[R-P] [Wainfeld] Jaurteche: El tipo que sabía mirar

juan maría escobar escobar45 en infovia.com.ar
Dom Mayo 25 16:19:08 MDT 2008


El tipo que sabía mirar


Por Mario Wainfeld

Pagina 12, 25 de mayo de 2008

Arturo Jauretche murió un 25 de mayo, hace 34 años. Las efemérides pueden 
ser un plomazo pero también, tal es su funcionalidad, un pretexto para 
revisitar y repensar a personajes estimables. Jauretche lo es, hete aquí que 
está un poquito de moda, aunque quizá no del todo valorado.
Fue un luchador popular todo formato, un poeta mediano, un ensayista 
frondoso. Si no fuera una tropelía podría decirse que por ver grande a su 
patria, él luchó con la espada, con la pluma y la palabra. Su mayor legado, 
a más de tres décadas, es su prosa cimarrona e inigualada. Acuñó multitud de 
conceptos-consignas que perduran y que hasta perdieron su rúbrica. "El 
estatuto legal del coloniaje", "el medio pelo", "las zonceras argentinas" 
conservan fuerza, tienen sentido unívoco y capacidad de transmisión. Esa 
aptitud para el panfleto, un género nada menor si se lo emprende bien, no 
debería inducir a suponerlo una suerte de creativo publicitario nac & pop, 
un simplificador nato. La consigna, el arquetipo eran la culminación de 
análisis elaborados, de debates implacables, de lecturas surtidas y 
pasionales.
Bruloteaba de lo lindo, previa inspección a fondo de sus blancos. Miraba 
antes de disparar, vaya si miraba. Sus batallas siguen siendo divertidas. 
Repasemos un puñado entre cientos. Diseccionó un best seller de Beatriz 
Guido (El incendio y las vísperas) hoy prolijamente olvidado, para probar el 
"quiero y no puedo" de las clases medias.
Se la tomó con la arrogancia de Sarmiento, que se jactaba de un presentismo 
perfecto en la escuela primaria en su San Juan natal. Averiguó que cursó 
menos años de los que narró. Y, de paso, desnudó el mito del niño que iba al 
colegio lloviera o tronara recordando que en San Juan casi no cae una gota 
durante el período lectivo.
Indagó sobre un clásico antirrosista, un poema en el cual José Mármol le 
perdonaba "como hombre mi cárcel y cadenas/pero como argentino, las de mi 
patria no". Demostró que Mármol casi no estuvo en cana y sólo por cuestiones 
de faldas y no políticas.
Para llegar a sus conclusiones, debió leer a la novelista en boga con una 
dedicación superior a la de sus arrobados lectores, hurgar archivos, mirar 
isoyetas de Cuyo.
Tenía identidad política, explicaba la historia enlazando líneas nacionales 
y de las otras. Pero no hablaba desde un púlpito ni desde un saber 
cristalizado. Proponía dar vuelta el mapamundi, poner el Sur arriba para 
debatir prejuicios sobre superioridades y para tener otra panorámica sobre 
el lugar de Argentina en el mundo (un país peninsular, muy distante de 
Europa, plenamente integrado en la región). Pero también se internaba en ese 
mapa. Conocía al dedillo la flora y la fauna nacional (en sentido estricto y 
sociológico) porque vivía atento a su palpitar y a su cambio. Jorge Abelardo 
Ramos lo despidió con justicia, allá por el '74: "Comprendía como pocos en 
la Argentina, sus cambios bruscos, con frecuencia su inescrutable carácter y 
su peculiar ingratitud. (...) Conocía la Patagonia y su fauna, la Puna y su 
inmenso dolor. Podía describir cada metro cuadrado del país y la naturaleza 
de sus problemas".
Fue agudo, sarcástico y provocador. Era, ante todo, un empirista que no 
hablaba sin documentarse o sin ver. Un reverdecer de ciertas liturgias 
nacionales y populares lo recupera, a veces reversionándolo con clase pero 
muchas otras malgastando o hasta malversando su tributo. Jorge Luis Borges 
contaba sobre las kenningar, una suerte de metáforas congeladas que recogen 
las sagas de Islandia. Un poeta llama "agua de la espada" a la sangre, luego 
la metáfora se usa como sustantivo, suple a la palabra original, se 
cosifica. A menudo da la impresión que algo así pasa con Jauretche, cuya 
obra provocadora se transforma en un repertorio de chicanas establecidas.
El cronista está seguro de algo: si el tipo viviera no citaría, sin más, 
textos escritos hace 30 años o medio siglo. Hundiría sus ojos de gato en la 
realidad actual, en la nueva configuración de la clase trabajadora (con su 
carga de desocupados y mujeres jefas de hogar), en la nueva religiosidad de 
los sectores populares, en la liberación de sus costumbres sexuales, en los 
códigos de comunicación de los jóvenes, en la alteración de los términos del 
intercambio, en los medios de difusión masiva que siempre atrajeron su 
crítica y su participación. En las marcas indelebles (y, cuando menos, en 
parte inéditas) que dejaron la dictadura genocida, la traición neoliberal 
del peronismo, la baja en la afiliación sindical, tantas novedades que 
trazan otro mapa. Ponerlo patas arriba sirve si se hacen ese inventario y 
muchos más.
Fue nacional, yrigoyenista y peronista. Fustigó a los gorilas y los peleó 
hasta su último día. Relegado por Perón, como muchos de los aliados del 
gobernador Mercante, se bancó la camiseta en años de resistencia, no fue 
complaciente en el oficialismo, jamás depuso su espíritu crítico y mordaz. 
En una de sus catilinarias más logradas, "Los profetas del odio y la yapa", 
les da duro a los apóstoles de la Revolución Libertadora pero se hace tiempo 
para evocar, sobre el primer peronismo: "Se cometió el error de desplazar y 
hasta hostilizar los sectores de clase media militantes en el movimiento 
permitiendo al adversario unificarla en su contra, máxime cuando se 
lesionaron inútilmente sus preocupaciones éticas y estéticas (..) se quitó 
al militante la sensación de ser, él también, un constructor de la historia 
para convencerlo de que todo esfuerzo espontáneo y toda colaboración 
indicaba indisciplina y ambición". Fue maestro, pionero y valiente en 
señalar la viga en el ojo ajeno, la "falsa conciencia" de amplios sectores 
medios, pero no le faltó audacia para mentar las propias llagas.
Valga, pues, el aniversario de pretexto para mocionar su relectura. Y para 
renegar de la cita ritual o del recetario congelado reemplazándolos por la 
emulación de su método, de su respeto al lector y de su afán de conocer lo 
que se quiere cambiar.
Salute, maestro. 




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