[R-P] [Alberto Franzoia] Dar batalla contra la derrota cultural

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Sab Nov 15 10:56:57 MST 2008


Dar batalla contra la derrota cultural es una prioridad

Por Alberto J. Franzoia



El sábado 25 de octubre de 2008 dimos por concluido en el Pasaje Dardo Rocha 
de La Plata el curso de historia argentina y formación política organizado 
conjuntamente por los compañeros de la Federación Tierra y Vivienda y el 
Cuaderno de la Ciencia Social (espacio digital que se desarrolla dentro del 
colectivo cultural El Ortiba), con el auspicio de la Secretaría de Cultura 
de la Municipalidad local. Cuando decidimos dar los primeros pasos para 
concretar la experiencia surgió como desafío la necesidad de realizar un 
aporte más a la dura batalla por las ideas, para revertir lo que en las 
últimas décadas ha significado una preocupante derrota cultural del campo 
nacional y popular. Si fuéramos aplicados alumnos de la posmodernidad no 
deberíamos prestar mucha atención a un tema considerado menor por los 
pragmáticos, ya que lo importante sería "hacer" sin que importe cómo, para 
qué y para quiénes.  Pero como consideramos que toda transformación política 
de la historia requiere de una reflexión racional sobre la misma que  sirva 
para orientar conscientemente la acción colectiva que intentamos 
desarrollar, es que nos proponemos darle entidad y continuidad a nuestra 
experiencia. Sólo asumiendo que en el campo de las ideas hemos sufrido una 
durísima derrota, investigando sus causas y trabajando sobre  lo que ha 
quedado en pie para reconstruir nuestro edificio o proyecto alternativo 
(actualizándolo),  podremos profundizar el nuevo camino iniciado en este 
siglo XXI  para  modificar  estructuralmente la historia semicolonial de 
nuestra América Latina.


¿A qué derrota nos referimos?

La derrota tuvo dos etapas definidas y complementarias conducidas en 
Argentina por la clase que expresa los intereses objetivos del capital 
financiero mundial. La primera fase consistió en inyectar miedo a través del 
terrorismo de Estado, instalando la figura del 
perseguido-desaparecido-asesinado como consecuencia posible para todo aquel 
que se atreviera a gestar y difundir un pensamiento alternativo al del 
bloque dominante, constituido por la alianza entre la oligarquía nativa y 
las burguesías imperialistas del Norte. La segunda, claramente 
complementaria de la anterior, buscaba generar un consenso (en el marco de 
la democracia formal) hacia las ideas de las clases dominantes que excediera 
el territorio de las clases y grupos que se podían beneficiar objetivamente 
con ellas. Fue así como una significativa franja de las numerosas capas 
medias terminaron visualizando como natural y hasta conveniente que dichas 
ideas se convirtieran en el único horizonte posible. La teoría del derrame 
en el plano económico (eje articulante del discurso de los noventa) y el fin 
de las ideologías como perspectiva filosófico-política que respaldaba 
semejante concepción económica, comenzaban a integrar la visión de mundo de 
franjas sociales en muchos casos ajenas al privilegio

Es necesario admitir que las capas medias de Argentina han tenido una 
relación complicada con el movimiento nacional y popular  sobretodo a partir 
de 1945, sirviendo de base social a cuanta acción contraria al mismo se 
gestara desde la alianza oligárquico-imperialista. Sin embargo, durante los 
años transcurridos entre la segunda mitad de la década del sesenta y los 
primeros años de los setenta, se fue dando una lenta y progresiva 
convergencia cuya expresión combativa más fuerte fue el Cordobazo y su 
expresión electoral más contundente el  62% de votos obtenidos por  Perón en 
septiembre de 1973.  Estos hechos atemorizaron a las clases dominantes, ya 
que comprendieron, por su desarrollada conciencia de clase, que dicha 
convergencia es la única que puede desarticular su hegemonía. De allí nació 
la necesidad de desarrollar la política del terror (incluyendo la 
infiltración del movimiento nacional), que alcanzaría su máxima expresión 
con el terrorismo de Estado.

El golpe cívico-militar de 1976 tuvo en realidad dos objetivos fundamentales 
y confluyentes:
1.     En el plano económico destruir nuestras industrias para reducir y 
debilitar a la clase obrera que era desde 1945 mayoritariamente peronista y 
la columna vertebral del movimiento nacional.

2.     En el plano ideológico-político aterrorizar a quienes producían y 
difundían una visión de mundo alternativa a la dominante,  muchos de cuyos 
responsables pertenecían a las capas medias integradas al campo nacional y 
popular

Una vez que el terror ejercido sistemáticamente por el estado cumplió sus 
objetivos reales, aunque el explicitado fuera "combatir la subversión", 
llegaron los tiempos para llenar vacíos con el progresivo desarrollo de un 
conjunto de ideas que eran presentadas como la suma de todas las  verdades. 
Un nuevo credo laico se instalaba acompañando una estructura económica cada 
vez menos industrial y más especulativa. Su dios era el mercad (en versión 
sui géneris para países dominados por el imperialismo, ya que éste suele 
recurrir a una versión distinta dentro de sus propias fronteras);  sus 
sacerdotes eran los gurúes de la economía neoliberal, como Domingo Cavallo. 
Tan fundamentalista resultó en su intencionalidad el credo vigente como las 
expresiones religiosas más fanatizadas. Fue entonces cuando el fin de la 
historia (la negación de la historia de los dominados) que venía anunciando 
desde fines de los 80 el doxósofo o filósofo de las apariencias Francis 
Fukuyama, logró penetrar inclusive en las cabezas de no pocos dirigentes del 
frente nacional, arrasando a su paso con unos cuantos desencantados 
militantes revolucionarios de los setenta y dirigentes sindicales de pasado 
ultraortodoxo.

De esta manera el bloque dominante logró incorporar en los dominados ideas 
funcionales a sus intereses. Una de las más eficientes a la hora de anular 
el desarrollo de alternativas reales ha consistido en naturalizar todo 
aquello que apunte a la fragmentación y dispersión teórica-práctica. En el 
campo teórico esto se verifica en el avance de sectores "progresistas" que 
nos presentan (en el discurso  y/o práctica) el supuesto carácter "natural" 
y hasta deseable de la desestructuración del todo;  ver sólo algunos árboles 
pero nunca el bosque, y mucho menos la relación entre ambos (el espíritu 
químicamente puro de la posmodernidad).

Por ejemplo, desde esta perspectiva no ha resultado raro encontrarse con 
planteos que  asumen un supuesto divorcio del  brazo ejecutor del terrorismo 
de Estado (Fuerzas Armadas y paramilitares)  con el cerebro  que lo gestó y 
usufructuó: la oligarquía nativa y su aliada, la burguesía imperialista del 
Norte (sobretodo la estadounidense). O,  en el mejor de los casos, quienes 
expresan esta versión descafeinada de la historia,  recurren a minimizar el 
vínculo entre los factores operantes en el drama nacional.  Pero en 
cualquiera de las dos versiones, por divorcio de las partes o por 
desvalorización de lo relevante,  se llega como consecuencia necesaria a 
perder de vista la fuerte correlación existente entre el miedo causado por 
el terror de Estado y el posterior consenso neoliberal (construido durante 
la democracia formal),  que privilegió el individualismo hedonista y el 
"sálvese quien pueda" en una economía competitiva de mercado. Producto de 
esta versión grotesca de la historia, durante los noventa (y aún hoy) un 
menemista (o bicho similar) podía presentarse como abanderado del mercado 
libre y, simultáneamente, como un consumado  defensor de los derechos 
humanos. La oligarquía y sus socios del "primer mundo" desde ya agradecidos.

La continuidad de esta forma de concebir la historia como fragmentos 
dispersos, vino acompañada a su vez con la criminalización de todos aquellos 
que, después de haber sido excluidos por el neoliberalismo, escogieron 
(¿escogieron?) las peores manifestaciones del "sálvese quien pueda". ¡Cómo 
si el predominio de la especulación financiera, la desindustrialización y la 
violencia estatal que las clases dominantes promovieron,  no tuviesen nada 
que ver con la inseguridad que vive la sociedad hoy! La perversa secuencia 
del modelo oligárquico ha sido por lo tanto:
1.     terror estatal  para imponer un modelo económico y evitar proyectos 
políticos alternativos que hagan peligrar su hegemonía;
2.     democracia formal para gestar consensos fuertes y estables hacia las 
ideas dominantes (individualismo, competencia, pérdida de la identidad 
nacional, profundización del modelo neoliberal)  sin necesidad de volver al 
régimen del terror estatal;
3.     y criminalización para las peores consecuencias prácticas de las 
ideas dominantes: pobreza, marginalidad y falta absoluta de correlación 
entre la necesidad de consumo (real y/o creada) y los medios legítimos para 
satisfacerla.

En el terreno de la práctica la fragmentación encuentra su cara más trágica 
en la acción política, con la presencia de numerosos grupos, movimientos 
sociales, partidos y organizaciones que intentan construir y representar a 
un mismo sujeto: el movimiento nacional y popular del siglo XXI. De allí que 
en los nuevos tiempos, cuando tratamos de construir un modelo alternativo al 
que se consolidó con la derrota cultural,  podemos concurrir a un acto o una 
disertación en la que se reúnen cien personas pero cuya convocatoria ha sido 
el producto de un trabajo político-militante de dos decenas de agrupaciones 
habitualmente dispersas, antes y después del acontecimiento convocante.

La fragmentación tiene por lo tanto dos tipos de consecuencias negativas 
bien visibles para el campo nacional y popular. En el plano de la producción 
teórica nos impide captar la realidad,  ya que los fragmentos nunca son 
igual al todo, ni siquiera cuando intentamos sumarlos. Resulta esencial 
entonces visualizar las interrelaciones entre las unidades para descubrir 
cómo funciona el todo en el cada una de ellas adquieren un sentido definido. 
La ideología dominante, por el contrario, apela a la desconexión entre los 
fragmentos para ocultar el verdadero funcionamiento de la realidad, con lo 
que garantiza la continuidad del statu quo. Por otro lado, a la hora de la 
práctica transformadora, la fragmentación entre grupos (con fuerte tendencia 
a la dispersión) sólo puede debilitar el trabajo político para modificar la 
realidad (complementando la incomprensión teórica), ya que la fuerza de las 
mayorías radica no en el poder de cada una de sus unidades sino en la 
unidad. Sólo la unidad nacional y popular podrá modificar la realidad en 
consonancia con nuestras necesidades,  si somos capaces de visualizada y 
comprenderla, a su vez,  como un todo.



¿Qué hacemos con la derrota?

De esa enorme derrota surge la prioridad de dar una larga y consecuente 
batalla por las ideas en este siglo XXI. Batalla por el desarrollo de una 
visión de mundo que resulte realmente alternativa a la instalada por el 
bloque oligárquico-imperialista, por lo tanto, que exprese los intereses 
reales de los dominados. Sólo así se podrá potenciar lo nuevo, que por ahora 
asoma con sus luces, pero también con sus sombras, sin desprenderse 
definitivamente de un pasado que generó sólo estragos para la mayoría de 
nuestro pueblo.

Lo dicho está indicando que la batalla cultural que tenemos por delante es 
larga y difícil, pero a la vez impostergable si queremos cambiar 
profundamente la realidad. Las ideas dominantes no se modifican en un abrir 
y cerrar de ojos. Esto es así en cualquier lugar del mundo y en cualquier 
momento de la historia. A veces parecen derrotadas y sin embargo puede 
regresar con más fuerza que antes. Valga como ejemplo lo ocurrido con un 
maestro del pensamiento alternativo como Don Arturo Jauretche, quien murió 
creyendo que el campo nacional y popular finalmente se adueñaba de su 
historia y sin embargo, a menos de dos años de su muerte (ocurrida en mayo 
de 1974) se iniciaba en nuestra Patria el período más oscuro para los 
sectores populares.

En este promisorio siglo XXI se han abierto nuevas perspectivas, tanto en 
Argentina como en varios países de América Latina. Las mismas pueden 
conducirnos hacia un futuro promisorio, pero eso no significa que la batalla 
ya esté ganada. Allí radicaría un fatal y reiterado error.  El campo 
nacional y popular en Argentina necesita no sólo seguir recuperando su 
propia visión de la historia, la que construyeron los hombres que revisaron 
la versión fraudulenta del mitrismo oligárquico, sino que es imprescindible 
desactivar las nuevas ideas fuerza que se le han acoplado. Fundamentalmente 
la naturalización de la fragmentación en la producción teórica y en la 
práctica política, el individualismo como camino para la realización 
personal y la criminalización para los excluidos. El objetivo clave de esta 
batalla cultural radica en generar las condiciones en el plano de las ideas 
para la construcción de una multitudinaria alianza social entre los obreros 
y las capas medias.  Para lograrlo es imprescindible que dichas capas medias 
logren, mayoritariamente, dejar de ver el mundo desde la visión de sus 
opresores (visión desde la que abordaron el conflicto agrario), que son los 
mismos que oprimen a los obreros urbanos y rurales (ocupados y desocupados) 
en el conjunto de la Patria Grande Latinoamericana. Y esa batalla se debe 
dar a través de un trabajo cultural tan profundo como continuo, ya que dejar 
librada la tarea al azar o a tiempos con menos urgencias materiales, ha de 
jugar objetivamente a favor de los tiempos del enemigo.

La Plata, 14 noviembre de 2008 




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