[R-P] [E. Lacolla] El gran show y el mito del Imperio benévolo

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Mayo 29 13:54:35 MDT 2008


El gran show y el mito del Imperio benévolo

Por Enrique Lacolla

La carrera por las presidenciales estadounidenses se aproxima a su
primera meta: la definición, entre los demócratas, del candidato
probablemente ganador de los comicios de noviembre. A él –o ella- le
corresponderá restañar las heridas abiertas, tanto dentro como fuera
de Estados Unidos, por las políticas de los halcones del gobierno de
George W. Bush. ¿Podrán o querrán hacerlo?

¿Hasta qué punto el debate preelectoral en Estados Unidos tiene algún
sentido? Cada cuatro años se realiza un gran montaje que suele ser
definido como una fiesta de la democracia, con lides entre los
candidatos y, en ocasiones, más dentro de los propios partidos que
mirando hacia afuera de ellos, hacia los contendientes que se
enfrentarán en una compulsa para elegir al presidente de la nación.
Por ejemplo, desde hace meses el debate entre los precandidatos
demócratas Hillary Clinton y Barack Obama ocupa la primera plana de
los diarios y de los noticiarios televisivos. La ex primera dama
persiste en una liza en la que en apariencia lleva las de perder, a
riesgo de debilitar a su partido frente al adversario republicano.
Este rival se muestra francamente desgastado tras los dos sucesivos
turnos de George W. Bush, señalados por una corrupción galopante, por
una crisis económica sin precedentes y por una política exterior que
ha desprestigiado en extremo a Estados Unidos, a causa sobre todo de
una serie de aventuras militares que, si por un lado han implantado a
la Unión en zonas en las que ambicionaba aposentarse desde hacía
tiempo, por otro no han dejado de representar un sonado fracaso por su
falta de solución, por su prolongación y crueldad, y por la
incapacidad que están demostrando para operar el gran cambio en el
tablero mesoriental que Bush hijo había programado para esa zona.

Se ha avanzado mucho en la dislocación del área, gracias a la
disgregación de las resistencias al modelo globalizador derivadas de
la destrucción y despiece de Irak, y de la implantación de tropas de
Estados Unidos y la OTAN en Afganistán. Pero romper no significa
organizar y en este momento la situación está lejos de encontrarse
controlada.

Los Balcanes primero, Irak y los emiratos árabes después, y el Asia
Central por fin, rebosan de tropas de Estados Unidos y de mercenarios
a sueldo del Pentágono, todo lo cual conforma un rodillo compresor que
avanza sobre el conjunto de la región mediterránea y el Asia central,
y amenaza a Rusia y China. Pero subsisten huesos muy duros de roer,
como Irán; y el intento israelí de hacer avanzar el modelo partiéndole
el espinazo a Hizbollah en el Líbano, se saldó con un sangriento
desastre. China y Rusia, mientras tanto, como es lógico, desaprueban
esas movidas y se disponen, según ciertas evidencias, a sostener a las
víctimas de un potencial ataque norteamericano o
norteamericano-israelí.

Los horizontes de están estrechando para el ejercicio en solitario del
gobierno del mundo.

Es esto, más que cualquier otra cosa, lo que estaría en juego en la
contienda electoral norteamericana. Atención, no los objetivos últimos
de la operación estadounidense, sino más bien los modos de llevarlos
adelante.

Las opciones

A esta altura de las cosas, a la oligarquía norteamericana no le
quedan más que dos fórmulas para continuar con la tarea hegemónica que
se ha impuesto y que deviene del fondo de su historia. Una es
persistir en la ruta tomada, pronunciando la huída hacia adelante y
desencadenando la guerra contra Irán; duro y desagradable negocio si
los hay, con proyecciones imprevisibles.

La otra es volver a una forma más presentable de imperialismo,
abriendo negociaciones con Siria e Irán, aflojando la presión sobre
Rusia en el área de lo que conformara la antigua Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas, y dando en todo caso una atención preferencial
a América latina, que ostenta signos de querer escapar a su yugo. Por
supuesto que un súbito aumento del interés en nuestra región no sería
una cosa que debiera entusiasmarnos, salvo a los sectores vinculados a
la gran operatoria imperial en Iberoamérica.

La línea moderada (para llamarla de alguna manera) que podría
predominar en el próximo gobierno de Estados Unidos, tendría como
inspirador teórico a Zbygniew Brzezinsky, el asesor en política
exterior de Barack Obama, lo cual dice mucho acerca de lo que cabe
esperar de este candidato. Brezezinsky, en efecto, es el principal
ideólogo de la teoría del gran damero mundial, donde la reducción de
Rusia a sus "fronteras naturales" y la contención de China conforman
el meollo de la doctrina. Lo único que lo diferencia de los
teorizadores más encarnizados de los halcones agrupados en torno de
George Bush jr., de los cuales este es una marioneta, es que se
propone implementar la primacía norteamericana por medio de un
liderazgo mundial, en vez de la dominación global que es el núcleo de
la doctrina de los neoconservadores, cuyo texto de referencia
parecería ser "El choque de las Civilizaciones", de Samuel Huntington;
magnífico instrumento para fundar la teoría de la guerra permanente,
que tanto conviene a los intereses del complejo militar-industrial.

Pero en lo sustancial no hay muchas diferencias –en lo referido a
política exterior- entre los tres candidatos que se postulan a la
presidencia. Sin duda, de los tres el que tiene más posibilidades de
alcanzar la primera magistratura es Obama. Aunque más no sea por el
lema que preside su campaña –"cambio"- que puede tener una resonancia
más simpática a los oídos del electorado después de la desastrosa
experiencia de las dos administraciones republicanas, signadas por el
retroceso económico y por el deterioro de una seguridad social de por
sí en extremo precaria.

Obama más que Clinton reúne las cualidades exteriores para encarnar el
lema publicitario. Aunque Hillary es mujer, lo que convendría también
al tema del cambio, el hecho de que Obama sea negro –o mulato, para
ser más precisos- le atrae la simpatía de los grupos de color y de los
votantes más jóvenes de raza blanca, aunque para otros sectores esa
peculiaridad no caiga bien. Pero lo esencial es que, en los corredores
del poder, los oligarcas (esa difusa conjunción de factores donde
pesan el complejo militar-industrial y Wall Street), es probable que
prefieran que los platos rotos por la actual gestión los pague un
presidente negro; pues una retirada de Irak, por ejemplo, y el paso a
una tesitura de componenda con los "estados delincuentes" no allegaría
un gran prestigio al presidente, dado el chauvinismo manifiesto o
latente en la opinión pública.

Que en Estados Unidos se produzca un cambio real, en sentido
democrático, es dudoso, por mucho que nosotros podamos desearlo. Ese
cambio sólo podría verificarse de producirse un compromiso
catastrófico en la política exterior y una crisis económica de
gigantesca envergadura, que sacudiese a las masas profundas del país y
les hiciese cuestionar la legitimidad de un modelo en el cual no creen
gran cosa, pero al que en última instancia están acostumbrados.

La ruta hacia el estancamiento actual fue la asumida por la
administración republicana; por lo tanto es difícil que se le otorgue
un nuevo período de gracia de parte de los mandantes reales del juego.
Ni Obama ni Hillary representan un peligro para la oligarquía; de
hecho, la selección de sus asesores y los enfáticos pronunciamientos
que uno y otra han tenido a propósito de Chávez, Cuba y el plan
Colombia pronostican que se ajustarán a las grandes líneas del
discurso norteamericano para el hemisferio y, en cuanto a la política
mundial, su actitud probablemente más flexible no podrá sino ser
bienvenida por los aliados, otorgando al Departamento de Estado un
argumento más para sostener la benevolencia de sus procederes.

Surgimiento y crisis de un mito

El argumento del Imperio benévolo, en efecto, ha hecho carrera.
Cuántas veces nos lo han servido… Sin embargo, ni la trayectoria
histórica de Estados Unidos ni la tesitura de su compromiso actual,
permiten sostener semejante hipótesis. Ningún Imperio es benévolo, y
el norteamericano menos que cualquiera. La leyenda surge de la
admiración con que sus predecesores europeos contemplaron en el siglo
XIX la flexibilidad con que la nueva potencia ejercitaba sus músculos
a partir de la inexistencia de rémoras feudales que pudieran trabar la
libre expansión del capitalismo, y asimismo de la carencia de
resistencias plebeyas al modelo ideológico acuñado por la oligarquía,
pues las masas inmigrantes que desembarcaban en las playas de la
exitosa nación estaban naturalmente predispuestas –por la psicología
individualista del emigrante- a aceptar sus valores, y porque el Oeste
ofrecía múltiples oportunidades para descomprimir las tensiones
sociales que podían acumularse en los grandes centros urbanos del
Este.

La limpieza étnica de las grandes praderas, con decenas y quizá
centenas de miles de indios muertos, el control del conjunto del
hemisferio occidental por intervenciones en general indirectas (salvo
en el caso de México y algún enclave en Centroamérica), fueron el
prólogo de una expansión mundial cuyo punto de partida lo daría la
guerra hispano-norteamericana de 1898, que llevaría a la Unión al
lejano Pacífico. El período de las guerras mundiales consintió luego
que Estados Unidos jugase un papel preponderante en la política
global. Su decisivo aunque tardío aporte dio el triunfo a la causa
aliada en la primera guerra mundial, consagrando de paso el aura
democrática de la nueva gran potencia, pues los vencedores en esa
contienda se atribuían la invención del sistema representativo, aunque
este sólo tenía una relativa vigencia dentro de los territorios
metropolitanos y era negado con brutalidad a las regiones y culturas
que caían bajo su mano.

La participación norteamericana en el segundo conflicto mundial
remachó esa visión optimista del gigante norteamericano. La naturaleza
repulsiva del nazismo, que extremaba y a la vez encapsulaba la disputa
por la hegemonía mundial entre las potencias capitalistas en un
nacionalismo biológico, tornaba a quienquiera que se le opusiese en un
cruzado de la razón y la democracia. Estados Unidos fue, junto a la
URSS, el factor decisivo de la victoria aliada. Y, después de la
victoria, su papel al erigirse en Europa en una muralla contra una
eventual expansión soviética, y en benefactor de su economía a través
del Plan Marshall, subrayó aun más las simpatías que despertaba en
gran parte del público de esos países. El estalinismo no era un
producto de fácil exportación.

Pero, fuera del continente europeo, en un mundo colonial en trance,
Estados Unidos no tardó en revelar la verdadera naturaleza de su
propuesta. El comunismo soviético no era un fruto fácil de tragar,
pero las revoluciones coloniales encontraban en él un aliado natural
para insurgir contra sus anteriores patrones. La Unión norteamericana,
decidida a heredar a los antiguos dominadores ingleses y franceses, y
a ejercer a su vez, a través de un cambio gatopardesco, el control
efectivo aunque indirecto de esos territorios, encontró en la
oposición a la URSS el pretexto perfecto para frenar o distorsionar
los esfuerzos de los incipientes regímenes salidos de la revolución
colonial. La teoría del damero –según la cual la caída de un país en
manos de los comunistas acarreaba inexorablemente la caída sucesiva de
sus vecinos- sirvió para justificar las intervenciones militares
directas en Corea y Vietnam, para bloquear durante dos décadas a China
y para intrigar contra cualquier intento en Asia, África o América
latina, que pugnase por escapar de la órbita imperial. En ese trayecto
Washington reveló igual o mayor inclemencia que los imperios
tradicionales, inclemencia que ya había tenido una sobrada muestra en
los bombardeos en alfombra de Alemania y sobre todo Japón, durante la
segunda guerra mundial, hasta rematar con las atrocidades atómicas de
Hiroshima y Nagasaki.

La caída de la URSS en 1992 liberó por fin a Washington de cualquier
contención. A partir de entonces creyó llegado el momento de poner en
práctica los principios del libre mercado y de una globalización del
comercio y las finanzas internacionales que hacía tiempo venía
impulsando, pero que siempre habían debido tener en cuenta la
existencia de un poder paralelo que establecía una barrera en
apariencia infranqueable a su expansión.

Y bien, esto es lo que hemos venido experimentando desde entonces. Los
límites de este envite, sin embargo, parecen estar poniéndose a la
vista. Quizá sea hora, para los propagandistas del Imperio benévolo,
de volverle a poner la capucha al águila norteamericana. A Hillary
Clinton y más posiblemente a Barack Obama les corresponderá esa tarea.
Pero no olvidemos que, si lo entienden conveniente, en cualquier
momento podrán volver a quitársela.

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Néstor Gorojovsky
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