[R-P] [E. Lacolla] El Sol del 25

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Mayo 24 08:52:42 MDT 2008


El sol del 25
por Enrique Lacolla

/El 25 de mayo de 1810 llovía en Buenos Aires. De ahí que el título
del delicioso gato patriótico de Gardel y Razzano evoque,
cándidamente, algunos de los equívocos que signaron nuestro
surgimiento a la independencia./

Mañana es 25 de Mayo. Oportunidad para muchos de hacer alharaca y
ponerse la escarapela. Más que para esto, sin embargo, la fecha –que
nos acerca al bicentenario de la llamada independencia- debería usarse
para escapar de los discursos escolares y para conectar, a la emoción
que nos arropa, con los hechos puntuales que caracterizaron a ese
momento y con la realidad que nos toca vivir, como argentinos y como
latinoamericanos. Y en este esfuerzo de comprensión deberíamos ser
capaces de entender que en la historia nada se produce por un corte
tajante, sino que sus diversas etapas se conectan entre sí y que los
factores que precipitan los momentos clave, luego usados a modo de
bisagra entre una época y otra, no son sino condensaciones de
contradicciones acumuladas a través del tiempo y que estallan de
pronto, al conjuro de circunstancias a veces fortuitas.

En el caso de la América española esa circunstancia fue la invasión
napoleónica a la península ibérica, que súbitamente cortó a nuestros
países de la madre patria, dando, en las condiciones del predominio
británico en los mares obtenido en la batalla de Trafalgar, una
oportunidad óptima al Imperio entonces vigente para centrifugar a
Iberoamérica, donde las burguesías portuarias, contrabandistas,
comerciales e intermediarias, eran proclives al entendimiento con
Inglaterra. Esas burguesías portuarias ambicionaban las aduanas que
recolectaban los frutos del comercio, y por consiguiente se alzaron y
se prendieron a una opción independentista a la que concebían de
acuerdo a sus propios y estrechos intereses.

Pero, por ese mismo hecho, la peripecia independentista respecto a
España quedaba surcada por una contradicción insanable. Si las
burguesías portuarias eran las correas de transmisión del interés
extranjero para penetrar en el continente con los productos de la
primera revolución industrial del mundo capitalista, las
económicamente endebles comunidades del interior resentían tal
arrollamiento y la liquidación de sus industrias artesanales por el
flujo de los artículos importados.

Las guerras de la independencia se inauguraron por lo tanto casi
simultáneamente con la guerra civil. El fracaso de la expedición de
Manuel Belgrano al Paraguay fue un síntoma en este sentido.

Y por si esto fuera poco, esa guerra se desdoblaba todavía en una
faceta más. Junto a la lucha contra los realistas y la pelea entre
Buenos Aires y las incipientes provincias, había una tercera
tendencia, encarnada sobre todo en figuras de punta como José de San
Martín, Gervasio Artigas y el mismo Manuel Belgrano, que percibían, en
la rebelión democrática de las masas populares tanto contra el poder
de la progresía ilustrada de la ciudad-puerto como contra las
supervivencias autoritarias del poder colonial, una opción unificadora
para la América morena.

Estos prohombres no concebían a América como necesariamente
desvinculada de España. Si en ésta hubiera triunfado la revolución
liberal, que era una de las facetas que informaba a la lucha contra
Napoleón, la Península podría haber fungido como poder centrípeto que
impidiese la disgregación de Iberoamérica, integrando sus partes a
modo de provincias de ultramar.

No fue así, desde luego, y no conviene ir demasiado lejos en el
terreno de la especulación, pues esto podría llevarnos a la divagación
pura; pero la hipótesis que mencionamos es legítima en la medida en
que define lo que pudo ser y no fue, y porque, curiosamente, a casi
doscientos años de aquel desgarramiento de 1810, subsisten muchos de
los problemas suscitados en esa época y porque muchos de sus
protagonistas no difieren, substancialmente, de quienes los
escenificaron por entonces.

La disputa entre el proyecto de una Argentina exportadora de bienes no
elaborados, más bien pequeña y de espaldas a América latina, todavía
cabe percibirla en los roces y choques producidos en estos días entre
las compañías transnacionales y los productores agrarios,
soliviantados por las retenciones, y un gobierno central que no
termina de definir un proyecto estructural que apunte a configurar una
Argentina integrada a Iberoamérica desde una posición de fuerza.

El legado en última instancia parasitario de la clase portuaria, que
fundó al país lucrando con el tráfico, está presente hoy incluso en el
carácter elusivo y oblicuo del actual conflicto, cuyo protagonista
positivo, que debería ser el gobierno, no ha montado hasta el momento,
ni propuesto siquiera, un proyecto alternativo vaya mucho más allá de
lo declamatorio. Amén de los errores de cálculo cometidos al no saber
diferenciar los sectores que integran el frente agrario, el problema
principal consiste en que no se implementan las medidas que son
necesarias para arrancar a la Argentina de la situación de
estancamiento que padece en materia de crecimiento integral.

Un país cuya economía crece casi a tasas chinas, cuyo pueblo fue
escamado por la peripecia neoliberal y que estaba en predisposición
para asumir el combate por la renacionalización de las empresas
privatizadas fraudulentamente; que querría la implantación de un
reforma fiscal progresiva; que tiene cuadros intelectuales
predispuestos a actuar con patriotismo, ese pueblo se ve frenado en lo
que podría ser su impulso natural, por la timidez de los estratos
dirigentes. Legalmente elegidos, desde luego, pero que aun no
encuentran la ocasión –o la voluntad- para precipitar el cambio que
sería necesario.

Atención, porque de tanto perder el tiempo es posible que en algún
momento este se acabe. El sofocón del lock out del campo así lo
demuestra. Aquí no se trata ya de un conflicto entre Buenos Aires y
las provincias; de lo que se trata es de un combate entre un gobierno
hesitante, y un frente agrario de medianos chacareros provistos de
mucho apetito y ningún proyecto, respaldados de manera solapada por la
Sociedad Rural y las transnacionales, que los usan como elementos de
choque para perpetuar un modelo de país ya insostenible, que sólo
puede medrar devorando a la tierra y relegando a la gran mayoría de
sus habitantes.

Se hace necesario construir un puente entre el pueblo y la dirigencia,
entre el presente y el pasado, que dé a este 25 de mayo y a los que se
aproximan, el sentido de una refundación del país. En clave
iberoamericana, desde luego, pues los fermentos unificadores de
Sudamérica bullen más que nunca y encuentran en figuras como Hugo
Chávez y Rafael Correa a quienes saben encarnarlos.

El intento de la grande América del Sur naufragó en el siglo XIX por
la debilidad o la traición de los sectores sociales que debieron
encarnarlos, y por las fatalidades objetivas determinadas por la
geografía. Pero hoy estas últimas están dominadas o pueden serlo, y
los dispersos pobladores de un inmenso territorio casi virgen se han
convertido en masas humanas a las cuales es posible apelar. Cuba y
Venezuela así lo demuestran, como lo demostraron en el pasado las
experiencias populistas del varguismo en Brasil y del primer peronismo
en Argentina.

La conciencia histórica se forja lentamente. Pero en algún momento ha
de expresarse con vehemencia y consecuencia. Esta semana se echaron
los fundamentos de la Unión de Naciones del Sur (Unasur), que viene a
tratar de superar el escaso o nulo desarrollo que tuviera la Comunidad
Sudamericana de Naciones, fundada en 2003. Los proyectos conjuntos,
industriales y de defensa, que pueden surgir en la región a través de
la labor conjunta de los cuadros estatales, pueden ser el factor
determinante de un vuelco hacia un progreso autosostenido que
Sudamérica necesita mucho en esta etapa de la crisis mundial.

Que este planteo sea una fórmula retórica más, o un escalón para subir
más alto, dependerá no sólo de la lucidez de nuestros grupos
dirigentes, sino de la energía con que sepamos exigírsela.


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Néstor Gorojovsky
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