[R-P] ¿La URSS, estado sin partido?
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mar Mayo 27 10:57:20 MDT 2008
Gentileza de la lista Marxmail
[Interesante tanto por lo que dice sobre la URSS como por sobre lo que
dice, indirecta y por supuesto impensadamente, sobre la Argentina.
En especial los párrafos dedicados al yeltsinismo, que podrían
calcarse con pantógrafo para reproducir en estas tierras a Menem y su
banda de vendepatrias y traidores al pueblo argentino.
Ahora que las "superadas" antinomias "del pasado" argentino vuelven
por sus fueros, los que jamás creímos que "la oligarquía ya no existe"
porque nos mantuvimos fieles al pensamiento socialista de IN estamos
en primera línea de las batallas ideológicas y físicas contra el país
oligárquico.
Este texto forma parte del esfuerzo, porque un "socialismo criollo"
que se pretenda desprendido de la marcha general del género humano
está condenado a la esterilidad o la derrota.]
¿La Unión Soviética, estado sin partido?
Reseña crítica de Alex Miller
El siglo soviético
por Moshe Lewin
Verso 2005
416 páginas
Los medios comerciales y las élites intelectuales capitalistas han
promulgado un estereotipo sobre la Unión Soviética: una línea
ideológica directa y sin interrupciones lleva del bolchevismo de la
revolución de 1917 al totalitarismo del período stalinista
(1920-1953), pasa por el período post-stalinista desde 1953 y termina
en el colapso del régimen soviético en 1991. Normalmente, se esgrime
el estereotipo contra el bolchevismo, y en realidad contra cualquier
forma de marxismo revolucionario: se usa el estancamiento y la
declinación post-stalinistas, así como las masacres y purgas del
período stalinista, para elaborar una reducción al absurdo de las
aspiraciones originales de la revolución de 1917.
Los socialistas que hoy tratan de construir una alternativa a esta
visión estereotipada tropiezan con varias trampas para osos. Si se
acepta la continuidad ideológica entre bolchevismo y stalinismo, la
simpatía hacia las aspiraciones de 1917 puede llevar a quitarle
importancia a los crímenes monstruosos cometidos en la URSS en nombre
del socialismo. Pero al mismo tiempo, cuando se tiene conciencia del
abismo gigantesco que separa la sociedad stalinista de la imaginada
durante la Revolución de Octubre se puede llegar a la negación de toda
continuidad entre los períodos tempranos y tardíos de la historia
soviética; el resultado final es una caracterización negativa de la
URSS tan abierta como injustificable (según ciertas versiones, solo se
trató de una forma de capitalismo de base estatal).
Moshe Lewin, un ex soldado del Ejército Rojo y trabajador koljoziano,
propone una visión alternativa al estereotipo e intenta evitar ambas
trampas. Nos lleva por las diversas y agudas discontinuidades
ideológicas entre bolchevismo y stalinismo que ya presentó en su
estudio de 1968, El último combate de Lenin: la confrontación entre
Lenin y Stalin en torno a las relaciones entre Rusia y las restantes
repúblicas de la URSS, al monopolio estatal del comercio exterior, y a
la necesidad de impedir que las restricciones temporarias impuestas al
debate político interno del partido bolchevique por las especiales y
pasajeras circunstancias de la Nueva Política Económica transformasen
al partido en la cáscara vacía de su anterior y vibrante ser.
Lewin detalla los distintos factores que en el período inmediatamente
posterior al fin de la guerra civil llevaron a la preponderancia de
los estratos burocráticos que constituyeron la base social de la
dictadura de Stalin. La supervivencia de la dictadura stalinista de
base burocrática era incompatible con la supervivencia de un solo
vestigio de bolchevismo; de allí el frenesí de purgas, cuya magnitud
delinea Lewin con detalles espectaculares: 3 778 000 arrestos y 786
000 ejecuciones entre 1930 y 1953, incluyendo los que se llevaron a
cabo para cumplir con cuotas preasignadas.
No hay el menor intento de lavar las culpas de Stalin y sus esbirros,
ni de blanquearlos. Lewin, en realidad, afirma que el propio Stalin
hubiera debido ser ejecutado por el daño que causó a la URSS. Escribe
en relación a la condena a muerte que -sobre cargos amañados- obtuvo
para "la mejor de todas las mentes militares", Tujachevsky: "Estamos
tratando con un maniático que rompe un objeto precioso para demostrar
que se lo puede romper. Prefirió a Voroshilov, incompetente pero
obsequioso, antes que a Tujachevsky y el resto: destruyó así el alto
comando militar; fueron errores descomunales. Solo por esta purga
merece la pena de muerte"
Lenin rechaza la idea de que la Unión Soviética fuera un ejemplo de
sistema de partido único. Propone que más bien habría que describirlo
como un "sistema sin partido": "Durante la década del 30, la
organización que se autodenominaba 'partido' había perdido su carácter
político; se lo había transformado en una red administrativa, donde
una jerarquía gobernaba a las bases". En los años finales del régimen,
en realidad, el partido se había convertido, literalmente, en "un
cadáver".
Tampoco exhibía la URSS rasgos de capitalismo de Estado: ni antes ni
después de la muerte de Stalin. En realidad, no era socialista ni
capitalista.
No era socialista porque "el socialismo implica la propiedad social de
los medios de producción, no la propiedad burocrática. Siempre se lo
ha concebido como una profundización de la democracia política, no
como su rechazo. Los que siguen hablando del 'socialismo soviético'
caen en una verdadera comedia de errores. Supongamos que el socialismo
es factible: en ese caso, implicaría la socialización de la economía y
la democratización de la vida política. En la Unión Soviética tuvimos
propiedad estatal de la economía y burocratización tanto de la vida
económica como de la vida política".
Pero tampoco era capitalista. "La propiedad de la economía y otros
activos de la nación estaba en manos del Estado, lo cual en la
práctica quería decir en manos de la cumbre burocrática". La prueba de
que la burocracia no constituía una clase de capitalistas consiste en
que la razón de ser del sistema económico que supervisaba no era la
conversión de capital en capitales incrementados, sino más bien la
continuidad y expansión de los privilegios materiales y consumistas de
la burocracia: acceso a "productos y servicios", centros de salud,
dachas y alcohol eran los favoritos (por ejemplo, solo entre octubre
de 1967 y julio de 1968 una sección de cierto ministerio de gobierno
"tragó 350 botellas de coñac, 25 de vodka y 80 de champagne").
Lewin muestra en todo detalle cómo el "laberinto burocrático" en que
tenía que vivir la economía de propiedad estatal frenó el desarrollo
económico soviético y alentó a un segmento suficientemente amplio de
la burocracia de Estado a cambiar sus privilegios de consumo por la
oportunidad de obtener ganancias como capitalistas. Es interesante
puntualizar que, según él, otra fracción de la burocracia trató de
volver al curso socialista pre-stalinista, y cita la aparente
disposición de Yuri Andropov para politizar el "partido" creando
"libertad de investigación, información y discusión, y sindicatos
libres". No se sabe bien si apoyar o no la propuesta de Lewin, según
la cual Andropov, al hacerse cargo del poder en 1982, trató de llevar
al Partido Comunista de vuelta a algo que pareciera su existencia
pre-stalinista, y mucho menos su sugerencia de que si hubiera vivido
algo más que un año en el puesto habría tenido éxito.
Pese a decir que la Unión Soviética no era socialista (habría sido
mejor caracterizarla como solo parcialmente socialista), Lewin admite
tanto los logros como los fracasos del intento de "construir el
socialismo en tiempo récord". En especial, la creación de una moderna
sociedad urbana cuyos miembros se caracterizaban por un elevado nivel
cultural y educativo, a partir de un país de base campesina
extremadamente atrasado y devastado completamente por la guerra y la
hambruna.
Para Lewin, la URSS poststalinista no puede considerarse una extensión
"totalitaria" del stalinismo: era antidemocrática y totalitaria, pero
daba a sus ciudadanos cierto grado de "emancipación genuina". Y señala
que en la Rusia postsoviética "cada vez menos gente asiste al teatro,
a los conciertos, al circo o a las bibliotecas; la lectura de obras
literarias y la suscripción a periódicos cae violentamente... El
incremento de la carga laboral transformó toda la estructura de uso
del tiempo libre. La distracción dominante es la TV, que tiene efectos
particularmente deletéreos sobre los chicos que, librados por las
tardes a sí mismos, quedan pegados a las bovinas emisiones".
Con los "demócratas" yeltsinistas y similares Lewin es vitriólico: "No
les bastó con saquear y despilfarrar la riqueza de la nación; los
'reformadores' montaron también un ataque frontal contra el pasado,
que apuntó a su cultura, su identidad y su vitalidad. No se trataba de
un enfoque crítico del pasado: era la más grosera ignorancia".
Lewin nos recuerda que entre 1917 y 1922 el sistema soviético salvó a
Rusia de la desintegración, que pese a las heridas internas que le
infirió Stalin salvó a Europa del dominio nazi durante la Segunda
Guerra Mundial y que, "si se usan los criterios de definición de un
país desarrollado propios del siglo XX la Rusia soviética presentaba
muy buenos resultados en demografía, educación, salud, urbanización y
el papel de la ciencia: todo este capital sería despilfarrado por los
reformadores descoloridos de la década del 90".
No hay reseña breve que pueda hacerle justicia a este libro. Lewin
confirma las grandes líneas del relato de León Trotsky sobre la
degeneración de la Revolución de 1917 (La revolución traicionada).
Ofrece mucho material original que permite ampliar dicho relato, con
inteligencia y equilibrio, hasta los últimos días del régimen
soviético. El libro es de lectura obligatoria para quien esté
interesado en la historia -y el futuro- del socialismo.
[Alex Miller, miembro del Partido Socialista Escocés, también forma
parte de la Perspectiva Socialista Democrática de la Alianza
Socialista Australiana.]
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Néstor Gorojovsky
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