[R-P] [E. Lacolla] Eurocentrismo versus identidad nacional
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Mayo 15 09:33:50 MDT 2008
Eurocentrismo versus identidad nacional
por Enrique Lacolla
/De una vez por todas, es necesario superar la costumbre de mirarnos
con ojos ajenos y aprender a evaluar al mundo desde la perspectiva de
nuestra propia identidad./
Días pasados, en una de las emisiones en castellano de la Deutsche
Welle, la radio y televisión alemana, hubo oportunidad de escuchar a
un periodista de El País, el órgano más prestigiado de la prensa
española, sintetizar su perspectiva pesimista sobre América latina.
Este buen señor, un gordito con barbita en punta, soltó, con ligereza,
la hipótesis de que las tensiones entre los países de la región
–presumimos que las originadas entre Venezuela, Colombia y Ecuador-
eran el fruto de que Estados Unidos, muy ocupado por sus proyectos en
el Medio Oriente, había disminuido la atención preferencial que en el
pasado había dado a Sudamérica. En otras palabras, que al alejarse el
maestro, los alumnos se entregaban a la indisciplina y a pelearse
entre sí.
Es difícil resumir, en tan pocos conceptos, la arrogancia de la
concepción eurocéntrica del mundo y la ignorancia, el paternalismo y
la superficialidad con que algunos de sus comunicadores entienden
nuestra realidad. El dato es doblemente hiriente por provenir de un
periodista español, que se supone debería tener una comprensión más
íntima de los hechos que aborda. Pero no hay motivo para sorprenderse:
más allá del hecho de representar a un órgano de prensa expresivo de
los intereses de la neoburguesía española criada al calor del
franquismo (al que tiene el tupé de condenar, con una ingratitud
ejemplar), algunos de sus exponentes padecen un complejo de
superioridad que se arrastra desde la época de la colonia y al que
jamás se ocuparon de analizar en sus componentes. Nuevos ricos, creen
que los Pirineos han sido abolidos, que se han separado de manera
definitiva de los elementos de carácter que diferenciaban a España de
Europa y adolecen del rasgo que en primer término suele caracterizar a
los recién advenidos a la riqueza: el esnobismo, que los mueve a
despreciar a quienes antes veían como sus congéneres. Para este caso,
a los países que antes sentían, o pretendían sentir, como
desprendimientos de su propio cuerpo, como eran los hispanoamericanos.
En la perspectiva del buen señor al que nos referimos, hay una
implícita relación entre el rol que él aduce desempeñan los Estados
Unidos respecto de América latina, y la concepción absolutista de la
corte de Fernando VII, que de alguna manera entendía el mantenimiento
de sus privilegios en parte sur del hemisferio occidental como
garantía de la unidad de este.
Una historia de desgarramientos
La historia es mucho más compleja. Y dolorosa, por cierto. Pues el
desgajamiento de Hispanoamérica del cuerpo de la madre patria se dio
en un contexto que dividía en dos a ambas. Fue el fracaso de la
revolución liberal española y de la posibilidad de que ese movimiento,
de imponerse, hubiese dado una representación igualitaria a las que
debían considerarse sus provincias de ultramar, lo que terminó de
fragmentar a estas en un damero incomunicado y centrifugado por la
aspiración británica, que apuntaba a romper cualquier tipo de
asociación regional en aras de la libertad de comercio y del
privilegio que esta consentía a las exportaciones que generaba la
primera revolución industrial de la era capitalista.
El fracaso de lo que hubiera podido ser un bloque regional de gran
peso estuvo determinado por una compleja conjunción de factores: la
existencia de clases comerciales portuarias que estaban decididas a
lucrar con la importación de manufacturas y la renta de la aduana, a
expensas del país interior y de sus aun frágiles industrias; el escaso
número de pobladores, la dispersión de estos y la existencia de
grandes distancias y obstáculos orográficos entre las zonas que
contribuían a incomunicarlas entre sí.
Pero los elementos determinantes, y con mucho, fueron la acción
británica y la inexistencia, en España, de una burguesía o de al menos
una casta militar capaz de ejercer el poder a fin de lidiar de manera
eficaz con Inglaterra y de cumplir al mismo tiempo con las reformas
democráticas que hubieran permitido conservar una suerte de unión
federativa con el conjunto de países iberoamericanos, hasta que estos
alcanzasen la mayoría de edad y pudieran valerse por sí mismos.
Desde luego, las hipótesis sobre lo que pudo ser y no fue no son sino
hipótesis. Lo que cuenta es lo que de veras ocurrió y la forma en que
ese pasado desgarrado sigue gravitando sobre el presente. La
fragmentación latinoamericana fue obra del imperialismo y de sus
secuaces locales. Y de la decisión de estas fuerzas en el sentido de
mantener las coordenadas económicas y sociales que favorecieran su
inicial situación de privilegio, más allá de los cambios que arrastra
la corriente de la historia.
Estados Unidos, o más bien su clase dirigente, siempre receló de la
influencia inglesa y fue así que lanzó la doctrina Monroe, esa que
proclamaba que América era de los americanos, anfibológica expresión
cuya aparente generosidad ocultaba un sentido mucho más mezquino:
"América es para los americanos… del Norte".
La influencia estadounidense fue decisiva desde un principio sobre
México, Centroamérica y el Caribe, y se proyectó luego, poco a poco,
al conjunto del hemisferio occidental. Después de la segunda guerra
mundial la decadencia de Gran Bretaña y su asociación estrecha y
subordinada con Washington, hizo que Norteamérica campara por sus
fueros en todo el continente y fuese el factor decisivo que tiraba los
hilos de una diplomacia que practicaba una abierta injerencia en los
asuntos de nuestros países, cuidando siempre de prevenir la emergencia
de gobiernos nacional-populares, o de abatirlos cuando no podían
desplazarlos por medios más o menos legales.
¿Hace falta recordar el colgamiento de Gualberto Villarroel en
Bolivia, el golpe contra Jacobo Arbenz en Guatemala, el suicidio
forzado de Getúlio Vargas en Brasil, el derrocamiento del peronismo en
la Argentina, el bloqueo a Cuba, la liquidación del gobierno de la
Unidad Popular en Chile y las invasiones a Santo Domingo y Panamá,
para percibir que el rol del Gran Hermano del Norte no se ha asemejado
nunca al de un tutor benévolo –como pretende el periodista español de
marras- sino más bien al de un guardiacárcel encargado de disciplinar
a una población díscola?
Los voceros del establishment argentino, propagandistas del modelo
exportador de commodities y al principio vinculados de forma visceral
con Inglaterra, no vacilaron en desplazar su adhesión de Londres a
Washington. Es más, convirtieron al no cumplimiento de este traspaso
en el signo indicador de una decadencia argentina. Mariano Grondona no
se ha cansado de señalarlo: fue la supuesta incapacidad de los
gobiernos de Ramón S. Castillo y del régimen de facto nacido de la
revolución del 4 de junio de 1943, y la sucesiva pretensión autárquica
prohijada por el primer peronismo, lo que nos frenó en un viraje que
debía habernos vinculado con la potencia predominante del primer
mundo, paso que podría habernos acarreado beneficios y desarrollo.
La formulación explica por sí sola la ecuación mental a partir de la
cual se mueve el núcleo duro de la oligarquía. No se concibe a sí
mismo fuera de una conexión dependiente. Esos presuntos beneficios
hubieran tenido por precio –cosa que el comentador se guarda bien de
manifestar- un inmovilismo social y un seguidismo en materia de
política exterior.
Estos fueron finalmente realizados por la dictadura y ratificados por
el gobierno de Menem, a un costo devastador para el pueblo argentino.
Desde 1943 a 1976 Argentina había padecido múltiples altibajos, pero
mal que bien había conseguido mantener una postura resistente, al
menos en los sectores sociales más populares, al modelo exportador que
había configurado la oligarquía. Pero la aventura imbécil, criminal e
involuntariamente concurrente, de la subversión y la guerra sucia, dio
al traste con el proyecto del país industrial y abierto a América
latina. El modelo neoliberal, especulativo y exportador de productos
agropecuarios y minerales que lo suplantó aun sigue vigente, a pesar
de los tibios intentos de activación industrial, de renacionalización
del país y de apertura a una política regional que tiene a Brasil y
Venezuela como elementos impulsores. Esto es muy evidente por estos
días, cuando asistimos a la sedición de los grandes y medianos
empresarios del campo, que no vacilan en sitiar a las ciudades para
disfrutar de su descomunal renta, sin que el gobierno al que se
enfrentan se atreva a contrastarlos con la eficacia que es necesaria.
Un ausentismo que no es tal
Así, pues, no es el ausentismo de Estados Unidos del escenario
latinoamericano lo que pacifica a la región. Al contrario, la Unión
estuvo casi siempre en la base de la eclosión de las tensiones
internas, del armamentismo y de los conflictos interregionales. Fueron
las manos de Estados Unidos e Inglaterra las que fomentaron la guerra
del Chaco entre Paraguay y Bolivia desde 1932 hasta 1935; y es la mano
de la Unión la que está hoy detrás del fogoneo de las tensiones entre
Colombia y Venezuela, por ejemplo. Tras intentar derrocar en dos
oportunidades al gobierno democrático de Hugo Chávez, primero a través
del golpe militar de abril del 2001 y luego con la "huelga" de los
cuadros administrativos de PDVSA, la empresa nacional de petróleo de
Venezuela, lanzó luego un globo de ensayo, el asesinato puntual del
vicecomandante de las Farc que tenía su refugio en la zona de Ecuador
colindante con la frontera colombiana. Y a partir de allí y del
hallazgo de una computadora curiosamente invulnerable a las bombas de
250 kilos que acabaron con el cuartel guerrillero, se han comenzado a
producir documentos que probarían los vínculos entre esa organización
armada y el gobierno de Caracas. A esto se suma la activación de la IV
Flota del Caribe y la campaña de prensa que acusa a Chávez de armarse
fuera de proporción y de pretender inmiscuirse en los asuntos internos
de otros países.
Que la hiperpotencia agresiva y provista de un presupuesto militar que
excede los 500 mil millones de dólares al año y que tiene cientos de
miles de efectivos desperdigados en alrededor de 750 instalaciones
militares a lo largo y a lo ancho del planeta, que esa superpotencia,
digo, se rasgue las vestiduras ante la decisión venezolana de
proveerse de armas para su autodefensa, en el único mercado que puede
ofrecérselas, el ruso, sería grotesco si no fuese siniestro.
Nada de esto parece perceptible para comunicadores como nuestro
periodista de El País. Diez buques, incluyendo a un portaaviones y a
un submarino nuclear, no pueden contrabalancear, para ellos, la sombra
que proyectaría la inagotable laptop del segundo jefe de las Farc, el
comandante Raúl Reyes, primera víctima de una campaña de asesinatos
selectivos similar a la que nos tienen acostumbrados los servicios
secretos israelíes en el Medio Oriente.
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Néstor Gorojovsky
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