio a la tarea de diseñar y
poner en funcionamiento un conjunto de
instituciones intergubernamentales destinadas a
preservar la supremacía de los intereses de los
Estados Unidos y regular el funcionamiento del
sistema internacional para asegurar su adecuada
gobernancia en función de los intereses de la superpotencia.(Chomsky, 2000).
Esta propuesta se plasmó en la creación de una
tríada de agencias e instituciones:
a) las instituciones económicas emanadas
principalmente de los acuerdos de 1944 firmados
en Bretton Woods y que dieron nacimiento al Banco
Mundial, al Fondo Monetario Internacional y, poco
después, al GATT. El GATT, acrónimo de General
Agreement on Tariffs and Trade (Acuerdo general
sobre comercio y aranceles) es un tratado
multilateral creado en la Conferencia de La
Habana , en 1947, firmado en 1948, por la
necesidad de establecer un conjunto de normas
comerciales y concesiones arancelarias, y está
considerado como el precursor de la Organización
Mundial de Comercio. El GATT era parte del plan
de regulación de la economia mundial tras la
Segunda Guerra Mundial, que incluía la reducción
de aranceles y otras barreras al comercio internacional.
b) un denso conjunto de instituciones políticas y
administrativas, generadas bajo el manto provisto
por la creación de las Naciones Unidas en San
Francisco, en 1945: FAO, UNESCO, OIT, OMS, PNUD,
UNICEF y muchas otras. En el marco hemisférico,
la iniciativa más importante fue la disolución de
la vieja Unión Panamericana y la creación de la OEA.
c) un complejo sistema de alianzas militares
concebidas para establecer una suerte de "cordón
sanitario" capaz de garantizar la contención de
la "amenaza soviética", y cuyo ejemplo más
destacado ha sido la creación de la Organización
del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En el
caso latinoamericano esta política se plasmó en
la firma del TIAR, Tratado Inter- Americano de
Asistencia Recíproca y la creación de la Escuela
Inter- Americana de Defensa, organismos éstos que
cumplieron un papel crucial en la reafirmación de
la hegemonía norteamericana en el área y en el
sostenimiento de las tenebrosas dictaduras
militares que durante mucho tiempo ensombrecieron
el panorama internacional. Ahora bien, si en la
Guerra Fría fueron las instituciones políticas y
militares del orden mundial las que desempeñaron
la función articuladora general de la dominación,
a partir del predominio del capital financiero y
la crisis y descomposición del campo socialista
-fenómenos éstos que se extienden a lo largo de
casi dos décadas, el primero desde comienzos de
los 1970's y el segundo a partir del decenio
siguiente- se produjo un desplazamiento del
centro de gravedad del imperio desde sus
instituciones político-administrativas hacia las
de carácter económico. Esta transformación se
manifestó a través de las siguientes mutaciones:
- por una parte, por una devaluación del papel de
las agencias e instituciones políticas,
administrativas y militares como custodios de la
paz internacional o como reaseguros supuestamente
llamados a impedir que la bipolaridad atómica
tuviera como desenlace una guerra termonuclear.
Los Estados Unidos y sus aliados utilizaron a la
ONU y sus diversas agencias para neutralizar, a
comienzos de la década de los sesenta, la amenaza
que un Patricio Lumumba radicalizado representaba
para los intereses occidentales en el Congo, pero
fueron estas mismas instituciones las que durante
27 años sostuvieron al régimen de Mobutu, uno de
los peores y más corruptos tiranos en la historia
del África independiente. Similarmente, la ONU
toleró con total pasividad el sabotaje al proceso
de paz en Angola pero colaboró activamente en los
esfuerzos por sacar a Milosevic de Bosnia y
Kosovo, objetivos de primer orden de la OTAN. En
relación a esta última conviene no olvidar el
bochornoso papel desempeñado por ésta última en
la crisis de los Balcanes: ante la imposibilidad
norteamericana de obtener en el marco de la ONU
un refrendo para su política belicista y genocida
en Yugoslavia, el gobierno de Clinton optó por
servirse de la OTAN para tales propósitos. Esta
deplorable involución, consentida por el silencio
del Secretario General de la ONU , se suma a las
legítimas dudas que plantea la estructura
no-democrática del gobierno de las Naciones
Unidas, en donde los llamados "cinco grandes"
conservan aún hoy poder de veto en el Consejo de
Seguridad, órgano al cual van a parar todos los
asuntos de importancia estratégica de la ONU. Con
el agregado de que mientras el Consejo se
encuentra abocado a un tema, el mismo no puede
ser tratado por la Asamblea General , en donde
impera la regla de un país, un voto, y no existen
poderes de veto. Una significativa cuota de
responsabilidad por la crisis que caracteriza al
sistema internacional debe ser atribuida a la
persistencia de una estructura profundamente
antidemocrática en el seno de las Naciones Unidas.
- el desplazamiento en dirección a las
instituciones de Bretton Woods se verificó
también en el ataque sistemático de las grandes
potencias, bajo el liderazgo norteamericano, al
supuesto "tercermundismo" de la ONU y sus
agencias. Esto dio origen a diversas iniciativas,
tales como la salida de los Estados Unidos y el
Reino Unido de la UNESCO durante el apogeo del
neoconservadurismo de Reagan y Thatcher; la
retención del pago de las cuotas de sostenimiento
financiero de la ONU ; significativos recortes en
los presupuestos de agencias "sospechosas" de
tercermundismo, como la OIT , UNESCO, UNIDO,
UNCTAD. Conviene recordar que en 1974 la Asamblea
General de las Naciones Unidas adoptó la Carta de
los Derechos y Obligaciones Económicas de los
Estados, un notable cuerpo legal en el cual se
establecía el derecho de los gobiernos a "regular
y ejercer su autoridad sobre las inversiones
extranjeras" así como "regular y supervisar las
actividades de las empresas multinacionales." Un
elocuente recordatorio de cuán diferente era la
correlación mundial de fuerzas prevaleciente en
esa época lo ofrece un artículo específico de la
Carta en el cual se reafirmaba el derecho de los
estados para "nacionalizar, expropiar o
transferir la propiedad de los inversionistas
extranjeros" (Panitch: 11). Pero eso no era todo:
la Carta fue acompañada por la elaboración de un
"Código de Conducta para las Empresas
Transnacionales" y la creación de un Centro de
Estudios de la Empresa Transnacional , ambas
iniciativas destinadas a favorecer el mejor
conocimiento de los nuevos actores de la economía
mundial y a posibilitar el control público y democrático de su accionar.
Desde 1970 el Foro Económico Mundial venía
reuniéndose en Davos pero la correlación mundial
de fuerzas acallaba sus débiles voces y no
lograba impedir, o siquiera demorar, esta
llamativa "toma de posición" de las Naciones
Unidas. Huelga acotar que todas estas movidas
tropezaron con la cerrada oposición del gobierno
de los Estados Unidos y sus más incondicionales
aliados, liderados por su más obediente perro
guardián, el gobierno del Reino Unido. La
reacción culminó, ya afianzada la hegemonía del
capital financiero, con la abolición de la citada
Carta y el Código de Conducta y la liquidación
del Centro de Estudios de la Empresa
Transnacional. Suerte similar corrieron las
iniciativas también surgidas en aquellos años y
tendientes a democratizar las comunicaciones
mediante la creación de un Nuevo Orden
Informativo Internacional. Como signo de los
tiempos, en los ultra neoliberales noventa lo que
se discute es la forma de imponer un Acuerdo
Multilateral de Inversiones que, de ser aprobado,
significaría lisa y llanamente la legalización de
la dictadura que de facto ejercen los grandes
oligopolios en los mercados porque la soberanía
de los estados nacionales en materia legal y
jurídica quedaría por completo relegada y
subordinada a las imposiciones de las empresas,
tema sobre el que volveremos más abajo. En esta
misma línea, la UNCTAD que creara Raúl Prebisch a
mediados de los sesenta con el propósito de
atenuar el impacto fuertemente pro-empresario del
GATT fue sometida a similares recortes y
restricciones jurisdiccionales: sólo puede
brindar asistencia técnica a los países
subdesarrollados en aspectos comerciales y hacer
algo de investigación, pero le está expresamente
prohibido ofrecer consejos de política a esos
países. ¡Ésa es una tarea que el BM, el FMI y la
Organización del Comercio Mundial realizan eficientemente!
- como puede observarse, todo un conjunto de
funciones que antes se encontraban en manos de
UNCTAD, OIT, UNESCO y otras instituciones
igualmente sospechosas de simpatías
"tercermundistas" fueron expropiadas por los
organismos de Bretton-Woods. La política laboral
la fijan ellas en lugar de la OIT ; los temas
educativos son también objeto de preferente
atención y de eficaz monitoreo por el BM y ya no
más por la UNESCO ; la problemática de la salud
fue también en gran medida extraida de la OMS y
puesta al cuidado del BM y el FMI, al igual que
las políticas sociales y previsionales en donde
ambas instituciones cooperan con la OCM en fijar
los parámetros de lo que debe hacerse en esas
materias. Por su parte, el otrora poderoso
Consejo Económico y Social de la ONU fue
despojado de sus prerrogativas y jerarquías,
siendo reducido al desempeño de funciones
prácticamente decorativas. La "magia del mercado" se ha hecho cargo de todo.
El despotismo tecnocrático de las instituciones políticas globales
Resumiendo: en los últimos veinte años se ha
producido un desplazamiento de los centros de
decisión internacional desde agencias e
instituciones constituidas con un mínimo de
respeto hacia ciertos criterios, si bien
formales, de igualdad y democracia como las
Naciones Unidas, hacia otras de naturaleza
autoritaria y tecnocrática, que no tienen ni
siquiera un compromiso formal con las reglas del
juego democrático, que no son responsables ni
imputables por las políticas que imponen -vía las
famosas "condicionalidades" a los países que
monitorean-, que sólo rinden cuenta ante los
ejecutivos de sus propios gobiernos y que carecen
en absoluto de agencias o procedimientos que
posibiliten siquiera un mínimo control popular de
las decisiones que allí se toman y que afectan la
vida de millones de personas.
Este es el caso, sin duda alguna, de las
instituciones nacidas de los acuerdos de Bretton
Woods, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Se trata de enormes burocracias,
extraordinariamente influyentes, y cuyas
iniciativas no están sometidas a nada que pueda
siquiera remotamente parecerse a un control republicano.
Su despotismo tecnocrático encuentra sus límites
tan sólo en las preferencias e inclinaciones del
puñado de gobiernos que efectivamente cuenta en
su dirección y control. No deja de ser
aleccionador el hecho de que gobiernos que se
ufanan de ser los adalides de la vida democrática
no sólo consientan sino que apoyen y promuevan el
papel de instituciones intergubernamentales de
este tipo cuya estructura, diseño, filosofía y
comportamiento se aparta radicalmente de los
principios democráticos. Tomemos, por ejemplo, el
caso del Fondo Monetario Internacional. Su
directorio, que es el órgano ejecutivo de la
institución, se rige por un sistema de voto
calificado que coloca el poder decisional en
manos del capital y principalmente del
representante norteamericano. Es decir, los
países que forman parte del FMI -y las presiones
y los chantajes para que soliciten su admisión al
mismo son impresionantes- entran a un club en
donde sólo unos cuantos tienen voto, mientras el
resto está condenado a un papel pasivo y
subordinado. Así, los Estados Unidos tienen el
17,35 por ciento del poder de voto mientras que
un país "sospechoso" para el consenso liberal
predominante -nos referimos al Japón- sólo
controla el 6,22 por ciento de los votos. Ahora
bien: cualquier decisión importante requiere una
mayoría calificada del 85 por ciento de los votos
del directorio. Por lo tanto, USA tiene poder de
veto y no sólo derecho a voto. Podría alegarse,
desde el plano meramente formal, que el conjunto
de países de la Unión Europea tiene 23,27 por
ciento de los votos y, por lo tanto, tiene la
posibilidad de doblegar el veto norteamericano.
Pero ésta sería una visión meramente formalista
porque si hay algo de lo que la Unión Europea
carece es de unidad. No existe Europa, al menos
todavía. Es una ilusión. Por ahora lo que existe
es Alemania, Francia, Gran Bretaña y así
sucesivamente, y el Viejo Continente paga un
precio exorbitante por este déficit estatal. Así
lo anota Z. Brzezinski cuando dice que Europa "es
una concepción, una noción y una meta, pero
todavía no es una realidad. Europa Occidental es
ya un mercado común, pero todavía está lejos de
ser una única entidad política" (Brzezinski: 67).
El discurso dominante que celebra la extinción de
los estados nacionales está destinado al consumo
de los espíritus cándidos y no al de los
intelectuales del imperio. La inexistencia
fáctica de la Unión Europea se torna patente
cuando se comprueba que los países miembros de la
UE jamás votaron unitariamente en contra de una
iniciativa de los Estados Unidos en el seno del
directorio del FMI. El voto europeo fue
invariablemente fragmentado, con Gran Bretaña
cumpliendo su tradicional papel de "junior
partner " de los intereses norteamericanos.
Descarnadamente concluye Brzezinski que estas
agencias "supranacionales" deben considerarse
como parte del sistema de dominación imperial,
"particularmente las instituciones financieras
internacionales. El FMI y el BM se consideran
representantes de los intereses 'globales'. En
realidad & son instituciones fuertemente
dominadas por los Estados Unidos" (Brzezinski:
28-29). Este sesgo pro-norteamericano ante el
cual se doblega una Europa carente de sustento
estatal se observa también en la Organización del
Comercio Mundial. Un análisis hecho recientemente
sobre las disputas comerciales revela que "sobre
46 casos de conflictos comerciales USA perdió 10
y ganó 36" (Alternatives Economiques, 33). Éstas
son las instituciones "supranacionales" y
globales que, hoy en día, constituyen el embrión
de un futuro gobierno mundial.
Imperio y relaciones imperialistas de dominación
Resumiendo: estamos en presencia de un proyecto
animado por el propósito de organizar el
funcionamiento estable y a largo plazo de un
orden económico y político imperial -un imperio
no-territorial, quizás; con muchos rasgos
novedosos producto de las grandes
transformaciones tecnológicas y económicas que
tuvieron lugar desde los años setenta- pero
imperio al fin. De aquí nuestro radical
desacuerdo con la obra de Michael Hardt y Antonio
Negri en la cual se sostiene la tesis no sólo
paradojal sino completamente equivocada del
"imperio sin imperialismo", tesis que, por
ejemplo, es rechazada por una autora inscripta en
el progresismo liberal como la ya mencionada
Susan Strange (Hardt y Negri: xii-xiv). En ese
sentido, la lectura de los intelectuales
orgánicos de la derecha es siempre estimulante,
porque si algunos en la izquierda hacen gala de
una enfermiza inclinación a olvidarse de la lucha
de clases y el imperialismo por temor a ser
considerados como extravagantes o ridículos
dinosaurios del parque jurásico decimonónico, los
primeros se encargan de recordar su vigencia a
cada rato. Se comprende: la íntima articulación
de los primeros con las funciones políticas de la
dominación imperial no les permite incurrir en
los extravíos y las alucinaciones pseudo teóricas
de sus contrapartes de izquierda chantajeadas por
el consenso neoliberal y posmoderno. De esto se
trata cuando hablábamos de la hegemonía
ideológica del neoliberalismo: "tener a sus
adversarios en el bolsillo", como recordaba
Gramsci, haciéndolos pensar con sus categorías y
desde su perspectiva clasista.
Es precisamente por esto que Leo Panitch nos
invita, en un penetrante artículo, a examinar la
visión que los principales teóricos de la derecha
norteamericana tienen sobre la escena internacional. (Panitch: 18-20).
Zbigniew Brzezinski, por ejemplo, celebra la
irresistible ascensión de los Estados Unidos al
rango de "única superpotencia global" y se
regocija -con el resentimiento propio de todo
buen aristócrata polaco- de que entre sus
vasallos y tributarios se incluya ahora, por
primera vez, a los países de Europa Occidental.
Preocupado por garantizar la estabilidad a largo
plazo del imperio Brzezinski se esmera en
identificar los tres grandes imperativos
estratégicos del imperio: (a) impedir la colusión
entre -y preservar la dependencia de- los
vasallos más poderosos en cuestiones de seguridad
(Europa Occidental y Japón); (b) mantener la
sumisión y obediencia de las naciones
tributarias, como las del Tercer Mundo; y (c)
prevenir la unificación, el desborde y un
eventual ataque de los bárbaros, denominación
ésta que abarca desde China hasta Rusia, pasando
por las naciones islámicas del Asia Central y
Medio Oriente (Brzezinski: 40). Más claro imposible.
Otro de los grandes intelectuales orgánicos del
imperio, Samuel Huntington, ha observado con
preocupación las debilidades que la condición de
"sheriff solitario" puede reportar para los
Estados Unidos. Ésta le ha llevado, nos dice, a
un ejercicio vicioso del poder internacional que
sólo podrá tener como consecuencia la formación
de una amplísima coalición anti- norteamericana
en donde no sólo se encuentren Rusia y China sino
también estados europeos, y recientemente
Latinoamérica lo cual pondría seriamente en
crisis al actual orden mundial. Para refutar a
los escépticos y refrescar la memoria de quienes
se han olvidado de lo que son las relaciones
imperialistas conviene reproducir in extenso el
largísimo rosario de iniciativas que según
Huntington fueron impulsadas por Washington en
los últimos años: "presionar a otros países para
adoptar valores y prácticas norteamericanas en
temas tales como derechos humanos y democracia;
impedir que terceros países adquieran capacidades
militares susceptibles de interferir con la
superioridad militar norteamericana; hacer que la
legislación norteamericana sea aplicada en otras
sociedades; calificar a terceros países en
función de su adhesión a los estándares
norteamericanos en materia de derechos humanos,
drogas, terrorismo, proliferación nuclear y de
misiles y, ahora, libertad religiosa; aplicar
sanciones contra los países que no conformen a
los estándares norteamericanos en estas materias;
promover los intereses empresariales
norteamericanos bajo los slogans del comercio
libre y mercados abiertos y modelar las políticas
del FMI y el BM para servir a esos mismos
intereses; ... forzar a otros países a adoptar
políticas sociales y económicas que beneficien a
los intereses económicos norteamericanos;
promover la venta de armas norteamericanas e
impedir que otros países hagan lo mismo; ...
categorizar a ciertos países como "estados
parias" o delincuentes y excluirlos de las
instituciones globales porque rehúsan a postrarse
ante los deseos norteamericanos" (Huntington:48).
Entiéndase bien: no se trata de la incendiaria
crítica de un mortal enemigo del imperialismo
norteamericano sino del sobrio recuento hecho por
uno de sus más lúcidos intelectuales orgánicos,
preocupado por las tendencias autodestructivas
que se derivan del ejercicio de su solitaria
hegemonía en el mundo unipolar. Resulta fácil
advertir que el "orden imperial" en gestación
representa, en el plano mundial, la más completa
perversión de la fórmula que Abraham Lincoln
acuñara al definir a la democracia como el
"gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo." Paradojalmente, el país que se exhibe a
sí mismo como el paladín de la democracia mundial
ha creado un entramado de instituciones y normas
internacionales que desmienten impiadosamente la
fórmula lincolniana, haciendo realidad el sueño
burgués de un "gobierno de los oligopolios, por
los oligopolios y para los oligopolios". ¿Puede
un orden como ése ser la expresión de una
situación internacional pacífica, conducente al
bienestar general y ecológicamente sustentable?
De ninguna manera, toda vez que el mismo
reproduce en la esfera de sus instituciones y
normas de gobernancia mundial la primacía de los
intereses oligopólicos y la prevalencia de una
lógica imperial que amplifica y perpetúa la
opresión imperialista, las radicales asimetrías
existentes en la distribución de la riqueza, los
ingresos y el conocimiento, y la destrucción del medio ambiente.
Hacia una codificación de la hegemonía del
capital: el Acuerdo Multilateral de Inversiones
Lo anterior da buena cuenta de los proyectos de
largo plazo que abrigan "los nuevos amos del
mundo" y que, si no encuentran una decidida
resistencia, no tendrán empacho alguno en imponer
a cualquier costo. Si alguien tiene algunas dudas
al respecto, bastaría con echar una ojeada a los
borradores del por ahora abortado estatuto para
el capital, el llamado Acuerdo Multilateral de
Inversiones, para convencerse de lo que venimos
diciendo. Si tal como lo hemos visto en los
setentas, el objetivo de gran parte de la
comunidad internacional era controlar el accionar
de las firmas multinacionales, en los noventa el
AMI propone nada menos que una rendición
incondicional de la sociedad, representada por el
estado, ante los dictados del capital. Según
Edgardo Lander, el AMI puede ser caracterizado
como una suerte de leonino "Tratado Internacional
de los Derechos de los Inversionistas" y también
como una carta constitucional que fija las
condiciones de la plena hegemonía del capital
transnacional. En primer lugar, observa Lander,
porque codifica en un texto básico las tendencias
hoy imperantes en las relaciones entre estados y
empresas transnacionales, procurando coagular de
este modo una correlación de fuerzas
extraordinariamente favorable a las segundas en detrimento de los primeros.
En segundo lugar, porque a partir de estas
tendencias se propone un diseño institucional y
legal de obligatorio cumplimiento para todos los
signatarios, en condiciones en que ningún país de
la periferia estaría en condiciones de "rehusar
la invitación" a firmarlo hecha por las grandes
potencias bajo el liderazgo norteamericano.
Tercero, porque tal como ha sido previsto en los
sucesivos borradores del tratado toda la
legislación y las normas nacionales, regionales y
municipales o locales podrán ser cuestionadas y
desafiadas ante jurados privados extranacionales
integrados por "expertos en comercio" -que como
observa Noam Chomsky ya podemos imaginarnos
quiénes son- que dictaminarán inapelablemente
acerca de la compatibilidad o no de las primeras
con los compromisos adquiridos con la firma del
tratado. En caso de que se compruebe su
incompatibilidad la normativa nacional ya no
podrá ser aplicada, al igual que ocurre con una
ley que una Corte Suprema o un Tribunal
Constitucional declare inconstitucional (Lander,
1999: 77-79; Chomsky, 2000: 259).
Ambos autores observan que un tema al cual el
tratado le otorga preferente atención es el de
los mecanismos de solución de controversias. En
numerosos artículos se establecen con mucha
precisión los procedimientos a seguir cuando un
estado plantee una demanda a otro por
incumplimiento del tratado y la que por los
mismos motivos realice una empresa ante un estado.
Pero el AMI incorpora dos innovaciones
extraordinariamente reaccionarias en relación a
la propia historia del derecho burgués: en primer
lugar, porque en su marco doctrinario las
empresas y los estados se convierten ahora en
personas que gozan de un mismo status jurídico,
aberración que hubiera provocado la repulsa de
los padres fundadores del liberalismo, desde John
Locke hasta Adam Smith. En segundo término,
porque tal como lo observa Chomsky el tratado es
una verdadera monstruosidad jurídica dado que no
existe reciprocidad entre las partes
contratantes. Una de las partes tiene sólo
derechos y la otra sólo obligaciones: los estados
no tienen derecho a demandar a las corporaciones.
"En realidad, todas las obligaciones de este
texto de 150 páginas... recaen sobre el pueblo y
sobre los gobiernos, ninguna sobre las
corporaciones" (Chomsky, 2000: 259-260). No hay
ningún mecanismo ni procedimiento previsto para
que un estado o un particular puedan demandar a
un inversionista por incumplimiento de sus obligaciones.
Con razón señalan nuestros autores que este
documento constitucional internacional significa
un grave atentado contra la democracia y la
soberanía popular. Para Chomsky, de aprobarse el
AMI "todavía colocaría más poder en manos de
tiranías privadas que operan en secreto y que no
rinden sus responsabilidades ante la opinión
pública" (Chomsky, 2000:259). Para Lander, el AMI
"implica una disminución drástica de la
democracia, al limitar severamente la capacidad
de los sistemas políticos y estados para tomar
decisiones... (relativas a) cualquier política
pública que pueda ser interpretada como
discriminatoria en contra de la inversión extranjera" (Lander, 1999: 89).
No sorprende, por lo tanto, que las negociaciones
fueran emprendidas en el mayor secreto y con un
estilo fuertemente conspirativo bajo el liderazgo
de los Estados Unidos, país crucial por muchas
razones, desde militares hasta políticas y
económicas en cuanto fuente principal de
inversiones en el extranjero y primer receptor de
inversiones externas del mundo. La OECD se
encargó de comenzar, en mayo de 1995, los
trabajos preparatorios con vistas a concluir con
la firma del tratado dos años después. El
borrador inicial del texto fue elaborado por un
"think tank " empresarial, el Council for
International Business, el que según sus propias
declaraciones "impulsa los intereses globales de
las empresas norteamericanas tanto en el país
como en el extranjero" (Chomsky, 2000: 257).
Previsiblemente, el Council puso todo su empeño
para garantizar la naturaleza absolutamente
leonina del engendro jurídico resultante. Lander
comenta que el secreto con que se condujo esta
primera fase del proceso de negociaciones fue tan
marcado que en muchos países sólo los más altos
funcionarios del ejecutivo en áreas relacionadas
con lo económico y comercial estaban al tanto de
las negociaciones. Por supuesto que ni los
parlamentos ni la opinión pública, para no hablar
de los partidos, sindicatos u organizaciones
populares, tuvieron el menor acceso a las mismas.
Chomsky provee abundantes datos para sostener la
hipótesis de que los grandes medios de
comunicación de masas estaban al tanto de esta
verdadera conspiración pero se cuidaron de revelarla.
En todo caso, toda esta maquinación se derrumbó
como un castillo de naipes cuando a mediados de
1997 una ONG canadiense, el Council of Canadians,
obtuvo una copia altamente confidencial del
borrador que estaba siendo considerado y lo
colocó en Internet. A partir de su divulgación,
se gestó un amplio movimiento internacional de
oposición integrado por organismos de
ambientalistas, de lucha contra la pobreza, de
defensa de los derechos laborales y de
organizaciones de pueblos indígenas de todo el
mundo que impulsó una exitosa campaña global de
oposición al AMI, exigiendo la suspensión de las
negociaciones a menos que su contenido sea
alterado significativamente. Esta saludable
reacción de algo que podríamos denominar con
cierta laxitud como algunos sectores de la
"sociedad civil internacional" fue caracterizada
por el órgano por antonomasia del capital
financiero, la revista inglesa The Economist,
como "una horda de vigilantes" que había
aplastado las nobles intenciones de las grandes
empresas y de la OCDE gracias a su "buena
organización y sus sólidas finanzas ... para
ejercer una gran influencia sobre los medios de
comunicación" (Chomsky, 2000: 259). El activismo
internacional desatado por la sola exposición de
los escandalosos borradores del AMI ante la
opinión pública mundial, facilitada
extraordinariamente por la Internet , provocó no
sólo el bochorno de los gobiernos implicados en
esta verdadera conspiración mundial contra la
democracia sino que las negociaciones fueran
abortadas abriéndose en consecuencia una nueva
etapa de luchas y resistencias que probablemente
impidan definitivamente la concreción de las
mismas. Como observa Chomsky, se trató de un
logro sorprendente de las organizaciones
populares que se enfrentaron con éxito a la mayor
concentración de poder global de la historia: "el
G7, las instituciones financieras internacionales
y el concentrado sector corporativo estaban de un
lado, con los medios de comunicación en el
bolsillo" (Chomsky, 2000: 259). Los meses
posteriores habrían de reproducir nuevas
victorias populares en Seattle, Ginebra,
Washington y Praga, demostrando que la hegemonía
del neoliberalismo tropieza y seguirá tropezando
ahora con serias y cada vez más enconadas resistencias populares.
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