[R-P] [E. Lacolla] 25 años de democracia

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Nov 3 06:58:22 MST 2008


25 años de democracia

Por Enrique Lacolla

Un cuarto de siglo ha pasado desde que se volvió la página negra de la
dictadura. Este trayecto ha estado sembrado de emboscadas y renuncias,
pero se tiene la sensación de que asoma el día.

25 años de democracia. ¿Qué quiere decir esto? ¿Cómo cabe evaluarlos?
Durante estos días se ha estado batiendo el parche para evocar la
fecha en la que Raúl Ricardo Alfonsín obtuvo la victoria en unos
comicios que clausuraron la época más nefasta de la reciente historia
argentina. Evidentemente, por lo tanto, es un aniversario para
celebrar. Pero no sin tomar en cuenta, sin embargo, los matices de una
evolución histórica que es muchísimo más ambigua que lo que se solió
admitir a lo largo de su decurso.

En primer lugar porque, aunque por supuesto hubo un alejamiento de las
prácticas bárbaras de la dictadura militar de 1976 a 1982, pronto se
hizo evidente que el retorno a la democracia tenía mucho de formal y
poco de efectivo respecto de los problemas nacionales y que, de hecho,
hasta cierto punto venía a refrendar y a imprimir un sello
constitucional a lo actuado por la dictadura en materia económica.

En segundo término porque esa victoria fue concedida por los vectores
reales del proceso militar más que conquistada por las estructuras
partidarias. La derrota nacional en la guerra de Malvinas fue la gota
que derramó el vaso, cosa que no favoreció la superación del trauma
infligido por la dictadura. Ésta caía en efecto no tanto por sus
muchos horrores sino por el único error generoso en que había
incurrido, a manos del enemigo externo que hasta ahí la había
patrocinado, y no como consecuencia de una sublevación popular; por
mucho que esta se intuyese para una fecha próxima y por más que el
deseo de eludirla fuera uno de los motivos que indujeron al gobierno
militar a huir a hacia delante, hacia el conflicto austral.

En tercer lugar, porque el precio que hubo de pagarse en sordina por
ese retorno a la libertad o al menos a una situación en la cual se
pudiera circular por la calle sin miedo a los Ford Falcon o a los
grupos de tareas, fue la rendición a las prácticas del mercado
financiero y a las presiones del imperialismo, que vinieron a terminar
de romper las resistencias, fragilizadas por el vendaval del
terrorismo de Estado, respecto de todo lo que tuviese que ver con la
justicia social, la autarquía económica y la soberanía nacional.

En la época de Alfonsín hubo una condena explícita a la violación de
los derechos humanos de parte de los conductores del proceso, lo que
llevó a la consumación de juicios ejemplares a las Juntas, pero no
hubo una revisión en profundidad del pasado ni una evaluación de los
factores psicológicos, sociológicos e ideológicos que desembocaron en
el desastre del '76; y, lo que es aun más grave, se procedió a un
proceso de "desmalvinización" de la cultura que, si no tuvo éxito
pleno, contribuyó mucho a sembrar el escepticismo y a desviar
cualquier reflexión en torno de un tema que concitaba el interés
popular en alto grado y que resultaba expresivo de una aspiración
nacional que excedía el fetichismo de manual escolar para expresar,
confusamente, una aspiración de grandeza que se daba de patadas con el
destino resignado, abúlico y mediocre con el que se conformaba la
partidocracia.

En el marco de la expansión mundial del neocapitalismo, esto dio lugar
a presiones y golpes de mercado que demolieron primero a las tibias
propuestas de revisión de la deuda externa de parte del alfonsinismo.
Me acuerdo todavía de la sensación de traición que sentí cuando el
primer mandatario recientemente designado se deshizo de su ministro
Grinspun y del propósito de revocar la deuda externa, y convocó a la
gente a la plaza de Mayo para formular una declaración de guerra
económica que se dirigía, con toda evidencia, contra su propio pueblo.

Luego vino el Apocalipsis personificado por Carlos Saúl Menem, maestro
de hipócritas, que con su arrastrada bonhomía provinciana infirió al
país un genocidio social que nada tuvo que envidiar al consumado por
sus predecesores militares. No fusiló, no hizo desaparecer a los
detenidos, pero traicionó desde dentro al único movimiento nacional
que, en medio de todas sus contradicciones, había expresado una
capacidad de resistencia al imperialismo y a sus aliados locales,
consiguiendo mantener un grado apreciable de resistencia popular desde
el golpe contrarrevolucionario de 1955 hasta la instauración de la
dictadura en 1976. En una orgía de corrupción nunca vista Menem
liquidó a su propio movimiento, desguazó al Estado, regaló sus bienes
y arrojó a la marginalia social a millones de personas al revertir el
perfil industrial de la Argentina para devolver esta a las manos del
entramado conformado por la patria financiera, los dueños de la tierra
y una burguesía empresarial poseída de terror pánico ante cualquier
posibilidad de proyecto nacional que la obligase a enfrentar a la
oligarquía y a la fuerza cuyos intereses esta representa, el
imperialismo. Una burguesía que siempre prefirió ligarse a este por
vía del negocio agroexportador y entrelazada con capitales foráneos;
despreocupada del mercado interno, repelida por la posibilidad de una
redistribución más equitativa de la renta y ausente de cualquier
expectativa de desarrollo endógeno.

Esto fue posible porque el brutal golpe de la dictadura había quebrado
el espinazo de la resistencia popular. Y también porque los partidos
políticos abandonaron cualquier veleidad de discusión seria para
encerrarse en un juego de masacre que tenía por único objeto
disputarse las prebendas que puede dar el ejercicio del poder
político. La suerte parecía echada: había caído el Muro de Berlín, el
comunismo había desaparecido y el fin de la historia nos prometía a un
futuro aburrido, miserable y dependiente. La democracia formal en
apariencia sólo era capaz de brindarnos muchas variantes de lo mismo.
Muchas variaciones sobre un mismo tema.

Pero el círculo vicioso se rompió por el agotamiento de la receta
neoliberal: si bien esta consiguió todos sus objetivos, fracasó en
someter en forma definitiva a las masas latinoamericanas. Estas se
encontraban desarticuladas, con una conciencia semilúcida de los
factores que las habían puesto allí, pero propensas a rebelarse contra
gobiernos como el de Fernando de la Rúa, que agravaba el modelo al
aferrarse desesperadamente a él cuando ya era evidente que sólo podía
ser mantenido con un retorno a la fuerza bruta con la que se había
estrenado en 1976.

Las jornadas de diciembre de 2001 abrieron el camino hacia el cambio.
Un cambio que todavía no ha tenido lugar, o mejor dicho que no lo ha
tenido plenamente, pero que se impone como inevitable si no queremos
suicidarnos retornando a un pasado que se ha tornado inviable. De
manera	vacilante, condicionados por sus propios antecedentes y por
cierto exitismo que no les consiente todavía hacerse cargo de forma
imperativa de los problemas tajantes de la hora, el gobierno de los
Kirchner ha empezado a moverse contra los bastiones del privilegio.
Con resultados dispares, de momento, pues el rechazo a las retenciones
agrarias dice mucho de la inmadurez y falta de conciencia de amplios
sectores de la clase media, de buena parte de la burguesía rural menos
privilegiada y del escandaloso oportunismo de figuras políticas como
el vicepresidente Cobos. Pero los primeros pasos están dados, el
alboroto levantado ante la nacionalización del sistema jubilatorio es
expresivo de la inquietud del sistema y la ola del tsunami financiero
que amenaza a la economía real en todas las partes del mundo no deja
más camino que la búsqueda de una autarquía fundada en la cooperación
regional con los otros países de América latina para resistir el
maremoto.

Decía Rodolfo Walsh, poco antes de ser muerto por la represión, que
habían de pasar por lo menos dos generaciones antes de que la lápida
del terror impuesta por la dictadura sobre la espontaneidad del pueblo
argentino se quebrase. Y bien, esto está sucediendo, y no sólo aquí
sino en el resto del continente. La democracia formal que nos encuadró
desde 1983 hasta aquí está empezando a ceder el lugar a una democracia
efectiva, a la que le falta bastante aun para articularse en una
fuerza activa, pero cuya presencia se adivina ya en el corazón de los
tiempos revueltos que se vienen.

(www.enriquelacolla.com)


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Néstor Gorojovsky
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