[R-P] dominacion mundial

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Dom Oct 5 10:43:24 MDT 2008



La estructura de la dominación mundial:
De Bretton Woods al acuerdo multilateral de inversiones

Atilio A. Boron

Este trabajo forma parte de un texto más amplio 
publicado en el libro de José Seoane y Emilio 
Taddei, compiladores, Resistencias Mundiales. De Seattle a Porto Alegre.

   El objetivo de este trabajo es examinar las 
grandes transformaciones experimentadas por el 
sistema capitalista internacional en las últimas 
dos decadas del siglo XX a los efectos de poner 
de relieve los principales rasgos que 
caracterizan la estructura y el funcionamiento de 
la hegemonía norteamericana. Diversos autores, 
entre los que sobresale Noam Chomsky, han 
demostrado que a partir de la finalización de la 
Segunda Guerra Mundial la diplomacia 
estadounidense se dio a la tarea de diseñar y 
poner en funcionamiento un conjunto de 
instituciones intergubernamentales destinadas a 
preservar la supremacía de los intereses de los 
Estados Unidos y regular el funcionamiento del 
sistema internacional para asegurar su adecuada 
gobernancia en función de los intereses de la superpotencia.(Chomsky, 2000).

Esta propuesta se plasmó en la creación de una 
tríada de agencias e instituciones:

a) las instituciones económicas emanadas 
principalmente de los acuerdos de 1944 firmados 
en Bretton Woods y que dieron nacimiento al Banco 
Mundial, al Fondo Monetario Internacional y, poco 
después, al GATT. El GATT, acrónimo de General 
Agreement on Tariffs and Trade (Acuerdo general 
sobre comercio y aranceles) es un tratado 
multilateral creado en la Conferencia de La 
Habana , en 1947, firmado en 1948, por la 
necesidad de establecer un conjunto de normas 
comerciales y concesiones arancelarias, y está 
considerado como el precursor de la Organización 
Mundial de Comercio. El GATT era parte del plan 
de regulación de la economia mundial tras la 
Segunda Guerra Mundial, que incluía la reducción 
de aranceles y otras barreras al comercio internacional.

b) un denso conjunto de instituciones políticas y 
administrativas, generadas bajo el manto provisto 
por la creación de las Naciones Unidas en San 
Francisco, en 1945: FAO, UNESCO, OIT, OMS, PNUD, 
UNICEF y muchas otras. En el marco hemisférico, 
la iniciativa más importante fue la disolución de 
la vieja Unión Panamericana y la creación de la OEA.


c) un complejo sistema de alianzas militares 
concebidas para establecer una suerte de "cordón 
sanitario" capaz de garantizar la contención de 
la "amenaza soviética", y cuyo ejemplo más 
destacado ha sido la creación de la Organización 
del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En el 
caso latinoamericano esta política se plasmó en 
la firma del TIAR, Tratado Inter- Americano de 
Asistencia Recíproca y la creación de la Escuela 
Inter- Americana de Defensa, organismos éstos que 
cumplieron un papel crucial en la reafirmación de 
la hegemonía norteamericana en el área y en el 
sostenimiento de las tenebrosas dictaduras 
militares que durante mucho tiempo ensombrecieron 
el panorama internacional.   Ahora bien, si en la 
Guerra Fría fueron las instituciones políticas y 
militares del orden mundial las que desempeñaron 
la función articuladora general de la dominación, 
a partir del predominio del capital financiero y 
la crisis y descomposición del campo socialista 
-fenómenos éstos que se extienden a lo largo de 
casi dos décadas, el primero desde comienzos de 
los 1970's y el segundo a partir del decenio 
siguiente- se produjo un desplazamiento del 
centro de gravedad del imperio desde sus 
instituciones político-administrativas hacia las 
de carácter económico. Esta transformación se 
manifestó a través de las siguientes mutaciones:


- por una parte, por una devaluación del papel de 
las agencias e instituciones políticas, 
administrativas y militares como custodios de la 
paz internacional o como reaseguros supuestamente 
llamados a impedir que la bipolaridad atómica 
tuviera como desenlace una guerra termonuclear. 
Los Estados Unidos y sus aliados utilizaron a la 
ONU y sus diversas agencias para neutralizar, a 
comienzos de la década de los sesenta, la amenaza 
que un Patricio Lumumba radicalizado representaba 
para los intereses occidentales en el Congo, pero 
fueron estas mismas instituciones las que durante 
27 años sostuvieron al régimen de Mobutu, uno de 
los peores y más corruptos tiranos en la historia 
del África independiente. Similarmente, la ONU 
toleró con total pasividad el sabotaje al proceso 
de paz en Angola pero colaboró activamente en los 
esfuerzos por sacar a Milosevic de Bosnia y 
Kosovo, objetivos de primer orden de la OTAN. En 
relación a esta última conviene no olvidar el 
bochornoso papel desempeñado por ésta última en 
la crisis de los Balcanes: ante la imposibilidad 
norteamericana de obtener en el marco de la ONU 
un refrendo para su política belicista y genocida 
en Yugoslavia, el gobierno de Clinton optó por 
servirse de la OTAN para tales propósitos. Esta 
deplorable involución, consentida por el silencio 
del Secretario General de la ONU , se suma a las 
legítimas dudas que plantea la estructura 
no-democrática del gobierno de las Naciones 
Unidas, en donde los llamados "cinco grandes" 
conservan aún hoy poder de veto en el Consejo de 
Seguridad, órgano al cual van a parar todos los 
asuntos de importancia estratégica de la ONU. Con 
el agregado de que mientras el Consejo se 
encuentra abocado a un tema, el mismo no puede 
ser tratado por la Asamblea General , en donde 
impera la regla de un país, un voto, y no existen 
poderes de veto. Una significativa cuota de 
responsabilidad por la crisis que caracteriza al 
sistema internacional debe ser atribuida a la 
persistencia de una estructura profundamente 
antidemocrática en el seno de las Naciones Unidas.


- el desplazamiento en dirección a las 
instituciones de Bretton Woods se verificó 
también en el ataque sistemático de las grandes 
potencias, bajo el liderazgo norteamericano, al 
supuesto "tercermundismo" de la ONU y sus 
agencias. Esto dio origen a diversas iniciativas, 
tales como la salida de los Estados Unidos y el 
Reino Unido de la UNESCO durante el apogeo del 
neoconservadurismo de Reagan y Thatcher; la 
retención del pago de las cuotas de sostenimiento 
financiero de la ONU ; significativos recortes en 
los presupuestos de agencias "sospechosas" de 
tercermundismo, como la OIT , UNESCO, UNIDO, 
UNCTAD. Conviene recordar que en 1974 la Asamblea 
General de las Naciones Unidas adoptó la Carta de 
los Derechos y Obligaciones Económicas de los 
Estados, un notable cuerpo legal en el cual se 
establecía el derecho de los gobiernos a "regular 
y ejercer su autoridad sobre las inversiones 
extranjeras" así como "regular y supervisar las 
actividades de las empresas multinacionales." Un 
elocuente recordatorio de cuán diferente era la 
correlación mundial de fuerzas prevaleciente en 
esa época lo ofrece un artículo específico de la 
Carta en el cual se reafirmaba el derecho de los 
estados para "nacionalizar, expropiar o 
transferir la propiedad de los inversionistas 
extranjeros" (Panitch: 11). Pero eso no era todo: 
la Carta fue acompañada por la elaboración de un 
"Código de Conducta para las Empresas 
Transnacionales" y la creación de un Centro de 
Estudios de la Empresa Transnacional , ambas 
iniciativas destinadas a favorecer el mejor 
conocimiento de los nuevos actores de la economía 
mundial y a posibilitar el control público y democrático de su accionar.


Desde 1970 el Foro Económico Mundial venía 
reuniéndose en Davos pero la correlación mundial 
de fuerzas acallaba sus débiles voces y no 
lograba impedir, o siquiera demorar, esta 
llamativa "toma de posición" de las Naciones 
Unidas. Huelga acotar que todas estas movidas 
tropezaron con la cerrada oposición del gobierno 
de los Estados Unidos y sus más incondicionales 
aliados, liderados por su más obediente perro 
guardián, el gobierno del Reino Unido. La 
reacción culminó, ya afianzada la hegemonía del 
capital financiero, con la abolición de la citada 
Carta y el Código de Conducta y la liquidación 
del Centro de Estudios de la Empresa 
Transnacional. Suerte similar corrieron las 
iniciativas también surgidas en aquellos años y 
tendientes a democratizar las comunicaciones 
mediante la creación de un Nuevo Orden 
Informativo Internacional. Como signo de los 
tiempos, en los ultra neoliberales noventa lo que 
se discute es la forma de imponer un Acuerdo 
Multilateral de Inversiones que, de ser aprobado, 
significaría lisa y llanamente la legalización de 
la dictadura que de facto ejercen los grandes 
oligopolios en los mercados porque la soberanía 
de los estados nacionales en materia legal y 
jurídica quedaría por completo relegada y 
subordinada a las imposiciones de las empresas, 
tema sobre el que volveremos más abajo. En esta 
misma línea, la UNCTAD que creara Raúl Prebisch a 
mediados de los sesenta con el propósito de 
atenuar el impacto fuertemente pro-empresario del 
GATT fue sometida a similares recortes y 
restricciones jurisdiccionales: sólo puede 
brindar asistencia técnica a los países 
subdesarrollados en aspectos comerciales y hacer 
algo de investigación, pero le está expresamente 
prohibido ofrecer consejos de política a esos 
países. ¡Ésa es una tarea que el BM, el FMI y la 
Organización del Comercio Mundial realizan eficientemente!

- como puede observarse, todo un conjunto de 
funciones que antes se encontraban en manos de 
UNCTAD, OIT, UNESCO y otras instituciones 
igualmente sospechosas de simpatías 
"tercermundistas" fueron expropiadas por los 
organismos de Bretton-Woods. La política laboral 
la fijan ellas en lugar de la OIT ; los temas 
educativos son también objeto de preferente 
atención y de eficaz monitoreo por el BM y ya no 
más por la UNESCO ; la problemática de la salud 
fue también en gran medida extraida de la OMS y 
puesta al cuidado del BM y el FMI, al igual que 
las políticas sociales y previsionales en donde 
ambas instituciones cooperan con la OCM en fijar 
los parámetros de lo que debe hacerse en esas 
materias. Por su parte, el otrora poderoso 
Consejo Económico y Social de la ONU fue 
despojado de sus prerrogativas y jerarquías, 
siendo reducido al desempeño de funciones 
prácticamente decorativas. La "magia del mercado" se ha hecho cargo de todo.


El despotismo tecnocrático de las instituciones políticas globales

Resumiendo: en los últimos veinte años se ha 
producido un desplazamiento de los centros de 
decisión internacional desde agencias e 
instituciones constituidas con un mínimo de 
respeto hacia ciertos criterios, si bien 
formales, de igualdad y democracia como las 
Naciones Unidas, hacia otras de naturaleza 
autoritaria y tecnocrática, que no tienen ni 
siquiera un compromiso formal con las reglas del 
juego democrático, que no son responsables ni 
imputables por las políticas que imponen -vía las 
famosas "condicionalidades" a los países que 
monitorean-, que sólo rinden cuenta ante los 
ejecutivos de sus propios gobiernos y que carecen 
en absoluto de agencias o procedimientos que 
posibiliten siquiera un mínimo control popular de 
las decisiones que allí se toman y que afectan la 
vida de millones de personas.

Este es el caso, sin duda alguna, de las 
instituciones nacidas de los acuerdos de Bretton 
Woods, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Se trata de enormes burocracias, 
extraordinariamente influyentes, y cuyas 
iniciativas no están sometidas a nada que pueda 
siquiera remotamente parecerse a un control republicano.

Su despotismo tecnocrático encuentra sus límites 
tan sólo en las preferencias e inclinaciones del 
puñado de gobiernos que efectivamente cuenta en 
su dirección y control. No deja de ser 
aleccionador el hecho de que gobiernos que se 
ufanan de ser los adalides de la vida democrática 
no sólo consientan sino que apoyen y promuevan el 
papel de instituciones intergubernamentales de 
este tipo cuya estructura, diseño, filosofía y 
comportamiento se aparta radicalmente de los 
principios democráticos. Tomemos, por ejemplo, el 
caso del Fondo Monetario Internacional. Su 
directorio, que es el órgano ejecutivo de la 
institución, se rige por un sistema de voto 
calificado que coloca el poder decisional en 
manos del capital y principalmente del 
representante norteamericano. Es decir, los 
países que forman parte del FMI -y las presiones 
y los chantajes para que soliciten su admisión al 
mismo son impresionantes- entran a un club en 
donde sólo unos cuantos tienen voto, mientras el 
resto está condenado a un papel pasivo y 
subordinado. Así, los Estados Unidos tienen el 
17,35 por ciento del poder de voto mientras que 
un país "sospechoso" para el consenso liberal 
predominante -nos referimos al Japón- sólo 
controla el 6,22 por ciento de los votos. Ahora 
bien: cualquier decisión importante requiere una 
mayoría calificada del 85 por ciento de los votos 
del directorio. Por lo tanto, USA tiene poder de 
veto y no sólo derecho a voto. Podría alegarse, 
desde el plano meramente formal, que el conjunto 
de países de la Unión Europea tiene 23,27 por 
ciento de los votos y, por lo tanto, tiene la 
posibilidad de doblegar el veto norteamericano. 
Pero ésta sería una visión meramente formalista 
porque si hay algo de lo que la Unión Europea 
carece es de unidad. No existe Europa, al menos 
todavía. Es una ilusión. Por ahora lo que existe 
es Alemania, Francia, Gran Bretaña y así 
sucesivamente, y el Viejo Continente paga un 
precio exorbitante por este déficit estatal. Así 
lo anota Z. Brzezinski cuando dice que Europa "es 
una concepción, una noción y una meta, pero 
todavía no es una realidad. Europa Occidental es 
ya un mercado común, pero todavía está lejos de 
ser una única entidad política" (Brzezinski: 67). 
El discurso dominante que celebra la extinción de 
los estados nacionales está destinado al consumo 
de los espíritus cándidos y no al de los 
intelectuales del imperio. La inexistencia 
fáctica de la Unión Europea se torna patente 
cuando se comprueba que los países miembros de la 
UE jamás votaron unitariamente en contra de una 
iniciativa de los Estados Unidos en el seno del 
directorio del FMI. El voto europeo fue 
invariablemente fragmentado, con Gran Bretaña 
cumpliendo su tradicional papel de "junior 
partner " de los intereses norteamericanos. 
Descarnadamente concluye Brzezinski que estas 
agencias "supranacionales" deben considerarse 
como parte del sistema de dominación imperial, 
"particularmente las instituciones financieras 
internacionales. El FMI y el BM se consideran 
representantes de los intereses 'globales'. En 
realidad & son instituciones fuertemente 
dominadas por los Estados Unidos" (Brzezinski: 
28-29). Este sesgo pro-norteamericano ante el 
cual se doblega una Europa carente de sustento 
estatal se observa también en la Organización del 
Comercio Mundial. Un análisis hecho recientemente 
sobre las disputas comerciales revela que "sobre 
46 casos de conflictos comerciales USA perdió 10 
y ganó 36" (Alternatives Economiques, 33). Éstas 
son las instituciones "supranacionales" y 
globales que, hoy en día, constituyen el embrión 
de un futuro gobierno mundial.


Imperio y relaciones imperialistas de dominación

Resumiendo: estamos en presencia de un proyecto 
animado por el propósito de organizar el 
funcionamiento estable y a largo plazo de un 
orden económico y político imperial -un imperio 
no-territorial, quizás; con muchos rasgos 
novedosos producto de las grandes 
transformaciones tecnológicas y económicas que 
tuvieron lugar desde los años setenta- pero 
imperio al fin. De aquí nuestro radical 
desacuerdo con la obra de Michael Hardt y Antonio 
Negri en la cual se sostiene la tesis no sólo 
paradojal sino completamente equivocada del 
"imperio sin imperialismo", tesis que, por 
ejemplo, es rechazada por una autora inscripta en 
el progresismo liberal como la ya mencionada 
Susan Strange (Hardt y Negri: xii-xiv). En ese 
sentido, la lectura de los intelectuales 
orgánicos de la derecha es siempre estimulante, 
porque si algunos en la izquierda hacen gala de 
una enfermiza inclinación a olvidarse de la lucha 
de clases y el imperialismo por temor a ser 
considerados como extravagantes o ridículos 
dinosaurios del parque jurásico decimonónico, los 
primeros se encargan de recordar su vigencia a 
cada rato. Se comprende: la íntima articulación 
de los primeros con las funciones políticas de la 
dominación imperial no les permite incurrir en 
los extravíos y las alucinaciones pseudo teóricas 
de sus contrapartes de izquierda chantajeadas por 
el consenso neoliberal y posmoderno. De esto se 
trata cuando hablábamos de la hegemonía 
ideológica del neoliberalismo: "tener a sus 
adversarios en el bolsillo", como recordaba 
Gramsci, haciéndolos pensar con sus categorías y 
desde su perspectiva clasista.

Es precisamente por esto que Leo Panitch nos 
invita, en un penetrante artículo, a examinar la 
visión que los principales teóricos de la derecha 
norteamericana tienen sobre la escena internacional. (Panitch: 18-20).

Zbigniew Brzezinski, por ejemplo, celebra la 
irresistible ascensión de los Estados Unidos al 
rango de "única superpotencia global" y se 
regocija -con el resentimiento propio de todo 
buen aristócrata polaco- de que entre sus 
vasallos y tributarios se incluya ahora, por 
primera vez, a los países de Europa Occidental. 
Preocupado por garantizar la estabilidad a largo 
plazo del imperio Brzezinski se esmera en 
identificar los tres grandes imperativos 
estratégicos del imperio: (a) impedir la colusión 
entre -y preservar la dependencia de- los 
vasallos más poderosos en cuestiones de seguridad 
(Europa Occidental y Japón); (b) mantener la 
sumisión y obediencia de las naciones 
tributarias, como las del Tercer Mundo; y (c) 
prevenir la unificación, el desborde y un 
eventual ataque de los bárbaros, denominación 
ésta que abarca desde China hasta Rusia, pasando 
por las naciones islámicas del Asia Central y 
Medio Oriente (Brzezinski: 40). Más claro imposible.


Otro de los grandes intelectuales orgánicos del 
imperio, Samuel Huntington, ha observado con 
preocupación las debilidades que la condición de 
"sheriff solitario" puede reportar para los 
Estados Unidos. Ésta le ha llevado, nos dice, a 
un ejercicio vicioso del poder internacional que 
sólo podrá tener como consecuencia la formación 
de una amplísima coalición anti- norteamericana 
en donde no sólo se encuentren Rusia y China sino 
también estados europeos, y recientemente 
Latinoamérica lo cual pondría seriamente en 
crisis al actual orden mundial. Para refutar a 
los escépticos y refrescar la memoria de quienes 
se han olvidado de lo que son las relaciones 
imperialistas conviene reproducir in extenso el 
largísimo rosario de iniciativas que según 
Huntington fueron impulsadas por Washington en 
los últimos años: "presionar a otros países para 
adoptar valores y prácticas norteamericanas en 
temas tales como derechos humanos y democracia; 
impedir que terceros países adquieran capacidades 
militares susceptibles de interferir con la 
superioridad militar norteamericana; hacer que la 
legislación norteamericana sea aplicada en otras 
sociedades; calificar a terceros países en 
función de su adhesión a los estándares 
norteamericanos en materia de derechos humanos, 
drogas, terrorismo, proliferación nuclear y de 
misiles y, ahora, libertad religiosa; aplicar 
sanciones contra los países que no conformen a 
los estándares norteamericanos en estas materias; 
promover los intereses empresariales 
norteamericanos bajo los slogans del comercio 
libre y mercados abiertos y modelar las políticas 
del FMI y el BM para servir a esos mismos 
intereses; ... forzar a otros países a adoptar 
políticas sociales y económicas que beneficien a 
los intereses económicos norteamericanos; 
promover la venta de armas norteamericanas e 
impedir que otros países hagan lo mismo; ... 
categorizar a ciertos países como "estados 
parias" o delincuentes y excluirlos de las 
instituciones globales porque rehúsan a postrarse 
ante los deseos norteamericanos" (Huntington:48).


Entiéndase bien: no se trata de la incendiaria 
crítica de un mortal enemigo del imperialismo 
norteamericano sino del sobrio recuento hecho por 
uno de sus más lúcidos intelectuales orgánicos, 
preocupado por las tendencias autodestructivas 
que se derivan del ejercicio de su solitaria 
hegemonía en el mundo unipolar. Resulta fácil 
advertir que el "orden imperial" en gestación 
representa, en el plano mundial, la más completa 
perversión de la fórmula que Abraham Lincoln 
acuñara al definir a la democracia como el 
"gobierno del pueblo, por el pueblo y para el 
pueblo." Paradojalmente, el país que se exhibe a 
sí mismo como el paladín de la democracia mundial 
ha creado un entramado de instituciones y normas 
internacionales que desmienten impiadosamente la 
fórmula lincolniana, haciendo realidad el sueño 
burgués de un "gobierno de los oligopolios, por 
los oligopolios y para los oligopolios". ¿Puede 
un orden como ése ser la expresión de una 
situación internacional pacífica, conducente al 
bienestar general y ecológicamente sustentable? 
De ninguna manera, toda vez que el mismo 
reproduce en la esfera de sus instituciones y 
normas de gobernancia mundial la primacía de los 
intereses oligopólicos y la prevalencia de una 
lógica imperial que amplifica y perpetúa la 
opresión imperialista, las radicales asimetrías 
existentes en la distribución de la riqueza, los 
ingresos y el conocimiento, y la destrucción del medio ambiente.

Hacia una codificación de la hegemonía del 
capital: el Acuerdo Multilateral de Inversiones

Lo anterior da buena cuenta de los proyectos de 
largo plazo que abrigan "los nuevos amos del 
mundo" y que, si no encuentran una decidida 
resistencia, no tendrán empacho alguno en imponer 
a cualquier costo. Si alguien tiene algunas dudas 
al respecto, bastaría con echar una ojeada a los 
borradores del por ahora abortado estatuto para 
el capital, el llamado Acuerdo Multilateral de 
Inversiones, para convencerse de lo que venimos 
diciendo. Si tal como lo hemos visto en los 
setentas, el objetivo de gran parte de la 
comunidad internacional era controlar el accionar 
de las firmas multinacionales, en los noventa el 
AMI propone nada menos que una rendición 
incondicional de la sociedad, representada por el 
estado, ante los dictados del capital. Según 
Edgardo Lander, el AMI puede ser caracterizado 
como una suerte de leonino "Tratado Internacional 
de los Derechos de los Inversionistas" y también 
como una carta constitucional que fija las 
condiciones de la plena hegemonía del capital 
transnacional. En primer lugar, observa Lander, 
porque codifica en un texto básico las tendencias 
hoy imperantes en las relaciones entre estados y 
empresas transnacionales, procurando coagular de 
este modo una correlación de fuerzas 
extraordinariamente favorable a las segundas en detrimento de los primeros.

En segundo lugar, porque a partir de estas 
tendencias se propone un diseño institucional y 
legal de obligatorio cumplimiento para todos los 
signatarios, en condiciones en que ningún país de 
la periferia estaría en condiciones de "rehusar 
la invitación" a firmarlo hecha por las grandes 
potencias bajo el liderazgo norteamericano. 
Tercero, porque tal como ha sido previsto en los 
sucesivos borradores del tratado toda la 
legislación y las normas nacionales, regionales y 
municipales o locales podrán ser cuestionadas y 
desafiadas ante jurados privados extranacionales 
integrados por "expertos en comercio" -que como 
observa Noam Chomsky ya podemos imaginarnos 
quiénes son- que dictaminarán inapelablemente 
acerca de la compatibilidad o no de las primeras 
con los compromisos adquiridos con la firma del 
tratado. En caso de que se compruebe su 
incompatibilidad la normativa nacional ya no 
podrá ser aplicada, al igual que ocurre con una 
ley que una Corte Suprema o un Tribunal 
Constitucional declare inconstitucional (Lander, 
1999: 77-79; Chomsky, 2000: 259).

Ambos autores observan que un tema al cual el 
tratado le otorga preferente atención es el de 
los mecanismos de solución de controversias. En 
numerosos artículos se establecen con mucha 
precisión los procedimientos a seguir cuando un 
estado plantee una demanda a otro por 
incumplimiento del tratado y la que por los 
mismos motivos realice una empresa ante un estado.

Pero el AMI incorpora dos innovaciones 
extraordinariamente reaccionarias en relación a 
la propia historia del derecho burgués: en primer 
lugar, porque en su marco doctrinario las 
empresas y los estados se convierten ahora en 
personas que gozan de un mismo status jurídico, 
aberración que hubiera provocado la repulsa de 
los padres fundadores del liberalismo, desde John 
Locke hasta Adam Smith. En segundo término, 
porque tal como lo observa Chomsky el tratado es 
una verdadera monstruosidad jurídica dado que no 
existe reciprocidad entre las partes 
contratantes. Una de las partes tiene sólo 
derechos y la otra sólo obligaciones: los estados 
no tienen derecho a demandar a las corporaciones.

"En realidad, todas las obligaciones de este 
texto de 150 páginas... recaen sobre el pueblo y 
sobre los gobiernos, ninguna sobre las 
corporaciones" (Chomsky, 2000: 259-260). No hay 
ningún mecanismo ni procedimiento previsto para 
que un estado o un particular puedan demandar a 
un inversionista por incumplimiento de sus obligaciones.

Con razón señalan nuestros autores que este 
documento constitucional internacional significa 
un grave atentado contra la democracia y la 
soberanía popular. Para Chomsky, de aprobarse el 
AMI "todavía colocaría más poder en manos de 
tiranías privadas que operan en secreto y que no 
rinden sus responsabilidades ante la opinión 
pública" (Chomsky, 2000:259). Para Lander, el AMI 
"implica una disminución drástica de la 
democracia, al limitar severamente la capacidad 
de los sistemas políticos y estados para tomar 
decisiones... (relativas a) cualquier política 
pública que pueda ser interpretada como 
discriminatoria en contra de la inversión extranjera" (Lander, 1999: 89).


No sorprende, por lo tanto, que las negociaciones 
fueran emprendidas en el mayor secreto y con un 
estilo fuertemente conspirativo bajo el liderazgo 
de los Estados Unidos, país crucial por muchas 
razones, desde militares hasta políticas y 
económicas en cuanto fuente principal de 
inversiones en el extranjero y primer receptor de 
inversiones externas del mundo. La OECD se 
encargó de comenzar, en mayo de 1995, los 
trabajos preparatorios con vistas a concluir con 
la firma del tratado dos años después. El 
borrador inicial del texto fue elaborado por un 
"think tank " empresarial, el Council for 
International Business, el que según sus propias 
declaraciones "impulsa los intereses globales de 
las empresas norteamericanas tanto en el país 
como en el extranjero" (Chomsky, 2000: 257). 
Previsiblemente, el Council puso todo su empeño 
para garantizar la naturaleza absolutamente 
leonina del engendro jurídico resultante. Lander 
comenta que el secreto con que se condujo esta 
primera fase del proceso de negociaciones fue tan 
marcado que en muchos países sólo los más altos 
funcionarios del ejecutivo en áreas relacionadas 
con lo económico y comercial estaban al tanto de 
las negociaciones. Por supuesto que ni los 
parlamentos ni la opinión pública, para no hablar 
de los partidos, sindicatos u organizaciones 
populares, tuvieron el menor acceso a las mismas. 
Chomsky provee abundantes datos para sostener la 
hipótesis de que los grandes medios de 
comunicación de masas estaban al tanto de esta 
verdadera conspiración pero se cuidaron de revelarla.


En todo caso, toda esta maquinación se derrumbó 
como un castillo de naipes cuando a mediados de 
1997 una ONG canadiense, el Council of Canadians, 
obtuvo una copia altamente confidencial del 
borrador que estaba siendo considerado y lo 
colocó en Internet. A partir de su divulgación, 
se gestó un amplio movimiento internacional de 
oposición integrado por organismos de 
ambientalistas, de lucha contra la pobreza, de 
defensa de los derechos laborales y de 
organizaciones de pueblos indígenas de todo el 
mundo que impulsó una exitosa campaña global de 
oposición al AMI, exigiendo la suspensión de las 
negociaciones a menos que su contenido sea 
alterado significativamente. Esta saludable 
reacción de algo que podríamos denominar con 
cierta laxitud como algunos sectores de la 
"sociedad civil internacional" fue caracterizada 
por el órgano por antonomasia del capital 
financiero, la revista inglesa The Economist, 
como "una horda de vigilantes" que había 
aplastado las nobles intenciones de las grandes 
empresas y de la OCDE gracias a su "buena 
organización y sus sólidas finanzas ... para 
ejercer una gran influencia sobre los medios de 
comunicación" (Chomsky, 2000: 259). El activismo 
internacional desatado por la sola exposición de 
los escandalosos borradores del AMI ante la 
opinión pública mundial, facilitada 
extraordinariamente por la Internet , provocó no 
sólo el bochorno de los gobiernos implicados en 
esta verdadera conspiración mundial contra la 
democracia sino que las negociaciones fueran 
abortadas abriéndose en consecuencia una nueva 
etapa de luchas y resistencias que probablemente 
impidan definitivamente la concreción de las 
mismas. Como observa Chomsky, se trató de un 
logro sorprendente de las organizaciones 
populares que se enfrentaron con éxito a la mayor 
concentración de poder global de la historia: "el 
G7, las instituciones financieras internacionales 
y el concentrado sector corporativo estaban de un 
lado, con los medios de comunicación en el 
bolsillo" (Chomsky, 2000: 259). Los meses 
posteriores habrían de reproducir nuevas 
victorias populares en Seattle, Ginebra, 
Washington y Praga, demostrando que la hegemonía 
del neoliberalismo tropieza y seguirá tropezando 
ahora con serias y cada vez más enconadas resistencias populares.


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