[R-P] [E. Lacolla] La crisis de la izquierda europea

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Mayo 7 04:44:28 MDT 2008


La crisis de la izquierda europea
por Enrique Lacolla
(5.05.08)

/Los criterios políticos conservadores parecen arraigarse cada vez más
en el seno de las sociedades desarrolladas. Pero parte de esta buena
fortuna proviene de la crisis de identidad que aflige a las fuerzas
que deberían oponérseles./

El retorno de Silvio Berlusconi al gobierno en Italia, como antes el
acceso a este de Nicolás Sarkozy, en Francia, ambos portadores de un
discurso de derechas, neoliberal, proestadounidense e imbuido de una
xenofobia solapada, y el sostén de estos personajes y sus plataformas
por una ancha franja del electorado, incluidos numerosos obreros, está
hablando, más que del auge del pensamiento conservador, de la crisis
del pensamiento de izquierda en los países del viejo mundo que más se
habían ilustrado por su tradición de protesta social.

El neoliberalismo –o neoconservadurismo o neocapitalismo, como más
propiamente se lo denominara en los albores de la década de Reagan y
Thatcher- sigue campeando por sus fueros en los países metropolitanos.
Este fenómeno se funda en una compleja asociación entre la sociedad de
mercado y el monopolio mediático, en el cuadro de un mundo donde ha
desaparecido el contrapeso soviético y donde la militarización de las
relaciones internacionales se exhibe manera cada vez más descarada en
las regiones donde están en juego los reservorios de materiales
estratégicos y el asentamiento en bases de gran gravitación
geopolítica.

Nada de esto sería posible, sin embargo, sin la extinción de la gran
corriente de pensamiento contestatario que había animado a las masas
de Occidente a lo largo de un gran trecho del siglo XX. Es verdad que
esta corriente se distinguió a menudo por su carácter moderado,
consecuencia de su situación de privilegio en relación al grueso de la
población mundial, pero persistía como tendencia ideológica y como
dique contra las movidas más crudas del capitalismo. En ese contexto
la frivolidad ínsita en las personalidades de Berlusconi y Sarkozy
hubieran resultado intragables, no sólo para los sectores antisistema
sino para el sistema mismo, que difícilmente se hubiera arriesgado a
tolerar las salidas de tono, las faltas de educación y la ostentación
de un rejuvenecimiento cosmético que ejerce el italiano, ni la
exhibición de los avatares matrimoniales y extramatrimoniales del
presidente francés.

/Un discurso monocorde/
Pero esta frivolidad no se desprende del cielo. Es la consecuencia del
aprovechamiento, por parte del poder hegemónico, de la creciente
concentración de la riqueza y de la monopolización de los medios de
comunicación por unos pocos grandes conglomerados que instalan, con
una apariencia de heterogeneidad, un discurso monocorde, cuyo objetivo
es atontar a la población, distraerla de sus reales motivos de
preocupación y abrumarla con una suerte de totalitarismo blando, que
infiltra sus nociones de manera expresa o subliminal y que reemplaza a
la propaganda política –es decir, a la transmisión de conceptos
ideológicos y de problemas serios- por la publicidad política, la
desinformación y la instilación, sutil o no, de un materialismo e
individualismo banales, que todo lo impregnan con un relativismo que
confunde la noción del progreso con la del hedonismo y la satisfacción
de los instintos elementales. La facultad de los mass-media para
invadir el ámbito doméstico y la ausencia de ocasiones y lugares donde
poner en juego la presencia de multitudes movilizadas por una creencia
consciente dirigida a la consecución de un objetivo, favorece esta
atomización de la opinión pública.

Esta atonía no tendría lugar, de existir un discurso opositor que
tuviera la atribución de elaborar una doctrina que asuma las
contradicciones sociales, en vez de disimularlas y contribuir al juego
a las escondidas que caracteriza a la dirigencia de centro izquierda
respecto de los temas fundamentales.

El cataclismo
Es evidente que el hundimiento del bloque del Este significó un
cataclismo, que paralizó con la evidencia de la caída del "socialismo
real" a muchos de los que hasta ahí creían en la posibilidad de crear
un mundo mejor a partir de las premisas de una redistribución radical
de la riqueza. La memoria de los sangrientos errores del pasado, la
aplastante mediocridad de las burocracias dirigentes, y la evidencia
de que, en esas condiciones, el socialismo real no podía seguir el
tren al dinamismo capitalista, coadyuvaron en el hundimiento del
comunismo, impulsando hacia los brazos de la sociedad de mercado a
muchos izquierdistas occidentales que ya estaban en muy buena
disposición para hacerlo.
A los dirigentes socialdemócratas, en primer término, pero también a
muchos de los que hasta ese entonces habían ostentado, de labios para
afuera, un espíritu contestatario que se disolvió en forma rápida
cuando se derrumbó el modelo soviético –al que no se habían tomado el
trabajo de estudiar críticamente en las razones que explicaban sus
altibajos.

En este escenario, quienes debían ser portadores de un mensaje a
contracorriente trastrocaron este por la aceptación de la
globalización capitalista y eligieron reemplazar su activismo en torno
de las cuestiones sociales y económicas de fondo con un ruido
progresista que hizo centro en la "antidiscriminación". Racial, por un
lado, y femenina, por supuesto, pero también en lo referido a la
opresión contra gays y lesbianas. Así como contra
"trabajadoras/trabajadores del sexo".

Esta mezcla de asuntos no es muy saludable. La lucha por la igualdad
racial entronca con la liberación de los países sometidos y de la masa
social que aporta el trabajo más duro en las metrópolis privilegiadas.
La liberación femenina, por su lado, es parte de un proceso decisivo
para la configuración del futuro. Pero los otros puntos, amén de la
necesidad que revisten estos temas en el sentido de que deben ser
tomados en cuenta, no dejan de inducir a un relativismo moral y
resultan menores en relación a los macroproblemas, como son el
imperialismo, el hegemonismo norteamericano y su belicismo arrasador,
y la destrucción (gradual y relativa, por ahora, en los países de la
UE) de las fuentes de empleo y de los servicios de seguridad social.

Detrás de esta confusión está el sistema, pero también el naufragio de
la izquierda, que no atina a proponer los temas eje que durante todo
el siglo XX otorgaron un sentido a su pensamiento. De hecho, como se
ha observado muchas veces, en los países metropolitanos se ha venido
verificando un proceso de dilución de la izquierda y derecha
tradicionales, que se han convertido en tributarias de un centro
volcado hacia una u otra borda, pero en cualquier caso preocupado ante
todo en mantener el estatus quo.

Y bien, lo que estuvo en el fondo de los movimientos contestatarios
desde la Revolución Francesa en adelante, fue el dato contrario; es
decir, la decisión de sacudir el estado de cosas a fin de promover
cambios que produjeran una reforma drástica o una revolución. Ambas
tendencias, en diverso grado, proponían en cualquier caso un cambio
factual de gran envergadura.

La revolucionaria se proponía revertir la situación desplazando el eje
de decisión de una clase social a otra; y la reformista entendía poder
conseguir ese mismo resultado por un camino gradualista y que evitase
los riesgos de la guerra civil; pero ambas corrientes juzgaban al
mundo como injusto y no disimulaban su animadversión a la burguesía
que lo controlaba.

La renuncia
Hoy en día, a poco que se sigan los debates políticos en la RAI o en
algún otro canal europeo, se constata que, más allá de la tormenta y
el escándalo que suele suscitarse en las confrontaciones, estas no
excluyen una complicidad de fondo, ostensible no tanto en la evidente
familiaridad que existe entre los protagonistas de la puesta en
escena, sino en la naturaleza de sus propuestas. Estas son en esencia
las mismas y van del neoliberalismo más franco, de parte de los
expositores del centro-derecha, a una aceptación sesgada de sus
proposiciones de parte de los exponentes del centro-izquierda.

Se discute en torno del seguro social, las jubilaciones, de la mayor o
menor penalización del delito; sobre las políticas que son necesarias
para contener la inmigración que asciende desde el mundo
subdesarrollado, sobre las autonomías regionales y la facultad que las
zonas más ricas tengan para recabar una parte más elevada de lo
producido por los impuestos generados por ellas; pero se lo hace en
una suerte de cámara neumática, que atiende a los procedimientos más
que a los problemas. Estos, los temas de fondo que aquejan al mundo,
incluso en sus regiones privilegiadas, no se tocan o si se lo hace es
de manera oblicua y sin ingresar al centro del asunto.

La crisis del empleo, el hambre, la naturaleza intolerante y
destructiva del capitalismo librado a sí mismo; los agresivos
emprendimientos para recolonizar militarmente a las cuencas
petrolíferas y los reservorios de recursos naturales no renovables,
las bases militares fijadas por la fuerza en lugares que tendrían una
proyección decisiva en el caso de futuras confrontaciones mundiales-,
de eso no se habla.

Y si se lo hace, el diálogo finaliza debatiendo en torno de la mayor o
menor fiabilidad de los mecanismos que son necesarios para mantener la
casa en paz y a reducir a los "estados delincuentes" (cuya mayor
culpa, en realidad, es no plegarse a los dictados del sistema
imperante) a la obediencia debida.

Las confrontaciones esquemáticas, como la implícita en la teoría del
choque de las culturas, son el alimento del que se nutre el centro
derecha neoliberal, teorías cuya rusticidad y maniqueísmo se asemejan,
en un registro más en sordina, a las aserciones del nazismo. Pues de
esto se trata, de alguna manera: tras la autojustificación del
imperialismo decimonónico que se absolvía a sí mismo con la excusa de
una misión civilizadora, que Rudyard Kipling sintetizara en las
estrofas de su famoso poema del White man's burden (la carga o el
fardo del hombre blanco), esta fue reemplazada por el reduccionismo
nazi, que abolía hasta ese sentido de misión y transformaba el
dinamismo occidental en la expresión de una excelencia racial (y, con
más precisión, germánica) que no debía "elevar" a los pueblos
"primitivos" sino explotarlos al máximo o aniquilarlos de forma lisa y
llana, en aras del propio provecho y de la afirmación del más fuerte.

Cuando este desatino –que tenía al menos el mérito de carecer de
hipocresía- cayó víctima de su propio delirio, por un tiempo el mundo
bipolar obligó al capitalismo a conservar las formas en aras de no
alienarse del todo los apoyos internos y externos que necesitaba para
afirmarse contra el bloque soviético. Pero, tras el derrumbe de la
URSS, el darwinismo social del imperialismo volvió por sus fueros.
Esta vez a través de una manifestación sesgada, que de alguna manera
retomaba las sugerencias kiplinianas. No tanto en la asunción del tema
de la "cruzada" para liberar a las poblaciones primitivas de su
escuálida realidad (las afirmaciones en ese sentido por George W. Bush
y sus adláteres son demasiado groseras) sino en la famosa afirmación
del escritor británico en el sentido de que "Oriente siempre será
Oriente y Occidente siempre será Occidente". Para los propagandistas
del fin de la historia y de la guerra permanente que conviene a tal
estado de cosas, nada mejor que ese dato para mantener activados los
resortes militares que empujan a un belicismo abierto. En efecto, si
se atiende a la teoría del choque de las civilizaciones, en algún
momento u otro la incomunicabilidad de las culturas va a disparar
choques fatales. La agresión, el distanciamiento hostil y los embargos
comerciales son parte de un vale todo para sostener el estado de
cosas, y la cobertura mediática que explota la inseguridad que
presuntamente se deriva del flujo inmigratorio, sirve para mantener
las premisas del mundo del privilegio y para acallar las protestas
ante los miles y decenas de miles de vidas que se pierden en
desesperadas travesías a través del Mediterráneo o del desierto de
Arizona.

La emigración en busca de mejores condiciones de vida ha sido un
componente del sistema capitalista, que este asumía con desenvoltura,
pero hoy en día, la falta de equidad del sistema, que en otro momento
servía para suministrar un ejército de reserva para el trabajo mal
pago, se está convirtiendo en una espada de Damocles que pende sobre
este, en razón de lo circunscripto del espacio físico de que disponen
las naciones ricas y de lo desigual de una tasa demográfica que
disminuye en estas y crece sin cesar entre la población inmigrada y en
el resto del mundo.
Para el centro izquierda europeo estos problemas son objeto de una
condena moral, a la vez que de un trasiego propagandístico que busca
no contrastar demasiado con la propensión a la xenofobia que el
aumento de la inmigración proveniente del Africa y otros lugares
produce en amplias franjas de las clases populares europeas. Esta
timidez, este acomodamiento, desconciertan a quienes perciben más o
menos confusamente la iniquidad del presente y requieren de
dirigencias que puedan orientarlos.

Estos sectores, decepcionados por sus representantes naturales,
tienden a replegarse hacia el abstencionismo o, peor aun, hacia el
apoyo a las formulaciones del centro derecha, que al menos tienen el
mérito de ser consecuentes respecto de sus postulados. Lo que
proclaman, lo llevan a cabo. Para desdicha de buena parte de su
clientela.

En el apocamiento de la izquierda y en su cada vez más grande
propensión a las actitudes acomodaticias, hay una dimisión de las
propias responsabilidades, originada en parte por el provecho que
extraen de ella al representar el papel de "la leal oposición a Su
Majestad" y, por otro, la asunción de los puntos de vista del enemigo
en lo referido a la comprensión de la historia del siglo XX.

¿Fracaso o derrota?
Los defensores del estado de cosas y del inmovilismo político, sea en
la derecha como en la izquierda, ven en la tremenda peripecia del
siglo de las guerras mundiales la victoria del capitalismo y el
"fracaso" del comunismo. Ahora bien, si hay victoria de una parte debe
haber una derrota en el otro, pero no necesariamente un "fracaso".
Esta distinción semántica no es gratuita pues, como lo afirma Domenico
Losurdo, el "fracaso" implica un juicio negativo total, mientras que
una "derrota" supone un juicio negativo parcial, "que hace referencia
a un contexto histórico determinado".  Un fracaso conlleva
resignación, acomodamiento, fuga de los problemas, mientras que una
derrota puede servir para aportar experiencia, a fin de volver a
librar batalla.

La historia es un proceso de aprendizaje. Durante todo el siglo XX la
opción socialista promovió –a un costo a veces terrible, es cierto-
modificaciones de fondo y en esencia progresivas, no sólo en los
países en los cuales logró imponerse, sino también en las naciones
capitalistas que la confrontaban, pues las fuerzas dominantes en ellas
debieron transar ante la amenaza que significaba, obligándolas a ceder
un espacio a los sectores populares de los países centrales y a las
masas y a los países que pugnaban por liberarse del yugo colonial. En
ese largo recorrido el bloque del llamado socialismo real y las
naciones del tercer mundo que pugnaban por librarse del colonialismo y
del neocolonialismo hubieron de afrontar hostigamientos feroces, que
incluyeron guerras, desestabilizaciones, golpes de Estado y
sacrificios humanos a enorme escala, que repercutieron a su vez en la
andadura de esas experiencias, impidiéndoles consolidarse y
constriñéndolas finalmente a la derrota por el peso específico de la
carrera armamentista y por la incapacidad del socialismo real de
romper el círculo vicioso de la constricción burocrática, para
remontarse hacia el círculo virtuoso del crecimiento en libertad.

La constatación de estos hechos, la recuperación del sentido del valor
del nacionalismo en el seno de los países oprimidos –con frecuencia
negado por los partidos comunistas que daban la espalda a los
esfuerzos de estos por liberarse, en razón de su estricta obediencia a
la URSS, que traicionaba esas tentativas en razón de sus propios
intereses en el juego global de las relaciones de poder–; la capacidad
para deshacerse del peso de una estrecha visión eurocéntrica y la
preocupación por encarar el futuro fundándose en la experiencia del
pasado a fin de evitar sus errores y aprovechar sus saldos positivos,
pueden suministrar un nuevo punto de partida a las izquierdas
metropolitanas.

Es imposible deshacerse de cierto escepticismo respecto a esto, sin
embargo, al menos en lo referido a Europa. Se tiene la sensación de
que los vientos de cambio que están gestándose como consecuencia de la
insostenibilidad del modelo neoliberal en el tercer mundo, podrían más
bien suscitar un eco en los Estados Unidos, cuya sociedad
compartimentada en secciones –blancos, hispanos, italianos, negros-
posee contradicciones explosivas y donde están muy arraigadas unas
tendencias democráticas que, en caso de superarse las barreras
impuestas por el conformismo y la manipulación de la opinión, ejercida
por la conjunción bipartidista cuyos polos que se alternan en el
gobierno, podrían gestar sobresaltos de gran importancia, capaces de
romper la costra que comprime a un pueblo en muchos sentidos
excepcional.

Ninguno de estos potenciales desarrollos se hará comprensible si no se
los enmarca en la evolución del momento internacional, de la
confrontación latente entre las grandes potencias y de la rebelión de
las regiones subordinadas del planeta contra el sistema que las
oprime. El problema social es inseparable de este proceso..

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Néstor Gorojovsky
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