[R-P] HUGO CHAVEZ, LA BURGUESIA NACIONAL Y EL PARTIDO BOLCHEVIQUE
Juan María Escobar
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Vie Oct 3 16:19:53 MDT 2008
En el sitio de Patria Grande (Bolivia) se puede bajar el archivo en pdf.
Para los que quieran se los puedo mandar.
Saludos cordiales
Juan María Escobar
Artículo Publicado en:
Revista Política, Argentina
Año 3 - Nº 6, Abril 2008
Una nueva confluencia de izquierda nacional, para la independencia
y la integración de la América Latina
Patria Grande, Bolivia
Año 1, Nº 7, Octubre 2008
Revista mensual de la izquierda nacional, núcleo teórico del movimiento
patriótico.
http://www.patriagrande.org.bo/
mprimir
HUGO CHAVEZ, LA BURGUESIA NACIONAL Y EL PARTIDO BOLCHEVIQUE
Por: Néstor Miguel Gorojovsky
Nadie ignora que Lenin, el forjador del partido bolchevique que hizo la
primera revolución socialista de la historia, no se caracteriza por haber
pensado para "burguesía nacional" alguna, y que (en contrapartida) ninguna
burguesía nacional se siente muy cómoda con sus ideas ¿Cómo debe entenderse
esta contradicción? Es realmente una contradicción?[2]
Ante todo, dígase que frente a exaltados sin vigor que pretenden forzar
baños de sangre en nombre de un "clasisimo" abstracto, Hugo Chávez Frías
propugna una alianza de clases, una política de frente nacional. Es un
planteo que nos parece tan correcto como ajustado a los hechos. La sangre
burguesa que se le exige no solo no sellaría el destino socialista de la
revolución bolivariana; constituiría un criminal error político que llevaría
a Venezuela (y con ella a toda América Latina) a una batalla desigual, en
condiciones adversas, y cuyo final más probable sería el de una derrota
trágica y de proporciones descomunales.
En América Latina, la alianza entre los trabajadores y las clases medias (en
el sentido lato que incluye al empresariado) es la garantía de consolidación
de cualquier revolución nacional. Todas estas revoluciones son, en ese
sentido, "saintsimonianas", una alianza de las "clases productivas" contra
las "clases parasitarias"[3].
Con su exigencia de constituir un frente nacional, Hugo Rafael Chávez Frías
contrapone el carácter real del movimiento en marcha a la verborrea
escolástica del izquierdismo abstracto. Pero no se queda en eso. También
incorpora una reflexión sobre las consecuencias del resultado real de los
movimientos que justificadamente pueden considerarse los antecedentes
directos de la revolución bolivariana. Volveremos abajo, más extensamente, a
ellos y su resultado real. Baste decir por ahora que Chávez, precisamente
por lo que conoce sobre la parábola de esos movimientos, se delimita con
sumo cuidado de los "descreídos" del socialismo al mismo tiempo que replica
a los "exaltados".
Los "descreídos", en nombre de un "patriotismo revolucionario" no menos
genérico y abstracto que el "socialismo" de los exaltados, pretenden que
olvidemos las sombras de nuestra propia experiencia patriótica
latinoamericana y nos subsumamos en un difuso "nacionalismo revolucionario
avanzado". Sugieren que hagamos borrón y cuenta nueva con las
responsabilidades sociales y políticas que explican la estrepitosa defección
dirigencial que vivieron los movimientos nacionales latinoamericanos ante la
ola de reacción mundial del último cuarto del Siglo XX. Y para ello omiten
considerar que los frentes entre clases sociales se dan porque existen las
clases sociales, y que es la lucha entre esas clases (dentro y fuera del
frente) la que da sentido al combate revolucionario y dirime su destino
final.
Es por eso que, en el mismo momento que afirma su política de frente de
clases sociales, que asume la forma de un movimiento nacional, remite a un
político que hizo de la lucha de clases el núcleo teórico de su praxis. Es
conciente como pocos de las consecuencias de esta afirmación frentista. La
principal es el reconocimiento de que para que funcione este frente o
alianza hay que llegar a cierto consenso sobre los límites en los cuales se
va a moldear la historia concreta del país que esa alianza dirige; y por lo
tanto sobre los límites que, en cada momento, tendrán las reivindicaciones
sectoriales de cada uno de los componentes del frente nacional.
Esto exige, por decirlo con un esquematismo necesario pero algo
empobrecedor, "sacrificios" de todos los sectores:
(a) los más privilegiados, o al menos sus dirigentes más esclarecidos,
habrán de entender el carácter "popular democrático" de la "revolución
nacional". En particular, lo que requiere de ellos el proceso de liberación
nacional es que acepten la dignificación personal y colectiva de los
trabajadores, una mayor combatividad sindical y tasas de acumulación más
bajas que las que suponen obtener bajo un régimen "burgués" puro. (b) por su
parte, los sectores más explotados[4] han de entender que el carácter
"nacional" (es decir, histórica -aunque no programáticamente- burgués) del
proceso implica la promoción activa de la "acumulación" y por lo tanto la
necesidad de flexibilizar sus propias exigencias, sin renunciar a ellas: el
desarrollo de las fuerzas productivas en los países semicoloniales requiere
la existencia de sectores empresariales que, sometidos a la necesidad
general de la nación, formen parte del esfuerzo global de acumulación.
Frente a las críticas de los "exaltados", como es de esperar, Chávez deja en
claro el segundo aspecto del problema. Pero su persona es en sí misma una
gran síntesis nacional. Y en tanto tal, la historia concreta de Venezuela lo
ha puesto por encima de todos sus comentaristas, sean éstos "exaltados"
socialistas o "descreídos" del socialismo. Cada uno de esos comentaristas
interpreta a Chávez según una fracción del frente policlasista, en función
de una seca idea (atribuida a su vez a determinado grupo social), y no en
función del movimiento del conjunto como hecho vivo y concreto, como unidad
de múltiples determinaciones (para decirlo en el lenguaje de Marx).
Los "exaltados" creen dar voz a los grupos explotados, y los "descreídos", a
los explotadores. Chávez da la voz de todos porque sintetiza el conjunto. Al
modo de Perón, en parte. Pero, a diferencia de Perón, que solia ser
muchísimo más duro con los "exaltados" que con los "descreídos", mantiene un
equilibrio entre ambas alas que con toda seguridad encuentra su explicación
última en la estructura y relaciones de clases de Venezuela (así como la
política de Perón la encontraba en las de la Argentina), pero que también se
debe a la reflexión de Chávez sobre la parábola peronista "realmente
existente".
La afirmación de que "somos un movimiento nacional", es decir del carácter
policlasista del movimiento bolivariano, se dirige contra quienes quieren
transformar la revolución bolivariana en un movimiento clasista antiburgués,
pero también -de allí la cita de Lenin- contra quienes pretenden limitar el
contenido del policlasismo a los intereses y necesidades de la burguesía.
Para superar la dialéctica entre "exaltados" y "descreídos" no basta con la
necesaria reafirmación del carácter policlasista del movimiento
revolucionario. Hay que saber además cuál de todos esos grupos que
constituyen el frente policlasista va a dirigir la revolución, o (lo que es
lo mismo) a cuáles de todos esos grupos sociales representará en última
instancia el comando general del combate revolucionario. Y es precisamente
por eso que Chávez encuentra necesario citar al "clasista" Lenin[5] -¡y
recomendar su lectura!- en el mismo momento en que reafirma el carácter
policlasista de la revolución bolivariana.
Esta paradoja desconcierta tanto a "descreídos" como a "exaltados". Los
primeros explicarán que menciona al ruso como una concesión a su público de
raíz izquierdista, pero que todo el contenido del chavismo está en los
negocios que promueve; los segundos dirán que la blandura con la burguesía
es un recurso táctico determinado por el reciente fracaso de las elecciones
para reformar la Constitución y por las dificultades que afectaban a las
negociaciones por los rehenes de las FARC, pero que lo realmente importante
es el rumbo estratégico, "leninista", que Chávez reafirma con su
recomendación. Une a ambos sectores la voluntad común de bipartir el
discurso de Chávez y descalificar la parte que no les interesa. Los dos
buscan jibarizarlo, acomodarlo a sus propios intereses y apuestas parciales.
Pero con ello traicionan el mensaje fundamental, que es justamente el de
unificar ambas cosas en una sola, el de la integración de ambos componentes
y no su mera "yuxtaposición discursiva"... y por lo tanto deformable según
la oportunidad. Aquello que los "descreídos" (no menos abstractos que los
"exaltados") pretenden reducir a una cuestión de coyuntura (tal como los
"exaltados" se hacen los sordos ante la necesidad concreta) es en realidad
parte esencial del mensaje.
En este planteo, Chávez se reafirma como lo que es: el líder de un
movimiento nacional-revolucionario, perfectamente integrado en la historia
de esos movimientos en América Latina. Pero es el representante más audaz de
una nueva generación dentro de la vieja línea general: al citar a Lenin como
elemento fundamental de su concepción, dice algo que ninguno de los
movimientos nacionales que lo han precedido en la historia de la América
Latina del siglo XX llegó a decir jamás[6].
Toma muy en cuenta las limitaciones de estas experiencias que lo precedieron
y sobre las cuales se apoya, y se diferencia de ellas cuando recomienda la
lectura de Lenin. Porque afirma (en las palabras y en los hechos) que su
movimiento nacional se considera explícitamente parte de un movimiento
general de la humanidad, el de las revoluciones semicoloniales que a partir
de la de Rusia en 1917 entienden que para ser victoriosas -y aún para
sostenerse en el poder- tienen que superar los límites que les plantean los
objetivos limitadamente burgueses de los sectores privilegiados del frente
de clases.
En esta concepción, el frente de clases integra a "los de abajo" con "los de
arriba", pero no deja en manos de "los de arriba" la conducción general del
asunto. Así como la guerra es algo demasiado serio como para dejarla en
manos de los militares la economía es algo demasiado serio como para que sea
el mero interés empresarial el que determine las grandes opciones. En esto
la prédica y la práctica del Presidente venezolano, lejos de oponerse
paradójicamente, se complementan dialécticamente.
Chávez no padece ningún escolasticismo rusificante (por más que entre su
público sobrevivan cultores de esa religión ortodoxa). Lo importante, sin
embargo, no son tanto los motivos personales de la recomendación sino sus
consecuencias prácticas posibles: Porque el "Lenin" de Chávez ayuda a que la
revolución bolivariana no sufra aquello que sufrieron sus ilustres
antecesoras de otros países de América Latina. Ayuda a liquidar los gérmenes
fatales del predominio de ese conservadurismo social y político que terminó
maniatando, dentro de los movimientos nacionales -y en el peronismo en forma
paradigmática-, a todos los sectores que exigían consecuencia con las
banderas iniciales de soberanía política, independencia económica y justicia
social. Conservatismo que, al momento de confrontar a la contrarrevolución,
los dejó impotentes. Parecería que Chávez tiene una fina mirada que le hace
percibir que toda la experiencia histórica de América Latina está señalando
que cuando los movimientos nacionales latinoamericanos se desarrollan
siguiendo esencialmente la lógica de los intereses de "los de arriba"
terminan poniendo en riesgo todo aquello por lo cual ha luchado la nación en
su conjunto.
Por decirlo dramáticamente y para uso de lectores argentinos, Chávez no
ignora que detrás de Kirchner está Perón, y por eso afirma que su movimiento
no es antiburgués. Pero tampoco ignora que detrás de Kirchner estuvo Menem,
y por eso cita a Lenin. Y sintetiza, superándolos, a los que hemos dado en
llamar "exaltados" y "descreídos". En realidad, repudia explícitamente que
leninismo y patriotismo popular son incompatibles, tesis común a ambas
posturas. Plantea el frente policlasista al mismo tiempo que cita como
fundamento de su revolución nacional a un socialista revolucionario como
Lenin. Dice a los unos "esto es lo que nosotros somos", y a los otros "Lenin
es de los nuestros". En eso se distingue del Perón que solo le dijo a los
militantes juveniles -que en 1974 le exigían o pretendían imponer
brutalmente un rumbo socialista que repugnaba a la esencia misma del
peronismo- "esto es lo que nosotros somos, y no somos socialistas". No se
trata de comparar y afirmar que uno es "mejor" que el otro (Chávez que
Perón, o al revés). Son historias diferentes, y personalidades diferentes.
La situación lo lleva a Chávez afirmar la primera parte del discurso, que lo
acerca al peronismo, pero se aleja del peronismo, porque éste nunca se
consideró en la senda abierta por Lenin y Trotsky en 1917 (por más que Perón
hubiera visto en ese instante de la historia humana el inicio de la "hora de
las masas populares").
Chávez reconoce así que la excepcionalidad latinoamericana no es tan grande
como para que nuestra historia, que por supuesto tiene su propia legalidad
distinta -y en muchos casos opuesta- a la de los países metropolitanos, no
siga las leyes generales de la historia del género humano, en particular
aquella según la cual el peso de las generaciones muertas "oprime como una
pesadilla el cerebro de los vivos" (Marx). Si los movimientos nacionales no
engendran su pensamiento a partir de toda la experiencia histórica vivida
(incluidos los fracasos), quedan librados a la dictadura ideológica de las
clases dominantes, esterilizándose así para su propia tarea: porque es la
hegemonía de esas clases en la vida del país la que ha engendrado las
condiciones de sometimiento que esos movimientos intentan liquidar. Al citar
a Lenin de un modo tan paradojal, Chávez repite, quizás sin saberlo, el
postulado de la Izquierda Nacional que tan bien resumió Jorge Abelardo Ramos
en su Historia de la Nación Latinoamericana: "el movimiento nacional de
conducción burguesa que no se transfigura en socialista es derribado, o
corrompido por las fuerzas antagónicas que no se atrevió a destruir. La idea
de volver compatibles la "dualidad de clases", es decir la coexistencia de
oligarquía y burguesía, de atraso y progreso, de revolución y
contrarrevolución termina inevitablemente con el triunfo de la forma arcaica
mediante la ayuda extranjera"[7].
Poco importa si este resultado proviene de un cambio completo de casaca de
quienes hasta el día anterior pertenecían al campo nacional[8] o de la
integración de sectores de la antigua oligarquía en el propio movimiento,
como sucedió en Bolivia (Goni de Lozada). En la Argentina el cambio de
casaca de la dirigencia peronista no solo liquidó lo que se consideraban
bases inconmovibles legadas por los gobiernos del General Perón. Destruyó en
buena medida también la herencia del roquismo, que a su vez había llevado a
realización práctica el programa del viejo partido federal del siglo XIX.
Eran cuestiones que ya habían pasado a parecer fundacionales y -en tanto
tales- definidas para siempre a favor del país en su lucha contra el bloque
oligárquico/imperialista.
Fue una derrota nacional autoinflingida, cuyo origen se encuentra en la
incapacidad del movimiento y su conducción para generar un ala izquierda
consecuente que se haga cargo de la situación en los momentos más críticos.
La licuación antisocialista del cerebro colectivo disuelve en barro los pies
del gigante. Cuando las fuerzas de la contrarrevolución y el sometimiento
semicolonial fuerzan a la revolución nacional a luchar por su vida, ésta se
encuentra inerme. Ésta es la lección que la historia argentina le brinda al
movimiento bolivariano.
A las consideraciones anteriores sobre la necesidad interna de una conexión
entre la revolución nacional y el movimiento socialista hay que sumar otro
elemento, que es en cierto modo otra cara de la misma moneda.
Jorge Spilimbergo afirmaba repetidamente que "si el movimiento nacional no
genera su ala izquierda, la engendrará y aprovechará el imperialismo". Esta
consideración da otro motivo por el cual apoyar la unión dialéctica que hace
Chávez cuando unifica el "frente policlasista" con una apelación a Lenin.
Responde con esto a la necesidad de librar la batalla contra el imperialismo
desde todos los frentes y asegurarse su propia izquierda contra la que el
imperialismo está dispuesto a crearle.
Y es por eso que efectúa la unidad conceptual de los "opuestos" justamente
cuando está tratando de convencer a los exaltados "socialistas" de que el
movimiento bolivariano no es "socialista" en el sentido soviético o cubano,
es decir cuando menos a cuento parecería venir. La "yuxtaposición
discursiva" deja de ser paradojal en el instante mismo en que se la coloca
en el plexo de tensiones concretas a que responde Chávez. Surgido del
patriotismo militar, el líder venezolano ha observado el peronismo con gran
interés, ha venido estudiando la vida y obra de los líderes rusos de 1917 a
medida que iba dirigiendo la revolución bolivariana, y ahora, en el mismo
momento en que enfatiza el carácter nacional y policlasista de su revolución
para superar una derrota electoral, recomienda leer al más agudo pensador
del marxismo revolucionario, al fundador del pensamiento socialista
contemporáneo, a quien desentrañó la base de clases del régimen burgués
imperialista. Semejante trayectoria impide suponer que esgrime ese "nombre"
como "argumento circunstancial" frente a ciertos encallecidos y
encanallecidos dirigentes de origen stalinista o trotskista.
Va mucho más allá. Chávez considera a Lenin (es decir a la Revolución Rusa)
uno de los "elementos fundantes" del pensamiento nacional revolucionario que
preside sus actos como gobernante. Este asunto no tiene absolutamente nada
que ver con el escolasticismo "marxista" que está atacando, y todo,
absolutamente todo que ver, con el destino de la revolución nacional (en el
caso de Chávez, de la revolución bolivariana). A través del engarce entre su
revolución y la de los rusos en 1917, Chávez de hecho trata de recoger en
beneficio de la revolución bolivariana la experiencia viva de todas las
revoluciones nacionales exitosas que en el mundo han sido[9]. Y de esa
hermenéutica revolucionaria está extrayendo la vieja conclusión de los
marxistas del Tercer Mundo: la de que en determinado momento, o esas
revoluciones rompen con los fundamentos del poder material de las clases
sociales que tienen que enfrentar, o son derrotadas, deformadas, liquidadas
o sumidas en un triste olvido nimbado de nostalgias póstumas.
En nuestro caso latinoamericano -sobre el cual, como es lógico y esperable,
Chávez se interesa natural y especialmente- la revolución nacional no tiene
que enfrentar señores feudales o comunidades aldeanas remisas a integrarse
al mercado sino a clases sociales modernas, hijas y usufructuarias del modo
de producción capitalista. Entonces, para poder sobrevivir tiene que estar
dispuesta a romper incluso con el régimen capitalista en algunos puntos
cruciales, y para eso no hay mejor herramienta ideológica que Lenin y su
marxismo revolucionario[10]
No hay paradoja en la defensa simultánea de "Lenin" y "la burguesía". El
socialismo no es orgánicamente, y bajo cualquier circunstancia,
"antiburgués" en un sentido totalizador. Lo es, sí, en un sentido histórico
general: con la obra de Marx cree haber descubierto, efectivamente, tanto la
necesidad histórica (histórico-filosófica, nos atreveríamos a decir) del
modo de producción capitalista sino también su enfermedad oculta y letal.
Sabe que el modo de producción capitalista "merece" perecer porque no es
eterno, porque alguna vez ha nacido, y con él, indudablemente perecerán el
régimen de la esclavitud asalariada y, como consecuencia, la burguesía misma
como clase abstracta y general (pero al mismo tiempo que el proletariado,
también considerado en forma abstracta y general)[11].
En los países semicoloniales este sentido histórico general se traduce,
prácticamente, en la conjetura socialista -hasta ahora siempre confirmada
por laexperiencia- de que los burgueses -simultáneamente oprimidos por el
sistema imperialista y enfrentados a los trabajadores- son incapaces para
dirigir las tareas de "su" propia revolución[12]. Los socialistas postulan
que al no tener que enfrentar clases sociales heredadas del pasado sino
creadas y vueltas a crear incesantemente por las condiciones de producción
presentes, en nuestros días a una revolución nacional no le basta con las
herramientas intelectuales que le brinda el pensamiento "nacional burgués"
espontáneo, no le alcanza con el "mero" patriotismo popular a secas.
Esto se hace evidente casi por sí mismo cuando percibimos que nuestro
enemigo central, el que ordena y fortalece a todos los enemigos adventicios,
incluidas ante todo las oligarquías locales (ayer afrancesadas, hoy
maiameras), es la más moderna de todas las clases sociales: la burguesía
imperialista (o sea "capitalista realmente existente"), que utiliza los
mecanismos del modo de producción capitalista para insertarse como factor
interno en cada una de nuestras estructuras económicas, sociales, culturales
e institucionales. Conviene al respecto una atenta lectura de La cuestión
nacional en Marx, de Jorge Enea Spilimbergo.
Justamente por eso dichas estructuras son "nacionales" solo a medias. Y como
lo son a medias la primera tarea de la revolución pendiente es conquistar el
dominio pleno de la cultura, la economía, la sociedad y las instituciones:
en suma, de lo que se trata es de una lucha civil e internacional, una lucha
de clases por encima de las fronteras. Y el trofeo es el control del Estado
por parte del conjunto de la nación oprimida. Como se ve, es el
enfrentamiento con la burguesía imperialista el que hace de los movimientos
nacionales la característica esencial de la lucha política en América Latina
¿Cómo podrían entonces dejar de referenciarse en "Lenin" sin el riesgo de
sufrir una autolobotomía? La recomendación chavista de leer a Lenin apunta a
evitarla. Apunta a consolidar una revolución al mismo tiempo "policlasista"
y jacobina.
Chávez plantea un "Lenin" como representante del jacobinismo revolucionario
de nuestros tiempos, no el "Lenin" específicamente ruso, que es el único que
podía hacer la revolución específicamente rusa. El "Lenin" a que Chávez se
refiere es el "Lenin latinoamericano" en tanto vocero universal de las
necesidades generales de cualquier revolución nacional en el mundo oprimido
por el yugo del régimen imperialista. "Apoyarse en Lenin" en el mismo
momento en que se está luchando contra el "izquierdismo abstracto", lejos de
ser un recurso oportunista, es en realidad apoyar la idea de que la
revolución nacional debe cuestionar las bases mismas del statu quo si quiere
ser exitosa, incluso cuando requiere los servicios de ciertos elementos del
statu quo para sobrevivir.
La diferencia entre el realista y el ideologista de cualquier signo es que
aquello que para el segundo es mera argumentación[13], para el primero es un
tema de principios. El realista, frente a cualquiera de los dos ideologismos
en pugna ("exaltados" y "descreídos") afirma que "Chávez habla de Lenin
porque su propia lucha le ha demostrado que hay en Lenin algo de lo que
hasta ahora ha carecido todo el resto del pensamiento revolucionario
latinoamericano en su práctica concreta, y que hay que apropiárselo
creativamente si se quiere salvar la revolución y profundizarla: la
necesidad paradojal de que no sea la burguesía la que dirija una revolución
que la beneficia".
El realismo latinoamericano de hoy -encarnado por Chávez así como en otro
momento lo encarnó Perón- tiene que saber muy bien que para consolidar
definitivamente la revolución nacional hay que estar dispuesto a hundir el
bisturí a fondo. En ese sentido es que es importante la recomendación de
Chávez ("lean a Lenin"). Sin Lenin, sin aquello que se puede aprender en la
reflexión sobre el periplo de la revolución rusa, no existen anticuerpos
contra la traición interna no ya a un sueño socialista sino al carácter
nacional revolucionario del propio movimiento; el movimiento nacional, en
los momentos críticos, queda a merced de los traidores. No avanza hasta el
hueso cuando debe hacerlo. Los traidores lo dominan sin excesivo esfuerzo,
lo vacían de su contenido original y lo entierran antes de que haya cumplido
con sus tareas[14].
"Lenin", como lo demostró lo acontecido en la ex URSS, no es ninguna
garantía de continuidad del régimen socialista, pero sí lo es (como lo
demuestra la Rusia actual) de la consecuencia antiimperialista en el seno
del movimiento nacional. Sin un jacobinismo socializante en la dirección,
los gérmenes y pústulas de la contrarrevolución carecen de anticuerpos y
pueden llegar a comerse desde adentro al movimiento nacional, sin retorno
posible. Menem también (sí, también) era peronista, así como era varguista
Collor de Melo[15]
Las consecuencias van más allá: a diferencia de Menem, que destruyó al
peronismo afirmándose como el único peronista consecuente, Yeltsin no pudo
autodefinirse como el "único leninista consecuente" para hacerse con el
poder desde adentro de su propio partido. En Rusia no hubo un "te quedaste
en el 17" equivalente al "te quedaste en el 45" que justificó la defección
proimperialista de la conducción del movimiento nacional. Yeltsin tuvo que
arriesgarse a la guerra civil y derribar a cañonazos el último resto del
poder soviético, herencia (pervertida y deformada, sí, pero con plena
conciencia de su papel histórico) de Octubre de 1917. Ni Menem ni Collor (o
su alter ego, Cardoso) tuvieron que hacer demasiado gasto para terminar con
la herencia varguista y peronista. Simplemente, se cambiaron de ropa por la
mañana.
En toda revolución, la función histórica del jacobinismo es apoyarla la
revolución en los sectores más profundos de la sociedad, y darles las
herramientas para llevarla adelante contra viento y marea. Y el leninismo es
el jacobinismo revolucionario de nuestros tiempos. Chávez lo entiende así.
El legado de Lenin es en este sentido fundamental, y no adventicio. Solo el
leninismo (es decir, el marxismo revolucionario) permite entender cómo
funciona el imperialismo, que es el enemigo central. Si Chávez lo
recomienda, no es porque "tiene que lidiar con escolásticos y les habla en
un idioma que puedan entender" (en todo caso no es solamente por eso), sino
porque sabe que hay algo en Lenin que sirve de mucho a la revolución
nacional.
Chávez lo define muy bien, cuando da el ejemplo del popular presidente
bielorruso Lukashenko[16]. Éste puede hablar de la necesidad de proteger a
la "burguesía nacional" -y Chávez lo cita expresamente- sin someterse por
ello al poder imperialista, gracias a su adhesión a los postulados básicos
de defensa nacional legados por "Lenin". Baste como contraejemplo entre
muchos el de la colindante Polonia, donde manda la "burguesía nacional"
repudiando a "Lenin": allí se ha dado una verdadera recolonización del país
por Alemania bajo el manto encubridor de la "integración a la Comunidad
Económica Europea".
Gracias al jacobinismo intransigente de Lenin y los marxistas que llevaron
adelante hasta las últimas consecuencias esa revolución nacional que fue en
gran medida la de Octubre de 1917 cuenta hoy Lukashenko con una apoyatura,
tanto en las estructuras del Estado como en la conciencia de las masas, que
de otra manera no hubiera tenido.
Y lo mismo cabe decir de Putin, quien, en muchísimos sentidos definitivos,
es nieto de Lenin (por más que la suya sea una política claramente burguesa
no se lo puede filiar, por cierto, en los socialdemócratas o los
burgueses -Partido Constitucional Democrático, "kadetes"- de 1917). Se ha
llegado a plantear que el "islamismo" radical al que han virado en las
últimas décadas las masas del Medio Oriente es una forma de
"islamo-leninismo". Por todo eso, y por mucho más, es un error suponer que
"Chávez usa a Lenin coyunturalmente". Es porque "leer a Lenin", hoy, es
imprescindible para... defender el derecho a la existencia de una "burguesía
nacional" en Venezuela.
Solo quienes están dispuestos a aceptar que el socialismo y el marxismo son
bastante más que una mera "herramienta argumental" para dejar tranquilos a
carcamanes prestigiosos, solo los que están dispuestos (incluso y si es
necesario) a enfrentar el régimen de esclavitud asalariada para salvar
cualquier revolución que encabecen, solo ellos están dispuestos a todo. Los
demás, siempre pueden transar. Y las consecuencias están a la vista en el
panorama que nos dejó a los latinoamericanos la ola de transigencias que nos
inundó tras la ofensiva imperialista de los 70, 80 y 90. Chávez los ha
estudiado en función de sus propias tareas.
La situación se emparienta con acontecimientos de nuestra lucha por la
emancipación, hace ya dos siglos.
Creer, insinuar o tratar de hacer creer que Chávez "usa" a Lenin en un
debate lateral, que argumenta según sus conveniencias como cualquier
oportunista del montón, y que hoy "no tiene más remedio" que hablar de Lenin
pero que hubiera preferido que "Lenin", a lo sumo, fuera el saber arcano de
una élite de revolucionarios capaces de gobernar al modo del despotismo
ilustrado, es proponer un Chávez dispuesto a gobernar "para las masas y con
las masas, pero sin darle a las masas las herramientas de su emancipación
intelectual". En otras palabras, es presentarlo precisamente como un mero
"déspota ilustrado", dispuesto a gobernar en función de Rousseau pero sin
que las masas sepan que existe Rousseau.
Pero Chávez entronca en la revolución de Bolívar y no en los acomodos
conservadores de los primeros Borbones. Como ese gran roussoniano que era
Mariano Moreno (quien omitía la traducción de los capítulos referidos a la
religión pero traducía a Rousseau para ilustrar a las masas de la América
Hispánica en revolución), entiende que la visión de futuro solo puede
expresarse en un realismo concreto (que incluye una concepción teórica, que
es donde anida el futuro).
Es por eso que al "yuxtaponer" a Lenin con una afirmación del carácter
policlasista de la revolución bolivariana, Chávez no argumenta según sus
conveniencias. Chávez sabe que las revoluciones las hacen las masas, y no
los pícaros de ocasión ni, mucho menos, los tecnócratas o déspotas
ilustrados. Y sabe que si se desea que la revolución se consolide
definitivamente tiene que convertirse en sentido común de esas masas. Para
ello, las masas tienen que autoconstruirse ideológicamente en el curso vivo
de la revolución.
Y a eso, nada más ni nada menos,
apunta. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------
[1] Para ser más preciso, quizás hubiera debido señalar que todos esos
intentos tuvieron lugar en países atrasados, con tareas
democrático-burguesas y nacionales pendientes de ejecución.
[2] El texto puede consultarse en
http://lists.econ.utah.edu/pipermail/reconquista-popular/2008-January/059944.html.
Son de interés las siguientes afirmaciones de Chávez: "No podemos dejarnos
arrastrar por las corrientes extremistas... Tenemos que buscar alianzas con
las clases medias, incluso con la burguesía nacional... No podemos plantear
tesis que han fracasado en el mundo entero, como eso de eliminar la
propiedad privada. Esa no es nuestra tésis,"...
Instó a leer escritos de Ilich Vladimir Lenin, a no dejarse "chantajear por
voces del extremismo, de... eliminación de la propiedad privada... Esa no es
nuestra tesis. Hay que buscar, más allá de eso, las alianzas para fortalecer
el nuevo bloque histórico, como lo llamaba (Antonio) Gramsci".
Por lo demás, el planteo no es nuevo en Chávez. «A los prelados católicos
que han reclamado explicaciones sobre la propuesta oficialista de un
"socialismo del siglo XXI", Chávez les espetó: "¿Que yo se los explique?
Vayan a estudiar, señores obispos, busquen los libros de (Carlos) Marx, de
(Vladimir Ilich) Lenin, lean la Biblia"» (Véase
http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1886/printer-75778.html). Son
interesantes las consideraciones de este autor, especialmente en la sección
subtitulada "El alumno de Perón", donde entre otras cosas
afirma -elogiosamente- que «más allá de los artificios, Hugo Chávez no ha
hecho más que peronismo en su país, mientras espera que germine un proceso
social que lo sostenga para seguir adelante. No hay mejor conocedor de la
política de Juan Domingo Perón que el presidente venezolano. La admiración
ha sido acuñada por más de una década en la que el caudillo caribeño ha
estudiado en detalle las medidas del argentino que gobernó tres veces la
Argentina».
[3] A esta ecuación básica deben agregarse los excluidos del sistema, vieja
lacra estructural de los países más "tradicionales" de América Latina que,
tras la profunda restauración imperialista del último cuarto del siglo XX (y
en especial de la década del 90) se hicieron comunes también en la Argentina
o el Uruguay (aquí, sin embargo, la emigración masiva provee una espita por
la que se reduce la presión social interna). Señálese que si ello es así, se
debe a que los movimientos nacional-revolucionarios sudamericanos que han
precedido al de Chávez (en Brasil, Argentina, Perú, etc.) no solo han sido
impotentes contra esa restauración sino que incluso han llegado a engendrar
sus ejecutores.
[4] Que en una sociedad de clases no dejan de estar explotados por el hecho
de que el país lo dirija un gobierno nacional revolucionario: la relación de
explotación es el sustento objetivo de cualquier sociedad de ese tipo.
[5] En esto, son muy útiles las consideraciones de Alberto Franzoia en
reciente artículo publicado en diversos foros sobre la inexistencia de
"ideologías policlasistas".
[6] La excepción (muy parcial y de difícil generalización) es la del
movimiento nacional cubano, que, pese a enfrentar dificultades infinitamente
superiores a las que enfrentaron, por ejemplo, Vargas y Perón, sigue en
marcha y se va curando de sus desaciertos sovietizantes mientras el
peronismo y el varguismo se doblaron y quebraron ante la ofensiva
imperialista de los 90 y hasta ahora no pueden curarse de sus propios
desaciertos.
[7] Ramos, Jorge Abelardo. Historia de la Nación Latinoamericana, 2da. ed.
Buenos Aires, Senado de la Nación, 2006. Pág. 373
[8] Que esto es perfectamente posible lo atestigua la tragedia argentina del
siglo XX, durante el cual padecieron este destino el roquismo (transmutado
en conservadurismo), el radicalismo (transformado en alvearismo) y el
peronismo (transformado en menemismo sin hasta ahora -escribimos a
principios de 2008-haberse podido liberar de las consecuencias de ese
abandono orgánico de todas sus banderas originarias).
[9] A partir de la primera, que fue la holandesa de los siglos XVI y XVII.
En efecto, el único legado que ha sobrevivido de la revolución de 1917 es
aquello que tenía de común con el ciclo de las revoluciones nacionales en
Europa, y en rigor aquello en lo que constituye su síntesis final: el de
buscar a toda costa que Rusia se pusiera a la par de Occidente para evitar
que éste la sometiera a una condición semicolonial equivalente a la que
todavía hoy padece Turquía. No es una casualidad que después de la Primera
Guerra Mundial la dirigencia kemalista se sintiera atraída por algunos
aspectos de la política soviética, como lo mostró por primera vez E.H.Carr a
mediados del siglo XX.
[10] Y por cierto nada "eurocéntrico", como pretenden los partidarios del
"mero" nacionalismo popular en sus diversas versiones, incluso las que se
presentan -con intencionada ambigüedad- como "socialismo" pero no definen en
qué consiste ese socialismo. Tal planteo, lejos de ser solo "popular", es en
rigor popularmente burgués o pequeñoburgués, porque la experiencia
existencial del populus contiene tantos elementos antagónicos que, fuera de
su común oposición al enemigo de la Patria, no puede darle contenido
concreto a la lucha. Sin una definición socialista clara, quienes le dan
vida al movimiento nacional lo hacen desde su inmediatez existencial, que es
burguesa o pequeñoburguesa. Entre otras cosas, porque una de las tareas del
movimiento es la creación de los medios de producción que le den sentido y
vida al proletariado.
[11] Por lo mismo, el socialismo marxista revolucionario no es "obrerista
abstracto", no idealiza al proletariado. Le exige, como a cualquier clase
determinante de una estructura social, que cumpla con la tarea que le cabe
en el desarrollo general de la historia de la humanidad, y lo juzga según su
comportamiento en ese desarrollo: en voluntad de lucha para dejar de ser
proletariado y liberar a la humanidad en su conjunto de los modos de
producción basados en la división de la sociedad en clases. En la vida
práctica, el socialismo revolucionario no es más antiburgués que
antisocialista es la burguesía. Cabe recordar que en los primeros tiempos de
la Revolución de Octubre, ni siquiera se pensaba en tocar los intereses de
la banca imperialista, según testimonio del principal banquero imperialista
en Petrogrado, un tal Epstein. La violencia y profundización inmediata del
proceso revolucionario fueron más medidas de autodefensa contra la agresión
burguesa que ejecución sistemática de puntos de un programa previamente
redactado.
[12] Eso, claro, cuando los socialistas, en determinada circunstancia
histórica, no se ven forzados a defenderse de los representantes de la
burguesía que busca asesinarlos ante la posibilidad, real o imaginada, de
que lleguen al poder. El caso paradigmático es el de Chiang Kai Shek y los
comunistas en 1927, pero también tenemos ejemplos locales en América Latina
y específicamente en la Argentina.
[13] En este caso, viene en dos versiones: "Chávez habla de Lenin porque
tiene que pelear contra unos dinosaurios marxistoides que molestan y no
sirven para nada" / "Chávez habla de apoyar a la burguesía para engañar a
los enemigos, pero lo importante es que menciona a Lenin"
[14] En la jerga política argentina se denomina el proceso como
"alvearización", pero no es exclusivo del radicalismo (que es el partido al
que afectó la "alvearización" propiamente dicha). También lo sufrieron el
peronismo (Menem) y el roquismo, cuando devino "Partido Conservador".
[15] Collor de Mello era sobrino del gran laboralista y ministro de Trabajo
de Getúlio Vargas, Lindolfo Collor. No pudo llegar a ser el Menem de Brasil
porque la historia fue piadosa con él, y esa tarea le cupo al Angeloz
brasileño, F. H. Cardoso: en Brasil se invirtió el fraude postelectoral
argentino, porque mientras aquí Menem/Collor hizo propio el programa de
Angeloz/Cardoso, en Brasil Cardoso/Alfonsín hizo propio el programa de
Collor/Menem. Pero para el caso el resultado es indiferente: por cualquiera
de las dos vías, el campo del "patriotismo popular... burgués" trató de
responder a la ofensiva imperialista arrojando todas sus banderas básicas
por la borda...
[16] En rigor, Bielorrusia debe su existencia independiente a la Revolución
de Octubre y a Lenín en especial. Jamás había sido un Estado soberano. Pero,
obsesionado con liquidar la política de opresión nacional del zarismo, Lenin
fomentó incluso la aprobación de existencia de Estados propios para
nacionalidades cuya existencia muchos ponían en duda. Para muchos de los
camaradas de Lenin su obsesión con la existencia de un Estado bielorruso
independiente dentro de la Federación Socialista Soviética era un capricho
personal...
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