[R-P] Enrique Lacolla El sol del 25
José María
ingcavalleri en yahoo.com.ar
Dom Mayo 25 06:39:48 MDT 2008
El sol del 25
El 25 de mayo de 1810 llovía en Buenos Aires. De ahí
que el título del delicioso gato patriótico de Gardel
y Razzano evoque, cándidamente, algunos de los
equívocos que signaron nuestro surgimiento a la
independencia.
Mañana es 25 de Mayo. Oportunidad para muchos de hacer
alharaca y ponerse la escarapela. Más que para esto,
sin embargo, la fecha –que nos acerca al bicentenario
de la llamada independencia- debería usarse para
escapar de los discursos escolares y para conectar, a
la emoción que nos arropa, con los hechos puntuales
que caracterizaron a ese momento y con la realidad que
nos toca vivir, como argentinos y como
latinoamericanos. Y en este esfuerzo de comprensión
deberíamos ser capaces de entender que en la historia
nada se produce por un corte tajante, sino que sus
diversas etapas se conectan entre sí y que los
factores que precipitan los momentos clave, luego
usados a modo de bisagra entre una época y otra, no
son sino condensaciones de contradicciones acumuladas
a través del tiempo y que estallan de pronto, al
conjuro de circunstancias a veces fortuitas.
En el caso de la América española esa circunstancia
fue la invasión napoleónica a la península ibérica,
que súbitamente cortó a nuestros países de la madre
patria, dando, en las condiciones del predominio
británico en los mares obtenido en la batalla de
Trafalgar, una oportunidad óptima al Imperio entonces
vigente, para centrifugar a Iberoamérica, donde las
burguesías portuarias, contrabandistas, comerciales e
intermediarias, eran proclives al entendimiento con
Inglaterra. Esas burguesías portuarias ambicionaban
las aduanas que recolectaban los frutos del comercio,
y por consiguiente se alzaron y se prendieron a una
opción independentista a la que concebían de acuerdo a
sus propios y estrechos intereses.
Pero, por ese mismo hecho, la peripecia
independentista respecto a España quedaba surcada por
una contradicción insanable. Si las burguesías
portuarias eran las correas de transmisión del interés
extranjero para penetrar en el continente con los
productos de la primera revolución industrial del
mundo capitalista, las económicamente endebles
comunidades del interior resentían tal arrollamiento y
la liquidación de sus industrias artesanales por el
flujo de los artículos importados.
Las guerras de la independencia se inauguraron por lo
tanto casi simultáneamente con la guerra civil. El
fracaso de la expedición de Manuel Belgrano al
Paraguay fue un síntoma en este sentido.
Y por si esto fuera poco, esa guerra se desdoblaba
todavía en una faceta más. Junto a lucha contra los
realistas y la pelea entre Buenos Aires y las
incipientes provincias, había una tercera tendencia,
encarnada sobre todo en figuras de punta como José de
San Martín, Gervasio Artigas y el mismo Manuel
Belgrano, que percibían, en la rebelión democrática de
las masas populares tanto contra el poder de la
progresía ilustrada de la ciudad-puerto como contra
las supervivencias autoritarias del poder colonial,
una opción unificadora para la América morena.
Estos prohombres no concebían a América como
necesariamente desvinculada de España. Si en esta
hubiera triunfado la revolución liberal, que era una
de las facetas que informaba a la lucha contra
Napoleón, la Península podría haber fungido como poder
centrípeto que impidiese la disgregación de
Iberoamérica, integrando sus partes a modo de
provincias de ultramar.
No fue así, desde luego, y no conviene ir demasiado
lejos en el terreno de la especulación, pues esto
podría llevarnos a la divagación pura; pero la
hipótesis que mencionamos es legítima en la medida en
que define lo que pudo ser y no fue, y porque,
curiosamente, a casi doscientos años de aquel
desgarramiento de 1810, subsisten muchos de los
problemas suscitados en esa época y porque muchos de
sus protagonistas no difieren, substancialmente, de
quienes los escenificaron por entonces.
La disputa entre el proyecto de una Argentina
exportadora de bienes no elaborados, más bien pequeña
y de espaldas a América latina, todavía cabe
percibirlo en los roces y choques producidos en estos
días entre las compañías transnacionales y los
productores agrarios, soliviantados por las
retenciones, y un gobierno central que no termina de
definir un proyecto estructural que apunte a
configurar una Argentina integrada a Iberoamérica
desde una posición de fuerza.
El legado en última instancia parasitario de la clase
portuaria, que fundó al país lucrando con el tráfico,
está presente hoy incluso en el carácter elusivo y
oblicuo del actual conflicto, cuyo protagonista
positivo, que debería ser el gobierno, no ha montado
hasta el momento, ni propuesto siquiera, un proyecto
alternativo vaya mucho más allá de lo declamatorio.
Amén de los errores de cálculo cometidos al no saber
diferenciar los sectores que integran el frente
agrario, el problema principal consiste en que no se
implementan las medidas que son necesarias para
arrancar a la Argentina de la situación de
estancamiento que padece en materia de crecimiento
integral.
Un país cuya economía crece casi a tasas chinas, cuyo
pueblo fue escamado por la peripecia neoliberal y que
estaba en predisposición para asumir el combate por la
renacionalización de las empresas privatizadas
fraudulentamente; que querría la implantación de un
reforma fiscal progresiva; que tiene cuadros
intelectuales predispuestos a actuar con patriotismo,
ese pueblo se ve frenado en lo que podría ser su
impulso natural, por la timidez de los estratos
dirigentes. Legalmente elegidos, desde luego, pero que
aun no encuentran la ocasión –o la voluntad- para
precipitar el cambio que sería necesario.
Atención, porque de tanto perder el tiempo es posible
que en algún momento este se acabe. El sofocón del
lock out del campo así lo demuestra. Aquí no se trata
ya de un conflicto entre Buenos Aires y las
provincias; de lo que se trata es de un combate entre
un gobierno hesitante, y un frente agrario de medianos
chacareros provistos de mucho apetito y ningún
proyecto, respaldados de manera solapada por la
Sociedad Rural y las transnacionales, que los usan
como elementos de choque para perpetuar un modelo de
país ya insostenible, que sólo puede medrar devorando
a la tierra y relegando a la gran mayoría de sus
habitantes.
Se hace necesario construir un puente entre el pueblo
y la dirigencia, entre el presente y el pasado, que dé
a este 25 de mayo y a los que se aproximan, el sentido
de una refundación del país. En clave iberoamericana,
desde luego, pues los fermentos unificadores de
Sudamérica bullen más que nunca y encuentran en
figuras como Hugo Chávez y Rafael Correa a quienes
saben encarnarlos.
El intento de la grande América del Sur naufragó en el
siglo XIX por la debilidad o la traición de los
sectores sociales que debieron encarnarlos, y por las
fatalidades objetivas determinadas por la geografía.
Pero hoy estas últimas están dominadas o pueden serlo,
y los dispersos pobladores de un inmenso territorio
casi virgen se han convertido en masas humanas a las
cuales es posible apelar. Cuba y Venezuela así lo
demuestran, como lo demostraron en el pasado las
experiencias populistas del varguismo en Brasil y del
primer peronismo en Argentina.
La conciencia histórica se forja lentamente. Pero en
algún momento ha de expresarse con vehemencia y
consecuencia. Esta semana se echaron los fundamentos
de la Unión de Naciones del Sur (Unasur), que viene a
tratar de superar el escaso o nulo desarrollo que
tuviera la Comunidad Sudamericana de Naciones, fundada
en 2003. Los proyectos conjuntos, industriales y de
defensa, que pueden surgir en la región a través de la
labor conjunta de los cuadros estatales, pueden ser el
factor determinante de un vuelco hacia un progreso
autosostenido que Sudamérica necesita mucho en esta
etapa de la crisis mundial.
Que este planteo sea una fórmula retórica más, o un
escalón para subir más alto, dependerá no sólo de la
lucidez de nuestros grupos dirigentes, sino de la
energía con que sepamos exigírsela.
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