[R-P] [Pepe Muñoz Azpiri] "La senda del samurai"
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Mayo 14 11:02:08 MDT 2008
"La senda del Samurai"
(Apuntes sobre los orígenes del Japón moderno)
por José Luis Muñoz Azpiri (h)
A la memoria de Moisés Mauricio Prelooker
Es mejor prender una vela que maldecir las tinieblas
Confucio
Desde hace ya muchos años constituye un lugar común entre los
"analistas de café" el célebre apotegma de un premio Nóbel de economía
que sentenció: "Existen cuatro clases de países en el mundo:
Desarrollados, subdesarrollados, Japón y la Argentina", dando a
entender que un país pródigo en recursos materiales y humanos no tiene
nada y que otro, sometido a las adversidades del medio geográfico y a
las trágicas vicisitudes de su historia lo tiene todo.
Dicha frase ha pasado a integrar la larga lista de sentencias
autodenigratorias con las cuales la "intelligentzia" y sus voceros
que, pontifican respecto a la "nociva" experiencia histórica de los
protagonismos populares y nos estigmatizan como representantes del
pensamiento arcaico o resabios de ideologías perimidas y arrasadas por
los vientos de una discutible globalización. Omiten destacar que el
Japón pudo convertirse en un país moderno porque fue atípico, porque
se aferró a sus instituciones tradicionales, porque mantuvo en forma
inquebrantable su propia personalidad nacional.
El desarrollo japonés se caracterizó por un elevadísimo ritmo de
acumulación, sobre todo de capital productivo. La reinversión llegó a
la tercera parte del producto en el largo período de prosperidad que
siguió a la Segunda Guerra Mundial. El capitalismo japonés fue
fundamentalmente austero, no solo en los estratos superiores, sino en
toda la población
Los gastos militares, que antes constituían el 7% del producto, se
redujeron a niveles insignificantes a partir del gobierno del general
Mc Arthur. Por otra parte, el mismo gobierno japonés impuso una
reforma agraria más avanzada que la que habían deseado algunos
reformadores. El desmantelamiento de las fuerzas armadas liberó a
muchos técnicos, que iniciaron modestas empresas que después
alcanzaron dimensiones gigantescas. El gobierno y la iniciativa
privada incorporaron masivamente la tecnología de Occidente, sobre
todo por el envío sistemático de gente a formarse en el exterior. Pero
no renegó de sus propios valores ni abjuró de su historia y su
tradición. Solo se admitieron las trasnacionales cuando el Japón pudo
tenerlas y competir con ellas.
Ahora bien, ¿A qué se debe la austeridad del capitalismo japonés?,
¿Algunos pueblos están predestinados a la acumulación previsora y
otros al derroche por su carácter nacional o por un determinismo
genético?, ¿Existe algún fatalismo histórico que lleva a algunas
naciones a la prosperidad y a otras a la pobreza y a la dependencia?
*Indagando el pasado
En 1543, un barco comercial portugués que iba rumbo a China naufragó
en alta mar y después de varias semanas de estar a la deriva encalló
en la isla Tanegashima en el extremo sur de Kyushu. Los tripulantes
fueron rescatados por los isleños, quienes repararon el buque
portugués para que pudieran volver a su patria. Los portugueses, muy
agradecidos, hicieron una demostración de "tubos negros que lanzaban
fuego estruendoso y simultáneamente daban al blanco con una distancia
de más de setenta metros". El señor feudal de Tanegashima se asombró
por la precisión con que alcanzaron el blanco las balas y compró dos
ejemplares a cambio de una cuantiosa cantidad de plata. Fueron los
primeros fusiles que se conocieron en Japón.
Unos años después, los portugueses volvieron a Japón trayendo muchos
fusiles tratando de venderlos bien; pero el precio que lograron no
llegaba al nivel esperado. Después de varios días de frustración, los
portugueses descubrieron que ya en el mercado japonés estaban en venta
gran cantidad de fusiles fabricados por los japoneses. Resultó que el
señor de Tanegashima (Tokitaka, 1528 – 1579) al comprar los dos
fusiles, ordenó a su súbdito, Kinbei Yaita, encontrar la manera
efectiva de reproducirlos. Kinbei desarmó los fusiles y con la ayuda
profesional de los herreros de espadas logró dominar la metodología
para fabricarlos.
La técnica de manufactura de fusiles fue transmitida a Sakai (en
aquella época era el centro comercial "industrial" de Japón. Se ubica
al lado de Osaka). Los herreros especializados en producir las famosas
espadas japonesas dominaban los secretos de cómo forjar el acero y dar
tratamiento térmico más adecuado para aumentar la resistencia del
metal. Tenían sus talleres alrededor de Sakai y empezaron a
manufacturar los fusiles con mejores resultados que los originales en
cuanto a la calidad de la puntería y resistencia al calor.
Al principio, los tradicionales señores feudales no reconocieron el
verdadero valor de los fusiles. Los consideraban armas cobardes e
indignas de un samurai y rechazaron darles un lugar merecido en la
estrategia militar. Pero la historia de Japón fue drásticamente
modificada a partir de la batalla de Nagashino en 1575, cuyos
protagonistas no fueron famosos caballeros con armaduras, lanzas y
espadas, sino desconocidos fusileros.
Este episodio, y posteriores, se encuentra en el encantador e
imprescindible libro de Kanji Kikuchi: "El origen del poder. Historia
de una nación llamada Japón" (Sudamericana. 1993) de obligatoria
lectura para quien quiera aproximarse al espíritu nipón. Con este
incidente, se inicia una lucha de cuatro siglos contra las tentativas
de los "bárbaros del este", es decir, los occidentales.
*Una sociedad jerárquica
Hasta 1867 existía en Japón una estructura de poder dual. El
emperador, con residencia en Kyoto, resumía la autoridad religiosa y
la santificación de la jerarquía social, pues otorgaba títulos y
poderes nobiliarios, pero carecía de funciones políticas reales. El
verdadero poder estaba en manos de los grandes señores feudales, los
daimyos, entre los cuales descolló Tokugawa, quien dio su nombre a
todo este período. El emperador era un personaje sin poder real,
relegado a un papel simbólico, de carácter esencialmente religioso. El
verdadero jefe de gobierno era el shogun, equivalente al chambelán de
palacio de los francos, que ejercía un cargo igualmente hereditario.
Al servicio de los daimyos estaba la casta militar de los samurai y,
en la base, los labradores (no), los artesanos (ko), los comerciantes
(sho) y los desclasados (hinin, "no humanos"); todos despreciados y
oprimidos al no ejercer la actividad guerrera, y sujetos a
disposiciones rigurosas sobre vestimenta, prohibición de montar a
caballo, etc.
Los daimyos y sus guerreros profesionales, los samurai, combinaban una
difusa lealtad al emperador y a las antiguas instituciones con una
despiadada explotación de los campesinos, cuya situación era tan
desesperante que los inducía con frecuencia al mabiki (infanticidio)
con el objeto de que los niños sobrevivientes pudieran seguir
alimentándose.
Los occidentales intentaron repetidas veces poner el pie en el Japón ,
aunque los shogun –en un intento desesperado de cortar todo lazo con
Occidente– llegaron a prohibir la construcción de barcos oceánicos y a
castigar con la pena de muerte el arribo de extranjeros. Pero todo
cambió con la penetración imperialista: en 1853, cuatro barcos
pintados de negro dirigidos por el Comodoro norteamericano M. C. Perry
(1794-1858) aparecieron el la bahía de Tokio (Edo de entonces) y
exigieron la apertura del Japón. ¿La razón? Aunque parezca increíble:
las ballenas.
En aquel entonces, los puertos japoneses se necesitaban como bases de
reabastecimiento para los buques balleneros norteamericanos. Los
estadounidenses, conquistando la frontera oeste, llegaron a
California. La población norteamericana estaba en franca expansión y
la demanda de la grasa de ballena, una suerte de petróleo de la época,
como aceite para las lámparas y la materia prima para fabricar
alimentos y jabones, crecía cada vez más. Al principio, los
norteamericanos cazaban ballenas en el Océano Atlántico, pero al
exterminarlas (los cachalotes del Atlántico), se trasladaron al
Pacifico y pronto se convirtieron en los dueños del Océano Pacífico
del Norte. Los buques balleneros salían de su base en California y
tomaban a las islas Hawai como base de reabastecimiento. Según la
estadística del año 1846, los buques balleneros norteamericanos en el
Océano Pacífico sumaban 736 y la producción anual de aceite de ballena
llegó a 27.000 toneladas.
Estos buques balleneros persiguiendo cachalotes navegaron desde el mar
de Behring hasta la costa norte del Japón. Entrando al siglo XIX, los
buques balleneros norteamericanos aparecieron varias veces en la costa
japonesa, pidiendo suministros de agua y comida, además de
combustible. Porque la autonomía de esos balleneros que navegaban a
vapor no era suficiente para un viaje que demandara más de cinco
meses. Conseguir la base de reabastecimiento en Japón, o no, era de
vital importancia para mejorar la productividad de estos buques
factorías. Sin embargo, las autoridades locales de las pequeñas aldeas
de pescadores del Japón automáticamente rechazaron a los buques
balleneros y ni siquiera les permitieron desembarcar. Para ellos no
hubo ningún motivo de discusión al cumplir la orden de la Carta Magna
celosamente respetada durante siglos por sus antepasados. A nadie le
importaba el por qué del aislamiento. No tratar con los extranjeros
era simplemente una regla de juego que había que cumplir so pena de
muerte, y punto. La ley de aislamiento ya formaba parte del ser
japonés.1
El Comodoro Perry volvió a la bahía de Edo en el año siguiente (1854),
esta vez con siete negros buques de guerra, y llegó hasta la distancia
adecuada para el alcance de sus modernos cañones que apuntaban al
castillo y a la ciudad de Edo, y exigió de nuevo la apertura. El
Shogunato de Tokugawa, completamente asustado, firmó el acuerdo de
amistad con Norteamérica, concediendo dos puertos como base de
reabastecimiento para sus barcos: Shimeda y Hakodate.
De esta manera, el aislamiento en que el Japón vivía desde el comienzo
del siglo XVII fue levantado a la fuerza por la escuadra de Perry. Ese
año arribó al Japón el primer Cónsul General de Norteamérica, Mr.
Harris (1804-78). La misión del señor Harris era lograr la firma del
Tratado de Libre Comercio bilateral con el Gobierno del Japón.
Inmediatamente lograron concesiones similares Inglaterra, Holanda,
Francia y Rusia.
Esto contribuyó a desprestigiar al Shogun, y el Emperador, apoyado por
una parte de la nobleza, de los samurai que controlaban la flota y el
ejército, y de algunas poderosas familias de banqueros, depuso al
Shogun, destruyó el poder territorial de la nobleza feudal e impuso un
régimen centralizado: un ministerio de quince miembros, fuerzas
armadas unificadas, impuestos, administración y justicia nacionales.
El grito que surgió en Japón, sin embargo, fue Isshin: volvamos al
pasado, recobremos lo perdido. Era lo opuesto a una actitud
revolucionaria. Ni siquiera era progresiva. Unida al grito de
"Restauremos al Emperador", surgió el de "Arrojemos a los bárbaros",
igualmente popular. La nación apoyaba el programa de volver a la edad
dorada del aislamiento, y los pocos dirigentes que vieron cuán
imposible era seguir semejante camino fueron asesinados por sus
esfuerzos de renovación.
Con la misma terca determinación con que se habían negado durante
cuatro siglos a todo contacto con los extranjeros (salvo la curiosa
excepción de los holandeses, que eran tolerados, pero confinados en
una isla artificial) los japoneses se lanzaron a la aventura de vencer
a los occidentales con sus propias armas. Se acusó al shogun – uno de
cuyos títulos era el de "generalísimo dominador de los bárbaros"– de
ser incapaz de impedir la humillación nacional, se le obligó a
renunciar y se desencadenó un tsunami bautizado como "Restauración
Meiji".
* La Restauración Meiji
Desde 1867 ocupaba el trono imperial un muchacho de quince años,
Mutsuhito, quien adoptó en 1868 para designar su reinado el nombre del
año en curso, Meiji ("gobierno ilustrado"). Los eruditos del culto
nacional (Shinto) habían ganado mucho apoyo para su concepción de que
el Japón era un país superior, por contar con una casa imperial
fundada por la Diosa del Sol. Estas enseñanzas –que constituían en
realidad la doctrina nacional japonesa– fueron rescatadas por los
grandes señores feudales del sudoeste del Japón, que querían debilitar
la institución del Shogunato para imponer su propia autoridad.
Cuando el Estado se configura como tal, a partir de la acumulación
mercantil, elementos como la religión (transformación cultural del
animismo, según algunos antropólogos), quedan incorporados al orden
estatal como regulador del consenso.
Se levantó así la bandera del "retorno a lo antiguo" (fukkó) y los
jóvenes samurai, violentamente antiextranjeros –que se habían
vinculado extensamente entre si a través de años de entrenamiento en
las academias de la espada, y que a menudo eran pobres– se plegaron al
bando de los daimyos del sur, y derrocaron al último shogun,
entregando el poder al emperador adolescente, en cuyo nombre se había
realizado todo el movimiento.
En 1868 los principales señores feudales fueron convocados al palacio
imperial de Kyoto, donde se proclamó la restauración del poder
imperial. Al año siguiente la capital fue trasladada a Tokio, y se
inició la construcción del Japón moderno.
Para 1889 se había creado una monarquía constitucional fuertemente
oligárquica, con dos cámaras: la de los pares, vitalicios, designados
por el emperador y elegidos por los grandes propietarios, y la de
diputados, elegida por los habitantes que pagan censo (500.000 sobre
50 millones que componían la población total). El apoyo directo del
régimen lo constituía la casta militar.
Tales cambios no modificaron la situación del jornalero agrícola,
ferozmente explotado, y fueron acompañados por el empobrecimiento
brutal de los pequeños campesinos propietarios, que debieron vender e
hipotecar sus tierras. Tampoco se evitaron totalmente las tensiones
entre la casta militar y la nueva burguesía. Pero la estructura
samurai, actuando sobre el capitalismo existente y el poder
fuertemente centralizado, dio origen a un desarrollo aceleradísimo,
que se benefició del éxodo de los campesinos arruinados y de los
obreros agrícolas, empujados por la miseria hacia las ciudades, donde
formaron un enorme ejército de mano de obra barata.
La centralización del poder permitió que, en lugar del tradicional
laissez-faire de los capitalismos occidentales, se instituyera un
fuerte capitalismo de Estado, que mediante la asociación con la nueva
oligarquía, dio origen a una rápida trustificación, tanto en la banca
como en la industria. El Estado creó y modernizó la industria del
hierro, del acero y las empresas textiles, cediéndolas luego a los
particulares. Se crearon instituciones bancarias a imitación de las de
Estados Unidos, y los comerciantes japoneses, apoyados por el Estado,
desplazaron a los extranjeros.
El período llamado Meiji significó así la estructuración en pocos años
de una sociedad capitalista centralizada, monopólica, militarista, que
producía a muy bajos costos debido a lo económico de la mano de obra.
Estaban dadas todas las condiciones para que Japón se lanzara a la
expansión imperialista y territorial, en conflicto con las otras
potencias, y en primer término con Rusia, con la que debía dirimir la
hegemonía sobre la costa asiática del Pacífico.2
* Pilares de la transformación
Los líderes revolucionario-tradicionalistas estaban convencidos que la
fuerza de los países occidentales provenía de tres factores:
1) el constitucionalismo, que originaba la unidad nacional.
2) La industrialización, que proporcionaba fuerza material
3) Un ejército bien preparado. La nueva consigna fue: "país rico,
armas fuertes" (fukoku-kyohei).
Basados en estas premisas pusieron en marcha drásticas reformas que
significaron en poco tiempo la liquidación de toda la estructura de la
sociedad feudal. En primer término se obligó a los grandes daimyos a
revertir sus propiedades al trono, que era considerado titular de toda
la tierra japonesa. Los señores feudales, en un primera etapa, fueron
nombrados gobernadores de sus antiguos feudos.
Pero eso duró poco. En 1871 los gobernadores-daimyos fueron convocados
a Tokio, se les entregó un título de nobleza, a la usanza occidental,
y se les quitaron sus cargos, al mismo tiempo que se declaraba abolido
oficialmente el feudalismo. Los 300 feudos fueron convertidos en 72
prefecturas y tres distritos metropolitanos.
No menos decidida fue la campaña contra la estratificación social que
había predominado durante la época feudal. Era fácil otorgar títulos y
generosas pensiones a los grandes señores feudales, pero resultaba
mucho más difícil reubicar a más de dos millones de samurai y demás
dependientes, sin dinero y sin tierras. A éstos se les concedió una
pensión igual a una parte de su antiguo estipendio, y cuando la
erogación resultó una carga demasiado pesada para el erario, se los
sustituyó por bonos del tesoro, inconvertibles y de bajo interés. Se
les prohibió también portar espada y seguir exhibiendo su
característica coleta.
Pronto las pensiones y bonos se esfumaron, pues la inflación devoró
gran parte de su valor. Por otra parte, los samurai carecían de
capacidad para adaptarse a las nuevas condiciones imperantes. En 1873,
el mazazo final: se instituyó la conscripción obligatoria, con lo cual
los samurai perdieron su tradicional monopolio del servicio militar.
Hubo motines, por supuesto, pero fueron sofocados. El más célebre fue
el de Saigo.
* Caballos desbocados
Después de la Restauración Meiji, los samurai que pelearon para
derrocar el régimen feudal advirtieron que habían sido utilizados y
que su premio había sido la desocupación y la pérdida de todos sus
privilegios. Al hecho de no poder portar katana ni la indumentaria que
los había caracterizado durante siglos se sumaba la obligación de
tener que trasladarse a Tokio (ex Edo) con el consiguiente abandono de
sus castillos tradicionales y la separación de sus súbditos. Era el
precio a pagar por la modernización, a la que consideraban una
traición a los valores tradicionales y nacionales y una imitación
servil de todo lo extranjero.
Takamori Saigo, quien fuera Comandante Supremo de las Fuerzas Unidas
Reales que derrotaron al Shogunato, surgió por propia gravitación como
líder de los descontentos.
Por esa época, al igual que la actual, Rusia porfiaba en lograr
puertos cálidos en el sur, que no se congelaran en el invierno (Tal
fue una de las principales causas, sino la principal, de la invasión a
Afganistán), en algún lugar en la Bahía del Mar Amarillo o en la costa
coreana. Por ello el Imperio Ruso se interesaba tanto en Manchuria o
en la Península Coreana a las que Japón consideraba vitales para su
defensa. Saigo intentó resolver militarmente los dos frentes
aprovechando la energía latente de los samurai ora desempleados y
planeó la invasión de Corea. El rechazo a sus planes detonó la
rebelión de Satsuma de 1877.
Fue la última de las grandes protestas armadas contra las reformas del
nuevo gobierno Meiji, y sobre todo contra aquellas que representaban
una amenaza para la clase samurai al acabar con sus privilegios
sociales, reducir sus ingresos y obstaculizar su tradicional estilo de
vida. Son muchos los samurai de Satsuma que en 1873 abandonaron el
gobierno junto a Saigo, resentidos por el rechazo a la propuesta de
éste de invadir Corea y por el proceso de reforma, que parecía hacer
caso omiso a sus intereses. La rebelión surgirá por fin en enero de
1877, acabando con el suicidio de Saigo. Cuenta la tradición que se
quitó la vida cometiendo el tradicional seppuku (harakiri) junto con
trescientos de sus últimos seguidores.
Junto con Saigo, murieron los samurai como fuerza política vigente.
Pero la imagen que dejaron, idealizada y embellecida, renació
inmediatamente después de la muerte como símbolo de la ética del
pueblo. El espíritu honorable de los samurai y sus almas nobles
empezaron a buscar un lugar en el corazón de los ciudadanos comunes de
Japón. Hoy se venera su memoria junto a las leyendas de los Marinos de
Tsushima, el general Kuribayashi de Iwo Jima o los más de 300 pilotos
Kamikaze de la Segunda Guerra Mundial.
Con ligeras variantes, este episodio fue narrado en las novelas de
Yukio Mishima, las películas de Kurosawa o en la versión hollywoodense
de "El último samurai".
*Como generar capital sin endeudarse
La abolición de los señores feudales y la expropiación de sus feudos
hizo posible desechar el viejo sistema de tenencia de la tierra e
instituir un sistema impositivo regular y confiable. Los líderes del
Japón moderno estaban convencidos de que sólo podían y debían depender
de sus propios recursos. Para obtenerlos no vacilaron en decretar un
impuesto en dinero del 3% sobre los valores inmobiliarios, para lo
cual se realizó previamente, en 1873, un censo agrario, determinando
sus tasaciones sobre la base de los rendimientos medios en los años
anteriores. Este censo permitió también otorgar títulos de propiedad a
los campesinos, a quienes se liberó de todas las tabas feudales,
dándoles entera libertad para escoger sus propias siembras.
Todas estas medidas requirieron cierto tiempo, y como implicaban
cambios fundamentales, hubo momentos de gran confusión y frecuentes
desajustes, que provocaron levantamientos y manifestaciones de
campesinos. Sin embargo, la entrega en propiedad a los campesinos,
junto con las enérgicas medidas adoptadas por el nuevo régimen para
promover los adelantos tecnológicos y adoptar nuevos fertilizantes y
semillas seleccionadas, produjeron finalmente un enorme incremento en
la producción agraria. Sobre esas bases se construyó el Japón moderno,
que en tres décadas pasó de sus inofensivos barcos de guerra de madera
a una poderosa flota, con la cual el almirante Togo hundió en el
estrecho de Tsushima (1905) a toda la flota rusa del Báltico, que
acudía a Extremo Oriente para tratar de levantar el bloqueo japonés.
El impuesto a la tierra y la emisión de papel moneda avalado por los
valores inmobiliarios se convirtieron durante varias décadas en la
principal fuente de recursos del Estado japonés.
En toda su historia, el Japón sólo ha hecho uso de un préstamo inglés
de un millón y medio de libras esterlinas.
Así, en el plazo de una generación y contando solamente con sus
propias fuerzas, el Japón se convirtió en una gran potencia. Téngase
en cuenta para valorar lo realizado, la extrema pobreza del territorio
japonés, que obliga a depender tanto del mar como de la tierra para
alimentarse. La alternativa consistía en convertirse en una colonia
europea o norteamericana, a lo cual Japón parecía predestinado por su
carencia de recursos materiales y su falta de tradición tecnológica.
Eligió otro camino.
Japón probó que un pueblo asiático era capaz de desarrollar los
adelantos técnico-industriales ostentados por los occidentales, y
luego enfrentar militarmente a estos, aún derrotándolos, como sucedió
con Rusia. El Japón, como ejemplo que demostraba la mentira occidental
de una superioridad basada en la raza o en recónditas cualidades
espirituales, contó con las simpatía del naciente movimiento
nacionalista, tanto chino como indio, indonesio, vietnamita, birmano,
malayo o filipino.
* ¿Imitación o creatividad endógena?
La autogestión y la imitación ¿Son en realidad dos polos opuestos? Un
país que desee acelerar su industrialización debe ser capaz de
reconciliar ambos aspectos, como lo demuestra la experiencia japonesa.
En 1875 el gobierno Meiji inició la primera fábrica moderna de
manufactura de hierro, en Kamaishi, bajo la supervisión de un
ingeniero británico. Durante veinte años habían operado allí pequeños
hornos, construidos también conforme a un diseño extranjero, pero sin
ingenieros extranjeros. Los hornos habían tenido dificultades
financieras, pero técnicamente habían tenido éxito. Con todo, el
gobierno ignoró esta tecnología tradicional y prefirió los métodos
británicos. Los resultados fueron desastrosos. Al cabo de cien días se
acabó el carbón. Después de un tiempo se reanudó la producción
utilizando coque. Pero esto dio por resultado la congelación del
hierro y el coque en el horno y, así, hubo de clausurarse toda la
planta.
La investigación tecnológica e histórica señala las tres causas
siguientes del fracaso: había una amplia brecha entre la modernidad de
la tecnología en que se basaba el nuevo horno y la forma anticuada de
producir carbón, la ubicación de los hornos y el sistema total de
transporte no eran adecuados para proporcionar rápidamente materia
prima, y el diseño del horno mismo era fundamentalmente defectuoso.
Además, la operación era dirigida por extranjeros, quienes no tomaron
en consideración las características del mineral de hierro y el carbón
japoneses. Debe añadirse una cuarta causa, a saber, la veneración por
Occidente que sentía el gobierno. Este fracaso inicial de establecer
la industria moderna del hierro en Japón demuestra claramente los
peligros de importar tecnología sin prestar atención a las condiciones
locales, y también demuestra la ventaja de la tecnología doméstica, es
decir, su integración prioritaria con las condiciones locales.
Si deseamos examinar intentos anteriores de crear un moderno sector de
la manufactura de hierro, podemos volvernos a la historia de la
fundición de cañones. Aquí encontramos lo que se puede designar como
el "modelo de la autogestión / imitación", que podría demostrar ser un
ejemplo valiosos para los países actualmente en desarrollo. Los hornos
de reverbero en Saga, Kagoshima, Nirayama, Tottori y Hagi se basaban
todos en un libro en idioma holandés. Hubo un prolongado proceso de
prueba y error: tan solo la mitad del hierro se fundía, los cañones
estallaban al primer disparo, etc... Pero no debe pasarse por alto el
hecho de que, en medio de innumerables fracasos tuvieron un progreso
constante. En efecto, en solo unos cuantos años todos los problemas
iniciales habían sido superados y para fines del período Edo (1600
–1868) habían construido alrededor de doscientos cañones, incluyendo
tres con rayado en espiral, que eran el último avance en la Europa
contemporánea. Pese a innumerables fracasos, la velocidad con que
asimilaban la nueva técnica exógena nos parece sorprendente. Ha habido
muchos debates acerca de las razones de esta velocidad, pero aquí es
de interés especial la posición adoptada por el profesor Shuji Ohashi:
usando sus estudios detallados sobre la metalurgia del hierro en las
postrimerías del período Edo, el profesor Ohashi ha mostrado tres
etapas diferentes en el proceso de formación de la tecnología del
fundido de cañones en Saga. Cada una de estas etapas tuvo su propia
contraparte en el desarrollo europeo.
La primera etapa fue el fundido de cañones de bronce. En Japón, este
período duró de 1842 a 1859, mientras que la misma tecnología en
Europa había permanecido en la etapa del bronce hasta mediados del
siglo XVII. En ambos lugares, constituyó la base histórica para el
fundido de cañones posterior. En Japón, esta segunda etapa de fundir
cañones de hierro tuvo lugar entre 1851 y 1859 y correspondió a un
avance que tuvo lugar en Europa desde mediados del siglo XVII a la
década de 1850. La tercera etapa, que data de 1863, se centró en la
capacidad de hacer cañones rayados de acero fundido. Esta etapa
correspondió al desarrollo europeo desde la década de 1840. Debe
observarse que, aunque cada etapa cubrió solo un breve período de
tiempo, Saga había pasado exactamente por las mismas etapas y en el
mismo orden que Europa.
En este desarrollo, confiaron no sólo en su propia experiencia en el
fundido de cañones de bronce, sino también en muchos otros logros de
la ciencia y la tecnología locales, tales como la elaboración de
ladrillos refractarios, la utilización de la energía hidráulica, la
aritmética japonesa local y, sobre todo, la totalidad de la tecnología
doméstica de manufactura de hierro. Los artesanos desde hacía tiempo
habían hecho armas, tales como espadas y pistolas, e implementos
agrícolas tales como rastrillos y hoces de hierro en bruto y acero.
Las temperaturas de sus horno eran comparables a la de los altos
hornos. Así, los artesanos tenían un nivel notablemente alto en el
arte del forjado y la fundición, y estaban bien informados acerca del
comportamiento del hierro fundido y otros materiales diversos en
altas temperaturas.
Sin el apoyo sólido de la tecnología local y de sus propias
experiencias en las tecnologías precedentes, no puede esperarse que
tenga éxito cualquier intento de imitación. Esto está fuera de toda
duda. Pero ¿podrían haber alcanzado los mismos resultado sin imitación
alguna? Sin duda, pero posiblemente con mucha lentitud. El intento de
imitar un modelo occidental sin duda los alentó.
Exactamente debido a que sus intentos de fundir cañones fueron una
imitación de tecnología exógena, estos intentos fueron acompañados por
problemas nuevos, previamente desconocidos. La resolución de éstos
requería de un nivel de destreza tecnológica más alto que el que
realmente habían logrado los ingenieros. Afortunadamente, las brechas
que se encontraban cada vez eran lo suficientemente pequeñas como para
superarlas. Pero, debido a la presencia de estas brechas, el
incremento de sus habilidades puede describirse mejor como una serie
de "saltos" en vez de cómo un simple progreso.
El desarrollo tecnológico japonés ha conocido muchos saltos, uno de
los cuales, por lo general, se considera como la fecha de nacimiento
de la moderna industria del hierro de Japón: el primero de diciembre
de 1857 vio encenderse el primer fuego en el alto horno de Kamaishi,
un horno de carbón que una vez más se basó en el libro único
mencionado arriba. Claro está que, fuera de estos saltos, hubo
fracasos, pero también éstos fueron importantes, ya que prepararon a
los ingenieros japoneses para su siguiente salto. Esta característica
(es decir, una serie de saltos pequeños) del desarrollo tecnológico
japonés es extremadamente importante para los países actualmente en
desarrollo. En la medida que los países emergentes pretenden alcanzar
el mismo nivel tecnológico que los países desarrollados en un período
de tiempo más corto, sus planes de desarrollo necesariamente deben
diseñarse como una serie de saltos.
Los problemas sociales relacionados con los saltos tecnológicos
también deben ser interesantes para los países que inician su propio
desarrollo. Los saltos técnicos deben ser vistos en sus contextos
sociales e históricos. Pues, aunque en sí es un logro tecnológico,
cada salto siempre fue parte inseparable de algún movimiento social
histórico. El primer salto surgió de la agitación que comenzó con el
choque social ocasionado por la Guerra del Opio y la aparición de
buques de guerra occidentales y que terminó con la caída del gobierno
Edo. Muchos cañones fundidos durante esa época fueron disparados
contra el gobierno de Tokugawa así como contra escuadrones
occidentales. El segundo salto, claro está, estuvo asociado con el
gran cambio social después de la Revolución Meiji, y el tercero con la
tensión internacional entre la guerra ruso-japonesa. Mas tarde,
también, los acontecimientos históricos siguieron siendo el incentivo
de los saltos.
Hablando de manera general, Japón tuvo siempre éxito en utilizar la
pasión nacionalista creada por los períodos de agitación, y emplearla
como fuerza motriz para un salto tecnológico. Esto sigue siendo
verdad. Por ejemplo, los dirigentes japoneses hicieron uso pleno de la
crisis del petróleo en 1973 a fin de crear un sentimiento de urgencia
que pudieron aprovechar para el desarrollo integral de tecnología
economizadora de energía.
Respecto a los sentimientos nacionalistas como ayuda para crear un
salto tecnológico, un período especialmente interesante de la ciencia
y tecnología japonesas es el período entre las dos guerras mundiales.
La Primera Guerra Mundial impresionó mucho a los japoneses con las
virtudes de la ciencia. Mas concretamente, habían sufrido varios tipos
de carencias porque hubo que detener ciertas importaciones, y
admiraban a los alemanes por haber inventado materiales sustitutos,
bajo circunstancias similares, gracias a su ingenio científico. La
tendencia que comenzó con esta guerra fue la "ciencia de los
recursos", que significaba la ciencia para asegurarse los recursos y
para la invención de sustitutos, así como la ciencia de los
"materiales de los recursos". El problema que Japón había afrontado
durante la guerra fue una especie de "dependencia tecnológica"
parecida a la que puede verse ahora en los países periféricos. En
consecuencia, más tarde se recalcó la independencia respecto de la
tecnología occidental.3
*El respeto a la propia cultura, clave del éxito japonés
¿ Cómo puede una sociedad reaccionar a las influencias exógenas y
desarrollar capacidades potenciales endógenas? El hecho de que ambas
van de la mano se ha demostrado repetidamente a lo largo de la
historia. Como hemos visto, la experiencia japonesa misma lo
comprueba: Japón fracasó cuando trató sencillamente de importar el
conocimiento, sin tener en cuenta las condiciones propias. E incluso
Europa lo había tomado en préstamo y lo había integrado, ya que en la
temprana edad de este milenio Europa aprendió mucho de la ciencia y
técnica altamente avanzadas de las zonas culturales árabe, hindú y
china. Este proceso incluyó abundantes ejemplos de imitación y
préstamo. Pero, una vez arraigados en la cultura europea, estos
elementos exógenos permitieron que surgiera la energía latente en las
condiciones domésticas europeas. Y Europa comenzó a desarrollarse
rápidamente.
Sobre la industrialización del Japón existen los excelentes estudios
del profesor Kazuko Tsurumi, que rechaza la opinión que considera la
ciencia y la tecnología como entidades independientes de la cultura de
cualquier sociedad en particular. Cada cultura tiene sus propias
formas tradicionales de conocer y hacer. Esto significa que habrá un
conflicto entre toda la tecnología prestada y la cultura local del
país que la pide en préstamo, conflicto que no puede resolverse sino
en el momento en que la tecnología se haya integrado a la cultura. El
profesor Tsurumi investigó los conflictos en la tecnología local de la
manufactura del hierro en el período Meiji en Japón. Este enfoque se
recomienda a sí mismo como un método tecnosociológico. Si comparamos
los diversos conflictos ocasionados por la importación de tecnología
en algunos países, podemos encontrar muchas claves para la comprensión
de la relación entre tecnología y cultura social. No obstante, al
comparar China y Japón, el profesor Tsurumi siempre parece considerar
la autogestión de manera favorable y positiva, refiriéndose a la
imitación en términos negativos. Pero sería imposible para los países
en desarrollo alcanzar la industrialización sin imitar o tomar a
préstamo tecnología. Tal el caso de nuestra industria metalmetalúrgica
de aplicación agrícola.
*Un país capitalista atípico
Como Rusia, el Japón llegó tarde al desarrollo capitalista. Pero a
diferencia de aquella, a partir de la Revolución Meiji de 1867, el
sistema feudal fue superado en forma muy acelerada, por un lado; por
el otro, también a diferencia de la burguesía rusa, la japonesa,
apoyada en un fuerte capitalismo de Estado, logró controlar
férreamente el proceso excluyendo del mismo la presencia y penetración
del capital extranjero.
La modernización del Japón, ocurrida de este modo, prácticamente se
salteó el período del capitalismo de libre competencia, pasando en
forma casi directa del feudalismo al capitalismo monopolista. La
Restauración Meiji (1868) convirtió al Japón en un país moderno,
aunque atípico. En realidad, tendríamos que señalar que pudo
convertirse en un país moderno porque fue atípico, porque se aferró a
sus instituciones tradicionales, porque mantuvo en forma
inquebrantable su propia personalidad nacional.
Ese espíritu independiente se puso de manifiesto en todos los
terrenos. En lo referente al desarrollo industrial japonés, este fue
totalmente autofinanciado, y los nipones no pidieron el más mínimo
crédito a Occidente. Los bancos controlados por el Estado y
ampliamente provistos de fondos provenientes de la recaudación del
impuesto a la tierra, suministraron todos los capitales necesarios
para crear la industria pesada y la liviana. Una vez que se
consolidaron las grandes familias (zaibatzu), dotadas de enorme poder
económico y político, e integradas en algunos casos por parientes y
amigos de los líderes Meiji, se les fueron entregando las plantas
industriales. El desarrollo tuvo un ritmo impresionante, pero gracias
al bajísimo nivel de vida de la población.
Al mismo tiempo, se producía una profunda revolución político -
religiosa. Un decreto imperial de 1890, que amalgamaba elementos
confucianos y shintoístas, estableció la política educacional del
nuevo régimen. Las lealtades feudales fueron reemplazadas por la
lealtad a la Nación, encarnada en la figura mítica del Emperador, como
un deber patriótico ineludible. Se inculcó en todos los estratos
sociales el ideal samurai del honor y la lealtad, que de este modo se
convirtió en la herencia legada por los antiguos clanes dominantes.
También quedó claramente en vigencia la veneración por los ancianos
–rasgo típico de toda cultura arcaica– y los estadistas de mayor edad,
después de abandonar la función pública, integraban una especie de
gerontocracia, formando un consejo asesor que mantuvo en forma
inflexible la continuidad y la coherencia de la política japonesa.
No se podría comprender nada de lo que ocurrió en Japón en estos cien
largos años sin tener presente esta mezcla inextricable de lo antiguo
y lo moderno. Y digámoslo con claridad: para que un país se realice
debe asumir plenamente su destino y su tradición nacional, es decir,
debe de tener como punto de referencia su futuro y su pasado.
En estos términos es posible comprender lo que ocurrió en Japón. En
ese país se mantenía totalmente viva, apenas recubierta por un débil
estrato feudal, la cultura arcaica, que liga al hombre con su tierra y
consigo mismo, esa sociedad que el mundo occidental niega, porque lo
toca demasiado de cerca, o que lo relega a los pueblos que llama
"primitivos" (Véase al respecto las obras de Pierre Clastres). La
Restauración Meiji rescató y permitió el afloramiento de dos aspectos
básicos de esta sociedad, en las condiciones históricas muy especiales
de ese aislado país insular:
1)la lealtad a la institución imperial, en la cual habían quedado
sintetizados y simbolizados todos los valores espirituales de la aldea
arcaica, y
2)el odio a los bárbaros es decir, hacia la civilización occidental,
en lo cual no se equivocaban en absoluto, porque esa civilización
representaba una amenaza clara de destrucción de todos sus valores
esenciales.4
* Civilización y Barbarie
¿Por qué pudieron los japoneses afianzar su existencia como nación
ante las presiones de todas las potenciales coloniales?.
Disentimos en un todo con las explicaciones reduccionistas de ciertos
"analistas" que atribuyen el desarrollo nipón a su espíritu imitativo
y pragmático. Esta, explicación, elemental por cierto, que atribuye a
una civilización milenaria un supuesto deslumbramiento por la técnica
y la cultura de Occidente, se da, como hemos visto, de bruces con la
realidad, con la historia del Japón. No es otra cosa, que una de las
tantas manifestaciones de etnocentrismo occidental.
El Japón evitó ser aplastado e impuso su presencia como nación porque
se replegó sobre sus propias tradiciones, que se apoyan en el
basamento inconmovible de la cultura arcaica, cimiento insustituible
de una comunidad bien organizada.
De este modo se constituyó, como hemos dicho, en el heraldo de las
reivindicaciones nacionales de otras naciones asiáticas. Lo logró
porque a partir de sus propios valores, plenamente vigentes, antepuso
ante todo lo demás su reconstrucción nacional, tras ser el único
pueblo del planeta en sufrir una agresión atómica, aceptó una total
austeridad, desechó todo lo superfluo y contando solamente con sus
propias fuerzas se colocó en dos décadas a la vanguardia de las
potencias industriales.
Comprendieron que en el dilema "civilización o barbarie" tan caro al
pensamiento de nuestros liberales; que llegaron a importar maestras
norteamericanas que ni siquiera sabían el castellano y esgrimieron la
consigna para realizar una salvaje campaña de "limpieza étnica" con
las montoneras del interior, que civilización es lo propio y barbarie
lo extraño. Y los países que lo advierten tienen defensas más eficaces
ante el intento la imposición del pensamiento único, mediante el
bombardeo masivo de los medios de comunicación donde se ofrece un
supuesto mundo racionalista y eficiente. "Un infierno climatizado que
nos quieren vender como felicidad" decía Julio Cortázar. Un
racionalismo que ha realizado un asalto despiadado e irracional contra
el hombre y la naturaleza y una eficacia que se traduce en crisis y
guerras eternas.
Al igual que el Japón, debemos afirmar que nuestro propios valores y
nuestras propias esencias son mas trascendentes, porque hacemos propio
el certero axioma de Le Corbusier: "Lo que permanece, en las empresas
humanas, no es lo que sirve, sino lo que conmueve"
N O T A S
1 Kikuchi, Kenji. "El origen del Poder. Historia de una nación llamada
Japón" Bs.As. Sudamericana.1993
2 Benedict, Ruth "El Crisantemo y la Espada". Madrid. Alianza Editorial. 1974
3 Hemos tomado algunos datos del Dr. Tetsuro Nakaoka de la Universidad
Metropolitana de Osaka
4 Prelooker, Moisés Mauricio "Historia de un capitalismo austero". En
"Aletheia" Nº 2 Bs.As. Julio de 1984
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Néstor Gorojovsky
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