[R-P] [E. Lacolla] Che, la película
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Sab Nov 22 06:19:14 MST 2008
Che, la película
por Enrique Lacolla
[A casi cinco décadas de la revolución cubana, el filme de Soderbergh
plantea la posibilidad de explorar el anverso y el reverso de los
mitos.]
Es probable que cuando Benicio del Toro y el director Steven
Soderbergh se plantearon su película sobre el Che Guevara se hayan
sentido atraídos en primer término por las posibilidades crematísticas
del proyecto, así como por la excitación estética que planteaba narrar
una trayectoria vital tan espectacular y tan enraizada en el
imaginario contemporáneo. Ellos mismos confesaron que, al inicio, poco
o nada sabían no sólo sobre el personaje sino sobre el trasfondo
social del cual brotó este y a cuya liberación dedicó poco menos de la
mitad de su breve vida.
Como quiera que sea, a partir de este arranque aventurero (no muy
diferente, digámoslo, del emprendimiento militar y político del
Movimiento 26 de Julio, en el momento de la zarpada del Granma),
Soderbergh y del Toro construyeron un filme de largo aliento, de
aproximadamente cinco horas de duración y que debe ser exhibido en dos
partes para hacerlo digerible al público. En realidad este corte le
viene bien al producto, pues permite diferenciar dos etapas de la vida
del guerrillero argentino-cubano que marcarían su salto, desde una
rebelión genérica contra las injusticias sociales, a una perspectiva
más marcada por una evaluación "científica" del proceso revolucionario
y por una evaluación estratégica de las coordenadas que, según él,
este debería revestir para el conjunto de América latina.
Es imposible juzgar una película de la cual se conoce sólo una primera
parte, por vasta que sea esta y por clara que resulte su orientación.
Sin embargo Che, el argentino, que acaba de ser estrenada entre
nosotros, es un ensayo de reconstrucción de una épica americana que no
puede ser pasado por alto en razón de la naturaleza del tema y de la
fascinación que este puede ejercer entre las generaciones jóvenes.
Digamos ante todo que la factura técnica de la película es notable y
que su andadura narrativa, si bien se resiente de cierta propensión
reiterativa en el trazo de los personajes y de una por momentos
abrumadora pretensión didascálica, se sostiene en lo sustancial y
ofrece un cuadro animado y realista de un proceso que involucró a un
pueblo y, en una primera etapa, en especial a una fracción de su
juventud intelectual, que se sumió en la revolución de manera
consciente y voluntaria. La fotografía es magnífica, trabajada por lo
general con luz natural, con frecuencia cámara en mano, y el sonido es
de una calidad sorprendente, utilizada por Soderbergh –como por la
generalidad de los directores de películas bélicas desde Bajo fuego,
de Roger Spottiswoode- para enfatizar el aura violenta del choque
armado sin tener que recurrir a los orificios en la ropa y los chorros
de sangre en los que se especializara Sam Peckinpah. La combinación de
los desarrollos escénicos propiamente dichos con escorzos documentales
reconstruidos, es asimismo un rasgo que el filme utiliza con fluidez,
sin romper la continuidad narrativa.
Ahora bien, todos sabemos que una obra de este tipo no puede evaluarse
sólo por su dimensión artística. Esta, en todo caso, sirve para
valorizar la puesta en escena del tramado político-ideológico que la
recorre. El Che de Soderbergh, por lo que se ha podido juzgar hasta
aquí, representa un planteo ingenuo, sentimental y romántico de la
peripecia insurreccional que vivieron varios países de América latina
a partir de la victoria de la revolución cubana. Como la atracción de
figuras como Fidel Castro y el Che es fuerte y seguramente será
perdurable, no se puede obviar un análisis más o menos circunstanciado
de los factores que los llevaron al triunfo y al fracaso, en
particular al segundo. La gestualidad de los muchachos de los '70, que
aparece en esta película reflejada en una procesión de abrazos
fraternales, sintetiza de alguna manera lo que sería más adelante una
concepción facilista muy difundida entre las bases estudiantiles
respecto de la naturaleza de un proyecto revolucionario que, para
estas, era de trámite simple y estaba corroborado por la experiencia
cumplida en Cuba. Esta concepción llevaría a gravísimos errores que
terminaron en una derrota de magnitud histórica, dolorosa no sólo por
las generaciones jóvenes que se sacrificaron en ella, sino porque
permitió propulsar la ofensiva imperialista que devastaría las
estructuras económicas, las bases sociales y las posibilidades de
resistencia de los países de América latina frente a la irrupción del
neoliberalismo.
Era preciso comprender entonces, y sigue siendo necesario entenderlo
ahora, que la revolución cubana fue un episodio atípico, cuya grandeza
se construyó en etapas sucesivas y de las cuales sus propulsores
iniciales no estaban demasiado conscientes. El mérito de estos fue el
de crecer junto a los requerimientos del proceso que habían
desencadenado, pero su ignorancia de sí mismos, al principio, fue
decisiva para engañar al imperialismo, que les permitió correr e
inclusive les suministró apoyos militares y mediáticos muy
importantes. El régimen batistiano, contra el cual insurreccionó
Fidel, era un entramado corrupto, incapaz de sostenerse sin el apoyo
estadounidense. Su ejército no era un ejército, sino una guardia
"nacional" instalada por los mandantes yanquis, carente de prestigio,
despreciada por la burguesía y corrompida en todos sus niveles. ¿De
qué otro modo puede explicarse que 300 o 500 guerrilleros hayan podido
derrotar a una fuerza militar de 30.000 hombres? Cuando Washington,
que no estaba conforme con los extremos de corrupción a que había
llegado el régimen, le retiró su apoyo, todo el tinglado se hundió.
Fue entonces que se produjo el milagro. Al revés de lo que había
sucedido en muchas otras oportunidades, un sector importante de los
jóvenes que habían luchado en la Sierra Maestra, lejos de arreglarse
con el imperialismo y avenirse a un pacto con este para cambiar un
poco para que nada cambiase, se animaron a desafiarlo y a buscar el
contacto con el pueblo profundo para llevar a cabo una revolución que
nació siendo liberal-burguesa, se descubrió nacional y popular luego,
y terminó siendo marxista cuando se hizo necesario contar con el apoyo
de la Unión Soviética para cubrirse de la amenaza norteamericana. Este
proceso complejo tuvo éxito, como dijimos antes, porque sus mismos
protagonistas al principio no estaban conscientes del fenómeno que
encarnaban y, al engañarse espontáneamente a sí mismos, engañaron al
enemigo imperial que les dio vía libre, seguro de que con rapidez
entrarían en razón.
Nunca más Estados Unidos cometería el mismo error. Por lo tanto,
cuando el Che deduce de su experiencia guerrillera la "teoría del
foco" y esta es recibida como una verdad revelada por muchos jóvenes
de América latina, el leit motiv de "la lucha armada" se convierte en
el expediente más fácil de asimilar a la vez que en el pasaporte a la
catástrofe. Que el Che estuviese dispuesto a pagar con su persona la
puesta en práctica de su proyecto, no inhibe a este de la crítica que
es necesario aplicarle y que, por supuesto, no incluye a su visión
general del mundo, al que percibía justamente como el escenario para
el enfrentamiento entre un Norte desarrollado y un Sur –o un Tercer
Mundo- despojado de los instrumentos para atender a sus necesidades
básicas y dependiente de las prácticas coloniales o semicoloniales que
sus dirigencias cipayas ponían en práctica, de acuerdo a las
coordenadas que eran y son útiles a la cúpula imperial.
La película de Steven Soderbergh es, más allá de sus valores actorales
y del brío del relato, una película política, y como tal debe ser
valorada y utilizada. Suministra una buena base para la discusión y
puede inducir a muchos jóvenes a interesarse en los procesos que
abarca. Es importante, sin embargo, que este interés no se resuelva en
una reviviscencia del mito del "buen revolucionario", sino en una
decisión de aproximarse críticamente a los factores que caracterizaron
al período que el filme abarca y a muchos, si no a todos, los
elementos que suministraron a ese momento su volatilidad y su carácter
errático.
(www.enriquelacolla.com)
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Néstor Gorojovsky
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