[R-P] [A. Horowicz] Sobre Alfonsín

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Vie Oct 3 13:58:29 MDT 2008


Gentileza de Alicia Ester

La decadencia de la UCR y el protagonismo de Alfonsín

La responsabilidad que le cabe al histórico dirigente del radicalismo.
Pudo cambiar la historia. No pudo o no quiso, pero nunca dejó la
escena política.
Por Alejandro Horowicz. Sociólogo

La responsabilidad por la decadencia de un partido político
difícilmente suele reconocer un responsable personal. Por lo general,
razones sociológicas más abarcativas –el clima de época, la
desintegración del orden social, conflictos sin superación positiva,
crisis en el entramado que representa– suelen absorber las pifiadas
personales. Las explicaciones omnicomprensivas suelen encubrir graves
errores de conducción, errores que pasan inadvertidos tras la mecánica
de una decisión institucional. El error de cálculo suele ser la
contracara de la dificultad de evaluar un curso de acción, y este
error siempre tiene inequívocos responsables personales.

Tras el derrumbe del poder militar en el '83, un partido pasó de
beneficiario directo del orden anterior a víctima propiciatoria de su
funcionamiento: la Unión Cívica Radical. Y un dirigente acompañó
biográficamente esa eclipse: Raúl Alfonsín.

Muy pocos presidentes tuvieron la posibilidad de producir un vuelco en
la historia colectiva (en mi contabilidad solo tres: Perón, Alfonsín y
Kirchner), ninguno fue capaz de impulsar un nuevo curso. No nos
proponemos analizar los motivos de esta invariante histórica, sino
asumir un dato: aquí la potencia política del régimen presidencial es
muy grande; el presidente es por tanto responsable decisivo de su
acción de gobierno.

En el caso de Alfonsín esta responsabilidad excede largamente esta función.

Avancemos con orden. No sólo fue el dirigente radical clave durante
los años de plomo –su participación en la Asamblea Permanente por los
Derechos Humanos, a la que lideró genuinamente, le dio un espacio
único–, sino que supo manejar como nadie la proximidad a la dictadura
del '76 –que contó con su apoyo explícito, basta releer la revista que
dirigió, Propuesta y Control, para constatarlo– al tiempo que
construyó la prudente distancia –rechazo de la ley de autoaministía de
los militares– que le permitiría capturar el voto juvenil en 1983. Y
desde allí acceder, por primera vez para un radical, desde 1945,
mediante elecciones libres, a la primera magistratura.

Era el radical capaz de batir electoralmente al peronismo.

Juan Alemann, secretario de Hacienda de la gestión de Martínez de Hoz,
escribió después de las elecciones del '83 una celebrada nota en
Ámbito Financiero, titulada De nada, doctor Alfonsín; allí explicaba
que las transformaciones de la siniestra dictadura le habían
posibilitado la victoria. Una clásica interpretación omnicomprensiva,
y por tanto un modo particularmente injusto de desconocer sus méritos
en tan restallante victoria.

La pendiente radical.

Una cosa es maniobrar para conquistar la mayoría –ésa es la principal
capacidad política de Raúl Alfonsín– y otra bien distinta, gobernar el
salvaje potro de la historia nacional. Digámoslo sin eufemismos: él no
posee esa última destreza. Ergo, cuando de gobernar se trata, pierde
el enorme caudal acumulado en el proceso anterior. Es un maestro en el
arte de protagonizar un punto de convergencia política, y un mediocre
en la tarea de dirigir un gobierno nacional. Por tanto, en el poder no
le preocupa demasiado al establishment, al que cede hasta agotarse,
pero en el llano, Alfonsín debiera preocupar a todos los gobiernos. Y
a nadie se le escapa que ahora está en el llano, tras recorrer una
pendiente poco habitual.

Echemos una mirada rápida. En las elecciones nacionales del 2003 el
radicalismo obtuvo el 2,34 por ciento de los votos emitidos, lo que
permite afirmar sin cargar mucho las tintas que obtuvo más en la
interna que en la nacional. Y ése es un dato preocupante: el caudal
radical quedó en manos de Carrió (14,05 por ciento) y López Murphy
(16,37 por ciento), pero ninguno de los dos se presentó a las internas
de la UCR porque no las podía ganar.

Y acá está el punto: la independencia del aparato político permite
falsificar la voluntad popular; de modo que Alfonsín, sin caudal
societario real, se adueñó de la marca. El partido centenario condenó
a sus votantes a una brumosa diáspora, para asegurar a los fieles de
Alfonsín la conducción nacional. Una oligarquía política, en sentido
aristotélico.

En las elecciones del 2007, el radicalismo concurrió con candidato
prestado por el oficialismo: Roberto Lavagna. En cambio, el
oficialismo sumó al ex gobernador radical de Mendoza. Tomar a Lavagna
era el modo de capear otra crisis en la que la UCR no podía repetir la
elección del 2003, y ese módico objetivo se alcanzó. Alfonsín preservó
su lugar en el juego, lo demás pasó a tercer plano.

En cambio, incluir a un radical K en la fórmula no aportó en cuanto a
caudal, sino a formar una imagen que buscaba distanciarse de las
fuerzas tradicionales. Conviene subrayar que la fórmula Cristina
Fernández de Kirchner y Julio Cobos no la sostenía el PJ, sino el
Frente para la Victoria. Y que el justicialismo carecía, por ese
entonces, de destino previsible.

La oposición –sobre todo mediática– eligió desgastar rápido a la
flamante presidenta, con el argumento de la continuidad. El escándalo
de la valija venezolana fue el principal argumento. Tanto que durante
los primeros días el conflicto campero no ganó la tapa de los diarios.
Bastó que la Sociedad Rural venciera en el espacio público, para que
el gobierno traspasara el debate al Congreso. Y que el Congreso
espejara agónicamente la nueva relación de fuerzas. En ese instante
Cobos, que no estaba en el libreto de nadie, produjo el vuelco,
pasando de figurita decorativa a héroe de la derecha nativa.

En ese punto Alfonsín volvió a mostrar quién era: un punto de
reagrupamiento posible, de Cobos, de la oposición, de la diáspora
radical, de la política nacional. El departamento de la Recoleta
recuperó glamour, y en solemne peregrinación los fragmentos de un
poder disperso intentan recomponerse. El milagro surge de un error de
cálculo oficial –las trayectorias importan poco– y si el error vuelve
a repetirse, el próximo candidato de la oposición en el 2011 lo
decidirá Raúl Alfonsín.

El Argentino
www.elortiba.org

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Néstor Gorojovsky
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